Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 67 de 67

Páginas del PDF

Rock Star

Epílogo

En el funeral de Marcus Citroen se congregó una extraña combinación de rockeros, personas de la alta sociedad, líderes del espectáculo y los poderosos del mundo de los negocios.

Venían de todas partes a rendir sus respetos. Casi todos llegaban en aviones privados.

La fila de limusinas que se concentró en el cementerio era impresionante. Más tarde, en Novaroen, el ambiente era festivo. Hawkins Lamont El Halcón pronunció un discurso: iba a echar de menos a su amigo y mentor.

Marcus lo había tenido presente en el testamento. El Halcón heredaría la colección de coches antiguos, dos relojes Cartier de oro macizo y una colección de gemelos de Tiffany. El Halcón apreció el gesto, pero tener una colección de coches antiguos no le interesaba. Los vendió y, con lo obtenido se compró un Ferrari blanco, un Maserati negro y un apartamento de fin de semana en Londres. A los tres meses del funeral se divorció de su esposa. Pocas semanas después, él y Nova Citroen se casaban en secreto en México.

Regresaron a Nueva York, triunfantes. Eran una pareja poderosa. Juntos dirigieron la Blue Cadillac y ampliaron el negocio, ocupándose también del cine y la televisión.

Nova Citroen conservó la fama de ser una de las anfitrionas más elegantes de Norteamérica, y El Halcón siguió dirigiendo las carreras de las más importantes superestrellas. Formaban un equipo formidable.

 

Cuando Speed consiguió reparar el neumático de la limusina y llegó a Novaroen en esa noche fatal, era demasiado tarde. La situación del secuestro estaba en su apogeo y todo el mundo había enloquecido.

Se dirigió a uno de los encargados del aparcamiento y le preguntó:

—¿Qué es lo que sucede?

—Ahí hay un tipo que se ha vuelto loco. Ha cogido a unas personas como rehenes y ahora pide dinero.

—¿Quién es?

—Un camarero del restaurante. George algo.

—¿George Smith?

—Sí. Ése es el tipo.

Speed salió de allí rápidamente. En la limusina se dirigió a Hollywood, sacó sus cosas del apartamento, dejó la limusina frente a la agencia de alquiler, y tomó el siguiente avión a Las Vegas. Allí se dirigió a su ex mujer y le pidió que le albergara durante un tiempo. Por si George Smith apuntaba sus cañones hacia él.

Ella aceptó con reticencia.

Se quedó en casa durante tres meses. Peleaban todos los días, pero él debía admitir que tenía el mejor par de tetas que jamás había visto. Lamentablemente también tenía gonorrea. La había contraído a través de un cantante sin talento y, naturalmente, Speed, con su buena suerte, se contagió. Así fue cómo regresó furioso a Hollywood.

Una noche conoció a un tipo en un bar; había un trabajo importante que hacer, y el tipo había oído decir que él era el mejor conductor de la Costa Oeste…

 

Chloe se quedó en Lillianne, donde pasó a ser una celebridad. De no haber sido por ella, Maxwell Sicily podría haber huido con su botín. Nunca se le pasó por la cabeza que, de no haber sido por ella, Marcus Citroen no habría muerto.

 

Cybil Wilde rompió con Kris Phoenix. Cybil se embarcó en un romance supuestamente secreto con el gobernador Highland.

Un fin de semana del verano siguiente estaban juntos en el yate de un amigo cuando los sorprendieron los paparazzi, que les fotografiaron con poderosos teleobjetivos.

Las fotografías fueron publicadas en todas las primeras planas. La inmaculada reputación del gobernador resultó muy lesionada, pero, en cambio, Cybil fue catapultada a un papel de protagonista en una importante película.

 

Vicky Fox sacó el mejor provecho de un trabajo arruinado. Se fue de Novaroen en el peor momento del conflicto, logrando que uno de los invitados la llevase en su coche. Se trataba de un viejo abogado que creyó al pie de la letra toda la historia que ella le contó acerca de la disputa que había mantenido con el ama de llaves.

—¿Necesitas un empleo? —le preguntó.

—Sí —asintió Vicky.

Se quedó en su casa el tiempo suficiente para tener un lío con él y robarle una valiosa colección de sellos, que vendió por tres mil dólares, aunque valía más de cien mil.

Se dirigió entonces a Amarillo, Texas, donde se estableció trabajando con disciplina. El negocio era bueno.

 

A Maxwell Sicily no le fue tan bien. Mientras estaba en prisión y aguardaba el juicio por el asesinato de Marcus Citroen, murió misteriosamente una noche durante el sueño. No hubo una investigación oficial.

Los tentáculos de Carmino Sicily llegaban muy lejos.

 

Sara Johnson y Bobby Mondella planearon una tranquila ceremonia de boda en Filadelfia, la ciudad natal de ella. No podían ser más felices.

Le costó bastante conquistarla, pero finalmente lo logró. Muchas cosas habían sucedido después de esa noche en Novaroen. La conmoción de recuperar la vista lo había trastornado. No sabía cómo manejar la situación.

Ver a Sara, la mujer con la que prácticamente había compartido su vida durante los últimos dieciocho meses, fue lo que más le impresionó. Él la imaginaba más negra, más baja, más gorda y más fea. En lugar de eso, la encontró sorprendentemente hermosa. De algún modo le recordaba a Sharleen, cuando era joven.

Antes de que tuviese oportunidad de explicarle lo mucho que significaba para él, ella se fue, dejando una breve nota en la que le decía:

«No me necesitas más, de modo que me despido. Fue maravilloso y siempre te amaré, pero ahora has recuperado tu vida de antes. Disfrútala. Sara».

Le llevó dos meses encontrarla, y cuando lo hizo, le dijo que estaba seguro de que no debían separarse nunca más.

Ella aceptó. Después de todo le amaba, así de simple.

 

Kris Phoenix y Rafaella tomaron rumbos diferentes.

Después de romper con Cybil, Kris se fue a Inglaterra y dijo a Astrid que todo había acabado entre ellos. Habían estado juntos cuatro años y ya era suficiente: le compró una casa en el campo y le permitió que se quedase con los perros. Se separaron amistosamente.

Se reencontró con Buzz, que seguía alejado de la droga y en franca recuperación, y le sugirió que hicieran algo juntos, los dos solos.

—Sí, me gustaría —dijo Buzz.

—Sí —respondió Kris—. Siempre supe que te gustaría trabajar con una superestrella.

—Sigues siendo el mismo.

—Y eso te gusta, ¿no?

—Así es, amigo.

Mientras ambos reían, los años de separación se desvanecieron, y los viejos amigos se fundieron en un abrazo espontáneo.

Rafaella regresó a Inglaterra, recogió a Jon Jon de casa de su madre, y los dos se instalaron en la casa que ella había comprado, cerca de Regent’s Park.

Era agradable estar de nuevo en Inglaterra después de haber pasado tantos años fuera. Era fabuloso ser una estrella sin tener sobre sí la amenaza de Marcus Citroen. A veces pensaba en Marcus y en esa terrible noche en Novaroen. Fue una experiencia que nunca olvidaría. Pero la vida continuaba, y ella estaba dispuesta a vivirla.

 

Kris Phoenix y Rafaella viajaron a Filadelfia para la boda de Bobby Mondella. Llegaron por separado sin que ninguno supiese de la presencia del otro.

Rocket Fabrizzi fue el padrino, y, aunque Sara y Bobby habían intentado organizar una boda tranquila, la presencia de admiradoras y periodistas fue apabullante.

Rafaella no había vuelto a ver a Kris desde ese trance compartido en Novaroen. De pronto le vio, con su melena y sus intensos ojos azules, iguales a los de Jon Jon.

Tímidamente, esbozó un saludo.

Él se lo devolvió.

Ella sonrió.

Él sonrió a su vez.

¡Dios mío! ¡Que no ocurriese de nuevo! Por tercera vez en su vida, tuvo ese presentimiento.

Había perdido dos veces, pero eso no significaba que debiera dejar de jugar.

Kris se dirigía hacia donde ella estaba.

—¿Hay alguien en este asiento? —preguntó señalando el banco casi vacío.

—No.

—¿Te molesta si me siento?

—Creo que me gustaría.

Juntos vieron a Bobby en el altar. Rocket le seguía.

—Parece nervioso —dijo Kris.

—Seguramente lo está.

—¿Te has casado alguna vez?

—Una.

—Igual que yo —respondió Kris—, pero estoy divorciado.

—Yo también.

La música empezó a sonar, indicando la llegada de la novia. Sara lucía una blanca y hermosa sonrisa.

Bobby se volvió para mirarla mientras ella caminaba hacia el altar. Pensó que era la chica más hermosa que jamás había visto.

—Romántico, ¿no? —murmuró Kris.

Rafaella asintió. Tenía miedo de mirarle a los ojos, porque sabía que, si se internaba en esos profundos ojos azules, estaría perdida para siempre.

Quizá debiera correr el riesgo. ¿Cómo era ese viejo refrán? «A la tercera va la vencida» o algo así.

—Oye, Raf. —Él se inclinó hacia ella, hablándole con una voz suave e íntima—. Hay algo que quisiera decirte.

—¿Sí?

Sus ojos se encontraron y fue memorable.

—Sólo quiero que sepas…

—¿Qué?

—Que cuando te conocí dejé para siempre a las rubias.

—No lo sabía.

—Es la verdad —dijo él, con un guiño. Cogió una mano de ella entre las suyas y la apretó dulcemente—. Será mejor que observemos la boda y veamos cómo se hace. Puede que algún día nos resulte útil.

Ella le sonrió. Kris Phoenix era una aventura que merecía ser vivida, y ella era lo suficientemente madura ya como para poder disfrutarla.

—Está bien —acordó ella.

—Después de todo —comenzó él.

Ella se le unió y juntos completaron su expresión favorita:

—Es sólo rock and roll…

 

FIN

Terminaste Rock Star

Jackie Collins

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.