Noche

Bernard Minier · Capítulo 13 de 50

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Noche

10. Equipo

10

Equipo

 

¿Alucinaba otra vez? ¿Había regresado a «reanimación»? ¿Estaba de nuevo a merced de la máquina araña, viendo y oyendo cosas que no existían?

La última vez que había tenido noticias del suizo había sido cinco años atrás, cuando Hirtmann le había enviado aquel corazón que él había tomado por el de Marianne. «Cinco años…». Y luego, nada. Ni la menor señal. Ni el más mínimo indicio. El antiguo fiscal del tribunal de Ginebra, el supuesto verdugo de más de cuarenta mujeres que actuaba en un radio de cinco países como mínimo, había desaparecido de sus radares y —hasta donde él sabía— de los de todas las policías.

Había huido. Se había esfumado.

Y, de repente, ¿una agente noruega se presenta afirmando que habían encontrado su rastro por casualidad? No podía ser.

Siguió escuchando a Stehlin con un desasosiego cada vez mayor mientras este le resumía el crimen que se había cometido en Mariakirken. En realidad, el modo de proceder se correspondía con el Hirtmann que él conocía. Y el perfil de la víctima, sin duda también. Por lo demás, a excepción de las huellas que habían encontrado en una granja de Polonia, nunca habían dado con los cadáveres de las víctimas de Suiza. ¿Por qué iba entonces a dejar tantos indicios ahora? Si no había comprendido mal, aquella mujer trabajaba en la misma plataforma que Hirtmann. Tal vez había descubierto algo sobre él… y entonces él habría querido silenciarla y después habría pensado que era hora de irse a otra parte. Quizá sentía el impulso de asesinarla desde hacía tiempo, al tenerla cerca cada día y, una vez llegado el momento de desaparecer, había aprovechado para pasar a la acción. No. Había algo que no encajaba… ¿Y el papel que habían encontrado en el bolsillo de la víctima? ¿Qué sentido tenía?

—No parece su manera de actuar —concluyó al fin.

Se percató de la mirada acerada que le dirigió la policía noruega.

—¿Qué quiere decir?

—Hirtmann no tiene por costumbre dejar tantos indicios tras de sí.

La mujer asintió con la cabeza en señal de aprobación.

—Estoy de acuerdo. Eh… yo no lo conozco tan bien como usted, desde luego — reconoció con un gesto sin duda destinado a jerarquizar sus posiciones—, pero he investigado y estudiado su historial. De todas formas… —Aguardó, expectante, antes de proseguir—: Teniendo en cuenta el escenario del crimen y las huellas de los pasos en la nieve, así como el uso más que probable de una barra de hierro, me planteé si no se trataba de una trampa…

—¿Cómo?

—Imaginemos que Hirtmann hubiera descubierto que ella lo había desenmascarado… o que hubiera querido hacerle chantaje y que, de un modo u otro, se hubieran dado cita en la iglesia…

Permanecieron unos instantes en silencio.

—La mata y después desaparece —concluyó, sin apartar la mirada de él.

—Hay algo que no encaja —insistió Servaz—. Si había decidido irse, no tenía necesidad de matarla.

—Quizá quiso castigarla. O «darse el gusto». O ambas cosas.

—En ese caso, ¿por qué iba a guardar todas esas fotos? Y, además, ¿a qué viene eso de dejar un papel en el bolsillo de la víctima? Con su nombre escrito, ¿verdad?

Ella confirmó con un ademán y siguió observándolo en silencio. Luego apoyó una mano en su muñeca, con un gesto que le sorprendió por su intimidad. Tenía las uñas largas, de color rosa coral, anacaradas, advirtió Servaz con un escalofrío.

—No sé qué significa —admitió—. No tengo la menor idea de por qué escribió mi nombre. Sí me pareció comprender, en cambio, que ustedes dos tenían una larga historia en común —susurró, observándolo—. Quizá lo que quería precisamente era que encontraran las fotos. Quizá quería enviarle… —Hizo una pausa para buscar las palabras—: Un saludo amistoso.

 

—¿Quién es ese niño? —preguntó Servaz, señalando la foto de Gustav—. ¿Alguien lo sabe?

—No —respondió ella—. ¿Tal vez su hijo?

Se quedó mirándola.

—¿Su hijo?

—¿Por qué no?

—Hirtmann no tiene hijos…

—Quizá haya tenido uno durante el tiempo que ha estado desaparecido. Si la foto es reciente, ese niño tendría cuatro o cinco años. Hace seis que se perdió la pista de Julian Hirtmann, ¿no es así?

Servaz asintió con la cabeza. De repente, se le secó la garganta. «Seis años…». Lo mismo hacía del secuestro de Marianne…

—Tal vez dejó a alguna mujer embarazada —prosiguió la noruega—. Empezó en la plataforma hace dos años. No se sabe qué hizo antes. Y los trabajadores de las plataformas tienen muchas vacaciones.

Servaz miró a Kirsten con los ojos enrojecidos y el semblante azorado y ella le devolvió la mirada. Como si comprendiera lo que le sucedía. Dejó los dedos sobre su muñeca mientras lo invitaba a sincerarse.

—Dígame lo que siente. No podremos trabajar juntos si nos ocultamos cosas. Dígame todo lo que se le viene a la cabeza.

La observó durante una fracción de segundo, dubitativo. Luego asintió con la cabeza.

—Conocí a Hirtmann en un manicomio situado en el corazón de los Pirineos — explicó en inglés.

—Py-re-nees?

Servaz señaló con un gesto las ventanas.

—Mountains… close…

Ella asintió a su vez.

—Un sitio muy extraño, perdido en la montaña… Un lugar para locos criminales… Hirtmann estaba encerrado en una unidad especial, con los más peligrosos… Habían encontrado su ADN en el escenario de un crimen situado a varios kilómetros de allí. Por eso fui a verlo.

Kirsten enarcó una ceja.

—¿Podía salir?

—No. Imposible. Las medidas de seguridad eran muy estrictas.

—Entonces, ¿cómo…? How?

—Es una historia larga —respondió, y pensó en la extraña y apocalíptica investigación en la que trabajó durante el invierno de 2008-2009, en la que había estado a punto de perder la vida, recordó el caballo decapitado y la planta hidroeléctrica enclavada a dos mil metros de altitud y a setenta de profundidad en la roca.

Sentía como si los dedos de la mujer noruega, posados aún en su muñeca, lo quemaran. Se movió un poco y entonces ella los retiró.

—Cuando entré en su celda, estaba escuchando música. De su compositor preferido… que también es el mío. Nos gusta la misma música. Same music. El mismo compositor: Mahler. «Gustav» Mahler…

—¡Ah! —exclamó ella—. En su cabina había música. Cedés…

Sacó el móvil y tras buscar en la galería de imágenes, abrió una con el dedo y encaró la pantalla hacia él.

—Gustav Mahler —confirmó.

Servaz señaló el lago, las montañas altas y el campanario esbelto que aparecían en el fondo de la foto.

—¿Han podido identificar ese pueblo y ese lago?

—Sí. Fue fácil: se trata de Hallstatt, es uno de los pueblos más bonitos de Austria. Un lugar magnífico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La policía federal austríaca y la policía de Estiria están investigando por su lado, pero no se sabe si ese niño vive allí o si solo estuvo durante una temporada… Es un sitio al que acuden muchos turistas.

Servaz trató de imaginarse a Hirtmann haciendo turismo con un niño de cinco años. Stehlin consultó el reloj.

—Es la hora de la reunión —anunció.

Servaz le dirigió una mirada interrogativa.

—Me he tomado la libertad de reunir a tu equipo, Martin. ¿Estás listo?

Servaz volvió a asentir con la cabeza, pero no era verdad. Notó que Kirsten lo traspasaba con la mirada.

 

Eran las diez de la mañana. Y allí estaban presentes Vincent Espérandieu, Samira Cheung, Pujol y tres miembros más del equipo de investigación número 1, además de Malleval, que estaba al frente de la Dirección de Investigación Criminal, el propio Stehlin, Escande, uno de los cinco agentes de la sección financiera encargada de los cibercrímenes, y Roxane Varin, que había bajado de la planta de Seguridad Pública para representar a la Brigada de Menores.

Kirsten observaba a todos los congregados, así como a Servaz, que, sentado a su derecha, parecía distraído. Le había hecho un resumen de la relación que había tenido con Hirtmann. Le había contado que el asesino suizo se había escapado del hospital psiquiátrico de los Pirineos. Que había secuestrado a una mujer que Servaz conocía (y, a raíz de ciertos titubeos, ella había intuido que los lazos que lo vinculaban con aquella «conocida» eran en realidad más fuertes que los de una simple amistad). Que ambos habían desaparecido sin dejar ningún rastro, aparte de una caja isotérmica que Hirtmann le había enviado desde Polonia cinco años atrás, una caja que contenía un corazón… un corazón que, al principio, Servaz había creído que era el de su amiga Marianne, aunque los análisis de ADN finalmente lo desmintieron.

Era una historia increíble y, sin embargo, el policía francés se la había contado con un desapego que resultaba curioso… como si hablara de otra persona, como si no fuera a él a quien habían ocurrido todas aquellas cosas tan horribles, como si no le concernieran. En su actitud había algo que no lograba entender.

—Les presento a Kirsten Nigaard, de la policía de Oslo —dijo en primer lugar—. Noruega —consideró conveniente precisar.

Ella observaba los rostros mientras Servaz los hacía partícipes de la información que él mismo acababa de recibir. Kirsten se percató de que todos lo miraban con suma atención. No solo lo escuchaban, sino que lo escrutaban. No estaban solo atentos a sus palabras… era él lo que de verdad les interesaba.

Después, cuando anunció que habían encontrado las huellas de Julian Hirtmann en Noruega, la actitud de los presentes cambió de manera considerable. Dejaron de observarlo para cruzar miradas entre ellos. La tranquilidad de los primeros minutos se había esfumado; notó cómo se instalaba un ambiente más cargado, no exento de morbo, mientras las miradas iban y venían de Servaz a ella.

—Kirsten —dijo por fin, volviéndose hacia la policía noruega.

Guardó silencio durante medio segundo, en el cual se oyó el sonido de la lluvia que llegaba desde fuera, como una pulsación. Se volvió hacia los asistentes y empezó a hablar, con voz clara.

—Hemos contactado con Eurojust —anunció—. Y, poco a poco, estamos poniendo en marcha una investigación internacional en cinco países iniciales: Noruega, Francia, Polonia, Suiza y Austria.

Eurojust era un órgano de cooperación judicial de ámbito europeo que se encargaba de luchar contra la criminalidad que se extiende entre diferentes Estados miembro. Los magistrados, procedentes de toda Europa, emprendían investigaciones internacionales y solicitaban la colaboración de la justicia y la policía de sus respectivos países.

Kirsten había hecho una pausa y eso la convirtió en el blanco de todas las miradas. Adivinó lo que estaban pensando. ¿Noruega no era uno de esos países escandinavos donde las cárceles parecían versiones boreales del Club Med y donde los policías nunca hacían preguntas delicadas? Los agentes presentes en aquella sala ignoraban sin duda que Noruega había sido criticada durante décadas por recluir de manera abusiva a los detenidos en prisión preventiva y por practicar en exceso el aislamiento en las cárceles. Tampoco debían de saber que el extremista noruego Kristian Vikernes, detenido —y después puesto en libertad— en Francia, se había alegrado del comportamiento ejemplar de los policías franceses en comparación con el de «la panda de golfos que era la policía noruega».

Personalmente, Kirsten le habría metido a aquel metalero la guitarra por uno de los orificios del cuerpo reservados para otros usos. Además, había oído decir que en las comisarías francesas pasaban toda clase de cosas.

Apretó un botón del mando para encender la pantalla del televisor que había al fondo de la sala. Todo el mundo se volvió hacia el aparato. Kirsten esperó. Después de unos segundos de efecto nieve, aparecieron las primeras imágenes. Vigas de metal, una pasarela con el suelo de enrejado de acero, el mar embravecido alrededor: eran las imágenes de las cámaras de vigilancia de la plataforma.

Una figura apareció en el extremo de la pasarela y se acercó a la cámara. Kirsten detuvo la imagen. Servaz miró a aquel fantasma surgido del pasado, inmovilizado en la pantalla. No cabía duda, era él. Llevaba el pelo más largo, y el viento marino lo agitaba alrededor de su cara. Por lo demás, estaba igual que en el recuerdo que guardaba Servaz de él.

—Hirtmann trabajó en esa plataforma durante dos años. La dirección que dio a la empresa era falsa, al igual que su currículum y los documentos de identidad. Los papeles que encontramos en su cabina apenas han aportado información, excepto la que vamos a detallaros. Las indagaciones que hemos hecho en el banco donde tenía la cuenta en la que le ingresaban el sueldo nos han permitido reconstruir al menos una parte de sus desplazamientos… una parte tan solo, porque Hirtmann transfirió gran cantidad del dinero a otras cuentas radicadas en paraísos fiscales. Actualmente, estamos tratando de reconstruir el recorrido completo. La policía noruega sospecha que no solo fue el autor del asesinato de esa mujer, sino el causante de la desaparición de algunas otras en la región de Oslo. Esa es una de las razones de mi presencia aquí.

Omitiendo el motivo principal por el momento, paseó la mirada por la sala.

—Sin duda, Hirtmann abandonó Noruega hace mucho. Se escapó del instituto… eh… —Consultó las notas—. Wargnier en diciembre de 2008. Volvió a dar señales de vida aquí, en vuestra región, en junio de 2010. Luego en Polonia en 2011. En Polonia encontraron los restos de varias de sus víctimas en una casa apartada, cercana al bosque de Bialowieza. Todas eran mujeres jóvenes. Han transcurrido cinco años desde entonces. Cinco años de los que no sabemos nada. Cinco años que se resumen en un agujero negro, con la salvedad de que, en el curso de estos últimos dos años, trabajó en esa plataforma del mar del Norte. No debemos hacernos muchas ilusiones: un hombre como Julian Hirtmann es capaz de desaparecer durante mucho tiempo y es posible que pasen meses o años antes de que volvamos a localizar su pista. —Dirigió una mirada hacia Servaz, pero este parecía aún absorto en sus pensamientos, con la mirada fija en la pantalla donde el fantasma permanecía en la posición en la que Kirsten lo había detenido, al igual que una gaviota que había en segundo plano, congelada en pleno vuelo—. Por otra parte, un hombre como él no puede haber estado cinco años sin matar. Es impensable. Esta investigación tiene como propósito reconstruir su trayectoria criminal, aprovechando que por fin disponemos de datos recientes relacionados con él para tratar de reavivar la pista. Partiremos del principio de que ha permanecido durante todo este tiempo en territorio europeo, aunque tampoco tenemos ninguna garantía al respecto, dado que su trabajo le permitía acumular millas de avión y viajar, por consiguiente, a un menor coste por todo el mundo. Ese trabajo era, dicho sea de paso, ideal para un hombre como él: más días de vacaciones que laborables, una paga sustanciosa y un radio de acción casi ilimitado gracias a los descuentos en las líneas aéreas. Vamos a difundir su retrato. Conocemos su modus operandi a través de sus escritos y también el perfil de sus anteriores víctimas. Todas mujeres jóvenes que vivían en zonas fronterizas con Suiza: Dolomitas, Baviera, Alpes austríacos… y algunas en Polonia… En la clandestinidad, pudo haber vivido y asesinado en cualquier lugar. Los intentos anteriores para recuperar su rastro no dieron resultado. No es preciso que os diga que las posibilidades que tenemos de lograr nuestro propósito son muy escasas…

Calló un momento y miró a Servaz, que tradujo como pudo sus palabras para los que no hablaban inglés. Después tendió la foto de Gustav a la mujer que tenía a la derecha.

—Hacedla circular —dijo.

»El segundo elemento de la investigación gira en torno a este niño. Encontramos esta foto entre los efectos personales de Hirtmann, a bordo de la plataforma. No sabemos quién es, ni dónde se encuentra, ni si está vivo todavía… No sabemos nada de él.

—Hirtmann nunca agredió a ningún niño —intervino la joven fea, la que se llamaba Samira y que hablaba un inglés impecable—. No es un pedófilo. Sus víctimas siempre han sido mujeres adultas, jóvenes y atractivas, tal como ha destacado.

Kirsten advirtió que había apoyado unas botas de imitación de piel de pitón en el borde de la mesa, haciendo bascular la silla sobre las patas de atrás, y que lucía una pequeña calavera en el pecho bajo la cazadora de cuero.

—Exacto. Creemos que ese niño podría ser su hijo. O bien el hijo de una de sus víctimas…

—¿Qué más se sabe de él? —preguntó un individuo alto y medio calvo, sin parar de dibujar en un cuaderno un bosquejo que, sin duda, debía de ser un retrato de ella.

—Nada en absoluto, aparte del nombre. Ni siquiera conocemos su nacionalidad. Solo sabemos dónde se tomó la foto: en Hallstatt, Austria. La policía federal austríaca está al corriente, pero como es un lugar muy turístico, es posible que el niño solo estuviera de paso.

—¿Hirtmann está haciéndose pasar por turista? —preguntó la tal Samira, con un escepticismo evidente.

—En medio de una multitud de otros turistas —comentó el que se llamaba Vincent—. No es tan tonto… No hay mejor sitio para esconder un árbol que un bosque.

—Bueno, ¿y nosotros qué pintamos en esto? —preguntó el tipo alto y medio calvo—. No estamos para perder el tiempo, ¿no? No sé los demás, pero yo tengo otras cosas que hacer.

El hombre había hablado en francés y Kirsten no lo había entendido, pero, por el tono que había empleado y el malestar que había mostrado el resto, dedujo que había hecho algún comentario desagradable de alguien… quizá de ella o de la policía de Noruega.

—Interrogamos, claro está, a su compañero de cabina y a sus compañeros de la plataforma —añadió—. Y llegamos a la conclusión de que era bastante solitario y extremadamente discreto en lo relacionado con sus actividades en tierra. A bordo, pasaba el tiempo libre leyendo y escuchando música. Clásica.

Kirsten desvió la mirada por un instante hacia Servaz.

—Pero lo más importante son las fotos en las que aparece vuestro comandante. Indican que Hirtmann pasó una larga temporada en esta ciudad… y que hay algo que lo atrae de manera inexplicable hacia esta región y, em… hacia ti, Martin. Las indagaciones hechas en su banco y el análisis de sus gastos confirman esta intuición: Hirtmann pasó a menudo por aquí durante los dos últimos años.

Volvió a mirarlo.

—No se descarta que el suizo pretenda volver —prosiguió, dirigiéndose a todos los asistentes—. Ya lo ha hecho en numerosas ocasiones. Repito: conocemos su modus operandi y el perfil de sus víctimas. Hay que buscar, en toda la región e incluso en zonas próximas, crímenes similares y desapariciones de mujeres que se hayan producido en el curso de los últimos meses.

—Esas búsquedas ya se llevaron a cabo y no sacamos nada —señaló la tal Samira.

Vio que varias personas asentían con la cabeza, a modo de confirmación.

—Eso fue hace varios años —intervino Servaz—. Hace ya tiempo que no nos ocupamos del asunto.

Kirsten vio que Vincent y Samira intercambiaban una mirada en el fondo de la sala y supo qué pensaban: «Demasiado fácil, demasiado simple».

—Me consta que efectuasteis una labor extraordinaria —los elogió con diplomacia—, pese a que no diera frutos. Tengo previsto quedarme aquí un tiempo. El comisario Stehlin me ha autorizado a colaborar con el comandante Servaz. Ya sé que tenéis otras cosas que hacer y que esto no es una prioridad, pero pensad que si Hirtmann está aquí, quizá valga la pena mantenerse alerta e indagar un poco, ¿no?

«Si Hirtmann está aquí». Qué hábil, pensó Servaz. Muy hábil. Advirtió cómo la frase se posaba en cada conciencia como una capa de hielo. Era un farol, pero había funcionado: lo leyó en sus ojos. El fantasma del suizo iba a infectar el pensamiento de su equipo tal como infectaba ya el suyo… y no los iba a dejar en paz.

Y eso era lo que quería la noruega.