Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 64 de 67

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Rock Star

Capítulo 64

Sábado 11 de julio de 1987

El robo

Maxwell metió todo lo que encontró en la caja fuerte de Marcus en la bolsa. Había documentos, cartas, fotografías y otros papeles. Decidió que los estudiaría con calma a fin de descubrir si tenían algún valor.

También había algunas piedras preciosas sueltas: diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas, además de algunos relojes caros, joyas para hombre y dinero en efectivo.

Maxwell se relamió. Tenía la boca reseca. Echando un vistazo a la cámara de televisión que había en el techo, se dio cuenta de lo estúpidas que eran esas personas ricas: gastaban dinerales en seguridad y, sin embargo, si quien estaba a cargo se distraía, de nada les servía.

Vicky se estaba ocupando de entretener a ese tipo. Merecía un premio.

Miró hacia la cámara e hizo el signo de la victoria.

Ahora ella tendría que darle dos minutos para salir de la habitación, y su trabajo habría concluido. Un buen trabajo.

 

El gobernador Jack Highland estaba hablando. Nova lo miraba, pero en realidad no le escuchaba. Pensaba en Marcus y esa zorra; ¡cómo se atrevía Marcus a usar para eso su fiesta de beneficio!

El gobernador Highland era un hombre atractivo. Tenía el aspecto honesto, sincero y aniñado de los Kennedy.

Ah… un hombre como Highland podía cambiar el mundo y ella estaba ayudándole a escalar posiciones. Su futuro estaba marcado por el poder. Todos los entendidos lo decían.

«Ten cuidado, Marcus —pensó ella—, puede llegar el día en que yo tenga más influencia que tú».

 

Los tres iban en el cochecito de golf, bajando por un sinuoso camino.

—Creo que vamos en la dirección equivocada —dijo Rafaella.

—Nos han aplaudido mucho —gritó Bobby.

—¿Y qué menos podían hacer? —exclamó Kris—. Yo también habría aplaudido mucho si hubiese pagado cien mil por esta función.

—Gracias —dijo Rafaella fingiendo indignación.

—No es nada personal —replicó Kris sonriendo—, pero debemos tenerlo claro, querida, no es más que rock and roll, ¿verdad?

Tom dejó escapar un gruñido.

—Ya no puedo contenerme más.

Vicky había estado haciendo un cuidadoso cálculo mental. Diez segundos más y ya estaba. Maxwell había desaparecido del monitor hacía bastante rato.

Con un pequeño suspiro ella quitó su teta izquierda de la boca de Tom y expresó dramáticamente:

—Esto no está bien. Eres un hombre casado. No sé cómo he llegado a esto.

—¿Qué? —dijo Tom, atontado, mientras ella se abrochaba el vestido, cubriendo aquellos kilómetros de paraíso.

—Es que en el fondo yo soy una chica muy religiosa.

Su pene erecto cayó miserablemente.

—Lo que estábamos a punto de hacer era un pecado —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Eres un hombre casado.

Vicky terminó de abotonarse el vestido y le miró llorosa.

—Lo siento. Creo que debes odiarme por esto. Lo siento tanto…

En realidad ella no lo lamentaba ni la mitad que él. Él sentía un dolor en su miembro que no recordaba haber sentido nunca.

—Sólo chúpamelo y haremos cuenta de que nunca ha sucedido.

Ella le miró horrorizada.

—¿Qué clase de chica crees que soy?

—Una insoportable calientapollas —farfulló él, furioso.

 

Ahora venía la parte complicada. Ya había vaciado las cajas fuertes, pero sabía que no sería sencillo salir de allí con el botín.

La bolsa de plástico era muy pesada. Había decidido llevarla a la casa de huéspedes, comparativamente más segura. Se deslizó a través de la puerta de la cocina y se encaminó hacia la suite desocupada.

Cuando se disponía a entrar, oyó una voz grave que gritaba:

—¡Usted!

Se volvió y allí estaba Marcus Citroen. Se suponía que Marcus estaría viendo el concierto, y escuchando los discursos.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó Marcus.

—Limpiando —respondió sin inmutarse.

—¿Limpiando qué?

—Los ceniceros, la bebida, la comida. Quieren esta casa impecable antes de que lleguen los artistas. Son órdenes de la señora Citroen. Trabajo para Lilianne —dijo Maxwell, mostrando su chapa de identificación—. Me llamo George Smith, para servirle.

—Está bien, está bien —respondió Marcus, haciéndole señas de que se fuera. Pero luego, cambiando de opinión, indicó—: Arregle esta habitación ahora mismo.

—Está bien, señor.

Maxwell entró en la habitación de Rafaella, arrastrando consigo la bolsa negra, mientras Marcus, en pie, le observaba.

Vació un cenicero y volcó su contenido en la bolsa. Recogió los platos y los vasos sucios, y, con una inclinación de cabeza, dijo:

—Ya está, señor.

Marcus estaba encendiendo un cigarro y no le respondió. Por primera vez, Maxwell sintió que las cosas no estaban saliendo de acuerdo con lo planeado. Se suponía que en ningún momento él debía encontrarse frente a frente con Marcus Citroen. Además, ¿qué estaba haciendo él en la casa de huéspedes?

De todas formas no tenía tiempo para pensar en eso. Entró en la suite desocupada, y fue directamente al armario en el que Vicky había guardado la costosa maleta.

Rápidamente puso allí el contenido de la bolsa negra, dejando aparte sólo los platos sucios. Cerró la maleta, se guardó la llave en el bolsillo y metió todo en la bolsa negra.

Ahora debía pasar a la siguiente operación, si es que se atrevía a hacerlo con Marcus Citroen merodeando por allí. No tenía alternativa.

 

—Creo que nosotros tres podemos hacer algo juntos verdaderamenta sensacional —dijo Kris, entusiasta, dejando el cochecito de golf a un lado de la casa de huéspedes —. Tenemos todos estilos diferentes. Además, también haré que Buzz participe. Lo está haciendo muy bien desde que dejó las drogas. Será un verdadero desafío.

—Me encanta la idea —dijo Bobby—. Puedo intentar escribir algo para nosotros.

—Si lo hacemos con algún fin benéfico, y dado que los tres trabajamos para Blue Cadillac, no veo quién podría ponernos alguna traba —terció Rafaella.

—Puedes elegir el fin benéfico que te plazca, querida: los niños hambrientos, los etíopes, la gente sin hogar, cualquier cosa.

Sus ojos eran iguales a los de Jon Jon, azules e intensos.

—Déjame pensar —dijo ella, esperando que lo que sentía sólo fuera fruto de su imaginación.

Kris llegó a la conclusión de que ella era una de las mujeres más bellas que él había conocido. Las rubias californianas no podían compararse con ella. Se preguntaba si tenía novio.

Amigablemente entraron en la casa y el guardia les saludó.

—¿Hay alguien aquí? —preguntó Kris al hombre.

—Sólo un camarero de Lillianne y el señor Citroen, que ha llegado hace unos instantes.

—No puedo soportar a ese hijo de puta —murmuró Kris—. Trata a todo y a todos como si fuéramos basura. —Se volvió entonces hacia Bobby y Rafaella—. ¿Qué estará haciendo aquí? Un tipo tan importante como él no tiene por qué venir a vernos.

Rafaella permaneció en silencio.

 

Vicky salió tan rápidamente como pudo. No convenía prolongar el enojo de este tipo. Ella hubiese deseado decirle: «Saca tu sexo de aquí y cierra la boca», pero no lo hizo. En lugar de eso, se apresuró a salir, dejando a Tom como un infeliz, abrochándose la bragueta.

 

Chloe estaba muy molesta. George Smith se las había ingeniado para evitarla, y eso no le gustaba nada. ¿No sabía acaso el poder que ella tenía en Lillianne? ¿No se daba cuenta de que ella podía hacer que le despidieran?

Se había escondido en alguna parte para ver el concierto sin ella, y Chloe se sentía herida. Había intentado ser simpática, pero él la había rechazado y estaba decidida a hacer algo al respecto. A Chloe no le gustaba que la rechazaran.

—No puedo encontrar a uno de mis camareros —informó al guardia uniformado que estaba parado delante del área donde se celebraba la cena—. Mide alrededor de metro setenta, tiene el cabello oscuro y no es mal parecido. Quizá usted le haya visto, su nombre es George Smith.

—Sí —dijo el guardia para su sorpresa—. Creo que sé quién es. Es uno que ha llevado una bandeja a la casa de huéspedes, y aún no ha regresado. Supongo que le habrán necesitado allí.

—¿La casa de huéspedes?

—Sí, señora. Allí es donde se hospedan las celebridades.

Chloe se puso tensa. ¿Qué hacía George en la casa de huéspedes?

—Gracias —dijo bruscamente.

—Es un placer, señora.

 

Kris, Rafaella y Bobby se instalaron en la sala para planear hacer algo con lo que disfrutaran y que podría representar un cambio.

—Odio a los dueños de las empresas discográficas, a los agentes y a los representantes —dijo Kris—. Son una pandilla de tipos sin talento, que se aprovechan de nosotros.

—Tú lo has dicho —asintió Bobby, deseando que Sara estuviese allí—. La calidad les importa un pepino. Sólo les importan las ventas.

—Bueno, bueno —respondió Kris—. Las ventas no son malas. Me interesa vender algunos millones por aquí y por allí.

Rafaella rió. Se sentía protegida y pensaba que en cualquier momento se presentaría Marcus.

—Hacedme un favor.

—Sólo si se trata de quitarme la ropa —bromeó Kris, sirviéndose un ron con Coca-Cola.

—No quiero estar a solas con Marcus.

—Nadie quiere estar a solas con él —replicó Bobby.

—Hablo en serio. Prometedme que no me dejaréis.

Kris la observó. Tenía los ojos más maravillosos que él jamás hubiese visto y la piel más increíble: tersa y olivácea. El resto tampoco estaba mal. Quizá dejara para siempre a las rubias. Lo pensó, porque se dio cuenta de que esta chica era diferente. En el corto tiempo que habían estado juntos había conectado con ella de una manera especial.

—¿Estás casada o algo así? —no pudo evitar preguntar.

—Eh —dijo Bobby—, deja de molestar a nuestra compañera. No le contestes, Raf. Este tipo se cree un seductor. No quiero que te acerques a él.

 

Chloe se dirigió a la casa de huéspedes con una expresión decidida. George no sólo la había despreciado, sino que además no había cumplido con su trabajo, lo cual era un crimen aún peor. Si ella quería que le despidiesen, podía lograrlo. Y eso era lo que haría, a menos que él le diera buenas razones para no hacerlo.

 

Furioso, Marcus salió del cuarto de Rafaella. Ya había esperado lo suficiente. Ella pagaría caro lo que había hecho.

Por el corredor circulaba Maxwell Sicily, deseando que Marcus Citroen no se interpusiera en su camino. La siguiente parte del plan transcurriría sin problemas, pero era necesario que todo el mundo estuviera ocupado con los discursos. Se suponía que él debía dejar la casa de huéspedes, todavía vestido como camarero y llevando consigo la bolsa. El guardia le saludaría y le dejaría pasar. Él iría en el cochecito de golf a un lugar preestablecido, cerca de la piscina, donde Vicky le estaría esperando con un traje de noche. Una vez cambiado y acarreando su costosa maleta, iría hacia el aparcamiento y como si fuera un invitado que se retiraba temprano. Se subiría tranquilamente a su limusina —que Speed habría estacionado en el lugar pactado— y partiría.

Sería sencillo si todo salía conforme al plan, y no había razón para que no fuese así. Todo lo que necesitaba era que Marcus Citroen no se interpusiera en su camino.