Noche

Bernard Minier · Capítulo 23 de 50

Páginas del PDF

Noche

20. Gold Dot

20

Gold Dot

 

Las primeras luces del día teñían de rosa el cielo entre los picos de las montañas y las nubes, cuando los técnicos de la Policía Científica de la gendarmería nacional aparecieron por fin, junto con los agentes del Departamento de Investigación. El capitán Saint-Germès se sintió más bien aliviado al ver aparecer los faros entre los árboles: había realizado las primeras comprobaciones y aislado el perímetro con su equipo atenazado por el miedo. El miedo a cagarla. Pues la brigada de la gendarmería de Saint-Martin-de-Comminges no es que asumiera precisamente a diario misiones de esas características.

La brisa matinal, fría y cortante, les pinchaba las mejillas y esparcía el aroma de los abetos. El cielo se despejó con rapidez y la claridad rescató de la sombra cada detalle de las montañas. Observó el convoy que se aproximaba traqueteando sobre la nieve. Cinco vehículos, entre los cuales se hallaba un furgón de techo alto que identificó como el laboratorio móvil del equipo de investigación de Pau. Saint-Germès nunca había visto un despliegue semejante. Como todos los de la zona, había oído hablar de los sucesos del invierno de 2008-2009 —habían pasado a formar parte de la leyenda local, y a los veteranos les gustaba sacarlos a colación, sobre todo cuando se acercaba el invierno—, pero por aquel entonces todavía no ocupaba su cargo actual. Fue su antecesor, el capitán Maillard, quien había llevado todo el caso junto con el equipo de Pau y la Policía Judicial de Toulouse. A Maillard lo habían trasladado, como a muchos de los gendarmes de la época. Así pues, aquella era la primera muerte violenta a la que se enfrentaba el servicio desde entonces. La verdad es que no tenía nada claro lo que había ocurrido aquella noche. Todo era sumamente confuso. Un caos total. Los interrogatorios solo habían servido para incrementar la confusión. Lo que de ellos se desprendía carecía por completo de sentido: un excursionista había sacado a la fuerza del refugio a una de las chicas del grupo para violarla sobre la nieve a las tres de la madrugada y una sombra que había surgido de la oscuridad le había disparado en la sien antes de desaparecer. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

Los vehículos aparcaron delante de la cabaña, y Saint-Germès vio bajar a varios miembros del equipo de investigación. El que iba en cabeza era un tipo con gafas, de mandíbula cuadrada, que llevaba, como los otros, un jersey grueso bajo el chaleco táctico plagado de bolsillos. Después de escrutar la cara de Saint-Germès con sus ojos azul claro a través de los cristales de las gafas, apretó la mano del capitán a conciencia, como si fuera a aplastársela.

—¿Dónde es?

—Vamos a ver, ella dice que la víctima, amenazándola con un cuchillo, la arrastró afuera para violarla y que un tipo salió del bosque y le disparó una bala en la cabeza. ¿Es eso?

—Exacto.

—Nunca había oído algo tan absurdo —concluyó el individuo de los ojos azules, que se llamaba Morel.

—Sin embargo, hemos hallado el cuchillo —objetó Saint-Germès, que detestaba ya al recién llegado, con sus aires de superioridad.

—¿Y qué? Ella misma pudo haberlo puesto ahí. Hemos de comprobar si esa chica tiene antecedentes psiquiátricos, si forma parte de algún club de tiro, si ha tenido problemas a la hora de relacionarse con los hombres, y si ella y la víctima se conocían antes de la excursión. Toda esta historia no se sostiene en pie.

De lo que se desprendía: «Ha hecho mal el interrogatorio de los testigos».

Saint-Germès se encogió de hombros: aquello había dejado ya de ser su problema. Observó el torbellino que se había formado a su alrededor. Había cables eléctricos por todas partes y habían colocado unas lámparas que iluminaban el escenario del crimen y el refugio a giorno, como si fuera un maldito monumento histórico. El resplandor, que rebotaba contra el muro de abetos cubiertos de nieve, realzaba cada piedra, cada losa de pizarra del techo, cada huella, cada rama, cada silueta. Con su mono blanco, los técnicos se mimetizaban casi con la nieve, como si se hubieran puesto trajes de camuflaje. Iban y venían a su alrededor, removían la nieve con palas, recogían huellas, residuos del disparo, muestras biológicas, tomaban medidas, hablaban entre sí… La impresión de caos era engañosa, porque cada cual sabía lo que debía hacer. Era un oficio bien curioso el suyo, pensó el capitán. Esa mañana se habían levantado y desayunado a toda prisa conocedores de que los esperaba un cadáver, una prueba más de la violencia infinita de la humanidad. Agachado delante de la cabeza de la víctima, el forense levantó la vista hacia ellos y se bajó la mascarilla azul hasta la barbilla, con una pequeña linterna xenón en la mano.

—La bala ha penetrado en la cavidad craneal y ha vuelto a salir, y eso puso fin a las funciones vitales. El tipo no ha tenido tiempo de sentir nada. Es como si hubieran apretado un interruptor. On/Off. Por lo visto, este no estaba siendo un buen año para él —añadió, y señaló con el dedo las marcas de las quemaduras que tenía alrededor de la boca y en la mejilla, apenas cicatrizadas—. Teniendo en cuenta la temperatura más o menos constante de la noche, yo diría que el hecho ocurrió entre las tres y las cinco de la madrugada.

Lo cual confirmaba las declaraciones de los testimonios.

—Aquí hay unas huellas de pasos que no corresponden ni a los zapatos de la víctima ni al número de pie de la mujer —informó un técnico, un poco más lejos—. Alguien salió del bosque, se acercó a ellos y se marchó por el mismo camino. — Señalaba las huellas con el dedo—. Vino corriendo, porque la punta está mucho más hundida que el talón. A continuación, se quedó plantado ahí sin moverse: las huellas son uniformes. Se volvió hacia él —prosiguió, apuntando hacia el cadáver— y se marchó por ahí, por donde había llegado. Sin correr esta vez.

Saint-Germès miró de reojo a Morel, que no rechistó.

—¿Dónde están los de la Brigada Canina? —preguntó este.

—Ya llegan —respondió alguien.

—¡Eh! ¡Venid a ver esto! —dijo otra persona a varios metros de distancia.

Se volvieron hacia un técnico que manipulaba una cámara térmica. «Termografía infrarroja», pensó Saint-Germès. Vio que el técnico dejaba la cámara a un lado y, tras sacar una pinza del mono, se agachaba al tiempo que les indicaba que se acercaran. Luego se incorporó. En la punta de la pinza, que sostenía con la mano cubierta por un guante azul, había un casquillo. El casquillo, puesto que se había disparado un único proyectil.

—¿Qué es? —preguntó al instante Morel.

El técnico se apartó la máscara azul, tal como había hecho antes el forense. Fruncía el ceño con expresión de perplejidad.

—Munición expansiva —respondió.

Saint-Germès dio un respingo. La venta de munición expansiva estaba prohibida en Francia, salvo para los cazadores, los tiradores deportivos… y los policías…

—Es una nueve por diecinueve milímetros —precisó el técnico, haciendo girar el casquillo despacio ante sus ojos, con creciente preocupación—. Capitán… —dijo, de repente, con voz alterada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Morel.

—Ocurre que es una Speer Gold Dot, joder…

—¿Está seguro?

El técnico asintió despacio con la cabeza. Saint-Germès y Morel intercambiaron una mirada. Vaya, vaya, a ese tal Morel se le habían bajado los humos. «Se huele el marrón…», pensó Saint-Germès. Aquello no pintaba bien. Nada bien. En Francia prácticamente solo existían dos tipos de personas que pudieran disparar una Speer Gold Dot: los policías y los gendarmes.

 

—¿Y dice que la víctima la llevó afuera amenazándola con un cuchillo mientras los otros dormían?

—Sí.

—¿Que le dio un puñetazo y la tendió encima de la nieve con la intención de… violarla?

—Sí.

—¿Que se echó encima de usted y le bajó el pantalón del pijama?

—Sí.

—¿Y que fue en ese momento cuando alguien salió del bosque con un arma y le disparó?

—Eso es.

—¿Poniéndole el cañón de la pistola en la sien? ¿Así?

Realizó el gesto.

—Sí.

 

—Era muy raro —dijo Beltran—. Parecía… no sé… perverso. Tenía una mirada francamente extraña. Que asustaba incluso. Sí…

 

—Se veía que ese tipo estaba chalado —dijo la morena—. Deberíamos haber desconfiado más de él. Cuando pienso en lo que Emmanuelle tuvo que… —Sollozó —. ¡Dios mío! Les dije que había alguien fuera y no quisieron creerme.

 

—Se apuntó a la excursión como los demás —explicó el joven guía—. Todos siguen una terapia en el balneario de Saint-Martin. Cada cual acude por un motivo diferente. Sí que tuve mis dudas. Como había sufrido una electrocución grave y había estado en rehabilitación, no sabía si estaría en buena forma física, pero insistió en hacer la excursión. Y, como comprenderán, con una persona así, con todo lo que había pasado, no tuve valor para decirle que no.

 

—¿Y bien? —inquirió Saint-Germès, una vez concluida la segunda ronda de interrogatorios.

Morel lo miró con la cabeza gacha.

—Todo encaja —reconoció de mala gana.

—¿Con respecto a lo que yo le había dicho, se refiere?

No hubo respuesta. Saint-Germès titubeó antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Usted cree… cree que lo hizo un… policía?

Tampoco obtuvo respuesta.