Rock Star
Capítulo 8
KRIS PHOENIX
1970-1972
Durante dos años, los Wild Ones tocaron juntos y obtuvieron sólo algunos atentos oyentes y tantas chicas como quisieron. No estaba mal, pero ciertamente no era lo mismo que un representante, un agente, un contrato para grabar, dinero o tal vez algún tipo de reconocimiento por parte de esa industria que parecía haber decidido ignorarlos por completo.
Cada vez que podían conseguir un contrato, se presentaban en los clubes nocturnos de los suburbios de Londres. Actuaban en toda clase de locales, grandes o pequeños, tratando de aprovechar cualquier ocasión de que los viesen. A veces daban un recital en un cumpleaños o en una boda. Todo les servía de experiencia. Pero como ninguna de estas cosas bastaba para pagar el alquiler, seguían con sus empleos diurnos. Kris había dejado su trabajo de limpiacristales y, junto con Buzz, había conseguido un empleo como bañero en una piscina. Los dos eran buenos nadadores, y el trabajo no era malo, aunque el olor a cloro y las hordas de niños de escuela enloquecía a ambos. Buzz salía con cualquier chica aceptable que pisase el local, aunque aún vivía con Flower. Kris se había vuelto más selectivo. Nunca les faltaba compañía femenina. Bastaba con mostrar la guitarra y las chicas corrían hacia ellos.
Rasta Stanley, el batería negro, trabajaba en una emisora de radio. Era algo útil, ya que eso les permitía conseguir todos los álbumes nuevos que aparecían, grabarlos y llevarlos nuevamente a la emisora de radio.
Olli Stolz, bajista y teclista, trabajaba en una biblioteca.
Durante el año que llevaban juntos, se habían convertido en un grupo muy unido: Kris era la fuerza directriz; Buzz era el excéntrico del grupo, con su humor negro; Rasta era un cómico nato y Ollie era serio, estudioso y amable con ancianas y animales.
Los Wild Ones tenían su propia identidad.
Kris era sexy y vivaz, con su forma de moverse, y esa melena de color rubio ceniza y esos ojos intensamente azules.
Buzz era lo opuesto, con su aspecto delgado y satánico.
Ollie, un rostro inocente con gafas a lo John Lennon, rizos castaños hasta los hombros y sonrisa de ángel.
Rasta, un paquete de energía y aspecto saludable.
Las chicas los adoraban. Iban a bailar y se quedaban para verlos.
Cuando estaban en el escenario tocando, todo ensamblaba a la perfección. Rasta a la batería, Ollie manejando el bajo y los teclados. Kris y Buzz intercambiando solos de guitarra, moviéndose adelante y atrás con ensayada precisión.
Tocaban todos los éxitos y se turnaban como vocalistas, aunque pronto se hizo evidente que, cuando de cantar se trataba, el favorito era Kris. Con la guitarra él era muy original, y hacía lo que le parecía; en cambio, al cantar iba a lo seguro. Tenía un toque de Rod Stewart, un poco de Mick Jagger, rastros de soul norteamericano y vetas de rock and roll.
Podían tocar distintos tipos de éxitos de la canción y hacerlo bien. Pero, tal como dijo una vez Buzz al borde de la piscina mientras observaba cómo enseñaban a nadar a los niños:
—El problema es que no hacemos nada diferente, ¿entiendes lo que quiero decir?
Kris lo entendía perfectamente, pero no era su culpa: la gente sólo quería escuchar temas conocidos.
—Deberíamos componer nuestras propias canciones —decía Buzz reflexivamente —, en lugar de producir éxitos de otros. Debemos pedir a Ollie que componga algo. Él debe de ser bueno en eso.
Kris asintió. No quería decir nada aún, pero había estado trabajando sobre algunas ideas y tenía varias canciones que deseaba probar. No obstante, se contuvo, ya que no deseaba que los demás le criticasen.
Buzz miró a una alegre morena que salía del vestuario de mujeres.
—Bonito par de tetas —dijo despreocupado—. Apuesto a que es buena en la cama.
—¿Y cuándo has visto un par que no te guste? —respondió Kris.
—Debemos tener material original —repitió Buzz—. Es la única forma de que se fijen en nosotros.
—Ya lo sé. Yo mismo he…
No pudo terminar la frase, ya que vio en el otro extremo a un nadador en apuros. Sin vacilar, se zambulló a toda prisa en busca del hombre que se hundía lleno de pánico.
Se colocó frente a la víctima, la cogió por debajo de los brazos y comenzó a nadar hacia el borde de la piscina. No fue fácil. El hombre creía que era el final y agitaba los brazos y las piernas, sin darse cuenta de que Kris lo estaba salvando.
Luego el hombre cambió de táctica colgándose del cuerpo de Kris y enroscando las piernas alrededor del cuerpo del muchacho, hundiéndole hasta el fondo, mientras Kris luchaba desesperadamente por desasirse de la atadura que el hombre, en su pánico, había creado.
Todo podría haber terminado muy mal de no ser por la intervención de Buzz. Él tampoco vaciló. Se zambulló como un kamikaze, apartando con fuerza al hombre y cogiéndole por el cuello.
Los tres emergieron de repente, y entre Buzz y Kris lograron arrastrar al hombre hasta el borde de la piscina, donde varias manos los ayudaron a salir. Los muchachos comenzaron entonces a sacar del agua el cuerpo del pobre tipo.
—¡Mierda! —exclamó Buzz—, merecemos dinero extra por estos riesgos.
—¡Son tan valientes! —exclamó la morena que él había estado mirando antes, quien, con su traje de baño húmedo, dejaba ver unos pezones erectos, en estado de alerta roja.
La víctima reaccionó e intentó incorporarse, mientras un grupo de niños aplaudía.
Kris observó entonces al hombre que acababa de rescatar, y su rostro le resultó familiar, aun en ese estado.
—¿Señor Terence? —preguntó.
—¡Oh, Dios mío! Les debo la vida… —balbuceó el hombre—. He tenido un calambre… un dolor terrible… No me podía mover.
—Señor Terence —repitió Kris, reconociéndole ahora definitivamente. Era aquel agente de espectáculos cuya casa solía limpiar su madre.
Terry Terence miró a aquel muchacho atractivo de veinte años de melena desteñida… Quizá hubiera muerto y se hallaba en el paraíso. Siempre le habían gustado los jóvenes.
—Sí —respondió como en un sueño—. ¿Me conoces?
El señor Terry Terence ya no vivía en la casa de Carlton Hill. Se había mudado a un apartamento relativamente grande en Abbey Road, cerca de los estudios donde los Beatles habían hecho todas sus grabaciones.
Al día siguiente, cuando Kris y Buzz fueron allí a tomar el té, los recibió un hombre de aspecto afeminado, con ojos de perro cocker, que les dijo suavemente:
—Pasen, por favor. Yo soy Justin, el compañero de Terry. Él está descansando ahora, pero ha dejado instrucciones de despertarlo cuando ustedes llegasen. —Y tendiéndoles la mano, añadió—: Mi más profundo agradecimiento por su valentía. El señor Terence sufrió un ataque cardíaco hace seis meses y el médico le aconsejó que hiciese más ejercicio. Empezó con caminatas, pero enseguida se cansó. Luego se dedicó al tenis, pero se quedaba extenuado. Finalmente descubrió la natación, que parecía la solución perfecta.
—Sí, casi lo soluciona del todo —bromeó Buzz.
—¿Cómo se siente ahora? —preguntó Kris mientras observaba los retratos, esperando encontrar la foto de Johnnie Ray que recordaba desde su infancia.
—Agradecido por estar vivo —dijo Justin—. Habitualmente va a nadar a la piscina de Grovesnor House, pero ayer, por alguna razón que desconozco, decidió ir a ésa. —Y añadió suspirando—: ¡La vida! ¡Cuán frágil es el hilo que nos ata a ella!
Buzz lanzó a Kris una mirada que parecía significar: «¿Quién es este maricón?».
—Quizá fuese mejor que volviéramos otro día —sugirió Kris—. Si ahora está descansando…
—De ningún modo —se apresuró a decir Justin—. Se molestaría mucho. Ahora mismo le despierto.
Justin salió de la habitación y Kris se detuvo frente a la fotografía de Johnnie Ray y la cogió.
—¿Quién es éste? —preguntó Buzz.
—Johnnie Ray.
—No tengo ni idea de quién es.
—Es un gran cantante de los años cincuenta. Mi madre lo adoraba.
—¡Eh, mira esto! —dijo Buzz cogiendo una fotografía de los Beatles—. Aquí están los cuatro, y los cuatro la firmaron.
—¿De verdad?
—Sí. Este viejo debe de conocer a gente importante.
—Te lo dije, ¿no es cierto?
El señor Terence entró en la habitación, resplandeciente. Llevaba un pijama negro bajo una bata roja con bordados dorados y unas zapatillas haciendo juego. Era un hombre de unos cincuenta años, un tanto grueso, de facciones delicadas y algunos mechones de pelo castaño.
—Muchachos —dijo—, ¿cómo podré pagarles lo que han hecho por mí?
Así fue como los Wild Ones llegaron a tener a su primer representante.
Desde el primer momento el señor Terence se mostró fascinado por Buzz. Echó una mirada al cuerpo ágil del circunspecto muchacho de veintiún años, se detuvo a observar su palidez, y experimentó un amor a primera vista. Aunque tenía cuidado en mostrar sus sentimientos, muy pronto todos se dieron cuenta y los cuatro amigos bromeaban entre ellos al respecto. Terence los llamaba los muchachos, sus muchachos. Decía que les iba convertir en estrellas, y ellos, tras un año de dar vueltas por los clubes sin ningún resultado positivo, se hallaban contentos de estar en manos de alguien con experiencia.
Lo primero que hizo Terence fue presenciar un par de actuaciones locales que ellos ofrecieron. Después los citó un día en su oficina para decirles qué era lo que hacían mal.
—Son un grupo de imitadores —les dijo— que tocan los éxitos de otros. Eso lo puede hacer cualquier grupo de músicos que se reúnan para hacerlo.
—Yo se lo dije —argumentó Buzz con el mejor tono autosuficiente.
Kris le lanzó una mirada disgustada y replicó:
—Lo hacemos porque es lo que la gente quiere escuchar. En realidad a nosotros nos gustaría ejecutar material original.
Terence dejó de lado su taza de café y dijo:
—Por supuesto que la gente está acostumbrada a escuchar ciertas canciones. Pero deben comprender que de esa manera no van a llegar a ninguna parte. ¿Alguno de ustedes puede componer y escribir canciones?
Ollie levantó la mano.
—Yo escribo música. No soy bueno con las letras, pero sí con las melodías.
Kris se sintió sorprendido, ya que era la primera noticia que tenía de esto.
—¿Alguien más? —preguntó el señor Terence, posando como siempre sobre Buzz una mirada ansiosa.
—Yo he hecho algunas cosas —respondió Buzz, un poco cohibido—. Claro que posiblemente no sean buenas.
Kris siempre había pensado que Buzz y él tenían mucha confianza entre ellos. Y ahora recibía esta revelación… ¡Mierda! Sería mejor que él también hablara de lo suyo enseguida o lo dejarían fuera.
—Yo también he compuesto algunas cosas —dijo entonces.
Buzz también se mostró sorprendido. Levantó una ceja cínicamente y preguntó:
—¿En serio?
Rasta rió. Él era el que siempre rompía la tensión.
—Parece que todos trabajábais en secreto. Alguien podría habérmelo dicho. Hubiese dejado de rascarme y hecho algo útil con mi mano derecha.
—Nunca es demasiado tarde —dijo Terence, ignorando los comentarios—. Cuanto más original sea el material, mejor.
—Es cierto —acordó Buzz.
—Además, debemos trabajar la imagen del grupo —dijo Terence ajustándose el nudo de la corbata.
—¿Por qué? —preguntó Kris—. ¿Qué hay de malo en nuestro aspecto?
—No hay tampoco nada bueno. Sobre el escenario parece un grupo de desaliñados. Debe haber algún tipo de unidad.
—No pienso ponerme ningún estúpido uniforme para actuar —dijo Buzz—. Yo me visto de negro y ya está.
—Podrían vestirse todos de negro —sugirió Terence, diplomáticamente, intentando como siempre no ofender a su favorito.
—A mí me sienta mejor el rojo —dijo Rasta—. Ya soy suficientemente negro, gracias.
—Tengo la solución —dijo Terence, triunfante—. Pueden vestirse de negro y llevar un pañuelo rojo. —Naturalmente, él había notado que Buzz solía llevar un fular alrededor del cuello.
—No voy a ponerme nada de eso —dijo Buzz groseramente—. Creo que debemos llevar lo que se nos ocurra.
—Los Beatles cuidaban su imagen —observó Ollie.
—¡Pandilla de idiotas! —exclamó Buzz.
El señor Terence se miró las uñas manicuradas.
—Debemos también hablar del equipo. Habrá que comprar un equipo decente. Y además deben salir de gira. Es la única manera de adquirir la experiencia necesaria.
—¿Y qué hay de un contrato de grabación? —preguntó Kris.
—Eso es algo que se produce en algún momento —dijo Terence—. Es un objetivo en pos del cual tienen que trabajar. Si los envío ahora a un estudio, los echarán fuera. —Hizo una pausa y tomó otro sorbo de café—. En primer lugar, deben producir material original. Si no pueden hacerlo, habrá que comprarlo. Luego deberán salir y aprender el modo de presentarse y la disciplina necesaria para hacerlo. Todo eso será bueno para ustedes. Yo les diré cuándo estarán listos para ir a un estudio de grabación.
—¿Y qué hay de nuestros trabajos? —preguntó Ollie seriamente—. ¿Cómo podemos salir de gira y mantener nuestros empleos?
—No podrán, es evidente. He decidido no sólo ser su representante, sino también su administrador. Como agente recibiré un diez por ciento de las ganancias, y como administrador, un veinticinco por ciento más. A cambio financiaré su ascenso. Compraré un equipo nuevo, una camioneta para que viajen por el país y la ropa necesaria para sus actuaciones, y además, les adelantaré una suma razonable para que puedan vivir.
—¡Eso suena fabuloso! —exclamó Rasta.
Kris le lanzó una mirada de advertencia.
—Debemos pensarlo.
—Está bien —acordó Buzz, dándose cuenta de que no les convenía demostrar demasiado entusiasmo.
—Piénsenlo —dijo tranquilamente Terence—. Y háganme saber su decisión en una semana.
—Usted nos está pidiendo un treinta y cinco por ciento —asertó Kris—. ¿No es demasiado?
—El treinta y cinco por ciento de nada —señaló Terence—. Y estoy arriesgando una buena suma de dinero, sin hablar de mi tiempo, que es muy valioso. Tómenlo o déjenlo. Yo creo que ustedes tienen posibilidades. Otros quizá no piensen lo mismo.
A la semana cada uno de ellos firmó un contrato individual que lo ligaba ineludiblemente a Terence durante los siguientes siete años. Kris tuvo que pedirle a su madre que firmara, ya que aún le faltaban unos días para cumplir los veintiún años.
Avis fue a la oficina del señor Terence con su mejor vestido y un absurdo sombrero cubriendo su cabello, que ya comenzaba a encanecer.
—Los he comprado para ti, por si traen suerte —dijo entregando a su hijo un par de cigarros. El muchacho la abrazó impulsivamente.
—¡Gracias, mamá!
—¡Señora Pierce! —dijo el señor Terence—. ¡Qué alegría volver a verla después de tantos años! —Y en un aparte, añadió—: Nadie sabe pulir la plata como usted lo hacía.
—Gracias, señor Terence —respondió ella, correcta y compuesta.
Ella nunca le había contado a nadie el porqué de su abrupto abandono del trabajo en casa del señor Terence hacía ya nueve años. Él la había acusado de haber robado unos gemelos de oro, y cuando un amigo suyo regresó con ellos dos días después, le dijo simplemente:
—Los encontré, querida —como si ésa fuese disculpa suficiente.
Ella nunca había vuelto a trabajar allí.
Ahora estaba en su oficina, firmando un contrato importante en beneficio de su hijo. De no ser por eso le hubiese dado un puñetazo por haber desconfiado de ella de esa manera.
Después de firmar, fueron a una taberna para celebrarlo, sólo la madre y el hijo. Terence quería que se quedasen en su oficina y abrir una botella de champán pero Avis había susurrado a su hijo:
—Me sentiré más cómoda en una taberna, querido.
Se sentaron uno frente al otro y durante un par de horas disfrutaron de la mutua compañía y bebieron algunas cervezas. Fue uno de los mejores momentos que Kris pasó con su madre. Ella sólo nombró cuatro veces a Brian.
—Te voy a comprar un abrigo de visón, mamá —prometió Kris mientras salían al frío de la noche—. Te lo mereces.
—¡Dios mío! —dijo ella con su habitual cacareo—. ¿Quiénes van a comprármelo? ¿Tú y el príncipe Felipe?
Los Wild Ones estuvieron de gira durante todo el año. Viajaron por Inglaterra, Gales y Escocia, y recorrieron también Irlanda. Todo el tiempo vivieron apretujados en una furgoneta Wolkswagen, con el equipo desparramado a su alrededor. Conducían por turnos y dormían en la parte de atrás, que olía a camello. Hasta hacían turnos para llevar chicas a la furgoneta. Una en la parte delantera y otra en la trasera. Algunas eran apenas adolescentes.
—Acaban de dejar el biberón —decía Buzz.
De vez en cuando, el señor Terence iba a verlos. Observaba la entusiasta reacción del público, escuchaba el nuevo material, hacía algunas críticas y observaciones, y se iba en seguida.
—¿Cuándo iremos a Londres? —preguntó Kris.
—Tan pronto como estéis preparados. Os lo diré.
Ésa era la respuesta invariable de Terence.
Ellos estaban agotados y hartos. ¿Dónde estaba el reconocimiento que el señor Terence les había prometido? ¿Dónde estaba el contrato de grabación? ¿Dónde estaban la fama, la fortuna y la buena vida?
Se sentían desilusionados y cansados.
—Hemos estado actuando en el culo de Inglaterra —dijo Kris muy serio una noche, mientras compartían una fuente de salchichas y patatas fritas en un café de las afueras de Manchester—. Esto es un desatre.
—Escribe una canción referida a eso —dijo Buzz, bostezando—. Escribes sobre todos los demás.
—¡Oh, sí! Sería muy buena… El culo de Inglaterra, por Kris Phoenix. Será un éxito que superará a los Rolling Stones.
Rasta comenzó a golpear la mesa como si fuera un tambor y Ollie le acompañaba en el ritmo.
—Conocía a una chica llamada Sara, la besé en la mejilla, y me la llevé a la cama. Parecía tan dulce y tan bella. TODOS JUNTOS. No sabía que vivía en el culo de Inglaterra —cantaron al unísono, riendo histéricamente.
—¡Basta! —dijo un camarero, acercándose a la mesa—. Ya han hecho demasiado ruido.
—¡Caramba! —replicó Buzz—. Ni siquiera nos dejan divertirnos.
—¿Cuál es la diversión? —preguntó Kris, afligido.
—A lo mejor es ir a una buena cama, en lugar de quedarse frente al amplificador —sugirió Rasta.
—Yo no —dijo Kris—. Estoy cansado. Quiero regresar a Londres.
—Llama al jefe y díselo. Ya es hora de que cumpla con alguna de sus malditas promesas.
—Llámalo tú —respondió Kris—. Tú eres su amorcito.
—¿Realmente piensas eso? —preguntó Buzz adoptando una fingida voz de falsete.
—Como chica serías horrible —comentó Ollie—. Tan blanca y pastosa…
—Sí, pero a ti te gustaría montarme, ¿verdad? —bromeó—. Te gustaría dármela, ¿no es cierto, querido?
—Deja de joder —respondió Ollie, indignado.
—Vamos, admítelo —siguió Buzz—. No seas tímido. Todos sabemos lo que pasa en las academias de música. Ya se la habrás dado a un par de culos en tus tiempos.
Ollie se puso en pie, rojo de la ira.
—No lo digas ni en broma, ¡maldito pajero!
—¿Te has puesto nervioso? —preguntó Buzz entrecerrando los ojos.
—¡Callaros! —gritó Kris, arrojando una grasienta patata al rostro de su amigo.
—Sí, callaros —recordó Rasta, tirando un puñado de patatas a Ollie y a Buzz.
—¡Vamos! —chilló Buzz cogiendo una salchicha, rompiéndola en trozos y frotándola contra la mesa.
Kris respondió lanzando un chorro de salsa de tomate, y Ollie hizo lo mismo con la mostaza. En pocos minutos todos estaban chillando y arrojándose comida, dejando de lado las tensiones.
—¡Suficiente! —gritó el camarero.
Ellos lo ignoraron y continuaron con su pasatiempo.
—Echa a esos idiotas, Bert —rugió un robusto camionero—. ¡Malditos maricones de pelo largo! ¡Échalos, que nosotros te ayudamos!
Bert no tuvo que hacer nada. El camionero y sus amigos estaban encantados de poder pelear. El problema fue que ellos no arrojaban comida. Tenían sus puños listos, y se lanzaron por sorpresa sobre los muchachos desprevenidos.
—Demos a estas niñitas una lección —gritó el camionero, alentando a sus compañeros a entrar en la pelea.
—¡Mierda! —gritó Kris, mientras uno de los hombres lo agarraba del pelo e intentaba arrojarlo por la puerta. Se liberó y dio una patada al hombre en los huevos.
—¡Maldito hijo de perra! —rugió el hombre, volviendo sobre él.
Kris se dio cuenta entonces. Cinco fornidos camioneros y cuatro futuras estrellas del rock. No era muy conveniente…
—Salgamos de aquí —gritó.
Pero ya era tarde. La pelea había comenzado.