Rock Star
Capítulo 56
KRIS PHOENIX
1986
La chica del anuncio publicitario tenía grandes ojos azules, una amplia sonrisa que mostraba bellos dientes, una nariz perfecta, cascadas de cabello dorado y un cuerpo sensacional.
—Quiero conocerla —dijo Kris Phoenix—. Averigua quién es. No hizo falta indagar mucho para saberlo: era Cybil Wilde, una nueva modelo de éxito con un futuro halagüeño. Ella estaba en Nueva York y Kris en Los Ángeles.
—Hazla venir —dijo Kris.
Ella contestó: no, gracias.
—La quiero en la portada del nuevo álbum —dijo Kris, pero ellos le respondieron que era muy cara, que costaba tres veces el precio de cualquier otra modelo.
—¡Mierda! Páguenle.
Concertaron una sesión de fotografías y Cybil Wilde voló a Los Ángeles. Kris se aseguró de que una limusina llena de rosas la fuese a recoger al aeropuerto y le envió una nota invitándola a cenar esa noche. También se aseguró de que la compañía discográfica se hiciese cargo de los gastos.
Ella pidió a su madre que llamase a fin de disculparse por la imposibilidad de cenar con él. ¡Su madre! Resultó que ella era una chica californiana que había emigrado a Nueva York, y que su familia vivía cómodamente en Encino.
Kris había decidido que la quería para él, aun antes de conocerla. Astrid estaba en Inglaterra y odiaba América y todo eso que ella llamaba el circo del rock. Él era muy feliz con Astrid, pero necesitaba una mujer en América, y cuando vio a Cybil en un anuncio de yogurt, decidió que ella era la persona adecuada.
Hizo que uno de sus empleados preparase un dossier sobre la chica. La noche antes de la sesión de fotografías, se sentó en la cama y lo leyó:
Cybil Wilde
Edad: 18 Estatura: 1,72
Medidas: 90-60-90
Color de cabello: rubio
Peso: 50 kilos
Color de ojos: azules
Había ido a la escuela secundaria de su barrio, había salido siempre con un muchacho vecino, tenía dos perros y un pony y había sido buena estudiante. Cuando tenía dieciséis años, su novio había enviado una fotografía suya a un concurso de la modelo del año. Ella había ganado un viaje a Nueva York y una presentación en una de las agencias de modelos más importantes de la ciudad. La habían preparado durante un año. Había aprendido lo necesario. Luego, el éxito. Había roto con su novio, y salido con algunos hombres. Nada serio.
Kris decidió que él iba a ser su primer asunto serio.
Antonio era un famoso fotógrafo. Italiano de nacimiento y norteamericano por gusto, practicaba su oficio con un estilo impecable. Acababa de publicar un libro sobre su trabajo. El libro se titulaba: Antonio - El rostro. En la cubierta aparecía una famosa fotografía de una llamativa estrella de la televisión, Silver Anderson, en una pose dramática. El libro estaba casualmente en el cuarto de vestir, para que lo hojeasen.
Cybil fue la primera en llegar al estudio. Estaba radiante, con su aspecto adolescente.
—Hummm —la inspeccionó Antonio, con los brazos en jarras y la mirada crítica —. Antonio cree que el material puede resultar.
Cybil le miró; le habían advertido que el temperamental fotógrafo podía llegar a ser un tormento.
—¿Sólo puede resultar? —preguntó dulcemente.
—¡Fernando! —llamó Antonio, chasqueando los dedos al peluquero—. ¡José! — Otro chasquido para convocar al maquillador—. ¡Paulette! —Y la modista llegó corriendo—. ¿Qué haremos con esta pequeña criatura?
Los tres esperaron a que Antonio decidiese qué hacer. Él así lo hizo.
—La pondremos bellísima, ¿verdad?
—Sí —dijeron los tres a coro.
—Bene, bene —dijo Antonio, satisfecho.
—A trabajar, a ponerla divina.
Kris llegó un par de horas más tarde, momento para el cual Cybil estaba realmente divina, aunque permanecía fuera de su alcance con Fernando, José y Paulette.
—¿Cómo estás, amigo? —preguntó Kris, rodeando con su brazo los hombros del diminuto fotógrafo.
—¡Kris! —exclamó Antonio muy excitado—. ¡Qué sexy eres! ¡Adoro tu trasero!
Antonio había fotografiado a Kris para las portadas de sus dos últimos álbumes y los dos habían establecido una relación de mutua simpatía.
—Pero no conseguirás nada —dijo Kris, sonriendo.
—No tienes idea de lo que te pierdes, querido.
—Déjalo así, amigo.
—Como quieras —dijo Antonio, paseando una mirada lasciva por el cuerpo de su estrella del rock favorita, que estaba frente a él vestido con tejanos y una camiseta negra con la inscripción Gold’s Gym en el pecho.
—Pareces tan… cómo decirlo… fuerte.
—Bueno, he estado haciendo mucho ejercicio —dijo flexionando uno de sus brazos para entusiasmar aún más al fotógrafo.
—¡Bene! —exclamó Antonio—. Eres tan atlético.
—Lo bastante para golpearte si intentas poner un dedo sobre mi persona — bromeó Kris—. Aunque tú nunca harías una cosa así. —Cogió una manzana de la fuente y la mordió—. ¿Ya está aquí la chica?
—Estamos intentando sacar algo bueno de ella —suspiró Antonio.
Spud, el peluquero inglés de Kris, que siempre asistía a las sesiones importantes de fotografía, recibió a Cybil con su silbido admirativo. Ella apareció sonriente, flanqueada por Antonio, José y Paulette. Estaba sensacional con su traje de baño amarillo, el cabello peinado en estilo salvaje y un maquillaje exótico.
Los dientes perfectos atrajeron inmediatamente a Kris.
—Hola, querida —le dijo—: ¿Qué te parecería mudarte a Los Ángeles?
Cybil no era fácil. Él tuvo que desplegar todos sus atractivos e incluso ir con ella a Nueva York.
—No me gustan las estrellas del rock —anunció ella.
—¿Qué clase de afirmación estúpida es esa? También podrías decir que no te gustan los policías, los niños o cualquier otro grupo, pero ¿qué son las estrellas del rock?
—Son tipos que piensan que pueden conseguir lo que quieren con un solo guiño.
—Yo ya hice un guiño y no te conseguí, ¿verdad?
Poco a poco él la fue seduciendo y después de varias semanas ella estaba convencida de que la vida en la mansión de Kris en Bel-Air era exactamente lo que deseaba.
Ella vino para quedarse. Alegre, con sus cabellos, sus dientes y su cuerpo perfectos. Era agradable tenerla cerca, siempre de buen humor, llena de entusiasmo.
Con Astrid y la seguridad sobre su comportamiento en Inglaterra y Cybil, la dama de la mansión de Bel-Air, se sentía muy bien atendido. No estaba mal para un muchacho que había surgido de la nada.
Kris Phoenix, la superestrella del rock.
Actuaba por su cuenta desde hacía tres años y medio. El tiempo suficiente para grabar tres álbumes de éxito, cada uno mejorando las marcas del anterior. Primero fue su álbum Erotic, en 1984, seguido por Getting Down, en 1985, y más tarde ese mismo año, Busted, un verdadero hallazgo que batió las marcas de venta de todos los tiempos. Ahora estaba dando los últimos toques a Poor Little Bitch Girl. Uno de ellos fue tener a Cybil en la portada. Era un hallazgo, no cabía duda.
Él no la amaba.
Tampoco amaba a Astrid.
Tenía treinta y siete años, y ya iba para los treinta y ocho, pero seguía sin saber lo que era estar enamorado. Algunas veces se había entusiasmado, pero nunca había sentido esa especie de locura, esa necesidad de pasar el resto de su vida con una mujer.
Sin embargo, sabía que eso existía. Podía pensar en eso, incluso escribir sobre eso. Probablemente fuera algo que nunca le sucedería. Él tenía su música, su creatividad, su guitarra. Con eso era suficiente; ¿lo era? A veces, por la noche, permanecía despierto pensando en las cosas que había logrado, y era en esos momentos cuando deseaba tener a alguien con quien compartirlas. A veces pensaba que le hubiera gustado tener más hijos. Bo tenía una hermanastra, cortesía de Willow y su marido. ¿Qué hubiera sucedido si él no hubiese descubierto a Willow engañándole?
No. Eso tampoco habría funcionado.
En el fondo debía admitir que echaba de menos a Buzz. Habían crecido juntos y compartido sus vidas, incluida la parte trasera de aquella horrible furgoneta Wolkswagen durante interminables meses. Uno de sus recuerdos favoritos era el de aquellos primeros ensayos en el viejo garaje, sin más compañía que Buddy Holly y Otis Redding. Con gran nostalgia recordaba aquella época en que recorrían Europa acostándose con todo lo que se movía y hasta con algunas que no lo hacían.
Luego fue el éxito, y todo lo que vino con él. Después de eso, las cosas empezaron a cambiar.
No sólo añoraba a Buzz como su mejor amigo, también añoraba las actuaciones con él. ¡Dios! Habían pasado algunos momentos extraordinarios, escribiendo canciones, actuando, vagando juntos.
Ahora todo eso había terminado. El pasado había quedado atrás. Hacía poco tiempo Buzz, que había formado un nuevo grupo —el cuarto desde la disolución de los Wild Ones— había sido entrevistado por Rolling Stone.
—Kris Phoenix sólo está interesado en el dinero y la fama. Mírenlo ahora, con sus grandes mansiones y su estilo de vida, propio de Hollywood. Es un enfermo del éxito. En lo que a mí respecta, pienso que su música es como un globo de goma de mascar. Es mierda.
Cuando Kris leyó eso, se sintió primero furioso y luego herido. El Halcón le advirtió que no hiciese caso de esas declaraciones.
—Todo el mundo sabe que Buzz Drake es un drogadicto, y que está acabado. Ignórale. No justifiques sus celos con ningún comentario tuyo.
Él no hizo ningún comentario, pero le dolió.
De vez en cuando veía a Rasta, que seguía siendo el mismo. Había superado sus momentos de publicidad en contra, se había casado con una bella actriz alemana y había comprado una compañía discográfica que le mantenía ocupado…
—¿No echas de menos las actuaciones? —le preguntaba Kris a menudo.
—¿Para qué intentar segundas partes, cuando ya has tenido lo mejor? —respondía Rasta.
Rasta tenía razón. Kris se daba cuenta de lo afortunado que era él, que había podido triunfar dos veces. No le asombraba que Buzz estuviera amargado. Todos los grupos que había formado habían fracasado, principalmente porque la mayor parte del tiempo estaba tan drogado que no sabía lo que hacía. Además no podía volver a América por sus antecedentes con las drogas. Era extraño que siguiera con Mikki, su compañera en el delito. Cada vez que Kris leía algo sobre ellos se apenaba. Eran un par de perdedores.
Poco tiempo después de que Cybil se mudara a su casa, Kris convenció a Willow de que permitiese a Bo hacer su primer viaje a América. Ella al principio se negó. Seis meses después del accidente de Bo, ella había vuelto a su cruel modalidad habitual, pero Kris era insistente. El muchacho ya tenía doce años. No era tan pequeño.
Bo llegó con el aspecto de un prolijo colegial inglés y un acento acorde con su apariencia. Willow estaba haciendo a conciencia el trabajo de quitarle todo rasgo de individualidad. Kris se recordaba a sí mismo a su edad: un vago, loco por la guitarra, con sueños de llegar a ser una estrella del rock.
—Bueno, hijo, ¿cómo estás? —preguntó, extrañamente incómodo.
—Muy bien, gracias, señor —respondió el muchacho.
¡Señor! ¿Qué era esa mierda de señor? Hacía tres años que habían compartido momentos maravillosos en su casa del sur de Francia. Habían nadado juntos, habían buceado y lo habían pasado como padre e hijo. Luego Willow había insistido en inscribirle en una academia naval muy estricta. Allí estaban los resultados.
—No me llames señor. No llames así a nadie.
—Sí… sí, papá.
La visita no fue un éxito. Bo estaba incómodo y disgustado, especialmente con Cybil. Cuando ella estaba allí, el muchacho se encerraba en sí mismo, y por mucho que Kris intentase sacarle de ese estado, no lo lograba. Cuando Bo finalmente se fue, Kris se culpó por la falta de comunicación que había habido entre ellos.
—No te preocupes —dijo Cybil para consolarle—. Cuando yo tenía trece años ni siquiera hablaba con mis padres. Ellos eran para mí como el enemigo.
—Sí, pero al menos estábais juntos. Yo nunca puedo ver a Bo. Y a Willow eso le gusta. El único contacto que ella desea es que pague las malditas facturas.
—¡Pobrecito! —La muchacha de diecinueve años lo envolvía con sus curvas doradas, y él se sentía mucho mejor. Cybil era buena para eso, como también lo era Astrid.
Sus dos rubias… ninguna de las dos sabía nada acerca de la otra, afortunadamente. Aunque Kris estaba seguro de que eso era cuestión de tiempo.