Noche
14. Saint-Martin
14
Saint-Martin
Servaz examinaba la 440 cuando Kirsten entró en su despacho. La «440» era una circular que recogía cada día los telegramas emitidos en relación con cada caso a escala nacional. En ella se incluían las desapariciones de menores, los asesinatos, los incendios intencionados y las órdenes de búsqueda y captura, y la mayoría de los agentes de la Policía Judicial la consultaba cada mañana. Servaz ignoraba quién la había bautizado así, pero sí sabía que el nombre provenía de la nota La —y de su frecuencia de 440 Hz—, que servía de referencia para afinar los instrumentos de una orquesta (aunque las cosas habían cambiado un poco, y hoy en día la mayoría de las orquestas afinaban los instrumentos a 442 Hz). La 440 ejercía, pues, la misma función: sintonizar los servicios y hacer circular la información.
No había encontrado nada de particular en ella. Tampoco esperaba hallar ahí un rastro del suizo, desde luego. Se trataba solo de recuperar los viejos hábitos. Lo recorrió un escalofrío. No conseguía desprenderse de la sensación de desasosiego que le había dejado el sueño. La sensación de que, de una manera u otra, el pasado estaba a punto de resurgir. El presentimiento de una catástrofe inminente. Durante meses, después de haber descubierto que el corazón que había en la caja isotérmica no pertenecía a Marianne, había tratado de encontrar su rastro y el de Hirtmann. Había enviado cientos de correos electrónicos a decenas de policías de toda Europa, perfeccionado el inglés, efectuado un número similar de llamadas, pasado noches en blanco leyendo los informes que estos le enviaban, indagando en un montón de archivos nacionales e internacionales y revisando en las páginas de información en línea todos los sucesos que pudieran tener la marca del asesino helvético. En vano. No había obtenido el menor resultado.
Había contado incluso con la colaboración de Irène Ziegler, la gendarme que lo había ayudado a seguir la pista del suizo con anterioridad. Igual que él, había llegado a un punto muerto. No obstante, había hecho muestra de un gran ingenio para buscarlo. Le había explicado, por ejemplo, que había cruzado los archivos de las jóvenes desaparecidas en toda Europa con los auditorios donde se había interpretado música de Mahler. Aunque tampoco había dado resultados. Julian Hirtmann había desaparecido de la faz de la tierra. Y Marianne con él. Por consiguiente, después de meses de frustración, había acabado por concluir que, seguramente, estaba muerta; quizá lo estaban los dos incluso… Podían haber muerto en un accidente, un incendio, ¿quién sabe? Se había propuesto borrarlos de la memoria, se había esforzado por ahuyentar de la mente todo pensamiento relacionado con ellos. Lo había logrado, más o menos, porque el tiempo deja notar sus efectos, como siempre. Dos años, tres, cuatro, cinco… Marianne y Hirtmann se habían adentrado en la niebla, habían sido relegados a la lejanía, donde la memoria se reduce a un paisaje vago en un segundo plano. Sombras, el rastro de una sonrisa, de una voz, de un gesto… poco más.
Y, de pronto, todo lo que tanto le había costado borrar afloraba de nuevo. El corazón negro, que aguardaba desde el pasado para volver a latir en el presente. E infectar cada uno de sus pensamientos.
—Bonjour —saludó Kirsten.
—Hola.
—¿Has dormido bien?
—No mucho.
—¿Qué haces?
—Nada. Consulto un archivo.
—¿Qué archivo?
Le explicó qué era la 440. Ella le dijo que en Noruega disponían de un tipo de circular casi igual.
Cerró la 440 e hizo una búsqueda en el ordenador. Después examinó el resultado en la pantalla.
—En Toulouse hay ciento dieciséis guarderías —anunció después de echar un vistazo a la información haciendo descender la barra lateral de la pantalla—. Y el mismo número de escuelas primarias. Las he contado.
—¿Crees que está escolarizado? —preguntó ella, con cara de extrañeza.
—No lo sé.
—¿Y piensas enseñar la foto en todos los centros?
—A un ritmo de dos centros por hora, calculando el tiempo que lleve desplazarse entre uno y otro, localizar a alguien que pueda informarnos y enseñar la foto al personal, nos llevará semanas. Además, necesitaríamos una orden de búsqueda.
—¿Una qué?
Servaz le hizo un guiño y descolgó el teléfono.
—Roxane, ¿puedes venir? Gracias. No podemos ir investigando por ahí sin autorización —explicó, y se volvió hacia Kirsten—. Puesto que se trata de un niño y que no ha habido ningún crimen, el asunto es más bien cosa de la Brigada de Menores de Seguridad Departamental.
Durante un instante se preguntó si sería igual de complicado en su país. Roxane Varin apareció al cabo de dos minutos. Era una mujer bajita, bastante guapa, morena, con flequillo y mejillas carnosas: Kirsten la había visto en la reunión. Y al igual que el día anterior, le hizo pensar en la actriz francesa Juliette Binoche. Llevaba unos vaqueros de pitillo grises y una camisa también vaquera.
—Hola —saludó, y le dio un beso a Servaz.
Estrechó la mano de Kirsten con cierta timidez. Esta dedujo que quizá se encontraba más a gusto entre niños que entre adultos. Con la foto de Gustav en la mano, Roxane se dejó caer en la silla que quedaba libre.
—He pedido una búsqueda de escolarización al Departamento de Enseñanza — anunció—. Son ellos los que se ocupan de estos asuntos. Por desgracia, en la Base de Alumnos no hay fotos. Solo nos queda indagar a partir del nombre de pila, que no es de los más corrientes —añadió, sin disimular su pesimismo.
—¿Qué es la Base de Alumnos? —preguntó Servaz.
—Una aplicación informática que permite gestionar y hacer seguimiento del historial escolar de los alumnos de primer ciclo, es decir, desde preescolar hasta el final de la primaria.
—¿Para todas las escuelas, tanto públicas como privadas?
—Sí.
—¿Y cómo funciona?
—El Departamento de Enseñanza archiva los datos que les proporcionan los directores de las escuelas y los ayuntamientos, que se ocupan de inscribir a los alumnos en los centros y asignarles una escuela. Allí constan los datos civiles del niño: nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento y dirección. Y los del o los responsables de este, su trayectoria escolar y su INE.
—¿INE?
—En Francia cada niño tiene un identificador nacional. Gracias a esta aplicación, son los departamentos de enseñanza los que se encargan de realizar las búsquedas de escolarización. Antes, en función de la zona en que se encontraban, algunos centros recibían hasta una decena de peticiones por semana. Desde que funciona la Base de Alumnos, el número de solicitudes en esos centros ha disminuido y localizar a los alumnos es mucho más fácil, por ejemplo, cuando la petición la hace un padre divorciado que ostenta la custodia. En ese sentido, la aplicación es muy útil. Evidentemente, al principio, algunos sindicatos y padres de alumnos denunciaron una maniobra de control, hubo un gran revuelo mediático y el ministerio se apresuró a retirar determinados campos como la nacionalidad, el absentismo, el año de llegada a Francia, la cultura de origen, la profesión de los padres… Los que se oponían a la aplicación argumentaban que está pensada con intenciones políticas de carácter controlador y policial, que tenía como objetivo vigilar los flujos migratorios. En 2010, el Ministerio Fiscal archivó más de dos mil denuncias presentadas por padres de alumnos. Dos mil… Dejando eso al margen, la Base de Alumnos es muy práctica para organizar las clases y hacer seguimiento de los alumnos.
—¿Y tú tienes acceso a ella?
Kirsten vio como sonreía. Tenía una sonrisa bonita, que le iluminó la mirada.
—No. Ninguna administración ajena al Ministerio de Educación tiene acceso a ella, aparte de los ayuntamientos, que, como ya he dicho, son quienes inscriben a los alumnos. Y, de hecho, los ayuntamientos no ven determinados datos, como por ejemplo si el niño necesita apoyo psicológico. El problema es que los nombres y los apellidos son solo visibles para ciertos niveles de la administración académica, no para todos; se hizo así como medida para garantizar la confidencialidad.
Roxane se volvió hacia Kirsten y le resumió en inglés lo que acababa de decir… con bastantes titubeos y rectificaciones, y muchas expresiones de incomprensión por parte de la noruega.
—El segundo problema es que los datos no se conservan más allá del período de escolarización del niño en el primer ciclo. Si este sale del circuito, se borra todo…
De nuevo, tradujo mal que bien para la noruega, que asintió con la cabeza.
—Por otra parte, he solicitado una búsqueda clásica con la foto que va a facilitarse, espero, a los centros, una vez que la Base de Alumnos haya dado cero resultados. Lo de cuánto tiempo va a llevar eso es otro cantar.
Se levantó.
—¿De veras crees que ese niño está aquí, Martin?
Su tono expresaba el mismo escepticismo que habían demostrado sus colegas en la reunión. Servaz no respondió, se limitó a coger la foto que le tendía Roxane para ponerla bien a la vista encima de su escritorio. Parecía absorto. Roxane dedicó un guiño y una sonrisa a Kirsten y se fue tras encoger los hombros. Se notaba que tenía otras tareas más urgentes que atender. Kirsten le devolvió la sonrisa y volvió a fijarse a Servaz, que en ese momento miraba por la ventana, de espaldas a ella.
—¿Te apetecería dar un paseo? —preguntó él de repente.
Ella siguió observando su espalda.
—¿Conoces The Purloined Letter, de Edgar Alan Poe?
La carta robada. Había dicho el título en inglés. Lo había buscado la noche anterior en internet.
—Explícate —dijo ella, mientras él se volvía.
—Nil sapientiae odiosius acumine nimio: «No hay nada más odioso para la sabiduría que la excesiva agudeza». Es una frase de Séneca que sirve de epígrafe al relato. La carta robada nos enseña que a menudo tenemos delante de las narices lo que buscamos más lejos.
—¿Crees de verdad que Gustav puede estar aquí?
—En esa historia, la policía no consigue encontrar una carta en un piso porque supone que está bien escondida —prosiguió, haciendo caso omiso de la interrupción —. Dupin, el personaje de Poe, el antecesor de Sherlock y de todos los investigadores con una capacidad de análisis superior a la media, comprende que la mejor manera de esconderla es dejándola bien a la vista, encima del escritorio. Solo la habían plegado del revés y marcado con otro sello y otra letra.
—Ja, ja. Estás chalado, ¿lo sabías? —dijo en inglés—. Lo comprendo perfectamente. ¿Adónde quieres ir a parar?
—Sustituye el escritorio del relato por Saint-Martin-de-Comminges, el sitio donde empezó todo. Tú misma lo has dicho: Hirtmann ha regresado a la zona varias veces. ¿Por qué?
—Por ti. Porque está obsesionado contigo.
—¿Y si hubiera otro motivo? Más poderoso que la obsesión por un simple policía. Un hijo, por ejemplo…
Kirsten guardó silencio, a la espera.
—Un hijo oculto pero bien a la vista, igual que la carta robada «escondida» encima del escritorio en el relato. Un simple cambio de nombre. Va a la escuela, lo cría alguien que se ocupa de él cuando Hirtmann no está, es decir, casi todo el tiempo.
—¿Y nadie se habría dado cuenta de nada?
—¿Darse cuenta de qué? Es un niño más entre otros, que va a la escuela…
—Precisamente. ¿Nadie se habría preocupado de saber quién es ese niño?
—Supongo que hay alguien que lo acompaña cada día. En el Ministerio de Educación ni siquiera se tomaron la molestia de elaborar una lista de su propio personal condenado por pedofilia. Además, es posible que quienes lo acompañan se presenten como sus padres adoptivos, no sé.
—¿Saint-Martin, dices?
—Saint-Martin.
—¿Por qué allí en concreto?
Eso, ¿por qué? En el supuesto de que el suizo volviera a la zona para ver a su hijo, ¿por qué tendría que encontrarse Gustav en Saint-Martin? ¿Por qué allí y no en cualquier otro lugar de la región?
—Porque Hirtmann pasó varios años en Saint-Martin…
—Encerrado en un manicomio.
—Sí. Pero tenía cómplices en el exterior, personas como Lisa Ferney.
—¿La enfermera jefe del Instituto Wargnier? Trabajaba allí. No es que simplemente viviera en Saint-Martin.
Se quedó pensando. ¿Por qué había creído siempre que Hirtmann tuvo que contar con otros cómplices? ¿Que en su momento no habían descubierto a todos los que lo habían ayudado? Era consciente de que su razonamiento no se sostenía por ningún sitio, que no tenía ninguna lógica. O, por lo menos, que tenía una lógica sesgada, retorcida, y que él veía señales, coincidencias, allí donde no las había… como los paranoicos. De todas formas, su pensamiento regresaba siempre a Saint-Martin, magnetizado como la aguja de una brújula.
—Fue en Saint-Martin donde casi te matan, ¿verdad?
Se había informado bien.
—Sí. Siempre he pensado que allí tuvo quien lo ayudara —explicó—, por la manera como escapó esa noche. A pie, por las montañas, con el coche averiado, en medio de una tempestad de nieve… No habría podido llegar muy lejos sin ayuda.
—Entonces, ¿sería ese cómplice el que cuidaría de Gustav? —Su tono de voz no era menos escéptico que el de Roxane.
—¿Quién, si no?
—¿Te das cuenta de que no tiene mucho sentido?
—Sí.
Salieron de la autopista a la altura de Montréjeau y, después de dejar atrás la monotonía de la llanura, se adentraron entre las montañas, que al principio no eran más que cerros redondeados cubiertos de bosques densos enterrados bajo la nieve. El paisaje era blanco, puro. La carretera tan pronto atravesaba zonas boscosas como serpenteaba entre prados nevados, bordeaba pueblos sumidos en el letargo invernal o el curso turbulento de un río. Poco a poco, las montañas fueron aproximándose y ganaron altura, pero la auténtica barrera infranqueable se atisbaba al fondo: el perfil dentado y adusto de las cumbres más altas de los Pirineos.
En una rotonda, abandonaron la autovía y, después de cruzar el río, torcieron a la izquierda en el siguiente stop. Las montañas se acercaron aún más. Ahora la carretera discurría por lo alto de un valle encajonado y rocoso, dominando un caudal tumultuoso. Vieron una pequeña presa y la boca negra de una central hidroeléctrica excavada en la otra orilla, en la pared, antes de adentrarse en un angosto túnel. Cuando salieron al otro lado, allí estaba, desparramado bajo el parapeto de piedra: Saint-Martin-de-Comminges, 20 863 habitantes. La carretera volvió a bajar en dirección a la ciudad.
La nieve acumulada en las calles no impresionó en absoluto a Kirsten, quien se había criado en Nesna, una localidad situada al noroeste de Oslo, en el centro de Noruega. Había gente en las aceras: esquiadores que habían bajado de las pistas con el teleférico, clientes de los balnearios que habían salido para ir a los bares y restaurantes del centro, familias con niños y cochecitos… Servaz se preguntó si Hirtmann habría podido pasearse por esas calles sin llamar la atención. Su rostro había aparecido en las portadas de los periódicos y las revistas de la región, e incluso en los de alcance estatal… y no era un rostro de los que se olvidan fácilmente. ¿Habría cambiado de apariencia? ¿Era posible que hubiera recurrido a la cirugía estética? Él no sabía gran cosa sobre el tema, pero había oído decir que hoy en día se hacían milagros, aunque las consecuencias que de vez en cuando se evidenciaban en las facciones de alguna guapa actriz desfigurada de la noche a la mañana le hacían dudar de la realidad de semejantes milagros.
Mientras aparcaban delante del ayuntamiento y bajaban del coche (oyó el susurro de la cascada que dibujaba una línea vertical de color plata en el flanco boscoso de la montaña) notó que un escalofrío leve le recorría la espalda: era muy propio de Hirtmann volver al mismo sitio y mezclarse de incógnito entre el gentío. En cuanto pensó en eso, barrió con la mirada la plaza, el parque, las terrazas de los cafés, el quiosco de música y las caras… como si una especie de corriente eléctrica lo conectara a la multitud anónima. Por encima de los tejados, envuelta en su atavío de abetos, la montaña contemplaba su llegada con la misma indiferencia con la que había acogido los asesinatos del invierno de 2008-2009.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Servaz de pronto.
—¿Cómo?
—Si estamos aquí los dos es porque él lo ha querido. ¿Por qué? ¿Por qué ha querido que nos conociéramos?
Ella le dirigió una mirada interrogadora antes de entrar en el ayuntamiento.
El alcalde había cambiado desde los sucesos ocurridos cinco años atrás. Era un joven alto y corpulento, con una barba poblada que le comía el rostro y unas bolsas enormes bajo los ojos claros, algo acuosos, que manifestaban falta de sueño, hábitos poco saludables o una herencia genética nada favorecedora. La barba era de un color difícil de definir, entre marrón y pelirrojo con hebras blancas en el centro.
—Servaz… Me suena ese nombre —dijo con voz estentórea.
Apretó con su inmensa mano la del policía, fría y sudorosa, y después ofreció su mejor sonrisa a Kirsten. Servaz le miró las manazas: no llevaba alianza. El corpulento edil volvió a examinarlo.
—Mi secretaria me ha dicho que buscan a un niño —prosiguió, mientras se volvía para conducirlos hasta un despacho de un tamaño impresionante, lleno de luz y bien ventilado gracias a dos grandes puertas vidrieras que daban a un balcón con vistas a las cimas más altas de la cordillera.
Ser alcalde en Saint-Martin tenía sus ventajas.
Se sentó de nuevo tras el escritorio y Servaz dejó encima la foto del niño antes de tomar asiento.
—Cabe la posibilidad de que haya estado escolarizado aquí —apuntó.
—¿Qué lo lleva a pensar eso?
—Lo siento. Se trata de una investigación en curso.
El alcalde encogió los hombros y empezó a teclear al ordenador.
—Si aún lo está, debería aparecer en la Base de Alumnos. Acérquense.
Los agentes se levantaron y rodearon el escritorio para situarse detrás de él. El alcalde sacó del cajón una especie de llave de plástico con una pequeña pantalla digital en el medio y les dio una breve explicación sobre la base de datos en cuestión.
—Está protegida, por supuesto.
En la pantalla del ordenador vieron aparecer las palabras «identificación», «nombre de usuario» y «contraseña».
—Tengo que introducir mi nombre de usuario. Después, la contraseña, que se compone de un código personal de cuatro dígitos y del número de seis que aparece en esta clave de seguridad. Además, la dirección de conexión es diferente para cada sector académico.
Servaz reconoció enseguida una página de inicio. En la parte superior de la pantalla había una franja con tres colores: naranja, azul y verde. Debajo aparecía escrito «Escuela» (naranja), «Alumnos» (azul) y «Organización actual» (verde).
—En el módulo de los ayuntamientos solo se gestionan las inscripciones — explicó el edil.
Servaz vio que seleccionaba «Seguimiento de inscripciones y admisiones».
—¿Cómo se llama?
—Solo tenemos el nombre de pila.
El alcalde hizo girar el asiento y se volvió hacia ellos, perplejo.
—¿En serio? —dijo, posando alternativamente su mirada acuosa en uno y en otro —. ¿El nombre de pila y ya está? Hasta ahora, siempre he introducido el nombre y el apellido. Además, fíjense: hay un asterisco. El campo «Apellido» es obligatorio.
A Roxane no le faltaba razón. Justo a la primera tentativa, la pista desembocaba en un callejón sin salida.
—Se llama Gustav —dijo Servaz—. Seguro que debe de tener en algún sitio algunos archivos en los que consten las clases de los años precedentes. Tampoco hay tantas escuelas en Saint-Martin.
El alcalde se quedó pensativo.
—¿Tienen una orden judicial? —preguntó de repente.
Servaz la sacó del bolsillo.
—En principio no tendría que haber problema para encontrarlo —admitió el edil —. Además, «Gustave» no es un nombre corriente hoy en día.
Servaz era consciente de que había muy pocas posibilidades de que Hirtmann lo hubiera inscrito con su verdadero nombre. Pero ¿por qué no, a fin de cuentas? ¿Quién iba a relacionar a un niño con un asesino suizo? ¿Quién podía imaginar que hubiera matriculado a un hijo en una escuela de Saint-Martin? ¿Acaso existía un escondite más insospechado que aquel?
Echó un vistazo a la plaza. Las cumbres debían de haberse tapado, porque se había cubierto de un velo de sombra y un extraño matiz verde grisáceo se posaba sobre las cosas; era como si estuviera mirándolas a través de un filtro. Un pequeño retazo de luz resistía en el techo del quiosco.
—Veré qué puedo hacer. La cosa quizá me lleve unas cuantas horas, ¿eh?
—Nos quedaremos aquí.
Allí abajo había un individuo. Debido a aquella luz atenuada, Servaz no lo distinguía bien. Era alto. Llevaba un abrigo de invierno oscuro, negro tal vez. Levantaba la cara en dirección a las ventanas del ayuntamiento. Servaz incluso tuvo la sensación de que el hombre lo miraba.
—Try «Gustav Servaz» —dijo de pronto la voz de Kirsten a su espalda.
Se volvió con rapidez, sobresaltado. El alcalde observó de nuevo a la noruega, con expresión de sorpresa, antes de desplazar la vista hacia Martin.
—¿Que pruebe con «Gustave Servaz»? —tradujo.
—Yes. «Gustav» without «e».
—¿Cómo se escribe «Servaz»? How do you write this?
Ella se lo deletreó.
—¿No es ese su apellido? —le consultó el alcalde, sin duda desconcertado.
Servaz también lo estaba. Sentía un zumbido en los oídos. Le dieron ganas de decirle que parase, pero acabó asintiendo con la cabeza.
—Haga lo que le dice.
El corazón empezó a latirle más deprisa. Le costaba mucho respirar. Miró por la ventana. Ahora tenía la certeza de que aquel hombre lo observaba. Permanecía inmóvil y erguido en medio de uno de los senderos del parque, encarado hacia las ventanas del ayuntamiento, y los adultos y los niños pasaban por su lado igual que la corriente de un arroyo rodea una piedra voluminosa.
—Vamos a ver —dijo el alcalde.
El silencio no duró más de unos segundos.
—Servaz, Gustave: con una «e» —anunció con aire triunfal.