Noche
18. Conmociones
18
Conmociones
Kirsten regresó a su habitación de hotel poco antes de medianoche. En la ducha, bajo el chorro de agua caliente, se enjabonó bien, insistiendo en las partes íntimas. Martin la había dejado en el centro antes de volver a su casa, porque ella le había explicado que necesitaba tomar el aire.
Volvió a pensar en el estudiante que había conocido en ese bar de la plaza Saint-Georges. Mientras permanecía sentada a una mesa redonda en un rincón, tomando un kamikaze —vodka, triple seco, sweet & sour—, la había estado mirando largo rato, sentado entre los demás. Más que mirarla, la había deseado, ambicionado, devorado con los ojos, con una especie de fervorosa avidez juvenil. Ella había acabado por devolverle la mirada. Él le había sonreído. Ella no había correspondido a su sonrisa, pero tampoco había apartado la vista. Entonces él se había separado de su grupo de amigos para acercarse a ella avanzando entre las mesas. No parecía intimidado por su fachada fría y austera, que, por lo general, tenía un efecto disuasorio en los hombres.
Había pronunciado algunas palabras en francés, con una sonrisa que él debió considerar irresistible y que, de hecho, lo era bastante.
—No hablo francés —le había respondido ella.
Él había pasado enseguida a un inglés de nivel más bien escolar, impregnado del acento del suroeste.
—¿Espera a alguien?
—No.
—Entonces estaba esperándome a mí.
Kirsten se había esforzado por sonreír frente a aquella tentativa de acercamiento más bien penosa.
—Who knows? —había respondido incluso, sin desalentarlo.
Enseguida había visto cómo se le iluminaban los ojos.
Tenía un aspecto inocente, una cara que apenas había salido de la infancia, pero el destello sombrío que se había producido entonces en sus pupilas revelaba algo bien distinto.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, y señaló la silla vacía.
Una hora después, se sabía toda su vida. Y empezaba a parecerle aburrido. Estaba preparándose para cursar un master of science —si no había entendido mal su rudimentario inglés— en el ISAE, el Instituto Superior de Aeronáutica y del Espacio de Toulouse. Quería trabajar en las lanzaderas de satélites o algo por el estilo. Era incansable hablando de su futura profesión. Al principio, ella había fingido interés, pero después había desistido. Entonces había sacado su iPhone 6 y había empezado a leer los mensajes mientras él hablaba.
—Vaya, ¿la aburro?
—Un poco.
Se había puesto pálido. En sus ojos Kirsten había advertido que el chico había estado a punto de mostrarse desagradable, que no era tan bonachón como parecía. Entonces ella le había rozado el tobillo con la punta del zapato, bajo la mesa, y se había inclinado hacia él. El chico la había imitado. Y cuando tuvieron las caras a escasos centímetros el uno del otro, le había clavado la mirada en los ojos.
—Me apetece otra cosa.
Al instante se había percatado del efecto fisiológico en la dilatación de las pupilas, intuido la aceleración del ritmo cardíaco y el aumento de la presión arterial. Cuando le había desplazado la punta del zapato por la pierna, por encima de los vaqueros, casi había visualizado el aflujo sanguíneo hacia la zona genital, al tiempo que el rostro juvenil se teñía de rubor.
—Podemos ir a otro sitio si quiere —había propuesto él.
Una manera elegante de preguntar: «¿En tu casa o en la mía?».
—No —había rehusado ella—. Aquí está bien.
Con la barbilla y la mirada, le había señalado la puerta de los baños, situados al fondo. Luego se había levantado. Había esperado en el minúsculo espacio que había entre los lavabos de hombres y de mujeres, con los riñones apoyados en el lavamanos de cerámica blanca, y él se había abalanzado sobre ella en cuanto hubo franqueado la puerta. Las manos se le habían colado, demasiado febriles y directas, entre los muslos, bajo el vestido. Se habían acabado los buenos modales. Ella había quedado reducida a la condición de objeto de placer y él estaba decidido a encontrar el suyo a través de ella. Había dejado que la recorriera con las manos, sin impedimentos, y había notado cómo se le lubricaba la vagina. Después de ayudarlo a ponerse el preservativo, la había poseído de pie, en uno de los cubículos, por encima de la taza del váter, mientras ella apoyaba las palmas de las manos en la pared de madera. La había penetrado sin miramientos y se había apresurado a satisfacerse. Ella apenas había sido consciente del gemido que ascendía desde el fondo de su garganta, de sus sacudidas y de que arañaba la madera, hasta el punto de que se le había clavado una astilla en el índice de la mano izquierda, bajo la uña. Había llegado al orgasmo muy deprisa. Él también. Después de besarlo y darle las gracias, había desaparecido en la noche lluviosa.
Al salir de la ducha, cogió el teléfono que había enchufado en el cargador y se sentó de nuevo en la taza del inodoro.
—Hola, Kasper —dijo cuando le respondieron.
—¿Qué, en qué punto estás? —preguntó el policía de Bergen.
Servaz estaba fumando un cigarrillo al lado del portal de su casa, en la plaza Victor-Hugo, después de haber dejado a Kirsten en el centro. Si levantaba la cabeza, podía ver su propio balcón y la luz de la sala de estar, y, de vez en cuando, una silueta que pasaba por detrás del cristal: Margot. Lo esperaba. Estaba preparando la cena. Más allá de los tejados, la noche se veía despejada y, a su espalda, sentía esa presencia que siempre había encontrado algo inquietante: la del mercado Victor-Hugo, cerrado hasta el día siguiente, y la de las cuatro plantas de aparcamientos desiertos por encima. Esa era la vista que tenía desde su casa: hileras de coches estacionados que parecían animales dormidos.
Fumaba mientras pensaba en Gustav.
Volvía a evocar el eco de la frase de la directora de la escuela: «¿Qué relación tiene usted con ese niño?». Y esa duda espantosa, la horrible aprensión que lo había asaltado en el coche y que, desde entonces, había continuado socavándolo en secreto. «¿Y si Marianne se hubiera quedado embarazada antes de que la secuestrara el suizo?». No, imposible. No obstante, no podía evitar sacar cada dos por tres la foto para observar el rostro del niño. Prefería no llevar la cuenta de las veces que había hecho ese gesto a lo largo del día, porque entonces habría comprendido que estaba a punto de sucumbir a una especie de locura. ¿Qué buscaba en esas facciones? ¿Un parecido o, por el contrario, la ausencia de dicho parecido, la prueba de que Hirtmann era efectivamente el padre?
En ese preciso instante, con la foto en la mano y, a pesar de la débil luz que iluminaba la plaza, mientras miraba al niño, que a su vez lo miraba a él, el teléfono empezó a vibrar en el bolsillo del pantalón. Consultó la pantalla: un número desconocido, no lo tenía grabado en la agenda.
—¿Diga?
—¿Qué, cómo va ese corazón?
Con un sobresalto, escrutó a su alrededor la plaza desierta y las aceras vacías. Nadie a la vista… con o sin teléfono.
—¿Cómo dice?
—Menuda noche, ¿eh? Encima del vagón…
Conocía aquella voz. No era la primera vez que la oía.
—¿Quién es?
Pasó una moto y el petardeo del tubo de escape se superpuso a la voz del teléfono; no estaba seguro de haber oído bien:
—… A punto de achicharrarnos los dos…
—¿Jensen?
—Por tu culpa, ahora me parezco a Freddy Krueger, joder. Ahora sí que tengo una cara que da miedo, vaya que sí.
Servaz contuvo la respiración y aguzó el oído.
—¿Jensen? ¿Dónde estás? Me dijeron que estabas siguiendo un tratamiento, que…
—Eso es. La última etapa de mi rehabilitación. En Saint-Martin-de-Comminges, ¿te suena? Ayer te vi allí, amigo mío. Entrando y saliendo del ayuntamiento…
La figura del parque, con un abrigo negro y encarada hacia las ventanas, el rostro que esquivaban los transeúntes… Sin embargo, aquel hombre le había parecido alto, y Jensen era más bien bajo.
—¿Qué quieres?
Un segundo de silencio.
—Quiero que hablemos.
Servaz resistió la tentación de colgar. Que se fuera al infierno. Debía mantenerse alejado de ese tipo. A toda costa. Aunque lo habían exculpado, por legítima defensa, estaba seguro de que los de Inspección General seguían husmeando a su alrededor, esperando que diera un paso en falso. Se adentró en la sombra de la galería que rodeaba el mercado, como si quisiera ocultarse a posibles miradas.
—¿De qué?
—Ya lo sabes.
Cerró los ojos y apretó la mandíbula. Era un farol. Jensen quería tenderle una trampa, denunciarlo por acoso.
—Lo siento, pero tengo que ocuparme de otras cosas.
—De tu hija, ya lo sé…
En ese instante notó que su plexo solar irradiaba un calor familiar: la cólera.
—¿Qué has dicho?
—¿Cuánto se tarda en llegar a Saint-Martin? Te esperaré delante del balneario, a las doce de la noche. Hasta ahora, amigo.
De nuevo, un breve silencio.
—Y saluda a tu hija de mi parte.
Miró el móvil con ganas de estrellarlo contra la pared de cemento del mercado. Jensen había colgado.
Realizó el trayecto a una velocidad excesiva. La autopista estaba desierta, salvo por algún que otro camión, cuyas luces traseras se aproximaban demasiado rápido. Él los adelantaba sin salir del carril de la izquierda, circulando treinta kilómetros por encima de lo permitido, espoleado por la rabia.
Pensó que debería hacer un informe. Pero ¿qué iba a poner? ¿Que no había tenido más opción porque Jensen había mencionado a su hija? Ningún miembro de Inspección General consideraría semejante argumento. No tendría que haber ido, aducirían ellos. Tendría que haber avisado a sus superiores y de ninguna manera haber actuado solo. Cómo no, pero… ¿qué iba a pasar ahora? ¿Qué quería Jensen de él?
En cuanto salió de la autopista, se encontró rodeado de un campo negro y lúgubre, esa zona donde el vínculo entre los individuos se distiende, donde la luna es a menudo el único alumbrado visible. Después lo engulló la noche de las montañas. Remontó de nuevo el mismo valle amplio, como si pasara entre unos grandes templos en ruinas, aplastado por aquella doble presencia: la de la noche y la de las montañas.
Las calles de Saint-Martin estaban desiertas cuando llegó. No había ni un alma y no se veía luz casi en ninguna ventana. El barrio del centro dormía con el sueño pesado, cargado de secretos y de ensoñaciones de las pequeñas ciudades de provincias. Siguió por la avenida de Étigny, bordeando las terrazas de los bares a oscuras y las persianas bajadas de los comercios, en dirección al balneario. En ese sueño provinciano había algo que recordaba a un preludio de la muerte. Sin embargo, esta ya no le daba miedo, porque la había mirado de frente.
Aparcó en la entrada de la vasta explanada. No se veía a nadie. A la izquierda, los árboles y los arbustos negros del jardín público, donde alguien podía ocultarse con facilidad; a la derecha, la columnata de vaga inspiración grecorromana del balneario, con la montaña como telón de fondo, y en el extremo, el pabellón nuevo, un paralelepípedo de cristal, que relucía reflejando la luna.
De pronto, le dieron ganas de huir. No quería estar allí. No quería hablar con Jensen sin testigos. Aquello era muy mala idea.
«Saluda a tu hija de mi parte».
Bajó del coche.
Cerró la puerta haciendo el menor ruido posible. Todo estaba en silencio. Esperaba ver aparecer a Jensen detrás de una columna. Si aquello hubiera sido una película, así habría ocurrido. Él habría avanzado, con su silueta inquietante realzada por el contraluz certero proyectado por un técnico de iluminación. En lugar de eso, se puso a examinar los arbustos y las sombras del jardín que tenía enfrente. El viento había amainado y las ramas desnudas de los árboles estaban tan inertes como los miembros de un esqueleto.
Empezó a cruzar la explanada, se volvió para observar la larga perspectiva que tenía tras de sí y que, en pleno día, constituía el bullicioso corazón de la ciudad, pero que, a esas horas, parecía un decorado abandonado por un equipo de rodaje en un plató de cine.
—¡Jensen!
Gritar su nombre le recordó otra ocasión en que lo había llamado de forma idéntica, en una noche de tormenta, y el miedo se apoderó de él. Igual que aquella vez, había dejado el arma en la guantera. Estuvo tentado de volver al coche, pero siguió avanzando hacia los edificios y la columnata de la derecha. La luna era el único testigo de sus actos. A menos que… Se estremeció al pensar que Jensen tal vez estaba muy cerca. De repente, tuvo una visión: la lluvia que caía a cántaros sobre el techo del vagón, los relámpagos en el cielo y Jensen, que se daba la vuelta, la llama que brotaba del cañón de su pistola y el proyectil que le traspasaba el corazón. En ese momento apenas había sentido nada… un simple puñetazo en el pecho… ¿Le dispararía de nuevo? «¿Qué, cómo va ese corazón?». No tenía ningún motivo para hacerlo. Lo habían exculpado de las tres violaciones. La vez anterior, se había sentido atrapado, acorralado. Pero, entonces, ¿por qué quería verlo Jensen? ¿Y por qué no estaba allí?
—¿Jensen?
La galería de detrás de la columnata también estaba desierta. Volvió a salir a la vasta explanada y, entre dos columnas, escrutó de nuevo las sombras del jardín. De pronto, detuvo la mirada en una de ellas, situada a unos treinta metros. No era un arbusto. Era una silueta. Negra. Inmóvil. En el límite del jardín. Entornó los ojos. La silueta se hizo más precisa entre los árboles: era una forma humana.
—¡Jensen!
Se disponía a cruzar la explanada hacia ella, cuando la figura se movió. No para acercase a él… sino para alejarse, por el contrario, hacia el interior del jardín. Pero ¡¿qué demonios…?! ¿Adónde diablos iba?, se preguntó, sobresaltado.
—¡Eh!
Echó a correr. La figura caminaba muy deprisa ahora, entre los setos del jardín, y se volvía de vez en cuando para calcular la distancia que los separaba. Servaz se adentró a su vez por los senderos. Al ver que este ganaba terreno, la figura echó a correr también. Aceleró. De súbito, vio que se desviaba a la derecha para dirigirse hacia la parte de atrás de un gran edificio de vidrio. Ascendió por el camino de grava que a continuación se transformaba en sendero para excursionistas y penetró en el bosque. Corrió tras la figura, aunque notó el inicio de una punzada, afilada como un clavo, en el costado y aminoró el paso después de rodear el edificio de cristal, al descubrir el muro de abetos negros que se alzaba ante él.
La montaña cubierta de bosque se erguía frente al edificio y, bajo el cielo despejado, la luz de la luna recortaba el perfil de su masa inmensa.
Solo había sombras y oscuridad. Recobró el aliento, con las manos en las rodillas, consciente del lamentable estado físico en el que se encontraba. Valoró la situación. Si se adentraba en el bosque, no vería nada. No llevaba arma ni linterna. Podía ocurrir cualquier cosa. ¿Qué quería Jensen? ¿A qué estaba jugando? De repente, pensó que sí tenía un buen motivo para dispararle otra vez, que él en su lugar habría sentido odio, y es que Jensen debía de considerarlo responsable de lo que le había ocurrido: de haberle desfigurado la cara para siempre. Su vida había cambiado de forma irreversible y era él, Servaz, quien había provocado ese cambio. Seguramente estaba allí escondido, esperándolo. Pero ¿para qué? ¿Pretendía hacerle pagar por lo sucedido? Y en tal caso, ¿de qué forma? ¿Estaba tan desesperado como para cometer un acto irreparable?
Servaz notó que se le erizaba el vello de los antebrazos. Aun así, siguió adelante. Tomó el sendero que se hundía en las sombras profundas del bosque. Estaba oscuro como boca de lobo. Recorrió apenas unos cuantos metros antes de detenerse. Nadie. No veía nada. De pronto fue consciente de que su respiración acelerada no se debía tan solo a que había corrido. De que era la única persona viva allí, sin contar a otra que no le quería bien.
—¿Jensen?
Esta vez no le gustó nada cómo sonó su voz. Había tratado de disimular la inquietud, pero estaba seguro de que su voz lo había traicionado, de que, oculto muy cerca de él, Jensen debía de estar regocijándose con el terror que suscitaba.
Permaneció casi veinte minutos en el mismo sitio, sin moverse, atento a cada movimiento de las sombras cuando el viento se levantaba entre el follaje. Cuando estuvo convencido de que allí no había nadie más, de que Jensen se había ido hacía rato, salió del bosque y volvió a cruzar el jardín en dirección al balneario, frustrado pero aliviado, y regresó al coche. Entonces vio la nota que había encima del cristal, debajo del limpiaparabrisas:
¿Has pasado miedo?
Kasper Strand esperó hasta medianoche. Vivía en un piso de tres habitaciones con balcón, en la parte alta de Bergen, no muy lejos del funicular, con vistas a la ciudad y el puerto. Ese era el principal atractivo de aquel apartamento carísimo. Incluso cuando llovía —algo que, en Bergen, ocurría un día sí y otro no—, no se cansaba de ver cómo se iluminaba la ciudad de las siete colinas y los siete fiordos al anochecer. Y eso que, en Bergen, la noche caía pronto en invierno.
Sabía que estaba pisoteando todos los principios que hasta ese momento habían guiado su vida profesional… y que nunca más podría volver a mirarse en el espejo después de aquello, pero necesitaba la pasta. Era muy consciente de que la información que se disponía a canjear valía su peso en oro para determinadas personas. Lo que Kirsten Nigaard acababa de confiarle era francamente increíble. Ahora habría que ver cuánto dinero iba a reportarle.
Contempló el desorden que tenía en medio del comedor: uno de esos dichosos muebles para montar uno mismo con que se habían hecho ricos los vendedores de mobiliario suecos. Tras dos horas de esfuerzo, se había dado cuenta de que había montado los rieles de los cajones al revés. No era culpa suya: aquellas instrucciones las dibujaban personas que, sin lugar a dudas, jamás compraban muebles que tuvieran que montar ellos mismos. Paneles de aglomerado, tornillos, destornilladores, clavijas: todos aquellos elementos estaban desperdigados por la estancia, como si se hubiera producido una explosión. Mientras apartaba el destornillador hacia un rincón, pensó que, desde que había enviudado, su vida se parecía a eso: un artículo que requería montaje, pero cuyas instrucciones eran incomprensibles. No estaba hecho para vivir solo. Ni mucho menos para criar a una muchacha de catorce años en plena crisis existencial. No eran muchas las cosas que hacía a derechas desde que había muerto su mujer.
Consultó el reloj. Marit debería haber vuelto hacía una hora. Pero, como siempre, llegaba tarde. Ni siquiera iba a pedir disculpas. Lo había probado todo. Las broncas, las amenazas de no dejarla salir, la pedagogía, la conciliación. Nada había dado resultado. Su hija era impermeable a todo argumento. Sin embargo, se disponía a hacer aquella llamada por ella, para conservar aquel piso que a ella le encantaba, pero que se encontraba muy por encima de sus posibilidades (cuando aún vivía su esposa pagaban los plazos gracias al sueldo de esta, que era muy superior al suyo). Bueno, y también para liquidar algunas deudas de juego…
Caminó hacia el balcón completamente acristalado, donde había instalado un sillón y una mesita para dejar el vaso de whisky. A través de la fina llovizna, Bergen relucía en todo su esplendor, con las luces mojadas y desdobladas en las aguas negras del puerto, y las elegantes casas de madera, que compensaban la fealdad de las estructuras metálicas de ese lado.
Una vez sentado, sacó del bolsillo el número de teléfono que había encontrado en internet y había anotado en un trozo de papel. ¿Por qué no lo había guardado en su lista de contactos? ¿Acaso aquello cambiaría algo si un día tenía que rendir cuentas?
Se concentró en el dinero —lo necesitaba, con urgencia, no podía acobardarse ahora— y marcó el número con un pellizco en el estómago.