Rock Star
Capítulo 14
KRIS PHOENIX
1975
El bebé se quejaba. Alguien hubiese podido decir que estaba llorando, pero Kris sabía reconocer un quejido cuando lo escuchaba.
Él no era bueno para tratar con bebés. Además, estaba seguro de que no era cosa suya estar cuidando a una criatura apestosa, con el pañal lleno de caca, aunque fuese su hijo.
Dejó su bolígrafo y cogió el periódico. Le gustaba escribir canciones, pero sólo lo hacía cuando podía concentrarse. ¿Y cómo concentrarse con un bebé quejándose y haciendo ese ruido?
Willow tendría que dejar de trabajar. No había otra solución. Tendrían que acomodarse a vivir sin el salario de ella. Mala suerte. Él necesitaba tranquilidad y silencio para poder crear y en su casa no los tenía.
Su casa era el apartamento de Kilburn. ¿Podría algún día salir de allí? Tenía un dormitorio diminuto y oscuro, un cuarto de baño haciendo juego, una cocina sucia y una horrible sala que conducía a una pequeña parcela cubierta de hierbajos, donde había dos tumbonas y el cochecito del bebé, regalo de los padres de Willow.
Kris pensó por unos momentos en los padres de Willow. El señor Wigh era un director de un banco en Esther, y su esposa una snob con delirios de grandeza. No resultaba sorprendente que Willow hubiese escapado de casa dos veces antes de los dieciséis años, y que finalmente, al cumplir los diecinueve, se hubiera mudado a Hampstead para asistir a una academia de secretarias. Sus padres le enviaban una mensualidad tan exigua que se había visto obligada a conseguir un empleo en la tienda donde había conocido a Flower.
Flower los había presentado, y antes de que él pudiese darse cuenta, Willow estaba embarazada y él, un palurdo suburbano, había decidido casarse con ella.
Kris Phoenix, estrella del rock. Mejor olvidarlo. Mejor pensar en Kris Phoenix, el marido, padre e idiota del año.
Arrojó el periódico disgustado, sin molestarse siquiera en mirar la página tres, donde aparecía una chica desnuda, con unas tetas tan grandes que podían sostener una botella de cerveza.
—¡Mierda! —gritó, y el bebé estalló en un auténtico berrido.
No le iba nada bien. Hacía dieciocho meses que los Wild Ones habían grabado su primer tema, y todos estaban tan esperanzados… Kris no dudaba del éxito, pero nada había sucedido. El público no se había interesado, y no lo ponían por la radio. ¿Cómo podía la gente comprarlo si nadie lo había escuchado?
—No estás en las listas —le había dicho Sam Rozelle, compungido.
—Entonces dile a la maldita compañía grabadora que lo haga poner en las listas. Ése es su trabajo, ¿no?
—Hacemos lo que podemos —había dicho Sam sin mirarlo a los ojos.
Kris sospechaba otra cosa. Había ido a seis tiendas de discos, y no sólo no tenían idea de la existencia del disco, sino que, después de buscarlo, le decían que ni siquiera lo tenían.
—Aquí pasa algo raro —había dicho a Terence, que no parecía tener en cuenta sus quejas.
—En absoluto —le contestaba Terence—. Lo que pasa es que aún no ha llegado el momento. Necesitan más experiencia.
Así fue cómo los envió nuevamente de gira. Otra vez actuaciones, cafés de carretera y dormir en la parte trasera de la destartalada furgoneta Wolkswagen.
Mientras tanto, en Londres, el embarazo de Willow avanzaba. Flower llevaba las noticias cuando iba a visitar a Buzz.
—Su padre está furioso.
—Su madre tiene una crisis nerviosa.
—Willow se mudó a casa de sus padres la semana pasada.
Y finalmente:
—Su padre ha decidido que aborte.
—¿Qué? —gritó Kris, furioso—. Ningún maldito banquero se va a librar así de mi hijo. —Y antes de que nadie pudiera detenerlo, estaba en un tren.
Apareció en casa de los padres de Willow en mitad de la noche. Una asustada criada lo dejó pasar y llamó inmediatamente al señor Wigh, quien intentó echarlo a la calle. Enseguida apareció la señora Wigh, quien fingió un desmayo, y tras ellos se dejó ver Willow, limpia y cepillada, con el asomo de un pequeño vientre bajo su bata.
—Me voy a casar contigo —asertó Kris.
—No lo harás —vociferó el señor Wigh.
—Ya verá usted —dijo Kris, y la llevó a Leeds, donde se casaron, con Buzz como testigo, Flower, como siempre, drogada, Ollie, Rasta y un grupo de adolescentes como espectadores.
La ceremonia duró menos de diez minutos, y cuando acabaron se fueron todos a un café, donde se emborracharon.
Al principio la experiencia resultó interesante, pero enseguida las cosas empezaron a ir cuesta abajo. ¿Qué podía hacer una estrella del rock con una esposa, y más aún con una esposa embarazada?
Terence se puso furioso cuando lo supo y amenazó con romper el contrato. Finalmente les hizo jurar que guardarían esta situación en secreto.
—Nadie debe saber nada de esto, ¿entendéis? Y si por casualidad alguna vez alguien se entera, decid que ella es sólo una novia.
Por lo visto lo de la novia era aceptable para un aspirante a estrella de rock, pero una esposa no.
Willow aceptó no usar anillo de boda. De todas maneras él no le había comprado uno; ¿con qué dinero?
Cuando Terence se calmó, se hizo cargo de la situación. Consiguió el apartamento amueblado de Kilburn y prestó a Kris la suma que necesitaba para el adelanto.
—La deduciré de tus derechos de autor —le dijo.
—¿Qué derechos? —replicó Kris—. La única canción que hemos grabado ha sido Lonesome Morning, y nadie la ha comprado.
—¿No se lo he dicho? —respondió Terence distraídamente—. Del Delgardo y los Nightmares la escucharon, les gustó y han hecho su propia versión. Será editada en Norteamérica la semana próxima.
—No, usted no me dijo nada —respondió Kris, furioso, sintiéndose traicionado.
Lonesome Morning, en la versión de Del Delgardo y los Nightmares, fue un éxito y llegó al tercer puesto en Estados Unidos y al segundo en Inglaterra.
Kris estaba muy orgulloso de la canción, pero pensaba que pertenecía a los Wild Ones. Sin embargo, cuando logró superar su furia inicial, sintió una gran satisfacción respecto de sí mismo y de Ollie, que había compuesto la música. Le habría gustado que Terence les hubiese pedido autorización antes de entregarla a otro grupo, pero al menos había resultado un éxito.
Lo más triste era que cuando ellos tocaban la canción en público, todo el mundo pensaba que estaban haciendo una versión de Del Delgardo y los Nightmares. Pese a que Kris siempre anunciaba que podían comprar la versión original de los Wild Ones, nadie lo hacía. O quizá esa versión fuera inhallable.
Con Willow instalada en el apartamento, Kris disponía de un lugar a donde ir el fin de semana libre que tenía mensualmente. Era agradable volver a Londres después de haber andado tanto tiempo de gira. Willow le cocinaba y cuidaba de él. Era guapa, limpia y cariñosa; ¿qué más podía pedir un hombre?
Ella estaba cada día más gruesa. Su vientre parecía un melón, a punto de reventar.
Naturalmente Kris tuvo que presentar a Willow a su familia. Su madre actuó con corrección, pero sus hermanas no pararon de contarle todas las historias desagradables acerca de él que acudieron a sus mentes. Su hermano Brian, en cambio, se preguntaba cómo había podido Kris casarse con la hija de un director de banco. No podía evitar sentirse impresionado.
—Creo que se trata de tener un pene grande —le explicó Kris—. Es una pena que no sea frecuente en la familia.
—Eres un inútil —contestó Brian—. ¿Por qué no dejas esa idiotez de la música y te buscas un empleo con futuro?
—¿Por qué no te metes tus ideas por el culo?
Familia… Sería mejor mantenerse alejado.
Cuando Willow dio a luz él estaba actuando en Glasgow, frente a un apreciativo público de chicas histéricas. Los Wild Ones tenían mucho éxito, pese a que no poseían discos editados, ni agentes de publicidad, ni asomo de ganancias.
Avis llevó a Willow al hospital en un taxi. Telefoneó a los Wigh, que llegaron desde Esther a la mañana siguiente. Cuando Kris volvió de Escocia, era padre de un robusto varón. Willow estaba en el hospital, rodeada de una Avis dicharachera, una Flower drogada y unos señores Wigh mudos. Constituían un grupo perfecto. A partir de ese momento, Kris se sintió completamente atrapado.
Llamaron al bebé Peter (como el abuelo de Willow), John (como el padre de Kris) y Buddy (como Buddy Holly, uno de los ídolos de Kris). Sin embargo, por alguna razón, jamás llamaron al bebé por ninguno de estos nombres. Lo llamaban simplemente Baby Bo.
Cuando el niño tenía catorce meses, los Wild Ones se separaron temporalmente. Rasta se fue de gira por Europa con una banda de rock and roll alemana, que le había hecho un ofrecimiento que no quiso rechazar. Buzz se fue a Ibiza con Flower, donde encontró empleo como camarero y guitarrista en un restaurante, y Ollie se dedicó a componer melodías mientras Kris se concentraba en las letras. Vendieron alguna de sus canciones, lo que aportó pingües beneficios a Terence y reservaron las mejores para cuando los Wild Ones volvieran a unirse.
El señor Terence se hallaba furioso por la separación del grupo, pero también se daba cuenta de que habían estado demasiado tiempo de gira y necesitaban hacer otras cosas durante algún tiempo, por lo que no se manifestó al respecto.
—Cuando nos volvamos a reunir —le dijo Kris—, haremos las cosas como es debido. Nada de andar deambulando por las carreteras. Y si usted no puede hacer eso por nosotros, buscaremos a otra persona.
—No olvide que tenemos un contrato —dijo Terence ásperamente—. Un contrato legal.
—A la mierda con el contrato y a la mierda con usted —chilló Kris—. Usted ya nos estafó con Lonesome Morning, y eso no volverá a suceder.
—¿Cómo se atreve? Los he estado manteniendo durante todo este tiempo. Les he dado dinero, y un techo y me he ocupado de sus problemas personales. Yo he…
Kris levantó una mano con ademán autoritario y detuvo las palabras del señor Terence, diciendo:
—Ya lo sé. Y créame que le estoy agradecido. Pero no podemos perder más tiempo rompiéndonos el trasero en ciudades muertas ante un escuálido público que no sabe distinguir la mierda del chocolate. Queremos algo importante.
Kris llevaba meses pensando ese discurso y estaba convencido de cada palabra. Tenía veintiséis años, y la temida treintena ya estaba cerca. Se había propuesto triunfar antes de los treinta. Los Wild Ones eran buenos, y él lo sabía. Deseaba poder saborear el éxito cada mañana al levantarse y cada noche al irse a dormir.
El llanto del niño se incrementó. Cogió al bebé sin ganas y lo meció. Cada vez que lo sostenía se le hacía presente el hecho de que desde su nacimiento, Willow ya no quería hacer el amor. Permanecía allí, dura como una piedra, poniendo el entusiasmo de un pescado muerto.
Milagrosamente Bo dejó de llorar y emitió gorjeos de felicidad. Kris llevó a su hijo hacia la mesa y lo colocó sobre una toalla limpia. Le quitó el pañal y observó las joyas de la corona de la familia Phoenix. Ciertamente parecía que el bebé tenía una gran herencia.
Kris sonrió. En ese momento un chorro de pis fue a parar justo a su ojo izquierdo.
—No sé —dijo Willow con gesto preocupado—. ¿Y qué hay de los gérmenes, el agua y el calor?
Kris acababa de sugerir la posibilidad de pasar unas bellas vacaciones en Ibiza, junto a Buzz y Flower, y ella sólo pensaba en los gérmenes y el calor. No se daba cuenta de que debía agradecer que él hubiese pensado en llevarse consigo a ella y al bebé. En realidad, habría sido mejor dejarlos allí y dedicarse tranquilo a hablar con Buzz acerca de su recomposición del grupo. Iba siendo hora de que se juntaran. Ya se había puesto en contacto con Rasta, que estaba dispuesto a regresar y con Ollie, que no veía el momento de retomar el conjunto. Tenían canciones fantásticas, y Kris estaba convencido de que esta vez triunfarían. Todo lo que necesitaban era a Buzz.
Todavía no había dado la buena noticia a Terence. Quería asegurarse antes de la respuesta de Buzz, y sabía que la mejor manera de obtener el sí de ese vago era decírselo personalmente. La idea de las vacaciones era perfecta. Había vuelos baratos a Ibiza y Buzz había dicho que podían instalarse en su casa el tiempo que quisieran. Kris había pensado que Willow iba a estar encantada con la idea, pero no fue así.
—Vamos, querida —insistió—. Será divertido.
—Para ti posiblemente —dijo ella—. En cambio, yo estaré todo el tiempo cuidando del bebé.
—Lo haremos entre los dos.
—Eso dices ahora, pero te conozco lo suficiente.
—No. No me conoces —dijo él cogiéndola cariñosamente por la cintura. Últimamente él se sentía excitado todo el tiempo. Posiblemente fuera porque Willow quería limitar sus relaciones sexuales a una vez por semana, lo que era seis veces menos de lo que él deseaba. Antes de casarse hacían el amor todos los días. ¿No se suponía acaso que el matrimonio mejoraría eso?
Deslizó una de sus manos hacia arriba y le acarició un pecho. Ella trató de liberarse, pero él la agarraba firmemente por la cintura.
—Deja eso —protestó ella.
—¿Por qué? Somos un anciano matrimonio respetable —dijo Kris mientras introducía su mano bajo la blusa y retiraba el sostén.
—He dicho que basta —repitio ella—. Estamos en plena tarde.
Él había emprendido esa misión y no estaba dispuesto a volver a la tierra hasta verla cumplida. Llevando la reticente mano de ella hasta su miembro, dijo:
—Siento esto. Me importa una mierda la hora que sea.
—No digas palabrotas.
—¿Por qué?
—Es grosero.
—Yo soy grosero. No te casaste con el príncipe de Gales.
Él le abrió la blusa con violencia y desprendió el sostén, mientras ella permanecía de pie en medio de la habitación, como una mártir a punto de ser sacrificada.
A él no le importaba. Estaba demasiado ocupado decidiendo si chuparle una de sus deliciosas tetas o la penetraría directamente.
Triunfaron las tetas. Él disfrutaba más cuando ella también gozaba, y sabía que ella nunca permanecía indiferente pasado cierto límite de caricias en esa zona. Se quedaron allí de pie, mientras Kris la preparaba para el gran momento. Finalmente ella cedió, deslizándose hacia el suelo con un pequeño gemido de aceptación. Él le bajó las bragas y la penetró. Fue rápido pero satisfactorio.
—Vamos a Ibiza —dijo Kris con firmeza—. Haz las maletas. ¿De acuerdo, querida?