Noche
32. La cautiva de ojos claros
32
La cautiva de ojos claros
Hacía un rato que había anochecido. Kirsten observaba el chalet iluminado desde el hotel. De vez en cuando, veía pasar a alguien detrás de las ventanas.
«¿Qué demonios estás haciendo, Martin?».
Había intentado llamarle diez veces por lo menos desde que el Volvo había pasado por delante de ella, después de trazar las últimas curvas. Le había enviado el mismo número de mensajes. Pero no había obtenido respuesta. Cada vez que llamaba le saltaba el buzón de voz.
Hacía ya una hora que había vuelto a su habitación, y él seguía sin aparecer.
Había ocurrido algo. ¿Se habría escondido en alguna parte o lo habrían sorprendido? Conforme pasaba el tiempo, la respuesta a esa pregunta adquiría una importancia vital. ¿Debería pedir refuerzos? Martin se había saltado todas las reglas al entrar allí. Después de las sospechas que pesaban sobre él en relación con la muerte de Jensen, aquello representaría sin duda el final de su carrera. Pero ¿qué más daba? Bajo ningún concepto podía dejar a Martin a merced de aquellos dos individuos.
Notó rigidez en la nuca y un principio de migraña, seguro que ocasionados por el estrés. Se masajeó el cuello y se tomó un gramo de paracetamol en el cuarto de baño, antes de volver a la ventana.
Mientras Gustav estuviera despierto, no pasarían a la acción. Esperarían a que estuviera dormido. A no ser que ya hubieran… Ahuyentó aquel pensamiento. ¿Les habría hablado Hirtmann de Martin? Tenía que hacer algo. Pero ¿qué? Volvió a escribir un mensaje en el teléfono.
¿Dónde estás? ¡Responde!
Miró con desesperación la pantalla inerte. «Shit!». Tenía ganas de salir corriendo a buscarlo, pero la inquietud y la tensión le agarrotaban los músculos. ¿Por qué había tenido que entrar en ese chalet? Allí, detrás de las ventanas, Gustav se columpiaba en los brazos de Labarthe y luego se alejaba corriendo y riendo. Una escena familiar conmovedora, llena de paz y felicidad.
Estaba acostado de lado, en la más absoluta oscuridad, con la oreja pegada al linóleo. De vez en cuando la despegaba, porque la vibración de la calefacción o de algún aparato se propagaba de forma repentina a través de las paredes y sofocaba entonces los demás ruidos.
En las tinieblas, una delgada raya de luz marcaba el contorno de la trampilla, como un rectángulo cortado con un soplete.
La voz aguda de Gustav le llegaba desde la planta baja, pero las de los mayores le costaba más distinguirlas. Dentro de nada, acostarían a Gustav. ¿Cuánto faltaría para que todos cayeran en un sueño profundo? Y, una vez que estuvieran dormidos, debía tener en cuenta que la trampilla se encontraba al lado de la habitación de matrimonio. Se acordó del chirrido que había emitido la escalera metálica al desplegarla: imposible recurrir a ella. Solo le quedaba una opción: saltar y huir.
No iba a esperar allí toda la noche. ¿Y si alguien subía al desván?
Se dio cuenta de que tenía las axilas húmedas. El calor subía y aquella estancia era un horno. También tenía sed, una sed que lo estaba mortificando, que hacía que tuviera la lengua pastosa e hinchada como el cartón piedra. Además, se le habían agarrotado el codo y el hombro por permanecer tanto rato en la misma posición.
Miró el teléfono. Ninguno de los mensajes que había escrito se había enviado.
Tras secarse con la manga el sudor que le perlaba la frente, aguzó el oído. Acababan de encender un televisor en la planta baja. Estaban viendo dibujos animados. Alcanzaba a identificar los sonidos procedentes del salón gracias al leve eco que producían. De repente, oyó unos pasos pesados en el piso de abajo. Alguien había subido. A continuación, percibió el sonido de la ducha del cuarto de baño de la suite de matrimonio.
Cinco minutos después, la persona que había entrado en el baño salió al pasillo. Y se detuvo justo debajo de la trampilla.
A Servaz se le formó un nudo en la garganta. Habría apostado algo a que se trataba de Aurore Labarthe. ¿Acaso subía cada noche a contemplar su jardín secreto, su pequeño paraíso infernal? ¿O tal vez había oído el ruido que él había hecho?
De repente, tuvo que rodar por el suelo: alguien acababa de tirar de la manilla del otro lado de la trampilla para abrirla.
Kirsten consultó el reloj. Habían transcurrido ya dos horas desde que había vuelto al hotel… Y, maldita sea, no podía esperar más. La niebla se había disipado, dejando solo algunos jirones en las hondonadas, pero la nieve volvía a caer con intensidad. El paisaje parecía una de esas tarjetas de Navidad virtuales y animadas que se envían por internet. Todo estaba sumergido en una oscuridad amarillenta.
En el chalet, una luz titilaba en la sala de estar: el televisor. Empezaba a notar un hormigueo palpable en las piernas. No paraba de imaginar toda clase de desenlaces posibles, algunos de ellos bastante siniestros. Un estudio americano había demostrado que la incertidumbre causa más estragos en la mente y en la salud que las certezas negativas.
Ella habría podido confirmarlo, desde luego. La cuestión era saber si el suizo había hablado de Martin a los Labarthe, si estos sabían lo importante que era para él. No era muy probable. Lo más seguro era que Hirtmann solo les hubiera proporcionado la información imprescindible.
La luz ascendió por el agujero como el resplandor de la lava que surge, por la noche, del cráter de un volcán. Servaz contuvo el aliento. La trampilla estaba abierta del todo. Sin embargo, la persona que se encontraba debajo no había tirado todavía de la escalera. De pronto lo asaltó el temor de que quizá su respiración y los desbocados latidos de su corazón fueran audibles desde abajo. Era Aurore Labarthe, sin duda: su perfume embriagador y venenoso llegaba hasta él.
En el rellano, nadie se movía, nadie hacía ruido. ¿Estaría mirando hacia el hueco del desván? Seguramente. ¿Percibía su presencia? ¿Intuía que había alguien agazapado allí, en la oscuridad?
Fue entonces cuando oyó el timbre de la puerta.
Fueran cuales fuesen sus intenciones, renunció a ellas, porque la trampilla volvió a cerrarse. Con la mejilla pegada al suelo plastificado, Servaz recobró el aliento.
Volvió a llamar al timbre otra vez. La puerta se abrió por fin, y Aurore Labarthe apareció en el umbral. Era aún más alta de lo que había imaginado… debía de medir casi un metro ochenta. Y eso que iba descalza. Se había puesto un batín viejo que parecía cálido y cómodo, y el cabello, todavía mojado, del color del heno empapado, le caía como una cortina enmarcando su semblante severo. Se plantó delante de Kirsten. Tenía un tipo alargado, un cuerpo compuesto de huesos y músculos. Y unos ojos azul claro desprovistos de calidez.
—Hi —saludó Kirsten en inglés, esbozando una amplia sonrisa.
Aguzó el oído. Otra voz. Conocida… No lograba entender lo que decía. Tardó unos segundos en comprender por qué. «Inglés. Kirsten». ¡Maldita sea! ¿Qué pretendía? Se dio cuenta de que tenía unas ganas incontenibles de orinar desde hacía rato. Se levantó y se dirigió a tientas hasta la ducha, donde alivió la vejiga sin preocuparse de saber si meaba o no dentro del plato. Después se subió la bragueta y regresó a su sitio.
Todo el mundo estaba abajo. Tenía que arriesgarse. Entreabrió la trampilla unos centímetros y las voces le llegaron con mayor claridad.
—¿Habla inglés? —preguntó Kirsten delante de la puerta.
Aurore le respondió con un simple gesto de la cabeza, sin aflojar la presión de la mandíbula ni apartar la vista de ella.
—Eh… Me alojo en el hotel. Soy… arquitecta en Oslo, Noruega… y, desde esta mañana, no dejo de mirar vuestro chalet.
La rubia la escuchaba sin chistar, totalmente indiferente a sus explicaciones.
—Me parece fascinante. He sacado fotos de la fachada durante su ausencia. Querría su autorización escrita para publicarlas en una revista noruega, como ejemplo de la arquitectura de montaña francesa… Y también, si me lo permite, me gustaría echar un vistazo al interior…
Era lo único que se le había ocurrido. Lo bastante improbable para ser creíble. Contaba con la ventaja de tener aspecto de extranjera y de no parecer un miembro de la policía francesa, ya que ni un solo agente galo de los que había escuchado hablar en inglés lo hacía tan bien como ella. No obstante, la dueña de la casa no había pronunciado palabra y mantenía una expresión indescifrable. Cuando clavó la mirada en los ojos de Kirsten, esta sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Aquella mujer tenía algo que te dejaba helado. Por un instante, se planteó si debía revelarle su verdadera identidad.
—Sé que es tarde y seguro que estoy molestándola. Disculpe. Volveré mañana.
De improviso, Aurore Labarthe cambió de semblante.
—No, no. Entre —la invitó con una amplia sonrisa.
Servaz oía las voces en la planta baja, pero era incapaz de distinguir qué decían. En todo caso, la conversación había adoptado un carácter anodino, sin agresiones ni amenazas. Aun así, no se quedó tranquilo. Nadie sabía de lo que eran capaces los Labarthe en presencia de una mujer sola y tan atractiva como Kirsten. Había entrado en su guarida, se había metido en la boca del lobo. Ahora que había visto todos los artilugios del desván, sospechaba que más de una persona había subido allí en contra de su voluntad.
Estaba agotado por la tensión. La situación se estaba descontrolando. ¿Kirsten sería consciente de ello? Tenía que hacer algo. No podía quedarse de brazos cruzados.
Prestó atención. Abajo proseguía la conversación y el televisor escupía los dibujos animados. Los chillidos de los personajes se aderezaban con un concierto de «¡bing!», «¡ruuun!», «¡paf!», «¡crac!» y «¡piiin!». Eso significaba que Gustav aún no se había acostado. Mientras estuviera por allí, no le harían nada a Kirsten. Empujó la trampilla, se colgó de las manos y, tras una oscilación, se soltó. En el momento en que separó los dedos del marco, notó que la camisa se le rasgaba por la espalda.
La caída produjo un sonido un poco fuerte, no obstante la gruesa moqueta lo amortiguó. Servaz se preguntó si alguien se habría percatado, ya que, además del jaleo de los dibujos animados, había un postigo que golpeaba en alguna parte. Escuchó un momento, percibió la risa —siniestra— de Aurore Labarthe. Sacó el teléfono. Lo puso en silencio. Buscó a Kirsten en los contactos. Y escribió en inglés:
Get out!
—Me parece todo muy interesante —aseguró Aurore Labarthe mientras volvía a llenar la copa de Kirsten con ese vino blanco dulzón que era, según le había dicho, un producto típico de la región—. A mí también me apasiona la arquitectura —añadió, con una sonrisa y un guiño—. Santiago Calatrava, Frank Gehry, Renzo Piano, Jean Nouvel… ¿Sabe lo que decía Churchill? «Son los hombres los que construyen las paredes, pero después son las paredes las que construyen a los hombres».
Hablaba un inglés perfecto. A Kirsten la invadió el pánico. Ella no era una gran entendida en arquitectura, de hecho. Sacando la nariz de la copa, dirigió a Aurore Labarthe una sonrisa indulgente, que pretendió ser la del profesional que ha oído mil veces el mismo comentario por parte de un aficionado enterado y entusiasta. A ella solo le vino un nombre a la cabeza.
—Sí, en Noruega tenemos algunos arquitectos destacables —declaró, sonriendo —, como Kjetil Thorsen Trædal.
El arquitecto que, junto con otro, había construido la Ópera de Oslo y era conocido por todos los noruegos. Aurore asintió con la cabeza con prudencia, los ojos entornados y sin apartar la vista de ella. A Kirsten no le gustó esa mirada. Se dio cuenta de que estaban las dos sentadas cara a cara en la zona del sofá, mientras que Roland Labarthe se mantenía de pie, un poco apartado. Desde su posición, podía observar a Kirsten a sus anchas, sin ser visto. Esta dejó la copa en la mesa. Había bebido suficiente. El teléfono vibró en su bolsillo. Un mensaje.
—¿Y si fuéramos a acostar a Gustav? —dijo Aurore Labarthe a su marido.
Kirsten se percató de la mirada que intercambió el matrimonio, una comunicación muda más cargada de significado de lo que parecía, que la puso en guardia. ¿Dónde estaba Martin? Su ausencia la tenía cada vez más preocupada. De nuevo, se planteó si debía revelar su identidad. Trató desesperadamente de captar un sonido, una señal. Deseaba con todas sus fuerzas que Martin la hubiera oído y aprovechara que estaba acaparando la atención de los Labarthe para encontrar la manera de escapar. Pero ¿y si estaba encadenado en algún sitio? Se sentía a punto de entrar en pánico.
Labarthe apagó el televisor.
—¿Vamos, Gustave? —dijo.
«Gustav…». Kirsten tragó saliva. El chiquillo rubio se levantó.
—Tenéis un hijo muy guapo —dijo—. Y muy obediente.
—Sí —convino Aurore Labarthe—. Gustav es un niño muy bueno, ¿verdad, tesoro?
Le acarició el cabello rubio. Aquel pequeño podría haber sido su hijo. La pareja se alejó hacia la escalera, con Gustav en el medio.
—Enseguida volvemos —le dijo Aurore volviéndose, antes de desaparecer.
Kirsten percibió entonces el silencio que reinaba en la casa. Sacó el teléfono. Tenía cobertura. Cuatro barras. Vio el mensaje. ¡Martin! Su texto en inglés era muy explícito:
Get out!
Apenas tuvo tiempo de meterse en una de las habitaciones del primer piso antes de que llegaran. Los vio andar por el pasillo, a través de la rendija de la puerta entreabierta, en compañía de Gustav, que iba en pijama, y dirigirse al cuarto del pequeño. Ella era mucho más alta que él.
—La quiero —dijo la mujer rubia.
—Aurore, delante del niño no.
—Me gusta —insistió ella, haciendo caso omiso de la advertencia—. Me gusta mucho.
—¿Qué tienes pensado? —preguntó Labarthe, con una voz cálida y una dicción refinada que oía por primera vez, en el momento en que pasaban por delante de la habitación en la que Servaz se había escondido—. Es demasiado bonito para ser verdad, ¿no crees?
—Quiero que me la subas al desván —declaró la mujer por toda respuesta—. Será perfecta.
—¿No es un poco arriesgado? Te recuerdo que se aloja en el hotel de al lado.
Se alejaron hacia la habitación de Gustav.
—Con lo que le he echado en el vino, mañana no se acordará de nada —contestó la mujer.
—¿La has drogado? —preguntó él, incrédulo.
Servaz tuvo la repentina sensación de que su estómago se sumergía en una bañera llena de cubitos de hielo. Se acercó a la rendija para seguir escuchando, pero la tensión le producía un zumbido en los oídos.
—¿De qué habláis? —les preguntó Gustav.
—De nada, cielo. Métete en la cama.
—Me duele la barriga.
—Ahora te doy algo.
—¿Un sedante? —sugirió tranquilamente el hombre.
—Sí, voy a buscar un vaso de agua.
Oyó que la mujer salía de la habitación y Servaz dio un paso atrás. Ella entró en el cuarto de baño del otro lado del pasillo y abrió el grifo. Volvió a pasar por delante de la habitación, con un vaso en la mano. Al ver su perfil duro, su mirada exenta de calidez, tuvo la impresión de que su centro de gravedad había caído muy abajo. Las intenciones de los Labarthe estaban muy claras.
Y Kirsten se había tragado ya aquella maldita droga.
—¿Puedo utilizar el baño?
Justo en ese momento, la voz de la noruega sonó en la planta baja.
—Ya voy yo —dijo el hombre—. Comprueba que Gustav esté dormido.
Servaz resistió el impulso de abalanzarse sobre Labarthe cuando lo vio avanzar por el pasillo. Durante un breve instante contaría con la ventaja de la sorpresa, pero luego estaba la mujer… y se olía que aquellos dos tenían recursos para dar y tomar en casos de emergencia. Se acordó de la máquina de remo, del banco de gimnasia, de las pesas y del saco de boxeo. Él tendría las de perder. Por lo menos si iba a enfrentarse él solo a los dos, con el arma en la comisaría y Kirsten fuera de juego. Iba a tener que ser más astuto.
—¿Puedo utilizar el baño? —repitió en dirección al primer piso.
Oyó unos pasos fuertes en la escalera. Labarthe apareció. Primero las piernas y después su rostro de rasgos finos, con una sonrisilla ambigua.
—Es por allí —dijo, señalando una puerta—. Por favor.
Una vez dentro, Kirsten abrió el grifo y se lavó la cara con agua fría. No entendía qué le pasaba. Estaba grogui, como si estuviera incubando una enfermedad, con la frente empapada en sudor. Se bajó el pantalón y las bragas y se sentó en la taza del váter. Mientras orinaba, tuvo la sensación de que el corazón cambiaba constantemente de ritmo, se aceleraba y se ralentizaba.
¿Qué diablos le ocurría? Se secó, se levantó con esfuerzo, respiró hondo y volvió a salir.
Los Labarthe estaban sentados en un rincón del salón. Sus caras y sus miradas se volvieron hacia ella en una bonita sincronía, como si los moviera un mismo titiritero. Le dieron ganas de reír al pensarlo.
«No te rías. Deberías desconfiar de ellos —le dijo una vocecilla en su cabeza—. Yo de ti, me largaría ahora mismo».
Estaba segura de que, en su estado —en el supuesto de que empezara a correr hacia la puerta—, la alcanzarían en un segundo. Además, solo habían hablado de tomar una copa y de enseñarle las fotos de las fases de construcción del chalet… o más bien de la reforma, puesto que se trataba de una antigua casa de campo.
Le dio tiempo a pensar en todo eso mientras cruzaba el espacioso salón en dirección a ellos. De repente se preguntó cuánto rato había tardado en hacerlo. Estaba perdiendo la noción del tiempo y del espacio, joder… y encima tenía la sensación de que el suelo se movía formando olas. Aurore Labarthe le indicó un sitio a su lado, en el sofá, y Kirsten se dejó caer.
La rubia sonreía, sin perder ni un instante de vista a la noruega, igual que su marido.
«Si os creéis que he perdido el control, estáis muy equivocados…».
—¿Otra copa? —propuso Aurore.
—No, gracias.
—Yo sí me voy a servir otra —dijo el hombre.
—Tenga —dijo Aurore Labarthe, poniéndole el iPad encima de las rodillas—. Estas son las fotos de la reforma del chalet.
—¡Uau!
Bajó la mirada hacia la pantalla y trató de concentrarse en las fotos de la presentación, pero le costaba seguirlas… y los colores le parecieron extrañamente saturados, como los de un televisor mal calibrado: los rojos, los verdes y los amarillos chillones se superponían.
—Los colores se ven raros, ¿no? —comentó con una voz que percibió pastosa.
Oyó la risa seca e irónica de Roland Labarthe, que llegó distorsionada por un curioso eco a sus oídos. ¿Qué le hacía tanta gracia? Tenía ganas de dejarse ir, de tumbarse en el sofá. Se sentía débil, sin fuerzas.
De repente, se acordó del mensaje de Martin:
Get out!
«Reacciona, joder».
—No me encuentro muy bien —dijo.
Su voz producía una especie de eco. Aurore Labarthe le acarició la mejilla con el índice. Después se inclinó hacia ella, apoyándole el pecho en el brazo.
—Mire —dijo, pasando las fotos con un dedo.
Tenía las uñas pintadas de negro y muy largas.
—Es… —empezó a decir Kirsten.
¿Qué había dicho? ¡Había mezclado noruego e inglés! Sus anfitriones la observaban con aire divertido. La recorrió un escalofrío. En sus miradas, que eran idénticas, había algo más que diversión: astucia, falsedad, avidez… Dijeron algo y se pusieron a reír… pero su cerebro debía de haberse desconectado un instante, porque no logró recordar qué les hacía tanta gracia.
Se dio cuenta de que estaba de pie… y que ellos la conducían hacia la escalera; cada uno la agarraba por un brazo. «¿En qué momento me he levantado?». No conseguía acordarse.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Tiene que descansar —dijo Aurore Labarthe en voz baja—. Aquí estará tranquila.
—Sss… sí —tartamudeó Kirsten—. Quiero que me dejen tranquila, quiero estar tranquila…
De repente, Aurore se volvió hacia ella, la cogió por la barbilla y la besó. La lengua de la mujer se abrió paso en su boca. Y Kirsten no opuso resistencia. En su cerebro había algo —una barrera, un seguro— que le impedía reaccionar.
—Te gusta —dijo el hombre detrás de ella.
—Sí. Mucho. Vamos.
Servaz observó a Gustav. El niño dormía con los puños cerrados a la suave luz azulada de la lamparita. Con aquella iluminación, los Spiderman acróbatas del edredón parecían de color lila. Una vez más, se preguntó quién era ese niño… y, sobre todo, quién era su padre.
Tenía el cabello rubio en el bolsillo, dentro de una bolsa de plástico.
Había oído cómo, en la planta baja, la voz de Kirsten se transformaba, mudaba de timbre y su dicción se volvía pastosa. La había oído mezclar noruego e inglés y quejarse de que no se encontraba bien. Había oído también las risas de los Labarthe y sus voces melifluas, y la rabia le ardía en el estómago.
Sin embargo, era consciente de que si se lanzaba al abordaje, corrían el riesgo de acabar encadenados los dos allí arriba, en la guarida. Tenía que ser más listo que ellos.
De repente, percibió ruido en la escalera y se escondió detrás de la puerta abierta. Un golpe sordo. «Kirsten».
—Ayúdame —pidió el hombre—. No se tiene en pie.
Se aventuró a mirar. Los vio pasar hacia el piso de arriba, con Kirsten entre ellos dos. La noruega, medio inconsciente, se dejaba más o menos arrastrar.
Servaz oyó el ruido de la trampilla y, a continuación, de la escalerilla al desplegarse.
—Eres guapa, ¿sabes? —dijo Aurore.
—¿De verdad? —preguntó la noruega, como si apreciara el cumplido.
—Vas a tener que ayudarnos un poco —dijo Labarthe con mayor frialdad.
—Claro —respondió Kirsten—, pero ni siquiera me siento las piernas.
—No pasa nada —dijo Aurore Labarthe con tono meloso.
—Ve a ver si Gustav está dormido —le ordenó el hombre.
Por un instante, sintió pánico. Los pasos de Aurore Labarthe bajaban por la escalera y resonaban en el pasillo. Se ocultó detrás de la puerta… que se abrió de par en par. Y se pegó a la pared.
A continuación, la puerta volvió a su posición inicial y los pasos se alejaron. Gustav emitió un leve gruñido en sueños y cambió de postura. Luego se introdujo el pulgar en la boca.
Servaz tenía la impresión de que iba a estallarle la cabeza. Desde que se había quedado encerrado en aquel desván sofocante, se moría de calor. Tenía, ante todo, una necesidad imperiosa de salir de allí, de respirar un poco de aire fresco.
Caminó con paso decidido hacia la gran escalera. Arriba, varias personas subían por la escalerilla, que crujía y gemía bajo su peso. Descendió a la planta baja con cautela y se dirigió hacia la puerta.
El aire helado de la noche lo abofeteó en la cara. Lo despertó.
Respiró con avidez, con las manos en las rodillas, como si hubiera corrido cien metros. Después bajó los escalones, cogió la nieve a puñados y se frotó con ella el rostro.
Acto seguido, accionó el teléfono.
Había que pedir refuerzos.
Sin embargo, se quedó inmóvil. ¿Cuánto tiempo tardarían en llegar? Y, mientras tanto, ¿qué ocurriría allí arriba? ¿Y si los gendarmes se negaban a entrar en el chalet? No sería la primera vez que ocurría algo así. Además, después de eso, sus posibilidades saltarían por los aires. Ya no habría ninguna posibilidad de que Hirtmann se expusiera.
Reflexionó un momento.
Luego subió los escalones, respiró hondo y apretó el timbre.