Noche
45. Vivo o muerto
45
Vivo o muerto
Vio que la puerta se abría detrás del hombre. «¡Kirsten!». Vio cómo la noruega se llevaba una mano a la zona de los riñones, sacaba un arma y apuntaba hacia ellos.
—¡Suéltalo! —gritó.
Había adoptado la posición clásica de todos los policías: piernas bien apoyadas y arma empuñada con ambas manos. Enseguida se dio cuenta de que era mucho mejor tiradora que él.
—Fuck! ¡Te he dicho que lo sueltes!
El hombre obedeció, y Servaz cayó de culo, con la sensación de que el abdomen iba a estallarle de dolor. Iba a palmarla de una hemorragia interna allí mismo, en el suelo de la clínica. Parpadeó varias veces para evitar que el sudor que le corría por la frente y traspasaba la barrera de las cejas le cayera en los ojos, antes de secárselo con la manga. Sintió que un nuevo Chernóbil iba a tener lugar en sus tripas.
—Soy de la policía —dijo el hombre—. Hay una mujer colgada en la ventana.
—Date la vuelta —ordenó Kirsten—, con las manos en la nuca.
—Te digo que…
—Cierra el pico. Y manos arriba.
Durante un momento de desorientación, Servaz creyó que se dirigía a él y a punto estuvo de seguirla antes de comprender que la orden iba dirigida al intruso. El barbudo la obedeció, con calma, y Kirsten se acercó a él. El arma que había dejado encima de la cama estaba tan solo a unos centímetros de él, pero tenía las manos en la nuca.
—¿Estás bien, Martin?
Servaz asintió, aunque en el fondo tenía ganas de gritar: «¡No, no estoy bien! ¡Me duele! ¡Voy a morir!». Apretó los dientes con tanta fuerza que incluso se le resintieron las encías. De repente, se oyeron unos pasos que se dirigían a la habitación… Y una voz familiar sonó en el dintel:
—Gustav… —dijo Hirtmann.
Fue entonces cuando se inició. La situación que degenera de improviso, el encadenamiento imprevisible de los acontecimientos, la rueda que da vueltas sin parar, el tiempo que se acelera y se embala. La huida hacia delante. El caos. La entropía. Stop. La imagen que queda fija. Que se rebobina. Vio a Hirtmann, inmóvil en el umbral de la puerta, contenido en seco en su impulso. Con el rabillo del ojo, captó el error de Kirsten, la fracción de segundo en que se distrajo, el instante funesto durante el cual el cañón de su arma se desvió ligeramente de su objetivo. Para un hombre como el fauno barbudo, una fracción de segundo era tiempo de sobras. Una fracción de segundo era el tiempo que mediaba entre la vida y la muerte.
No lo aprovechó para precipitarse hacia el arma de la cama, tal como habría hecho una persona menos experimentada, no. No era tan estúpido. De manera instintiva, supo que no le daría tiempo y que lo que debía hacer era apoderarse de la otra pistola… la que lo amenazaba.
Aprovechando la confusión que había causado la aparición del suizo, se abalanzó sobre Kirsten y, torciéndole la muñeca con violencia, logró quitarle la Springfield XD. Apuntó el cañón hacia la puerta, utilizando a la policía como escudo, pero no llegó a apretar el gatillo: allí ya no había nadie.
Hirtmann se había esfumado.
De todas formas, hizo girar sobre sí a la noruega, sin dejar de torcerle el brazo, y le murmuró al oído, apoyándole el cañón del arma en la sien, cerca de las mechas rubias de raíces morenas:
—Y ahora, vamos a salir de aquí.
Servaz los vio abandonar la habitación. Trató de levantarse, pero las piernas apenas lo condujeron hasta la cama, donde se derrumbó. Le ardía el vientre y estaba empapado en sudor. El corazón le latía desbocado. Se levantó la bata y miró la venda que le rodeaba el abdomen. Una flor roja se abría encima del tejido.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella.
—Hay una salida de emergencia justo ahí —dijo Jiri, señalando la puerta metálica del extremo del pasillo—. Vamos a salir por ella.
—¿Y después?
No respondió y siguió empujándola hacia adelante, volviendo con frecuencia la cabeza hacia el lugar donde se habían reunido varias enfermeras y médicos. El grupo se mantenía a cierta distancia y los miraba como si fueran los zombis de «The Walking Dead». La policía que había hecho guardia en la puerta de la habitación de Martin estaba entre ellos. El golpe que le había propinado Jiri le había ocasionado un gran hematoma en la sien.
Sin embargo, este no veía ni rastro de Hirtmann…
—Yo soy de los vuestros —dijo de repente Kirsten, con una voz tan baja que le costó oírla.
—¿Cómo?
—Soy yo la que le ha ido pasando toda la información a tu jefe —anunció, más fuerte—. Lo habéis encontrado gracias a mí, joder. Suéltame.
Con todo, él siguió empujándola hacia la puerta mientras lanzaba miradas continuas hacia atrás.
¿Dónde se había metido el suizo, joder?
—¿Tú eres la informante? —dijo, sorprendido.
—Es lo que estoy diciéndote, maldita sea. Que estoy en vuestro bando. Pregúntaselo a Zehetmayer. ¡Suéltame!
—¿Dónde está el otro? —quiso saber él, apretando la barra transversal de la puerta antes de empujar el batiente metálico con ella delante.
Enseguida el viento silbó en torno a ellos y los rodeó de copos de nieve. El frío les arañó las mejillas.
—¿Quién?
—Hirtmann, ¿dónde está?
—¡No lo sé!
La empujó hasta el pie de la escalera, donde Kirsten estuvo a punto de resbalar en una placa de hielo y arrastrar a Jiri en su caída.
—¡Ten cuidado! —le dijo, ayudándola a recobrar el equilibrio.
La torsión de la muñeca se acentuó mientras hundían los zapatos en la nieve.
—¡Ay! ¡Me haces daño! ¡Mierda!
—¡Tira!
La empujó hacia la derecha y la obligó a bordear el muro de detrás de la clínica… en dirección a la carretera en la que estaba aparcado el Lada. A su alrededor se extendía el bosque blanco, donde los abetos montaban guardia. Los copos de nieve formaban torbellinos en medio de la niebla como un enjambre de abejorros ahuyentados por el humo.
—¡Que tires!
—¿Adónde vamos?
—¡Cierra el pico!
Aún no oía las sirenas, pero era cuestión de minutos. La policía de la clínica debía de haber dado la voz de alarma. Su cerebro buscaba desesperadamente una salida, una última baza que utilizar, algo con que poner la situación a su favor. Al diablo Zehetmayer, al diablo el dinero, al diablo Hirtmann y el niño: no quería volver a la cárcel. Sus pensamientos se agitaban como el ganado dentro de un establo en llamas, se debatían en el interior de su mente mientras seguían caminando sobre la nieve. Absorto en ese tumulto interior, tardó demasiado en ver la figura que surgió de detrás de un árbol, frente a ellos, los apuntó y disparó. Kirsten lanzó un grito ahogado cuando la llama brotó del cañón, pero la bala era mucho más rápida que la nieve y atravesó al instante el hombro derecho de la noruega a la altura del deltoides, salió sin hallar resistencia y penetró en el de Jiri. La fuerza del impacto y el dolor lo hicieron soltar el arma, que cayó a la nieve, y también a su rehén. Ella se apartó de él, chillando. Justo delante, Hirtmann lo estaba apuntando. Jiri puso las manos en alto, en señal de rendición.
—¡Joder, Julian! —bramó Kirsten Nigaard, tocándose el hombro—. ¡Me has dado!
—Te aseguro que solo apuntaba al hombro, bonita —respondió el suizo y se acercó para recoger el arma—. De todas maneras, has tenido suerte, porque no estaba seguro de acertar el tiro.