Rock Star
Capítulo 19
BOBBY MONDELLA
1976
El restablecimiento de Sharleen requirió meses de intensos cuidados. Sus golpes y cortaduras sanaron pronto, pero su orgullo tardó mucho más tiempo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bobby—. ¿Quién te ha hecho esto? ¿Marcus Citroen? Porque si ha sido él, lo voy a matar. Blanco hijo de perra.
—No, no —dijo ella, aterrada—. No ha sido él, y no debes involucrarte.
—Yo ya estoy involucrado. Ahora debes contarme lo que ha sucedido.
—No, Bobby, no puedo.
No había que presionarla. Poco a poco, a medida que fueron pasando las semanas, ella le contó la historia.
Al principio Marcus Citroen se había comportado como un auténtico caballero. Era cierto que la había convencido para participar con él en las fiestas de cocaína y que se habían acostado juntos, pero a cambio le había dado un lucrativo contrato con Blue Cadillac, un buen apartamento y la había comenzado a llevar hacia el estrellato.
—Yo no soy una ingenua —le confió ella entre lágrimas—. Me daba cuenta de sus pretensiones, pero me sucedían cosas tan buenas que pensé que podría manejar a Marcus y sus locuras.
Sus pretensiones consistían en observarla teniendo relaciones sexuales con otras mujeres y en suministrarle cada vez más drogas.
—Me quiere drogada —decía ella— porque es el modo en que puede controlarme.
Llegó el estrellato y Sharleen trató en vano de cortar con Marcus y sus perversiones.
Una noche ella se rebeló y se negó a acostarse con un hombre y otras dos mujeres. Marcus la golpeó y fue entonces cuando ella fue a ver a Bobby.
—Quiero quedarme aquí —dijo simplemente.
Había sido una estúpida y aprendido una dura lección. Él se conmovió y le dijo:
—Quédate todo el tiempo que quieras.
A partir de entonces él procuró por todos los medios que ella se restableciese. Tenía que estar todo el tiempo con ella, apoyarla, alentarla para que hiciese un tratamiento para la drogadicción.
Después de los grandes esfuerzos de Bobby por persuadirla, ella aceptó tratarse en una clínica privada, en la que ingresó con un nombre falso. Cuando salió de la clínica varias semanas después, volvía a ser la Sharleen que todos conocían.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Bobby.
—Fantástica.
—¿Realmente?
—De verdad.
—Estoy orgulloso de ti, nena.
—Gracias —dijo ella, sonriendo—. ¿Y ahora adónde iré?
—He hablado con América —dijo él sin dudar—. Soul and Soul te quiere allí. He escrito dos canciones que podemos grabar juntos, ¿qué te parece?
—¿De verdad? —preguntó ella mientras una gran sonrisa le iluminaba el rostro.
—Está hecho, nena. Sharleen y Bobby. Seremos un equipo.
Pero no fue así. Blue Cadillac se negó a liberarla de su contrato pero tampoco le dio canciones para cantar. En otras palabras, la dejaron en el limbo, sin posibilidades de hacer nada.
Bobby estaba frenético.
—Iré a ver a ese Marcus Citroen —dijo furioso—. No puede hacerte esto.
—Sí puede —respondió ella suavemente—. Él siempre puede hacer lo que le dé la gana.
Con el tiempo, Bobby descubrió que era así. Blue Cadillac tenía con ella un contrato exclusivo e inquebrantable y no se podía hacer nada. Ni siquiera el hábil abogado que Bobby contrató pagando grandes sumas pudo hacer algo.
Sharleen, cuya estrella había brillado tanto una vez, ahora debía quedarse sentada observando cómo otras cantantes copaban la atención que una vez había sido suya.
Después de unos meses, Bobby comprendió que si no hacía algo pronto, Sharleen volvería a lo de antes. La encontró bebida un par de veces y se dio cuenta de que estaba muy inquieta y dispuesta a irse en cualquier momento. La relación entre ellos era estrictamente platónica, pese a que ella vivía en el apartamento de Bobby. Él quería cambiar algo, pero, posiblemente debido a que habían sido amigos durante tanto tiempo, le resultaba muy difícil. En ese momento tan particular, él no deseaba agregar ninguna presión. Lo que fuese debía suceder naturalmente, o no sucedería.
América Allen le preguntó un día:
—¿Qué hay entre tú y esa chica? Desde que está contigo no haces más que hablar de ella. Creo que deberías dedicarte a tu propia vida y dejarla a ella con la suya.
América tenía razón y él lo sabía. No obstante, mientras ella estuviese con Bobby, no podría hacer otra cosa.
Rocket llamó varias veces desde Europa, donde estaba filmando.
—¿Cómo está ella? —preguntaba siempre.
—Bien —contestaba siempre Bobby, aunque, en realidad, hubiese deseado contestarle: «Ella ya no es cosa tuya. Estás casado. Estás fuera de la cuestión».
Sin que Sharleen lo supiese, Bobby intentó telefonear a Marcus Citroen más de una vez, pero sólo recibió como respuesta: «El señor Citroen está en una reunión». «El señor Citroen se encuentra fuera del país». «El señor Citroen está ocupado».
Una mañana, se despertó y encontró a Sharleen revisando el botiquín y examinando las píldoras que contenía.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bobby—. ¿Acaso estás preparando la escena de tu muerte?
—Sí —contestó ella, muy seria.
Maldito Marcus Citroen. Ya era suficiente con esto.
Bobby se vistió apresuradamente, buscó la dirección de Blue Cadillac y se dirigió hacia allí en un taxi.
Llegó cuando acababan de dar las nueve. Sentada en el escritorio había una atractiva recepcionista negra, con uñas multicolores.
—Hola, preciosa —saludó él, tratando de conquistarla.
Ella lo miró y sus labios se abrieron en una amplia sonrisa.
—¡Bobby Mondella! —exclamó—. ¡Qué manera tan agradable de comenzar el día!
Él no estaba acostumbrado a que lo reconociesen, pero en este caso no podía venirle mejor.
—Me encanta Dream Baby —siguió ella—. Es sensacional.
—Gracias —dijo él modestamente—. Me alegro de que te guste.
—Me encantaría que estuvieras en esta compañía —dijo ella, meneando sus pestañas superlargas—. Quizás así obtendrías el éxito que te mereces.
—¿Quién sabe? —dijo él, encogiéndose de hombros, e inclinándose sobre el escritorio de la chica, preguntó—: ¿Ya está Marcus aquí?
—El señor Citroen siempre está en la oficina a partir de las siete y media — respondió ella adoptando nuevamente un tono profesional—: ¿Eres su primera cita?
—Seguramente —respondió Bobby.
Ella echó un vistazo a una gran agenda roja.
—Sus secretarias no llegan hasta las nueve y media. Aquí no está apuntado tu nombre.
—Es porque concertamos la cita muy tarde anoche.
—¡Oh! —dijo ella con ojos brillantes—. Apuesto a que estuviste en la fiesta de Stevie Wonder, ¿no es verdad?
—Claro.
—Qué suerte…
—Sí, bueno, voy a entrar. ¿Cuál es su oficina?
—Cruzando la sala, la última puerta de la derecha. No puedes equivocarte. Hay un disco de oro en la puerta.
—Bien.
—Le llamaré y le diré que ya estás aquí.
—No te molestes. Posiblemente ya me haya olvidado. Quiero ver su cara cuando se dé cuenta de que yo sí le recuerdo.
La recepcionista rió y se arregló el cabello.
—Sigue grabando esos temas.
—Sólo si tú sigues comprándolos.
Mientras atravesaba la sala, trató de pensar exactamente qué diría. ¿Qué cosa haría dejar libre a Sharleen de un hombre como Marcus Citroen?
Recordaba el último encuentro que habían tenido, hacía ya muchos años. La Sala Privada del Chainsaw. Él era el encargado, y Marcus Citroen un cliente que aspiraba cocaína con Del Delgardo. ¡Dios! Parecía que habían pasado siglos.
Ahora estaba frente a la puerta del disco de oro. El disco era más grande que uno auténtico y en él se leía en grandes letras: Marcus Citroen —artífice de éxitos— discos Blue Cadillac. Muy sutil.
Sin llamar abrió la puerta y entró.
Marcus Citroen estaba sentado detrás de un escritorio gigantesco hablando por teléfono. Indicó a Bobby que se sentara. No hubo gesto de sorpresa en su rostro impasible.
Bobby no quería sentarse, pero al parecer no tenía alternativa. ¿Qué más podía hacer? ¿Acaso podía arrancarle el teléfono y comenzar a gritarle?
No, debía ser un encuentro civilizado. Tenía que ser sensato, y sobre todo, tenía que salir de allí con alguna solución para Sharleen.
Era evidente que Marcus estaba hablando con alguien de Londres, ya que hacía referencia a varios acontecimientos ingleses, y terminó la conversación diciendo:
—Iré en el Concorde la semana que viene. Espero que para entonces todo esté arreglado. Oh… —dijo echando una mirada a Bobby— y puedes decirle a esos hijos de perra que, de lo contrario, aparecerá alguien en el Támesis. Y te aseguro que no seré yo.
Y colgó el auricular.
Bobby se aclaró la voz. ¡Al diablo! Este cerdo no iba a intimidarlo.
—Usted no me conoce —dijo entonces—. He venido a hablar de Sharleen.
Marcus asintió.
Había algo raro. ¿Por qué el gran Marcus Citroen no estaba chillando a su secretaria? ¿Por qué no lo echaba?
Bobby decidió hablar mientras tuviese oportunidad de hacerlo.
—Sharleen es muy desdichada, piensa en suicidarse. Y creo que usted sabe por qué.
Marcus cogió un cigarro de una caja que tenía sobre su escritorio, alcanzó un encendedor de mesa con forma de Cadillac y lo encendió. Pero no dijo nada.
¿A qué estaba jugando ese hombre? La voz de Bobby se alzó, enojada.
—La cuestión es, señor: o la deja en libertad, o haré que en todos los periódicos del país aparezca su nombre y el relato de lo que usted le hizo.
—Buenos días, señor Mondella —dijo Marcus suavemente, en un tono más meloso que el almíbar—. Hace tiempo que espero su visita. ¿Por qué ha tardado tanto?
¿Qué sucedía? ¿Por qué hoy todos le reconocían? ¿Y por qué Marcus Citroen esperaba su visita?
—Quiero que rompa el contrato de Sharleen —dijo Bobby, con un súbito sentimiento de poder.
—Hay una sola solución para todos estos sin sentidos. Y si usted lo piensa verá que es lo único razonable.
—¿De qué se trata?
—De usted, por supuesto. Usted es la solución.
—No lo comprendo.
Marcus aspiró una bocanada de su cigarrillo, y arrojó una espesa columna de humo hacia el techo.
—Bueno, ya comprenderá una vez que se lo explique.
Entonces, procedió a explicarle.
La solución de Marcus Citroen era sencilla. Blue Cadillac quería a Bobby Mondella. Estaban dispuestos a ofrecerle un buen contrato y a liberarlo del que tenía con Soul and Soul. Además, estaban preparados para convertirlo en una gran estrella. Tenían el poder y las conexiones para hacerlo.
El trato incluía a Sharleen. Una vez que él hubiese firmado en la línea puntuada, la carrera de ella sería activada, y en muy poco tiempo volvería a estar en la cima, lugar al que pertenecía por derecho propio. Grabaría un álbum de dúos junto con Bobby, y posiblemente filmarían una película si las cosas iban bien.
—¡No puedo creerlo! —dijo Bobby con vehemencia—. Esto es chantaje.
—Yo pensé que usted aprovecharía la oportunidad de salir de una compañía de segunda fila como Soul and Soul —dijo Marcus, apagando su cigarro—. No han hecho más que desperdiciar su talento.
—Escuche, ellos me dieron mi primera oportunidad. Creyeron en mí.
—¡Ah, la lealtad! Lo admiro. Pero yo también creo en usted, señor Mondella, ¿o lo puedo llamar Bobby? —Marcus se quitó sus siniestras gafas oscuras y, mirándolo, añadió—: Desde hace un tiempo tengo los ojos puestos en usted. Creo que con su capacidad de componer, su aspecto y su talento, puede ser la estrella de color más importante del país. Puedes ser el número uno. Y con la guía de Blue Cadillac… — Hizo una pausa—. No habrá nada que no puedas alcanzar.
Bobby sintió que lo alcanzaban emociones contradictorias. Los planes que tenía Marcus Citroen para él no eran precisamente desalentadores. Pero podía tratarse de un trampa, y él tenía la certeza de estar siendo manipulado, lo que no iba bien con su estilo. Además, no podía imaginar nada peor que estar bajo el control de un hombre como Marcus Citroen. ¿Cómo dejar Soul and Soul y a América, después de lo que habían hecho por él?
«Soul and Soul te está reteniendo —le decía por otro lado su voz interior—, América Allen dice que tus discos no pueden llegar a la cima, y tú sabes perfectamente que sí».
En efecto, él lo sabía bien, y aunque despreciase a Marcus Citroen, sabía que con Blue Cadillac podía lograrlo.
Además, si deseaba ayudar a Sharleen, no tenía alternativa. La decisión estaba fuera de su alcance.