Noche

Bernard Minier · Capítulo 40 de 50

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Noche

Martin y Julian

37

Los hijos nos vuelven vulnerables

 

—Entra, Martin.

La misma voz de actor, de tribuno. Profunda, cálida. El mismo tono educado. Casi lo había olvidado.

—Entra.

Avanzó. La cama de hospital a la izquierda, Gustav dormido (un golpe sordo en el pecho), con aspecto despreocupado y tranquilo, pero con las mejillas enrojecidas, el calor del ambiente, la ventana al fondo, con la luz de las farolas que se colaba formando rayos horizontales entre las láminas de la persiana.

Esa era la única luz que entraba en la habitación.

Apenas distinguía la figura sentada que le daba la espalda.

—No vas a detenerme, ¿verdad? Por lo menos antes de que hayamos hablado.

No dijo nada. Dio un paso más. Hirtmann estaba a su izquierda. Servaz contempló su perfil. Llevaba gafas, un mechón le caía encima de la frente y la nariz había cambiado de forma. No lo habría reconocido si se hubiera cruzado con él por la calle.

Sin embargo, cuando el suizo volvió la cabeza y levantó la barbilla para mirarlo, detrás de las gafas correctoras, Servaz reconoció la sonrisa y los labios un tanto femeninos.

—Buenos días, Martin. Me alegro de verte.

Sin responder, se preguntó si el suizo podía oír los golpes que el corazón le daba en el pecho.

—He mandado a los Labarthe a casa. Son buenos soldados, correctos, pero mira que llegan a ser tontos… Él es un auténtico imbécil. Su libro no vale nada, ¿lo sabías? ¿Lo has leído? Ella es mucho más peligrosa. ¿Sabías que tuvieron el valor de drogar a Gustav? —Su voz se había convertido de repente en un chorro de agua helada—. Creen que solo va a caerles una bronca, pero tú sabes que las cosas no van a ser así…

Servaz siguió guardando silencio.

—Aún no sé cómo voy a solucionarlo. Ya veremos. Prefiero la espontaneidad.

Servaz aguzó el oído, tratando de captar otros sonidos aparte de la voz de Hirtmann. Pero no percibió ninguno. Todo estaba en calma.

—¿Te acuerdas de la primera conversación que mantuvimos? —dijo de pronto el suizo.

¿Cómo no iba a acordarse? En realidad, no había transcurrido ni un solo día durante los últimos ocho años en que no hubiera pensado en ese momento, de una manera u otra. A veces lo evocaba durante unos segundos, otras veces durante más tiempo.

—¿Te acuerdas de la primera palabra que pronunciaste?

Servaz se acordaba, pero dejó que fuera Hirtmann quien la dijera.

—Mahler.

El suizo sonreía mientras levantaba el rostro hacia él; se le había iluminado el rostro.

—Dijiste «Mahler». Entonces, enseguida comprendí que estaba ocurriendo algo especial. ¿Te acuerdas de la música?

Claro que se acordaba, cómo no.

—La Cuarta, el primer movimiento —respondió Servaz con la voz ronca, como si llevara días sin hablar.

Hirtmann asintió con la cabeza, satisfecho.

—«Bedächtig… Nicht eilen… Recht gemächlich…».

Levantó las manos y las movió por la habitación, como si percibiera la música.

—«Deliberada, sin prisa, con mucha calma» —tradujo Servaz.

—Debo reconocer que ese día me causaste una fuerte impresión. Sí. Y eso que yo no soy nada impresionable.

—¿Estamos aquí para hablar de los viejos tiempos?

El suizo soltó una risita bonachona que sonó casi como una tos. Después se volvió hacia la cama.

—No hables tan alto, que vas a despertarlo.

Servaz tuvo la impresión de que el estómago se le caía a los pies.

—¿Quién es este niño? —preguntó.

Durante un momento, ambos guardaron silencio.

—¿No lo adivinas?

El comisario tragó saliva.

—¿Te dije que una vez, en mi antiguo trabajo, encontré el cadáver de un niño? — prosiguió el suizo—. Por aquel entonces yo era joven, y hacía tres semanas que acababa de empezar en el tribunal de Ginebra. La policía me llamó en plena noche. El hombre que me avisó estaba conmocionado. Me presenté en la dirección que me dieron. Un sitio deprimente. Una casa horrenda donde vivían unos okupas. Cuando entré, enseguida noté el olor: apestaba a vómito, orina de gato, comida, mierda, tabaco, mugre, pero también a papel de aluminio quemado. Vi cucarachas en el pasillo y en la cocina; estaba infestado. Entré en el comedor. Estaban todos colocados, tirados en los sofás, la madre tendida sobre las rodillas de dos tipos, con la cabeza colgando, uno de los tíos insultaba a la policía, en la mesa de centro aún había torniquetes y jeringuillas. Se habían inyectado toda la porquería que tenían a mano. La niña estaba en su habitación, en el extremo del pasillo, acostada en la cama. Calculé que tendría unos cuatro o cinco años. En realidad, tal como supe más tarde, tenía siete, pero a causa de los años de malos tratos y malnutrición, era más bajita y menuda de lo normal.

Dirigió una mirada hacia la cama.

—El forense, un tipo que estaba a punto de jubilarse y que las había visto de todos los colores, estaba muy pálido. La examinaba con mucha dulzura, quizá para compensar la furia con que la habían golpeado. Los servicios de emergencia estaban todavía allí, delante de la casa. Uno de los técnicos había vomitado en la hierba. Habían hecho todo lo posible para reanimar a la pequeña, masajes cardíacos, desfibrilador… Uno de ellos quería entrar y darles una paliza a los padres. Los policías tuvieron que contenerlo. El cuarto de la niña estaba lleno de basura, igual que el resto de la casa: botellas, latas, comida llena de moho, manchas por todas partes, incluso encima de la cama…

Hirtmann calló, absorto en sus pensamientos.

—Acabamos por detener al autor de la paliza mortal. No había sido ninguna de aquellas tres escorias, sino el padre, que se había presentado, igual de colocado, y que al encontrar a la madre dormida con los otros dos, se había vengado con la niña. Yo maté a la madre dos meses después. Primero la torturé. No la violé. Me daba demasiado asco.

—¿Por qué me cuentas todo eso?

—Tú tienes una hija, Martin —continuó el suizo, como si no lo hubiera oído—. Y sabes desde hace mucho que…

Servaz sintió que se le agarrotaba el cuerpo.

«No menciones a mi hija, cabrón…».

—¿Qué sé? —preguntó con suma frialdad.

—Que cuando tienes un hijo, ya no se razona como antes. Cuando tienes un hijo, el mundo se vuelve peligroso otra vez, ¿verdad? Tener un hijo es volver a tomar conciencia de que somos frágiles, los hijos nos vuelven vulnerables. Pero tú eso ya lo sabes, claro. Míralo, Martin. ¿Qué ocurrirá si yo desaparezco? ¿Si yo muero? ¿Si me meten en la cárcel? ¿Qué será de él? ¿Quién se ocupará de él? ¿A qué hogar, equilibrado o disfuncional, irá a parar?

—¿Es tu hijo? —preguntó Servaz, con un nudo en la garganta.

Hirtmann apartó la mirada de Gustav para escrutar a Servaz a través de las gafas, con los párpados entornados.

—Sí, es mi hijo. Yo lo he criado, lo he visto crecer. No te imaginas lo formidable que es este niño. —Hizo una pausa—. Gustav es hijo mío y también es hijo tuyo. Yo lo he criado como si fuera mío… porque lo es… pero es tu ADN el que está inscrito en sus células.

 

Martin ya no lo escuchaba. Los oídos le zumbaban como si sufriera de acúfenos. Y sentía la garganta como si estuviera tapizada en papel de lija.

—¿Lo puedes demostrar? —dijo de pronto.

Hirtmann sacó una bolsa transparente. Dentro había un mechón. Rubio. Idéntico al que Servaz tenía en el bolsillo.

—Imaginaba que me harías esa pregunta. Toma, haz la prueba, anda. De todas formas, yo ya la hice. Quería saber si era tuyo o mío… —Hirtmann hizo una pausa —. Gustav, tu hijo, te necesita.

—Entonces, ¿por eso…?

—¿Por eso qué?

—¿Por eso lo localizamos tan fácilmente…? Hiciste todo lo posible para que lo encontrara, en realidad.

—Eres listo, Martin. Muy listo.

—No tanto como tú, ¿cierto?

—Yo también soy bastante listo, es verdad. Me conoces lo suficiente como para saber que no suelo cometer tantos errores. Eso debería haberte dado alguna pista.

—Y me la dio, pero, aunque pensé que tú tirabas de los hilos, que estabas detrás de todo esto, me dije que tenías tus motivos… y que el titiritero acabaría por dejarse ver… Tenía razón, ¿no?

—Exacto. Bueno, aquí estamos.

—El problema es que todas las salidas de este hospital están controladas por la policía. No podrás escapar.

—No lo creo. ¿Vas a detenerme? ¿Aquí? ¿En la habitación de tu hijo enfermo? Lo encuentro de bastante mal gusto, si quieres que te diga la verdad.

Servaz miró a Gustav, tendido en la cama, con el pelo rubio todavía pegado a la frente debido al sudor, los labios entreabiertos y el torso estrecho, que se elevaba con suavidad debajo del pijama de felpa. Las pestañas rubias nacían de los párpados cerrados como los pelos de un pincel.

Hirtmann desplegó su metro ochenta y ocho de estatura. Servaz advirtió que había engordado unos kilos. Llevaba un jersey de jacquard pasado de moda y un pantalón de pana contrahecho, pero de él seguía emanando algo magnético, temible.

—Estás cansado, Martin. Te propongo que…

—¿Qué tiene? —lo interrumpió Servaz, cambiando de tono.

—Atresia biliar.

Servaz nunca había oído hablar de esa enfermedad.

—¿Es grave?

—Mortal si no se hace nada.

—Explícate —exigió con firmeza.

—Eso va a llevarme un rato.

—Me da igual. Tengo todo el tiempo del mundo.

Notó que el suizo lo miraba.

—La atresia biliar es una enfermedad que afecta en torno a un niño de cada veinte mil. Es una putada, un trastorno que se inicia incluso antes de que nazca el niño, en el vientre de la madre. Resumiendo, los canales que permiten la evacuación de la bilis desde el hígado se estrechan y se bloquean. La retención de la bilis en el hígado provoca daños irreparables que, si no se hace nada, resultan mortales. Seguro que has oído hablar, como todo el mundo, de la cirrosis que sufren los alcohólicos. Pues bien, es eso lo que ocurre: la presencia de bilis en el hígado provoca una fibrosis y después una cirrosis biliar secundaria. Y es eso lo que causa la muerte del niño, una cirrosis de hígado clásica.

Hirtmann calló un instante y dedicó una mirada a Gustav antes de continuar.

—Hasta el momento, se desconoce el origen de la atresia biliar. Los niños que tienen esta enfermedad sufren problemas de salud constantes. Tienen una estatura inferior a la media y a menudo padecen infecciones. Tienen dolores abdominales, el estómago hinchado, ictericia, trastornos de sueño y sangrados gastrointestinales. Como te he dicho, una putada. —En su voz no había ninguna emoción especial, solo la enunciación brutal de los hechos—. El primer tratamiento consiste en restablecer el flujo de la bilis. Esta operación se denomina «procedimiento de Kasai», que es el nombre del cirujano que lo ideó. Se trata de retirar el conducto necrosado y sustituirlo por un tubo de drenaje nuevo que se extrae del intestino delgado. La cirugía es como la fontanería. A Gustav le practicaron esa operación. En un caso de cada tres, da buenos resultados. En el suyo, parece que no ha funcionado. —De nuevo, hizo una pausa—. A partir de ahí, se desarrolla una insuficiencia hepática y si los síntomas se agravan, el niño corre peligro de muerte.

Servaz tenía la impresión de que el silencio que reinaba en el hospital producía una especie de vibración… o tal vez eran sus oídos.

—¿Existe otro tratamiento?

Hirtmann clavó la mirada en sus ojos.

—Sí. Un trasplante de hígado.

Servaz aguardó la siguiente explicación, con el corazón en un puño.

—La atresia biliar es la primera causa de trasplante hepático en niños. El obstáculo principal para el trasplante es, como puedes suponer, Martin, la falta de donantes muertos en esa franja de edad.

Una mujer con bata de enfermera pasó por delante de la puerta de la habitación. A Servaz le pareció que el ruido que producían en el suelo del pasillo las suelas de goma era el eco de los golpes sordos que notaba en el pecho.

—Y, en el caso de Gustav —continuó el suizo—, eso supondría un montón de gestiones, salir de la clandestinidad y, sin duda, aceptar que un día acabará en una familia de acogida, es decir, con unos desconocidos, joder. Con gente sobre la que no tendré ningún control y que no habré elegido yo.

Servaz se guardó de comentar que la elección de los Labarthe no le parecía precisamente la mejor.

—Existe, sin embargo, otra opción, la única válida en realidad para Gustav: el trasplante de un donante vivo compatible. Se retira en torno a un sesenta o setenta por ciento del hígado de un donante sano… Eso no supone un problema, porque el hígado se regenera… Y se trasplanta en el niño. Pero no puede ser cualquier donante. Tiene que ser un pariente cercano, un hermano, una madre, un padre…

Era eso… Servaz reprimió las ganas de agarrar al suizo por el cuello. Marianne, pensó de repente. Había dicho «una madre, un padre…». ¿Por qué no Marianne?

—¿Y por qué no la madre? ¿Por qué no Marianne? —preguntó con voz ronca—. ¿Por qué no puede donar ella el hígado?

Hirtmann lo observó con aire grave, como si estuviera buscando la respuesta adecuada.

—Digamos que su hígado no está disponible.

Servaz respiró hondo.

—Está muerta, ¿es eso?

Al ver la mirada impregnada de compasión fingida del suizo, a Servaz lo asaltaron de nuevo las ganas de agarrarlo por el cuello.

—¿Y si me niego a hacerlo? —dijo—. ¿Qué pasará?

—Pues, en ese caso, tu hijo morirá, Martin.

 

—¿Por qué? —preguntó de pronto.

—¿Cómo dices?

—¿Por qué no lo mataste? ¿Por qué lo criaste como si fuera tu hijo?

Seguían de pie, uno al lado de otro, junto a la cama. Contemplaban al niño dormido, cuyos labios articulaban palabras silenciosas.

—Yo no mato niños —contestó el suizo con frialdad—. Y el destino puso a este pequeño en mis manos. ¿No te he dicho que, cuando descubrí que Marianne estaba embarazada, me puse furioso? Le hice pasar hambre durante semanas para que abortara. No quería matar al niño. Quería que muriera de forma natural, pero el diablillo resistió. Lo malo fue que, por todas las drogas que le hacía tomar, el estado de Marianne era lamentable. Tuve que quitárselas, alimentarla, inyectarle vitaminas…

—¿En Polonia? —preguntó Servaz.

Hirtmann lo miró.

—Marianne nunca puso los pies en Polonia. Eso solo fue un truco para torturarte un poco. Mezclé su ADN con los otros, eso es todo.

—¿Cómo murió?

—Cuando nació el niño, hice la prueba de paternidad y descubrí que no era hijo mío —continuó, sin responder, el suizo—. Deduje que debía de ser tuyo, vine a Toulouse y, sin que te enterases, tomé una muestra de tu ADN. No fue difícil, como tampoco lo fue tomar prestada tu arma. En ambos casos, solo tuve que entrar en tu coche.

Servaz contuvo la respiración, tratando de pensar.

—Porque, efectivamente, fue tu arma la que mató a Jensen —confirmó Hirtmann —. Y fui yo quien apretó el gatillo. Te la cogí la noche que me perseguiste por los jardines del balneario. La sustituí por otra, idéntica, y la devolví a su sitio al cabo de unos días.

Servaz se acordó del olor que había notado en el vehículo al salir del consultorio del psiquiatra, de su arma, que estaba en manos de Rimbaud, de los disparos de comparación que pronto iban a realizar. Miró al niño, dormido en la cama.

—De paso, comprobé también la compatibilidad entre vuestros grupos sanguíneos —añadió el suizo.

El policía escuchaba sus palabras sin poder desprenderse de la sensación de que aquello no era real. Le parecía que estaba soñando y que pronto iba a despertarse.

—Suponiendo… suponiendo que aceptara, ¿cómo puedo estar seguro de que no vas a liquidarme después de la operación?

La tenue luz que emanaba del fluorescente que había colgado encima de la cama se reflejaba en las gafas del suizo, como un destello en la superficie de un estanque por la noche.

—Eso no puedo asegurártelo —respondió—, pero después del trasplante, Gustav te deberá la vida. Una vida por otra. Digamos que será mi forma de pagar mis deudas. No estás obligado a creerme, por supuesto. Y puede que cambie de idea y que os liquide a los dos. Eso me facilitaría mucho la vida…

—Con una condición —dijo al cabo de un momento.

—No creo que estés en posición de exigir, Martin.

—Eso de confiarlo a los tarados de los Labarthe… ¡A quién se le ocurre! — exclamó de pronto con rabia.

Hirtmann se estremeció, pero no hizo ningún comentario.

—¿Y qué propones tú? —preguntó con expresión de sorpresa.

—Después de todo, es mi hijo.

—¿Y entonces?

—Me corresponde a mí criarlo.

Hirtmann lo observó, atónito.

—¿Cómo has dicho?

—Lo que has oído. Tú no vas a poder hacerte cargo de él. ¿Dónde se hará la operación?

El suizo se tomó un momento para pensar.

—En el extranjero. Aquí es demasiado arriesgado, tanto para él como para mí…

—¿En el extranjero? ¿Dónde? —preguntó Servaz, sorprendido a su vez.

—Ya lo verás…

—¿Y cómo piensas sacarlo del país?

—Entonces, ¿lo harás? —preguntó el suizo, sin responder.

Servaz no perdía a Gustav de vista ni un instante. Lo atormentaba una inquietud, esa misma inquietud que le recordaba a cuando Margot tenía la edad del pequeño y temía por ella.

—No tengo alternativa, ¿no?