Noche

Bernard Minier · Capítulo 4 de 50

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Noche

Kirsten

1

Mariakirken

 

Una luz tenue iluminaba la nave. A Kirsten le extrañó que hubieran dejado los cirios ardiendo justo al lado del escenario del crimen, acotado por un cordón naranja y blanco que prohibía el acceso al sagrario y al coro.

El olor de la cera caliente le produjo un cosquilleo en la nariz. Sacó del abrigo una caja metálica plana; dentro había tres cigarrillos enrollados. Sostuvo uno entre los labios.

—Aquí no se puede fumar —advirtió Kasper Strand.

Ella le dirigió una sonrisa y, sin decir ni una palabra, encendió el cilindro fino e irregular con un mechero barato. Después paseó la mirada por la nave y la detuvo en el altar. El cadáver ya no estaba allí. Tampoco la tela blanca que debía de haber cubierto el altar. Imaginó los regueros pardos y las grandes manchas que habrían impregnado el lienzo y lo habrían dejado tieso tras secarse.

Kirsten no había vuelto a ir a misa desde que era niña, pero le parecía recordar que, cuando el sacerdote entraba en el presbiterio para celebrarla, se inclinaba y besaba el altar. Al acabar el servicio, antes de abandonar la iglesia, lo besaba de nuevo.

Cerró los ojos, se frotó los párpados, maldijo a la mujer del tren, dio una calada y los volvió a abrir. Las salpicaduras arteriales no habían manchado el gran crucifijo que colgaba más arriba, pero sí habían alcanzado a la Virgen con el Niño y el tabernáculo, situados un poco más abajo. Percibía lo que parecían constelaciones de manchas diminutas de un color rojo amarronado y chorretones largos y negruzcos en los recubrimientos dorados y en el rostro indiferente de María. A poco menos de tres metros: la distancia que había recorrido el géiser.

Los vikingos quemaban a los muertos de noche en unos barcos que transformaban en ataúdes. Loki era el dios del fuego y la malicia. Jesús convivía con Odín y Thor cuando los cristianos evangelizaron a la fuerza a los pueblos paganos del norte, les cortaban manos y pies, los enucleaban y los mutilaban, mientras los príncipes vikingos se convertían al cristianismo por puro interés político. Fue el final de una civilización. Pensaba en todo eso rodeada del silencio de la iglesia.

Fuera, la ciudad dormía aún bajo la lluvia. Igual que el puerto, donde un enorme carguero erizado de antenas y grúas, pintado de gris como los navíos de guerra, permanecía anclado delante de las casas de madera del barrio de Bryggen. ¿Había que invocar al genio del lugar? El pasado de aquella iglesia se remontaba a épocas mucho más lejanas que aquellas que habían dejado huellas visibles en Oslo. Allí no había ni Teatro Nacional, ni Palacio Real, ni premio Nobel de la Paz, ni parque Vigeland. Remontaba a comienzos del siglo XII. Allí siempre había estado presente el salvajismo de los tiempos antiguos. A cada indicio de civilización le corresponde un indicio de barbarie, toda luz combate una noche, cada puerta que abre un hogar iluminado oculta una puerta que da a las tinieblas.

 

Tenía diez años cuando había pasado junto a su hermana las vacaciones de invierno en casa de su abuelo, en una aldea cercana a Trondheim llamada Hell. Ella adoraba a su abuelo; tenía una cara singular, les contaba un sinfín de historias divertidas y le gustaba que las dos nietas se le sentaran juntas en el regazo. Esa noche les había pedido que llevaran de comer a Heimdall, el pastor alemán que dormía en el granero. Hacía un frío terrible, un frío capaz de helar la sangre en las venas, cuando salió de la granja bien caldeada a la noche glacial de diciembre. Las botas forradas hacían crujir la nieve a cada paso y, precedida por su sombra, que la luna proyectaba con forma de mariposa gigante, se dirigió al granero. No las tenía todas consigo cuando entró, pues estaba completamente a oscuras. Su abuelo había sido un sádico al mandarla allí en plena noche. Heimdall la había recibido ladrando y tirando de la cadena. Había acogido con agradecimiento las caricias de Kristen y le había lamido afectuosamente la cara. Ella se había pegado a su cuerpo caliente y palpitante, y había hundido el rostro en su pelo oloroso; le parecía una crueldad dejarlo dormir fuera en una noche como aquella. Después había oído los ladridos… Eran tan débiles que, si Heimdall no se hubiera callado un instante, no los hubiera percibido. Provenían del exterior… Se le pusieron los pelos de punta cuando, con su fértil fantasía de niña, imaginó a una criatura que, con voz lastimera, trataba de atraerla fuera con intención de saltar encima de ella. Aun así, había salido. Entonces, a la izquierda, en la esquina entre el granero y el cobertizo, había vislumbrado el débil destello que despedían en la oscuridad los barrotes de una jaula. Kirsten se acercó, con el corazón acelerado y una sensación creciente de opresión a medida que aquellos ladridos se intensificaban, tan agudos que casi parecían chillidos. Tenía un mal presentimiento. Después de dar media docena de pasos en la nieve, sus dedos alcanzaron los barrotes y fijó la mirada entre ellos. Allí, en el fondo, arrimada a la pared de cemento, había una forma. Entornó los ojos y entonces lo vio. Un perro joven, poco más que un cachorro. Un perrillo de raza indefinida, hocico alargado, orejas gachas y pelo corto y rojizo. Tenía la cabeza casi pegada al cemento del muro porque su collar estaba sujeto a una argolla. Con el trasero directamente apoyado en la hierba y la nieve, la miraba mientras lo sacudían temblores violentos. Todavía entonces recordaba la mirada dulce, afectuosa e implorante que le había dirigido aquel cachorro. Una mirada que decía: «Ayúdame, te lo suplico». Era lo más triste que había visto en su vida. Sintió como su corazón inexperto, su corazón intacto de niña, se rompía en mil pedazos. Al cachorro ya no le quedaban fuerzas para ladrar; a duras penas podía emitir aquellos lamentos débiles y desgarradores, y abría y cerraba los ojos bajo el peso de la fatiga. Kirsten se había agarrado a aquellos barrotes helados; habría querido abrir la jaula, romperla, liberarlo y huir con él en los brazos. En aquel momento, enseguida. Había corrido, vacilante, ebria de dolor y de desesperación, hasta la granja, y había suplicado al abuelo. Sin embargo, este se había mostrado inflexible. Por primera vez no había cedido a sus caprichos. Era un perro callejero, un chucho, que no tenía dueño y merecía un castigo: les había robado carne. Ella sabía que, si no hacía nada, el cachorro moriría antes del amanecer; imaginándose el sufrimiento del joven animal, su tristeza y soledad, lloró, gritó y vociferó delante de su hermana, que, estupefacta y asustada, también se echó a llorar. Su abuela intentó calmarla, pero el abuelo la miró con severidad y, por espacio de un segundo, se vio en el lugar del cachorro, encerrada en la jaula, con un collar en el cuello sujeto a la argolla metálica de la pared.

—¡Enciérrame en la jaula! —chilló—. ¡Enciérrame con él!

—Estás loca, pobrecita mía —soltó el abuelo con una voz dura e implacable.

Se acordó de aquel episodio cuando se enteró por los periódicos de que el Estado noruego acababa de crear un cuerpo de policía encargado de luchar contra la crueldad animal… El primero del mundo.

En el hospital, poco antes de que el abuelo muriera, había esperado a que su hermana y el resto de la familia que había acudido se encontraran a cierta distancia para inclinarse sobre el anciano y susurrarle algo al oído. Había visto su mirada afectuosa cuando se había acercado a él.

—Viejo cabrón —había murmurado—. Espero que vayas al infierno.

Había utilizado la palabra inglesa, hell, que coincidía con el nombre del pueblo del abuelo, pero estaba segura de que lo había comprendido.

Contemplando el púlpito, el retablo, el gran crucifijo y las pinturas murales, se acordó de que incluso Agnes Gonxha Bojaxhiu —más conocida con el nombre de Madre Teresa— había pasado la mayor parte de su vida en la noche profunda de la fe, de que en sus cartas había hablado de un «túnel», de una «oscuridad terrible dentro de uno mismo, como si todo estuviera muerto». ¿Cuántos creyentes vivirían de esa forma, en la oscuridad más completa? ¿Avanzando en medio de un desierto espiritual que mantenían en secreto?

—¿Todo bien? —preguntó Strand a su lado.

—Sí.

Tocó la pantalla de la tableta y las imágenes del breve vídeo de la policía de Bergen volvieron a aparecer.

Ecce homo.

1.º La mujer yacía tendida encima del altar, boca arriba, arqueada como si la traspasara un arco eléctrico o estuviera a punto de tener un orgasmo.

2.º La cabeza colgando fuera del altar, en el vacío, con la boca abierta y la lengua fuera como si esperara la hostia con la cabeza del revés.

3.º En un primer plano blanquecino que el técnico de Identificación Judicial debió de tomar con el zoom de la cámara HD, se apreciaba que la cara estaba roja y tumefacta, casi todos los huesos —nasal, cigomático, etmoides, maxilar superior, mandíbula— rotos y había un hundimiento rectilíneo y profundo en medio del frontal que creaba la impresión de que hubieran cavado un canalón; un hundimiento sin duda provocado por un golpe de extrema violencia descargado con un objeto contundente alargado, es probable que con una barra metálica.

4.º La ropa estaba desgarrada en parte, a excepción de la bota derecha, que estaba ausente y dejaba al descubierto un calcetín de lana blanco, con el talón sucio.

 

Kirsten absorbía cada detalle. «Es una escena impregnada de una profunda verdad», se dijo. La verdad de la humanidad. Doscientos mil años de barbarie y la esperanza de un hipotético más allá donde los hombres supuestamente serían mejores.

De acuerdo con las primeras comprobaciones, la mujer había recibido una paliza mortal: primero con una barra de hierro con la que le habían hundido la caja torácica y el cráneo, y después con la custodia. Los técnicos habían llegado a esa última conclusión debido a la presencia del objeto volcado y ensangrentado sobre el altar… Y sobre todo al particular trazado de las heridas: la custodia estaba rodeada de unos rayos que le conferían el aspecto de un sol, y dichos rayos habían dejado laceraciones profundas en la cara y las manos de la víctima. La degollación, que había hecho que la sangre brotara en la dirección del tabernáculo antes de que el corazón dejara de latir, debía de haberse producido justo después. Kirsten se concentró. En todos los escenarios del crimen hay un detalle que tiene más valor que los otros.

«La bota…». Una bota de senderismo North Face, negra con motivos blancos y una suela de color amarillo chillón… La habían encontrado del revés al pie de la tarima, a dos metros largos del altar. ¿Por qué?

—¿Llevaba la documentación?

—Sí. Se llamaba Inger Paulsen. No estaba fichada en el registro central de penados.

—¿Edad?

—Treinta y ocho años.

—¿Casada? ¿Hijos?

—Soltera.

Miró a Kasper. No llevaba alianza, pero quizá se la quitaba para trabajar. Se comportaba como un hombre casado. Kirsten se le acercó un poco más, pasando de la distancia personal a la distancia íntima —menos de cincuenta centímetros— y notó que se ponía rígido.

—¿Habéis averiguado a qué se dedicaba?

—Trabajaba en una plataforma petrolífera en el mar del Norte. Y… eh… los análisis de sangre han revelado un índice de alcoholemia elevado…

Kirsten se conocía de memoria todas las estadísticas. Sabía que la tasa de homicidios de Noruega era apenas inferior a la de Suecia, una vez y media más baja que en Francia, casi la mitad que en Gran Bretaña y siete veces inferior a la de Estados Unidos. Sabía que incluso en Noruega, el país con la tasa de desarrollo humano más elevada del mundo, según Naciones Unidas, la violencia guardaba una estrecha relación con el nivel educativo, que solo un 34% de los asesinos trabajaban, que el 89% eran hombres y el 46% actuaban bajo la influencia del alcohol en el momento de los hechos. Había, por consiguiente, una probabilidad nada despreciable de que el asesino fuera un hombre y una posibilidad entre dos de que hubiera consumido alcohol, al igual que su víctima. Había otra, no tan elevada, de que fuera un allegado: cónyuge, amigo, amante, compañero de trabajo… No obstante, el error que cometían todos los policías novatos era dejarse cegar por las estadísticas.

—¿En qué piensas? —preguntó, echándole el humo en la cara.

—¿Y tú?

Sonrió y reflexionó un momento.

—Una pelea —dijo—, un encuentro clandestino y una pelea que acabó mal. Mira la ropa desgarrada; casi le han arrancado el cuello de la camisa que lleva debajo del jersey y sobre todo esa bota lejos del altar… Se pelearon y el otro llevó las de ganar. Luego, enfurecido, la mató. La puesta en escena es solo para divertir al público.

Se quitó una hebra de tabaco de los labios.

—¿Qué hacían en la iglesia, según tú? ¿No debería haber estado cerrada?

—Uno de los dos tenía una copia de las llaves, sin duda —confirmó él—, porque la iglesia está cerrada casi siempre. Y hay algo más.

Le indicó que lo siguiera. Kirsten se limpió la ceniza que le había caído en el abrigo, se lo abotonó para protegerse del frío y echó a andar tras él. Salieron por donde habían entrado: una puerta lateral. Kasper señaló las huellas de pasos en la delgada capa de nieve —la primera de la temporada había caído antes ese año— que la lluvia empezaba a borrar. Kirsten se había fijado en ellas cuando habían llegado por el camino que había delimitado la Policía Científica entre las lápidas. Dos rastros en un sentido y uno en el contrario.

—El asesino ha seguido a su víctima hasta el interior de la iglesia —dijo él, como si le leyera el pensamiento.

¿Habían llegado juntos o por separado? ¿Serían ladrones que se habían disputado el botín? ¿Dos personas que habían quedado allí? ¿Una adicta a las drogas y su camello? ¿Un sacerdote? ¿Unos amantes que encontraban excitante follar en una iglesia?

—Esa tal Paulsen, ¿era cristiana practicante?

—Ni idea.

—¿En qué plataforma trabajaba?

Kasper se lo dijo. Ella apagó el cigarrillo en la pared de la iglesia, lo que dejó un rastro negro en la piedra. Luego, con la colilla en el hueco de la mano, echó un vistazo a las ventanas iluminadas del edificio de enfrente. Eran las nueve de la mañana y todavía estaba oscuro. Las casas de madera típicas del barrio de Bryggen, que databan del siglo XVIII, relucían bajo la lluvia. Las gotas provocaban destellos a la luz de las farolas y le mojaban el pelo.

—¿Supongo que habréis interrogado a los vecinos?

—No hemos sacado nada de esos interrogatorios —confirmó Kasper—. Aparte del sin techo, nadie vio ni oyó nada.

Cerró la puerta de la iglesia con llave y volvieron al coche tras cruzar la verja, que se había quedado abierta.

—¿Y el obispo?

—Lo hemos sacado de la cama. Lo están interrogando en este momento.

Kirsten se acordó de la barra de hierro que llevaba consigo el asesino y se le ocurrió una idea.

—¿Y si fuera al revés? —dijo.

Kasper la miró de reojo mientras metía la llave en el contacto.

—¿Al revés el qué?

—¿Y si primero llegó el asesino y la víctima lo siguió?

—¿Una trampa? —preguntó Kasper, frunciendo el ceño.

Kirsten lo miró sin decir nada.

 

Comisaría de Hordaland. En el séptimo piso, la jefa de policía Birgit Strøm escrutaba a Kirsten con sus ojillos hundidos en medio de su cara de mero, achatada y ancha, cuya boca, fina como una ranura, se negaba con obstinación a curvar los extremos hacia arriba o hacia abajo.

—¿Una pelea? —repitió con una voz que sonó como un rallador oxidado.

«Abuso de tabaco», pensó Kirsten.

—En ese caso —continuó la jefa—, si no fue premeditado, ¿por qué habría acudido el asesino a una iglesia con una barra de hierro?

—Sí lo fue, está claro —la corrigió Kirsten—. Pero Paulsen se defendió. Tiene cortes en las palmas de las manos que le provocó la custodia y que indican que se defendió. Se pelearon y, en un momento dado, durante el forcejeo, Paulsen perdió una bota.

Kirsten advirtió un destello fugaz en los ojos del mero. La mirada de la jefa de policía se posó en Kasper antes de volver a concentrarse en Kirsten.

—Muy bien. Entonces, ¿cómo explicas que hayamos encontrado esto en uno de los bolsillos de la víctima?

Se echó hacia atrás para coger una bolsa transparente del borde del escritorio sobre el que había apoyado su voluminoso trasero, lo cual hizo sobresalir todavía más su pecho, también generoso. Kasper y los otros agentes del equipo de investigación de la policía de Hordaland observaron el gesto como si se tratara de Serena Williams a punto de servir la bola de partido.

Kirsten cogió la bolsa de pruebas que le tendió la jefa de policía.

Ya sabía qué había dentro. Esa era la razón por la que la habían llamado a ella para que fuera desde Oslo. La habían hecho entrar en la comisaría no por la entrada principal, la Allehelgens gate, sino por la puertecilla blindada de atrás, la Halfdan Kjerulfs gate, en la que había que marcar un código, como si les preocupara que alguien la viera.

Era un trozo de papel, con algo escrito a mano, en mayúsculas. Kasper se lo había dicho el día anterior por teléfono, cuando aún estaba en la sede del Kripos, menos de una hora después del descubrimiento del cadáver, así que no podía llevarse una sorpresa, porque ya lo sabía.

Era su nombre el que figuraba en ese trozo de papel.

KIRSTEN NIGAARD