Noche

Bernard Minier · Capítulo 50 de 50

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Noche

Epílogo

La nieve cayó durante todo ese día y los siguientes sobre Hallstatt y sus alrededores. A Hirtmann lo interrogaron en la pequeña comisaría que parecía salida directamente de Sonrisas y lágrimas. Reger y sus hombres comenzaron el interrogatorio en alemán y Espérandieu les pidió que, si podían, hablaran de vez en cuando en inglés. Después llegó un individuo de Viena o de Salzburgo y asumió el mando.

Puesto que el suizo había abatido a un hombre en territorio austríaco, correspondía a la justicia de dicho país decidir qué iban a hacer con él. Previendo que habría que esperar varios días, resolvieron vaciar las celdas de la pequeña comisaría y transformarla en una especie de Río Bravo mientras tanto.

Servaz no estuvo presente en los interrogatorios. Lo habían trasladado al hospital de Bad Ischl, como a todos los pacientes de la clínica. El centro estaba cerrado por el momento y su director, en paradero desconocido. Una vez en el hospital, ingresó primero en Cuidados Intensivos y después en Observación. Su salida intempestiva había tenido consecuencias negativas, menos graves de lo que cabía esperar —y de lo que él mismo temía—, pero aun así hubo que abrirlo otra vez para cerciorarse. La policía austríaca fue a verlo y estuvo interrogándolo un buen rato sobre lo que había sucedido en el bosque. Las declaraciones de Espérandieu, Servaz, Reger —e incluso de Hirtmann— coincidían casi al cien por cien, excepto por las divergencias habituales. No obstante, a los investigadores les costó mucho comprender la cadena de acontecimientos que había culminado con el tiroteo cruzado de cuatro personas y con la presencia de un director de orquesta célebre muerto y atado desnudo a un árbol.

En la cama del hospital, Servaz recibió varias llamadas: de Margot tres veces al día, de Samira, del juez Desgranges, de Cathy d’Humières e incluso de Charlène Espérandieu y de Alexandra, su exmujer. Vincent, por su parte, se marchó al cabo de dos días, durante los cuales pasó a visitarlo mañana, tarde y noche.

—No me quieren dejar salir —le dijo Servaz, sonriendo vagamente desde la cama, cuando Vincent le anunció que regresaba a Francia—. ¿En qué punto están con Hirtmann?

—Siguen interrogándolo. Hay que tener en cuenta que ha matado a un hombre en territorio austríaco, así que no nos lo van a devolver enseguida.

—Ya.

—Cuídate mucho, Martin. Y vuelve pronto con nosotros.

Pensó que el cumplimiento de aquel último deseo no dependía solo de él, pero optó por callar. Fuera, en alguna parte, sonaban unas campanas. El paisaje estaba completamente blanco. Solo faltaban unos villancicos. Estaba seguro de que, llegado el momento, en el hospital sonaría por lo menos el Stille Nacht, pero tenía la esperanza de no encontrarse allí para entonces.

El teléfono sonó poco después de que Vincent se hubiera marchado.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó una voz conocida.

—¿Qué quiere, Rimbaud?

—Tengo una buena noticia y otra mala. ¿Por cuál empiezo?

—¿No tiene una excusa menos manida?

—Empezaré por la buena —se lanzó su interlocutor—. Hemos recibido un USB. Por lo visto, lo enviaron el mismo día de su operación, desde Austria. ¿Quiere saber qué hay en él?

Servaz sonrió. Rimbaud no podía evitar torturar a la gente de una manera u otra.

—Suéltelo ya —dijo.

—Una película —respondió el policía de policías—. Una película filmada con una GoPro que su autor llevaba sujeta al pecho… La noche en que mataron a Jensen… Aparece todo: el intento de violación… el autor de la película, que se precipita sobre Jensen… que le dispara a bocajarro en la sien… que se adentra de nuevo en el bosque. A continuación, encara la GoPro hacia él y se graba… Y entonces nos dirige un saludo, el muy gilipollas…

—¿Hirtmann?

—Sí, señor.

Servaz dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre la almohada, y respiró hondo mientras contemplaba el techo.

—Ese vídeo lo exculpa del asesinato de Jensen, Servaz —prosiguió Rimbaud al aparato—, aunque la razón por la que Hirtmann nos lo envió me tiene intrigado.

—Pero…

—Pero eso no lo exonera de su comportamiento indigno como miembro de la Policía Nacional, de su huida de comisaría, de cruzar a Austria con una identidad falsa, del asesinato de Kirsten Nigaard, agente de la policía noruega, con una pistola que no era su arma de servicio…

—Fue en legítima defensa —afirmó.

—Es posible.

—Ah, vaya, parece que de repente ya no se precipita tanto en sacar conclusiones.

—Voy a solicitar su expulsión del cuerpo —dijo Rimbaud—. La policía francesa no puede permitirse tener a personas como usted en sus filas. Y su amigo Espérandieu también será sancionado.

Acto seguido, colgó.

Estuvo nevando toda la noche y también al día siguiente. Desde su cama, Servaz miraba caer los copos. Aún no podía levantarse ni caminar. Los médicos no paraban de repetirle que era un milagro que estuviera vivo, que después de la operación del corazón no debería haberse sometido tan pronto a otra. En cuanto al hecho de que hubiera salido para abatir de un disparo a alguien menos de una hora después de despertar de la anestesia, aquello probablemente pasaría a considerarse una gesta excepcional en los anales de la medicina austríaca. Ahora tenía dos enormes cicatrices que hacían de él un auténtico monstruo de Frankenstein: una en el pecho y otra que empezaba en el esternón, bajaba seis centímetros en vertical y después giraba bruscamente hacia el costado. Martin pedía con frecuencia noticias de Gustav, que se encontraba en una unidad contigua a la suya: Gustav estaba bien, pero quería ver a su padre… es decir, a Hirtmann.

La mañana del quinto día, por fin, pudo levantarse y caminar. Las grapas le tiraban un poco debajo de las vendas. La primera visita se la hizo, por supuesto, a su hijo. El niño tenía mala cara y más ojeras que nunca, pero el médico que estaba de servicio lo tranquilizó: evolucionaba bien y Gustav toleraba el tratamiento inmunosupresor que estaban administrándole para reducir el riesgo de rechazo del trasplante. Aquello no disipó del todo la ansiedad de Servaz: aún había muchas cosas que podían salir mal.

Gustav dormía cuando Martin entró en su habitación. Tenía el pulgar en la boca y sus largas pestañas rubias se agitaban con un ligero temblor. El comandante dedujo que algunos sueños debían de surcar su conciencia, al igual que aquellas nubes cambiantes que atravesaban el cielo sobre el hospital… y se preguntó si serían sueños agradables. Observó durante un rato la carita relajada del pequeño, la sábana y la manta, que le llegaban hasta la barbilla, y cómo se levantaba su estrecha caja torácica. En ese momento, Gustav parecía estar en paz. Entonces Martin salió de una manera tan sigilosa como había entrado.

Llegó la Navidad, y tanto Servaz como Gustav la pasaron en el hospital, entre los gritos de alegría de las enfermeras, las guirnaldas de luces y los abetos sintéticos. Empezó un mes de enero glacial —tanto en Austria como en Francia, según aseguraban en internet— mientras Donald Trump tomaba su asiento en el Despacho Oval. Y en febrero, por fin pudo volver a casa. Enseguida fue sometido a un consejo disciplinario, que dictó una expulsión temporal de tres meses, sin sueldo, y degradación al rango de capitán. Luchó durante meses para obtener la custodia de Gustav, al que le habían asignado una familia de acogida. Francia tenía un nuevo presidente cuando la consiguió y se encontró con que el recién llegado se le rebelaba. Fueron días difíciles, el niño lloraba, reclamaba a su verdadero padre y tenía rabietas, y Servaz se sentía desorientado, desbordado e incompetente. Por suerte, Charlène, Vincent y sus dos hijos acudieron a socorrerlo. Charlène iba casi todos los días mientras él se reincorporaba a la policía. Poco a poco, Gustav pareció adaptarse a la nueva situación e incluso parecía que se encontraba a gusto. Aquello proporcionó a Servaz una sensación de felicidad como no vivía desde hacía tiempo.

En Austria, a Julian Hirtmann lo trasladaron a la prisión de Leoben, una cárcel acristalada y ultramoderna conocida como «la cárcel cinco estrellas». Francia reclamaba su extradición, pero el suizo debía ser juzgado primero allí. Faltaba poco para la siguiente Navidad cuando, una noche, Julian se quejó de náuseas y dolor de estómago. Fueron a buscar al médico, que no encontró nada que justificara dichas molestias, más allá tal vez de una ligera inflamación abdominal y, en su opinión, el estrés. Le dio dos pastillas y le recetó algo más. Poco después de que se hubiera marchado, Hirtmann pidió otro vaso de agua al joven vigilante que estaba de guardia.

—¿Cómo están sus hijos, Jürgen? —preguntó, mientras cogía el vaso, cerciorándose de que nadie más podía oírlo—. ¿Cómo están Daniel y Saskia?

El suizo vio cómo el joven guardia palidecía.

—¿Y su mujer, Sandra, sigue dando clases en primaria?

Detrás de los cristales tintados nevaba. El viento acompañaba con su melopea lejana la voz bien modulada del suizo. En algún lugar sonó una carcajada, a la que siguió el silencio.

—¿Cómo sabe el nombre de mis hijos? —preguntó Jürgen, alarmado.

—Lo sé todo de los que trabajan aquí —contestó el suizo—, y conozco a mucha gente fuera. Perdone, solo quería ser amable.

—No creo que fuera esa su intención —replicó el joven vigilante, procurando imprimir a su voz un temple del que carecía.

—En efecto. Tiene razón. Quería pedirle un pequeño favor…

—Olvídelo, Hirtmann. No pienso hacerle ningún favor.

—Como le digo, tengo muchos amigos ahí fuera —susurró el suizo—, y no querría que les ocurriera nada malo a Daniel ni a Saskia…

—¿Qué ha dicho?

—Es un favor pequeño… Se trata solo de que me consiga una felicitación de Navidad… y de que la envíe después a la dirección que le indicaré. No es nada malo, como puede ver.

—¿Qué ha dicho antes? —gruñó, furioso, el joven—. ¿Me lo puede repetir?

Miraba con cólera al suizo… pero la cólera se transformó en inquietud y después en una oleada de puro terror, cuando vio cómo el semblante de Hirtmann cambiaba, se metamorfoseaba literalmente ante sus ojos, y cuando percibió la sombra negra que albergaban sus pupilas y el destello malévolo de su mirada. Advirtió cómo el horrible cambio confirió a esa mirada, bajo la luz fría y aséptica de los fluorescentes, una intensidad insostenible… y convirtió aquella cara en la de alguien que ya no tenía nada de humano, una cara que solo podía engendrar la locura. La voz que brotó a continuación en forma de murmullo grave de aquella boca casi femenina pronunció unas palabras que no olvidaría jamás:

—Digo que si no quieres encontrar a tu bonita Saskia muerta en la nieve, con la faldita levantada por un monstruo de mi estilo, será mejor que me escuches…

 

La resiliencia es una cualidad misteriosa. Designa la facultad que tiene un cuerpo, una mente, un organismo o un sistema de recobrar un estado de equilibrio después de una alteración grave, de seguir funcionando, viviendo y avanzando, y de sobreponerse a sucesos traumáticos.

Martin Servaz tardó un tiempo en recuperar su estado de equilibrio… pero se repuso. A ello contribuyó el acontecimiento que tuvo lugar poco después de los que acaban de narrarse. El día de Navidad del 2017, llamaron a la puerta de la casa de los Espérandieu. Aquella mañana, al pie del abeto, en el salón, había mucha gente y muchos más regalos todavía, pero el que más recibió fue sin duda Gustav.

Su padre biológico lo observaba mientras los abría uno por uno, radiante de alegría, animado por Margot, que tenía a su bebé en brazos, por Vincent, Charlène y sus dos hijos. Rasgaba los papeles de colores con los dedos menudos, abría las cajas con gestos rápidos e impacientes, sacaba los juguetes lanzando exclamaciones de sorpresa un poco exageradas. Y cada sonrisa que iluminaba su carita era una sonrisa que penetraba el corazón de Servaz. Sin embargo, un instante después, a Martin lo invadieron ideas más sombrías y, de repente, sintió sobre los hombros una responsabilidad aplastante, una responsabilidad demasiado grande, en realidad, para un hombre como él.

Aquella mañana de Navidad, también pensó en Kirsten. Desde hacía un año, pensaba en ella cada día, de hecho. Una vez más, se había dejado engañar. Estaba enfadado consigo mismo por haber bajado la guardia y haber permitido que la mentira entrara de nuevo en su vida disfrazada de falsas apariencias; estaba enfadado por haber alimentado esperanzas absurdas, esperanzas que por fuerza debían acabar en decepción. Al mismo tiempo, se preguntaba si en algún momento Kirsten Nigaard habría sido sincera. En realidad, había acudido a él para conducirlo hacia su amante y su dueño. Lo había arrastrado hasta una trampa, igual que había hecho con ese director de orquesta y su esbirro. Procuraba no pensar en los momentos de intimidad que habían compartido, borrarlos de la memoria. Pero ¿debía negar lo que había sentido solo porque la otra persona no hubiera experimentado lo mismo?

—Martin, Martin —lo llamó Charlène alegremente.

Servaz levantó la vista. Vio a Gustav parado delante de él, tendiéndole un camión de Transformers. Servaz sonrió. Cogió el juguete. Acababa de sonar el timbre de la puerta. Vincent salió de la estancia.

Oyó que hablaba con alguien en la entrada y distinguió que decía: «Un momento».

Estaba toqueteando el juguete por todos lados, bajo la mirada atenta y, según le pareció, un tanto escéptica de Gustav, cuando Vincent lo llamó desde el umbral.

—¿Puedes venir, Martin?

—Ahora vuelvo —prometió a su hijo.

Se levantó y se dirigió al vestíbulo.

Vio al hombre en la entrada. Un empleado que llevaba el uniforme marrón de UPS. Por lo visto, la empresa había decidido hacer trabajar a su personal el 25 de diciembre.

Luego vio el rostro de su ayudante y notó que se le aceleraba el pulso.

—Viene de Austria —dijo Espérandieu—. A tu nombre. Alguien sabe que estás aquí…

Miró el sobre. Lo cogió. Lo abrió.

Una felicitación de Navidad: acebo, guirnaldas y bolas brillantes. Una tarjeta barata. La abrió.

Feliz Navidad, Martin. Julian.

Dentro había una foto… La reconoció al instante. El vestido caqui con el cinturón trenzado que llevaba una de las últimas veces que se habían visto, el cabello rubio rizado y el mechón que le caía sobre el lado izquierdo de la cara, el toque discreto de carmín en los labios. No parecía haber cambiado después de todos aquellos años, a pesar de que el periódico que leía indicaba claramente que la foto había sido tomada hacía apenas tres meses. Sonreía.

—Será cabrón —rugió Espérandieu a su lado—. El muy cerdo. ¡El día de Navidad! Tira eso. ¡Es un montaje, hostia!

Servaz miraba a su ayudante sin verlo. Con la certeza de que se equivocaba, de que no era un montaje y de que las pruebas lo demostrarían. Lo que tenía delante era la imagen de Marianne.

Leyendo un periódico del 26 de septiembre de 2017.

De repente, comprendió la frase del suizo: «Digamos que su hígado no está disponible». Claro, las drogas, el alcohol… ¿cómo iba a estarlo?

Marianne seguía viva…

El corazón se le desplomaba en el pecho… en una caída sin fin.

Bergen, Noruega, diciembre de 2015;

San Luis Potosí, México, junio de 2016.

Terminaste Noche

Bernard Minier

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