Noche
39. Margot
39
Margot
—¿Y no se te ha ocurrido avisarme?
Estaba furiosa. Parecía que había dormido poco y las ojeras le daban un aspecto más frágil que de costumbre.
—¿Habéis pasado cinco horas en ese dichoso hospital con ese niño y no has tenido ni un minuto para llamarme?
—Estabas durmiendo…
—Fuck off!
Se contuvo y no dijo nada.
—¿Y dónde está ahora?
—No lo sé…
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Lo… lo has dejado escapar? ¿Sin más?
—¿No has escuchado lo que te he dicho? Gustav podría ser mi hijo y está en peligro de muerte…
—¿Y?
—Hirtmann lo tiene todo previsto. La clínica en el extranjero, el cirujano…
—¡Martin! Shit! ¡A ese niño pueden operarlo perfectamente aquí si tú eres el donante! No hay necesidad de…
—No —la cortó.
Se quedó mirándolo.
—¿Por qué?
—Tengo mis motivos.
—Bloody hell! —maldijo ella.
—Ha amenazado con llevarse a Margot.
—No tienes más que pedir que le refuercen la vigilancia.
—Sabes tan bien como yo que es imposible proteger al cien por cien a alguien — contestó, recordando lo que le había dicho Hirtmann con respecto a Margot—. Ni siquiera con el mejor dispositivo del mundo. Y mucho menos con dos o tres policías que no tienen ninguna formación especializada. No voy a correr ese riesgo. Además, ¿quién sabe cuánto tiempo llevaría regularizar la situación de Gustav aquí? Está muy enfermo… No hay tiempo que perder. Hay que operarlo ahora, no dentro de seis meses…
Había hablado con tono firme y decidido. Kirsten asintió con la cabeza, con expresión seria.
—Entonces, vas a dejar que siga suelto por ahí, ¿no? ¿Vas a obedecerle?
—Por ahora… No tengo otra opción.
—Siempre hay otras opciones —replicó ella, con aire contrariado—. ¿Cuándo piensas volver a verlo?
—Será él quien me contacte.
De nuevo, Kirsten asintió con la cabeza, aunque acompañó el gesto de una mirada grave.
—Tengo que irme —anunció, y cogió algunas cosas.
—¿Adónde? —preguntó ella, exasperada y atónita al mismo tiempo.
—A ver a mi hija.
Puso la calefacción del coche al máximo y encendió la radio. Un autoproclamado experto —de esos que habían sido incapaces de prever la elección de Donald Trump como presidente— explicaba por qué el magnate había ganado la presidencia de Estados Unidos y por qué en su país podía ocurrir lo mismo… es decir, exactamente lo contrario de lo que venían afirmando desde hacía meses él y sus colegas.
Aún era de noche cuando entró en Toulouse, aparcó el coche en una de las plantas del parking Victor-Hugo, bajó a la calle, la cruzó y entró en su edificio, al tiempo que dirigía un saludo con la mano al policía que había sentado en un vehículo. Saludó también al que estaba plantado delante de la puerta y se preguntó cuánto tiempo llevaría allí. Eran las 6.12 horas de la mañana.
—¿Un café? —le ofreció.
El policía aceptó y se puso en pie. Servaz abrió la puerta con cuidado de no despertar a Margot, pero enseguida oyó que había alguien en la cocina.
—¿Margot?
La cara de su hija apareció en el umbral de la puerta.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
—Buenos días, señorita —la saludó, desde atrás, el policía.
—Buenos días —respondió ella—. ¿Quieren café?
—¿Y tú? ¿Ya te has levantado? —preguntó su padre, reparando en su cara de cansancio y en las ojeras azuladas.
Ella lo miró sin responder y se volvió para regresar a la cocina. Incluso tenía los hombros más caídos que de costumbre bajo la bata gastada. Recordó las palabras del suizo: «¿No la notas cansada últimamente?».
Servaz no había dormido en toda la noche y, como siempre en esos casos, se sentía un poco atontado, con una sensación constante de irrealidad, mientras avanzaba hasta la cocina y cogía la taza que le tendía Margot. Tenía la impresión de hallarse entre el sueño y la vigilia. De estar compartiendo un momento cotidiano de los madrugadores, aquellos trabajadores pobres —la mayoría extranjeros— que salen de sus casas antes del amanecer para limpiar nuestras oficinas y nuestros sillones antes de que instalemos en ellos nuestras amables posaderas.
—Me vuelvo a la cama —anunció Margot, sofocando un bostezo.
Le dio un beso y se alejó por el comedor. La siguió con la mirada. No parecía muy en forma. Advirtió también que la inactividad había tenido sus efectos: había engordado varios kilos desde que estaba allí y se le había redondeado la cara. ¿Acaso Hirtmann sabía más de lo que daba a entender? Su pensamiento viajó desde el suizo hasta Gustav. Estaría en observación hasta el final del día. Después, volvería a su casa. Es decir, a casa de los Labarthe… Solo con pensarlo, sentía un pellizco en el estómago.
Tenía hambre. Buscó una pizza en el congelador, pero no había ninguna. Los platos precocinados también habían desaparecido. Una vez más, notó que se adueñaba de él la irritación. En la nevera no quedaba ninguna hamburguesa, aunque sí había fruta y verdura en cantidades industriales. Ecológicas, por supuesto.
De repente, sintió ganas de orinar.
Al salir del baño se dirigió a la habitación de su hija. La puerta estaba entreabierta. La empujó sin hacer ruido. Se había dormido ya. Incluso entonces, parecía agotada.
—Tu hijo —dijo Vincent Espérandieu, con incredulidad.
Bajó la vista hacia el fondo de la taza de café, como si hubiera un mensaje grabado en ella.
—Es una historia increíble, Martin. Es tu hijo…
—Quizá lo sea —lo rectificó Servaz, empujando ante sí dos bolsas, una que contenía un mechón rubio y la otra con un solo cabello—. También podría ser un farol. Necesito el resultado lo antes posible. De los dos…
Espérandieu observó las dos bolsas antes de cogerlas.
—¿Por qué dos? No lo entiendo.
—Ya te lo explicaré.
Ese día hacía demasiado frío en la terraza, de modo que se habían refugiado en el interior, cerca de la ventana. Al otro lado del cristal, se veían pocos transeúntes en la plaza del Capitole.
—¿No te parece que podrías haberme hablado antes de esto?
Servaz guardó silencio y miró a su ayudante. Con el mechón en la frente, la tez sonrosada y el rostro de adolescente, pese a tener casi cuarenta años; era como si el tiempo no transcurriera para él. A Servaz le parecía que estaba igual que el día que había entrado por primera vez en su despacho, diez años atrás.
Vincent era un auténtico friki de la informática y un joven bastante amanerado. Al principio, había sido blanco de bastantes burlas e insultos homófobos, hasta que Servaz puso fin a esos comportamientos. Después se habían hecho grandes amigos. Servaz era en realidad el único amigo que tenía en la policía… y fuera de ella. Era incluso el padrino de su hijo.
—Perdona —dijo.
—Es verdad, ¿no? ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Martin?
—¿Cómo?
—Maldita sea, si ya no me cuentas nada… Ni a Samira ni a mí.
—No sé muy bien a qué te refieres.
—Has cambiado, Martin, desde que estuviste en coma.
Servaz se puso tenso.
—No, en absoluto —respondió de manera categórica—. La prueba está en que eres la primera persona a quien hablo de esto.
—Y has hecho bien. Joder, no sé qué decirte… Viste a Hirtmann… estuviste con él en la misma habitación. Y lo dejaste escapar… ¡Hostia puta, Martin! ¡Es una locura!
—¿Qué querías que hiciera? ¿Crees acaso que he renunciado a detenerlo? Ese niño podría morir… Y es posible que sea mi hijo…
—¿No hay manera de tratarlo aquí?
—¿Vas a ayudarme o no?
—¿Qué quieres que haga?
—Ese tipo de la IGPN, ¿por dónde anda?
—¿Rimbaud? Está convencido de que fuiste tú el que se cargó a Jensen.
—Eso es ridículo.
Espérandieu le dirigió una mirada inquisitiva.
—Claro que es ridículo, pero ese gilipollas no tiene ninguna otra pista. O sea que se aferra a ella. De todas maneras, una vez que hayan realizado los disparos de comparación, no habrá nada más que te acuse.
Servaz evitó la mirada de su ayudante. De repente, otras preguntas cruzaron su mente: ¿Tendría razón Vincent? ¿Tanto había cambiado desde el coma? ¿Hasta el punto de que ni siquiera sus amigos lo reconocían?
—Lo que hay que preguntarse —prosiguió Vincent— es quién tenía interés en liquidar a ese canalla.
—Aparte de mí, quieres decir.
—Joder, Martin, no me refería a eso…
Servaz asintió con la cabeza, pero Vincent Espérandieu no estaba dispuesto a dejar la cosa ahí.
—¿Desde cuándo malinterpretas lo que dicen tus amigos? Mierda. ¿Quieres que te diga algo? Desde que saliste del coma, no sé con quién hablo, si contigo o con otra persona.
«Yo también me lo pregunto».
—¿Podrías echar un ojo a Rimbaud? —pidió.
—Va a ser difícil. Desconfía de Samira y de mí.
—¿Quién se ocupa de los disparos de comparación?
—Torossian.
—A él lo conocemos. Podrías sondearlo, para saber en qué punto está.
—De acuerdo —aceptó Vincent—. Veré qué puedo hacer.
Luego agitó las dos bolsas.
—¿Qué vas a hacer si es tu hijo?
—No lo sé.
—¿Y Margot? ¿Qué tal está?
Servaz se puso en guardia al instante.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Porque la vi hace un par de días en el centro y, francamente, tenía mala cara.
Servaz vaciló mientras miraba a su ayudante.
—¿Tú también lo has notado?
Bajó la vista un momento.
—Me siento culpable —confesó—. Lo dejó todo para estar a mi lado y yo, por mi parte, no hago más que dejarla sola… Y, además, me pregunto si… no sé… tengo la impresión de que hay algo raro… Está muy cansada, nerviosa, pero no me dice nada… En este momento tenemos una relación un poco difícil. No sé qué hacer.
—Es muy sencillo.
Servaz miró sorprendido a Espérandieu.
—Pregúntaselo. Directamente. Olvídate de las indirectas. No debes interrogarla. Es tu hija.
Servaz respondió con un gesto afirmativo de la cabeza. Vincent tenía razón.
—Y esa policía noruega, ¿hay algo entre vosotros?
—¿Y a ti qué te importa?
Espérandieu suspiró, con un destello de irritación en los ojos.
—Nada, no me importa nada. Lo que pasa es que antes no me habrías contestado de esa forma. En serio, esto ya me está tocando las pelotas.
Su ayudante se levantó.
—He de irme. Tengo trabajo. Ya te diré algo de lo del ADN.
Kirsten vio que los Labarthe regresaban con el niño hacia las tres de la tarde. Los observó un momento con los prismáticos, pero enseguida se hartó. ¿Para qué? Tiró los prismáticos a la cama e iba a tenderse cuando el teléfono vibró. Miró la pantalla.
Kasper. Quería que lo pusiera al corriente de las novedades.
No respondió. En ese momento, no tenía ganas de hablar con él. Pese a que el interés que manifestaba por la investigación era de agradecer, empezaba a parecerle un poco sospechoso que la llamara constantemente: al fin y al cabo, no le había dado la sensación de que se implicara tanto en el trabajo cuando estuvo en Bergen. ¿Por qué se interesaba de esa forma de repente? No le había dicho que habían encontrado al suizo, porque sin duda habría informado de ello a sus superiores. Servaz, por su parte, tampoco había puesto al corriente a los suyos. ¿Por qué? ¿Porque no quería que lo retiraran del caso para confiárselo a otro, o por otro motivo? Ella misma no había reportado gran cosa a Oslo. Y es que había algo que quería evitar: que el Kripos metiera las narices en lo que estaba sucediendo allí.
Miró al techo, pensando en los Labarthe. En lo que le habían hecho. Y sobre todo en lo que no habían tenido tiempo de hacerle… Solo de pensarlo, la asaltaba un impulso asesino. Aquello no tendría que haber ocurrido. Algo había salido mal. Ella no era de las que dejaba pasar las cosas. Se acordó de cuando empezó a patrullar como policía de uniforme por las calles de Oslo. Había intervenido en Rosenkrantz’ Gate por una pelea en un bar y había detenido a un tipo en estado de embriaguez y a su acompañante. Como era de prever, el tipo en cuestión la había tomado con ella y le había escupido a la cara las palabras que ciertos hombres emplean de forma automática en cuanto una mujer se enfrenta a ellos. Con todo, el hombre volvía a estar en la calle al día siguiente, no sin antes haberse burlado de los policías que estaban de servicio en la comisaría.
Seguramente no había comprendido por qué, a la noche siguiente, cuando regresaba tambaleándose a su casa, borracho otra vez, una sombra había surgido de la nada y se había abalanzado sobre él. El borracho acabó con varias costillas rotas, la mandíbula desencajada, un hombro dislocado y tres dedos de la mano derecha torcidos. Aún debía de estar preguntándose qué había pasado.
Empezaba a sentirse atrapada, de modo que se puso las botas, el anorak y el gorro y salió a dar una vuelta. Mientras hundía los pies en una capa de nieve de veinte centímetros, pensó en Martin, en la noche que habían pasado juntos. Para ella había sido algo más que un polvo. En ese momento, había sentido nacer algo entre ambos. ¿Lo habría sentido él también?
—¿Qué hacemos? —preguntó Aurore Labarthe.
—¿Qué quieres decir con «qué hacemos»?
Miró con exasperación a su marido. Eran las nueve de la noche y acababa de acostar a Gustav. Había anochecido hacía rato y el chalet estaba en silencio.
—¿No le has visto la mirada en el hospital? —dijo—. Va a volver. Y esta vez, va a castigarnos.
Vio que el rostro de Roland palidecía y se desencajaba.
—¿Cómo que va a castigarnos?
—¿Vas a seguir repitiendo lo que diga como un loro? —le soltó.
No vio la mirada asesina que él le lanzó, porque se había vuelto hacia la ventana.
—Tenemos que largarnos de aquí —dijo.
—¿Qué?
—Antes de que venga a encargarse de nosotros.
—¿Por qué…? ¿Por qué… haría… eso?
Le temblaba un poco la voz. ¡Qué gallina!
—¿Tú por qué crees? Lo suyo es castigar. Tú, que eres su biógrafo, deberías saberlo. —Soltó una risita—. La hemos cagado.
—Tú la has cagado —se atrevió a corregirla él—. Fuiste tú quien tuvo la idea de drogar al niño. Y tu segundo error ha sido decírselo.
—¿Qué crees, que el gilipollas del interno no se lo habría dicho? Cierra el pico y deja de cagarte encima.
—Aurore, no me hables así.
—Que te calles. Solo tenemos una opción: coger todo lo que podamos y largarnos de aquí.
—¿Y el niño?
—En cuanto nos hayamos ido, llamas a Hirtmann y le dices que venga a buscarlo, que las llaves del chalet están en el tubo de escape de mi coche y que Gustav duerme en su cama.
—¿Y adónde vamos a ir, joder?
—Lejos. Cambiaremos de aires. Y de nombre, si hace falta. Hay mucha gente que lo hace, que desaparece de la noche a la mañana. Tenemos bastante dinero ahorrado.
—¿Y mi trabajo en la universidad?
—¿Qué coño importa? —contestó ella.
—Te recuerdo que gracias a él pudimos comprar esta casa y…
Se oyó el sonido de un motor. Y callaron. Por primera vez, vio cómo el miedo transformaba el rostro de Aurore cuando se volvió de nuevo hacia la ventana. Él también miró hacia el exterior y se quedó petrificado. Un coche circulaba muy despacio por la nieve. Había dejado atrás el hotel y se dirigía hacia el chalet, con los faros potentes como dos soles.
—Es él… —dijo ella cuando el coche se detuvo frente a la casa, sobre la nieve acumulada, y se apagaron las luces.
—¿Qué vamos a hacer?
—Lo mismo que hicimos con la noruega —decidió ella—. Luego lo mataremos. Pero primero nos divertiremos un poco…
Cuando Aurore se volvió hacia él, Labarthe se quedó helado: los ojos de su mujer brillaban con crueldad.
Kirsten lo vio bajar del coche y subir los escalones nevados.
«Julian».
Movió los prismáticos y vio a Aurore Labarthe en una de las ventanas del primer piso. Analizó la expresión de la rubia. Su semblante traslucía preocupación, pero también algo más: astucia, perfidia, un plan… Kirsten notó cómo sus sentidos se ponían en alerta. Estaban tramando algo.
Estaba claro que Aurore Labarthe era consciente del peligro que corrían ella y su marido. ¿Hirtmann, por su parte, se daba cuenta del que lo acechaba a él? Kirsten tenía la sensación de que una nube de tinta negra le enturbiaba el pensamiento. Como si un pulpo se la hubiera escupido en la cara en medio del océano. ¿Qué podía hacer? Había salido sin el arma. ¿Dónde estaba Martin? Probablemente en la carretera. Marcó su número y le saltó el contestador.
«Shit».
Estaba en el porche, envuelto en un abrigo oscuro salpicado de copos nieve, con el mechón que le caía sobre la frente bailando al compás del viento por encima de las gafas. Aurore Labarthe se había puesto el batín de seda negro con ribetes rojos que tanto le gustaba al suizo, pero este no le prestó ni la más mínima atención. Ni tampoco a su cuerpo, que, por lo general, atraía siempre su mirada. Los ojos de Hirtmann se clavaron en los suyos.
—Buenas noches, Aurore —dijo, con un tono tan gélido como la noche.
Ella notó que un escalofrío le recorría, una a una, las vértebras bajo la seda, como la caricia de un dedo helado, desde las cervicales hasta el sacro. Reparó en su nariz hinchada, abultada, y en los algodones que asomaban por debajo. ¿Qué le habría pasado?
—Buenas noches, Julian. Entra.
Al apartarse, Aurore se preguntó en qué momento iba a abalanzarse sobre ella, pero él siguió avanzando sin más hacia el gran salón catedralicio. Pensó en Roland, que estaba preparando los cócteles en la cocina. Al muy cobarde debían de temblarle las manos. Más le valía no equivocarse con la dosis.
Cuando Julian pasó al lado de ella, experimentó pese a todo aquella mezcla embriagadora de excitación y temor que siempre sentía en su presencia. Él entró en el salón como un animal… olisqueando, husmeando, olfateando, evaluando la situación. Seguro de su fuerza, pero al acecho. Listo para actuar y reaccionar. Aurore se ajustó el cinturón del batín antes de acercarse a él. Roland salió de la cocina, sosteniendo una bandeja con tres vasos grandes de cóctel… y ella enseguida se percató de que había bebido para infundirse valor.
—Maestro —dijo con respeto—. Tenga la amabilidad de sentarse.
—Déjate de bobadas, Roland, por favor —contestó el suizo, y se quitó el abrigo húmedo y lo arrojó al sofá.
Detrás de los gruesos cristales de las gafas, que reflejaban las llamas de la chimenea con forma piramidal, sus ojos brillaron con una condescendencia pura y glacial. Labarthe acató con un movimiento de la cabeza, sin atreverse a mirarlo. Luego dejó el cóctel cremoso y blanco delante de él.
—¿Un White Russian, como siempre?
Hirtmann asintió. Sin apartar la mirada de Labarthe. Este sirvió el cóctel de champán de Aurore y su Old Fashioned en la mesa del sofá. Esa otra afición de Roland, preparar cócteles, les había sido útil en más de una ocasión, cuando se trataba de «ayudar» a sus invitados a que se relajaran y participaran en el juego.
—¿Nunca os he dicho que tengo raíces rusas? —comentó el suizo, levantando la copa.
Al notar que Roland no perdía de vista el cóctel ni un instante, Aurore tuvo que reprimir las ganas de gritarle que fuera más discreto. No obstante, el suizo llamó su atención cuando detuvo la copa a escasos centímetros de los labios.
—Rusas y aristocráticas. Mi abuelo materno fue ministro del gobierno de Kérenski antes de la Revolución de Octubre. Mi familia residía en San Petersburgo, en la calle Bolchaia Morskaia, a dos pasos de la casa de los Nabokov.
Finalmente, dio un trago al brebaje, que parecía nata montada, y luego otro.
—Delicioso, Roland. Está perfecto.
Dejó la copa en la mesa. Roland dirigió una mirada furtiva a Aurore. Había puesto casi tres gramos de GHB en el cóctel. Una dosis capaz de tumbar a un caballo. Al cabo de unos minutos, la sustancia se abriría paso hasta el cerebro del suizo, cambiaría su estado de ánimo, lo llevaría a la euforia, disiparía la angustia y la paranoia, y alteraría sus capacidades motrices. Entonces dejaría de ser el temible Julian Hirtmann para convertirse en una presa más fácil, aunque, en el caso de Julian Hirtmann, más fácil no significaba exento de peligro.
Aurore se sentó delante del suizo, separando de forma ostensible las rodillas. Esa vez, Hirtmann detuvo la mirada entre los muslos de la mujer y, por un instante, sus ojos despidieron un destello de pura lujuria, pero también de furor.
—Lo que hicisteis no tiene perdón —dijo de pronto, con un tono tan afilado como un cuchillo, mientras volvía a dejar la copa en la mesa.
Aurore se puso tensa. Labarthe notó que el estómago se le caía a los pies. Más que las palabras, fue el tono lo que los dejó helados. Ella pensó en el arma cargada que había escondido detrás del suizo, en un cajón abierto del aparador, y se preguntó si le daría tiempo a alcanzarla.
—No debisteis hacerlo… Francamente… Es muy… decepcionante. —Su voz era melosa, zalamera, como una caricia. O como el algodón que aplican los médicos antes de poner una inyección.
—Julian… —empezó a decir Aurore.
—Cierra el pico, zorra.
Se rebeló por dentro. Nunca le había hablado de esa manera. Nadie le había hablado de esa manera. Y nadie tenía derecho a hacerlo. Ni siquiera él. Aun así, optó por callar.
—De verdad, es algo que no puedo… perdonaros, y que, como podréis comprender, merece un castigo.
Aurore estuvo a punto de decir algo, pero intuyó que sería inútil. Lo único que podía salvarlos en ese instante era la droga. Siempre y cuando le hiciera efecto a tiempo… El suizo posaba alternativamente la mirada en ella y en Roland, por el momento sin manifestar ninguna señal de alteración de los sentidos.
—Vais a… —se interrumpió.
A continuación se llevó una mano a la cara. Se frotó los párpados. Cuando los abrió, los ojos le habían cambiado. Sus pupilas dilatadas formaban dos agujeros negros. Se le había nublado la mirada, se le había vuelto errática.
—Este cóctel está absolutamente… delicioso… —dijo.
Se apoyó en el respaldo y, recostando la nuca en los cojines, posó la vista en el techo y sonrió.
—Tanto en el caso de las personas como de las ratas, el control estimula la inteligencia, ¿lo sabíais? La ausencia de control puede bloquear, según dicen, las capacidades mentales. Pero perder alguna que otra vez el control tiene su lado bueno, ¿no?
Soltó una risita ahogada, se enderezó, volvió a coger la copa y tomó un buen trago. De repente, se echó a reír.
—¡Hostia, no sé qué tiene este cóctel, pero nunca me había sentido tan bien! — En su voz ya no había ningún resquicio de amenaza—. «Ahora sé cuándo vendrá la última mañana: cuando la luz ya no ahuyente… la noche y el amor… cuando… cuando haya un dormir eterno… y solo un inacabable sueño… Celestial fatiga no me abandona nunca…».
Volvió a dejar la copa y se estiró en el sofá, de costado, con las rodillas dobladas.
—Joder… creo que voy a dormirme…
Aurore lo observaba. Cerraba los ojos. Los abría. Los cerraba de nuevo. La mujer guardó silencio un segundo. Después miró a su marido y le indicó con la barbilla que se dirigiera a la cocina. Labarthe iba a levantarse cuando el suizo abrió los ojos y lo miró fijamente. El profesor universitario sintió que se le helaba la sangre. No obstante, volvió a cerrarlos y dejó reposar la cabeza en el cojín. A Labarthe le temblaban las piernas cuando siguió a Aurore hasta la cocina.
—Pero ¿qué has hecho? —le soltó en cuanto entraron—. ¿Has visto cómo está? ¿Cómo nos las vamos a apañar para subirlo?
Roland abrió mucho los ojos.
—¿Y qué? ¡Está a nuestra merced! Solo tenemos que acabar con él. Aquí. Ahora mismo.
Ella negó con la cabeza.
—Te he dicho que quería divertirme con él.
Labarthe no daba crédito a lo que oía. ¿Es que su mujer estaba loca? Vio contrariedad y frustración en los ojos de su mujer.
—¡Joder, ese tipo es peligroso incluso drogado! ¡Hay que acabar con esto, Aurore! ¡Ahora mismo! Por si no te has dado cuenta, esta vez se trata de cometer un asesinato.
Ella le clavó una mirada furiosa.
—No eres más que un puto cobarde, ¿lo sabías? Todas esas fantasías de pacotilla son solo una pose. ¿Por qué tienes que estropearlo todo siempre? ¿Por qué tienes que hacerlo todo mal?
—¿Qué es lo que ha hecho mal? —preguntó alguien desde la puerta, por detrás de Labarthe.
Este vio cómo Aurore perdía el color de la cara y se quedaba de piedra mientras miraba hacia la entrada de la cocina por encima de su hombro. Se volvió y se estremeció. Julian Hirtmann, con toda su estatura, y una sonrisa en el rostro, estaba en el umbral. Labarthe notó cómo el corazón le martilleaba el pecho. ¿Habría oído el suizo el comienzo de la conversación?
—Se me ha ocurrido que quizá podríamos divertirnos un poco antes de que me lleve a Gustav —dijo con voz vacilante—. ¿Qué os parece? Como despedida, digamos… ¿Subimos?
Cabeceaba. Parpadeaba como si le costara mantener abiertos los ojos, que se movían en las órbitas, incapaces de fijar la mirada. Aurore lo observó con desconfianza, antes de esbozar una amplia sonrisa. Ese idiota iba a caer solo en la trampa. ¡El gran Julian Hirtmann estaba a su merced! Un escalofrío de excitación, semejante a una descarga eléctrica, le recorrió el cuerpo.
—Por supuesto…
Labarthe la miró a su vez, como queriendo decir: «¿Lo ves?». El gigante suizo salió de la cocina y se encaminó con paso inseguro hacia la escalera.
—¿Estás convencida de que no finge? —murmuró Roland a espaldas del suizo.
Aurore señaló la copa de cóctel. Estaba vacía.
—¿Cuánto le has puesto?
—Casi tres gramos.
—Demasiado. Incluso para él —dictaminó.
Como si quisiera darle la razón, Hirtmann tropezó en el primer escalón, soltó una risita, subió otro y volvió a tambalearse.
—¡Hostia, cómo estoy!
Los Labarthe intercambiaron una mirada. Roland se acercó al suizo y le rodeó la cintura con un brazo. Hirtmann, por su parte, apoyó el suyo en los hombros del profesor universitario y lo estrechó afectuosamente. Labarthe se veía minúsculo al lado del suizo. Este habría podido partirle el cuello con un solo movimiento. Consciente de ello, el profesor sintió que se le erizaba el vello de todo el cuerpo.
—Mi amigo… —dijo el suizo—, mi fiel y leal amigo.
—Para siempre —respondió Labarthe, atenazado a su pesar por una emoción extraña y potente, distinta del miedo.
—Para siempre —repitió Hirtmann, con la convicción solemne de los borrachos.
Con Aurore tras ellos, subieron los escalones. En el último piso, delante de la puerta abierta de la suite de matrimonio, el suizo alargó un brazo. Con su estatura, alcanzaba directamente la trampilla del desván. La abrió y tiró de la escalera metálica, que se desplegó con un quejido. El viento rugía bajo las tejas, aquella guarida era como la boca de entrada a las tinieblas. El suizo se agarró a la escalera y subió los primeros peldaños como un niño con prisa por ir a jugar. Aurore le contempló el culo, que ensanchaba la parte inferior del abrigo.
De pronto, interrumpió el ascenso y se inclinó hacia ellos, con aire preocupado.
—¿Estáis seguros de que Gustav duerme?
Ella lanzó una mirada inquisitiva a su marido.
—Voy a comprobarlo —se ofreció este—. Empezad sin mí.
Le dieron ganas de decirle que no fuera. No le gustaba la idea de quedarse sola allí arriba con el suizo… pero, como Hirtmann los observaba, aceptó a regañadientes.
Labarthe bajó a la primera planta. Aurore oyó sus pasos en el pasillo, que se acercaban al cuarto del niño. Hirtmann encendió el interruptor y desapareció en el desván, haciendo chirriar la escalera. Ella puso un pie en el primer peldaño.
¿Por qué tenía la impresión de estar subiendo al cadalso?
Mientras proseguía su ascenso, se dijo que, a fin de cuentas, aquello no era tan buena idea. Tal vez Roland tuviera razón: deberían haber acabado con él abajo. Cuando asomó la cabeza por la trampilla, la recorrió un escalofrío: él estaba de pie a su lado, dominándola con toda su estatura, y la observaba con sus ojillos brillantes.
Percibió su propio reflejo en los cristales de las gafas. Durante una fracción de segundo, estuvo tentada de dar media vuelta y huir. Entonces vio aquel mensaje ridículo:
ABANDONA TODO ORGULLO,
TÚ QUE PENETRAS AQUÍ
ENTRA EN LA CRIPTA TIRÁNICA
NO TENGAS PIEDAD DE NOSOTROS.
Otra de las ideas de Roland. ¡Menudo imbécil! Roland siempre había sido un hombre cerebral, dado a las fantasías, no un hombre de acción. Ni siquiera en sus veladas violentas y mundanas tomaba la iniciativa. Siempre se mantenía en un segundo plano, dejando que los demás pasaran delante.
Se puso de pie, se estiró y se enderezó. Hirtmann la miraba con avidez. El viento aullaba en el tejado. Fuera debía de hacer un frío polar, pero allí reinaba tal calor que el suizo se sintió mareado y ella enseguida notó la humedad en la espalda.
—Quítate eso —dijo él.
Ella obedeció… y el batín cayó a sus pies con un roce sedoso casi imperceptible. Él la contempló, demorando en ella una mirada de puro deseo esa vez, sin saltarse ninguna parte de su cuerpo.
—Aquí soy yo la que manda. No lo olvides —le advirtió.
Él asintió, cabeceando aún, con evidente pesadez en los párpados. Cuando ella le apoyó la palma de la mano en el pecho, cerca del corazón, y lo empujó con dulzura y firmeza hacia atrás, él retrocedió dócilmente. Aurore cogió una muñequera de cuero que había sujeta a un cable, tiró de la polea y se la colocó en el brazo izquierdo. Él dejó que lo manipulara, sonriente, mientras devoraba su cuerpo con los ojos.
—Acerca la cara —le pidió—. Dame un beso.
Ella dudó un instante, pero se acercó a él; sus pechos casi lo rozaban. Él se inclinó hacia ella y, cogiéndola por la nuca con la mano que tenía libre, la besó en la boca. Ella le correspondió al beso, que sabía a vodka y licor de café. Tenía la impresión de que el corazón se le iba a salir del pecho. De repente, con brusquedad, la gran mano del suizo le soltó la nuca y le rodeó la garganta.
—¿Qué le habéis echado al cóctel?
Aurore abrió la boca, con el cuello atenazado, buscando el aire que la presión de la mano del suizo impedía que entrara. La sangre le inundó la cabeza. Vio unos puntos negros delante de los ojos, como un enjambre de moscas.
—¡Suéltame!…
—Responde.
—Nada… te lo… juro…
Le dio un puñetazo en el pecho —con una fuerza sorprendente teniendo en cuenta el poco espacio de que disponía para propulsar el puño—, pero él no aflojó la presión. Quería gritar, pero solo alcanzó a emitir un sonido ahogado, entre un silbido y un estertor. La mano del suizo le presionaba las carótidas y cada vez recibía menos oxígeno en el cerebro. No iba a tardar en desmayarse. El dolor en la zona de la laringe era insoportable. Intentó respirar, pero tenía la garganta obstruida. El corazón le latía con la contundencia de un tambor.
De repente, Hirtmann la soltó.
Aurore quiso retroceder, pero, sin darle tiempo a comprender qué estaba pasando, él le asestó un puñetazo que le reventó la nariz y manchó el linóleo con una nube de sangre casi negra. La mujer se derrumbó, con el conocimiento apagado como una vela después de soplarla.
Hirtmann cogió una de las velas y se acercó a ella. Se la pasó por delante de los ojos, a unos centímetros de distancia, y le iluminó las córneas, de un ojo y del otro, como haría un oftalmólogo con la linterna.
—Brillan más que los míos —constató.
Ella se debatió frágil, desnuda, expuesta, tiritando a pesar del calor que hacía en el desván, con las muñecas atadas de manera que los brazos formaban una uve por encima de la cabeza, una mordaza de bola y los ojos desorbitados y llorosos. La nariz rota le daba punzadas y tenía sabor a sangre en la boca.
Los pasos de Roland resonaron en la oscilante escalera de acero, y Hirtmann se acercó a la trampilla.
—Sube —le dijo con voz animada.
Entonces, los gemidos de Aurore empezaron a sonar a su espalda, a pesar de la mordaza. Roland se paró. Abrió mucho los ojos a causa del terror. Iba a volver a bajar para huir cuando Hirtmann lo agarró por el cuello, lo levantó sin esfuerzo y lo obligó a pasar por la trampilla. Le dio un empujón y el profesor universitario cayó rodando al suelo.
—¡Se lo suplico, maestro, no me haga daño!
Labarthe señaló a Aurore con el dedo.
—¡Ha sido ella! ¡Ha sido esa zorra! ¡Yo… yo no quería!
Los ojos se le anegaron de lágrimas. Hirtmann se volvió hacia Aurore. En su mirada captó un furor y un odio asesinos. Un poco más y casi estuvo a punto de admirarla.
—Levántate —le dijo a Labarthe.
El profesor obedeció, con las piernas y el labio inferior temblando violentamente. No iba a tardar en ponerse a lloriquear. Las rachas de viento hacían que un postigo diera golpes en alguna parte. Por un instante, Hirtmann temió que el ruido despertara a Gustav. Aguzó el oído, pero por la trampilla no subía ningún otro sonido.
Con una mano posada en el hombro de Labarthe, lo condujo hasta el centro de la habitación. Resignado y tembloroso, el profesor se dejaba llevar como un cordero con destino al matadero. Hirtmann lo ató sin que opusiera ninguna resistencia. Un cordero que se había creído un lobo… A aquellas alturas, sollozaba sin pudor, en la misma posición que su mujer, con los brazos en uve, pero con la diferencia de que él estaba vestido.
Hirtmann retiró la mordaza de la boca de Aurore. Ella le escupió un salivazo impresionante, que él se secó con indolencia. Observó sonriendo el reguero de sangre que le había caído en el dorso de la mano. Después ella se volvió hacia su marido:
—¡Eres un mierda, Roland! —espetó, lanzando chispas por los ojos—. ¡Un marica!
—Bueno, bueno —dijo Hirtmann, con una voz que no tenía nada de vacilante ni pastoso—. Ya arreglaréis vuestras diferencias en otro momento. O puede que no… En fin…
—Que te den —contestó ella.
—A la que van a darle es más bien a ti, querida… y después la vas a palmar — afirmó él tranquilamente.
—Que te jodan, Hirtmann.
Con la velocidad de una serpiente de cascabel, el cuchillo pequeño y puntiagudo que apareció en el puño del suizo trazó dos laceraciones profundas y verticales en las mejillas de Aurore. La sangre le resbaló por la barbilla y el cuello antes de gotearle sobre los pechos.
La mujer empezó a soltar alaridos.
Para entonces estaba empapada. Transpiraba por cada poro del cuerpo, como si fuera un tronco que exudaba savia. Jadeaba, con la barbilla y el pecho embadurnados de sangre, el pelo rubio pegado al rostro a causa del sudor y el abdomen vibrante como el diafragma de un altavoz.
—No deberías plantarme cara, ¿ves? —le dijo él de nuevo tranquilamente—. Vuestra maldita droga empieza a hacerme efecto. La cabeza me da vueltas. Es hora de que me largue de aquí. Menos mal que me he metido un kilo de manteca de cerdo y unas cuantas anfetaminas antes de venir, ¿eh, querida? La manteca es muy eficaz para reducir la velocidad de absorción de la droga en el estómago. Y las anfetaminas contrarrestan el efecto del GHB, o del Rohypnol. Me habéis hecho tomar una de esas dos porquerías, ¿verdad? Igual que a la noruega, la otra noche. Pasa cada cosa en vuestro chalet…
Echó un vistazo a Labarthe.
—Ahora vuelvo.
Los tres minutos que tardó, Aurore los dedicó de forma casi exclusiva a insultar a su marido. Cuando Hirtmann reapareció, vieron, estremecidos, que llevaba un bidón de gasolina en la mano. Lo dejó delante de Aurore, encendió otra vela, caminó hasta una cortina de terciopelo granate y acercó la llama al tejido.
La tela prendió enseguida. Las llamas la devoraron crepitando mientras ascendían en pocos segundos hasta el techo. Hirtmann se volvió hacia la pareja, con la silueta recortada sobre el creciente resplandor del fuego. Abrió el bidón y lo vació encima de la mujer, lo que provocó que se sacudiera.
—¡Joder, no! ¡Esto no! —gritó—. ¡Esto no…!
El suizo dejó el bidón abierto a sus pies sin dar muestras de haberla oído, antes de centrarse en Roland.
—Tú quizá tengas una oportunidad de salir de esta, ¿quién sabe?
El profesor universitario le lanzó una mirada en la que despuntaban a un tiempo la esperanza, la duda y el terror absoluto. Iba a abrir la boca para suplicar cuando el cuchillo pequeño que empuñaba el suizo describió un arco casi horizontal y acabó deteniéndose en su carótida. El suizo lo mantuvo clavado en el cuello de Labarthe unos segundos mientras lo miraba directamente a los ojos, después lo sacó y volvió a hundirlo, esta vez a la altura de la arteria subclavia. Fue como si hubieran abierto dos orificios en un tonel: del cuello y del tronco del profesor empezaron a manar dos fuentes de color rubí. Percibió el estupor y la debilidad en la mirada de Labarthe, la incredulidad que embarga a algunos hombres a las puertas de la muerte… Después, la vida lo abandonó con gran rapidez.
—Aunque no creo —añadió.
Hirtmann arrojó al suelo el arma ensangrentada y se dirigió hacia la trampilla.