Rock Star
Capítulo 27
LOS ÁNGELES, 1987
Sábado, 11 de julio
Los controles de seguridad claramente molestaba a Kris.
—¿Qué es toda esa mierda? —preguntó—: ¿Acaso no saben quién soy?
—Por supuesto que lo saben —dijo El Halcón, tratando de suavizar las cosas—. Simplemente obedecen órdenes. Hay que ser muy cuidadoso con la cantidad de terroristas que hay hoy día.
—Sí —dijo Kris con sarcasmo—. Realmente parecemos un grupo terrorista, ¿no es verdad? Ya sabes, traemos la limusina y todo eso para entrar en el lugar y hacerlo pedazos.
—¿Has estado antes en Novaroen? —preguntó El Halcón, cambiando de tema.
—Una vez —dijo Kris.
—No me lo has contado —dijo Cybil—. Una de mis compañeras hizo una sesión de fotografías aquí para un perfume que Nova Citroen promocionaba y dice que este lugar es asombroso.
—Lo es —confirmó El Halcón—. Tiene dos casas, cada una decorada de estilo diferente. La casa principal es colonial, mientras que la otra…
—¡Maldita sea! ¡Otra vez! —gritó Kris, mientras la limusina se detenía ante un tercer control de seguridad.
—¡Anímate! —dijo Cybil, riendo alegremente—. Es una aventura. Yo estoy disfrutando.
Él miró a su chica californiana, de ojos brillantes, cabellos dorados y dientes blanquísimos. No hacía falta mucho para hacerla feliz.
Pero algunas veces le sacaba de quicio.
Era sorprendente lo ineficiente que se tornaba la seguridad una vez que los guardias estaban seguros de que cada quien estaba en su puesto.
Maxwell Sicily observaba la escena. Había empleados por todas partes, con sus chapas de identificación, corriendo de aquí para allá, como un ejército de robots. No existían problemas de acceso a la cocina armada bajo la carpa y el área destinada a la cena al aire libre. Ahora que había más de cien personas de servicio en la cocina ocupadas con los preparativos, prevalecía una atmósfera festiva. Los chefs estaban ocupados preparando exquisiteces. Los reposteros creaban sus cremosas especialidades y un ejército de barmans descorchaba gran cantidad de botellas del mejor champaña y los mejores vinos, aparte de un enorme surtido de otras bebidas.
Maxwell esperó el momento apropiado para deslizarse sigilosamente al lugar donde debía ir. Gracias a Vicky Fox, conocía cada palmo de Novaroen.
Al bajar de la limusina, Rafaella respiró hondo. El aire marino era vigorizante. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, seguramente ella habría disfrutado mucho de esos momentos.
—He aquí al comité de recepción —advirtió Trudie, mientras un hombre con gafas y una cálida sonrisa se plantaba ante ellos.
—Bienvenidos a Novaroen —dijo el hombre, con un neto acento británico—. Soy Norton St. John, secretario personal de la señora Citroen. Permítame conducirla a su suite.
—Parece un hotel —dijo Trudie en un aparte.
—Rafaella quiere hacer una prueba de sonido inmediatamente —anunció uno de los ejecutivos discográficos—. ¿Están preparados los músicos?
—Creo que tienen previsto un ensayo con el señor Mondella —respondió Norton St. John—. De todos modos, como cada artista interpretará sólo dos canciones, seguramente no les llevará mucho tiempo.
—Rafaella quiere hacerlo ahora mismo —insistió el ejecutivo—. ¿Sabe usted si el señor Citroen ha dejado instrucciones de que ella tenga todo lo que necesita?
—Olvídalo —intervino ella—. Puedo esperar. Además, si Bobby no se opone, creo que me gustaría escucharle.
—Por supuesto, señora Rafaella —dijo Norton, asestando una mirada triunfante al ejecutivo—. Primero la llevaré a su suite, y luego le preguntaré al representante del señor Mondella. Si todo va bien, vendré por usted inmediatamente.
—¡Mierda! —exclamó Speed por décima vez—. Le he dicho que esta prostituta me provocó. Ella movía su trasero enfrente de mí y me pedía dinero, así que le di unos dólares para deshacerme de ella. Nunca tocaría a una hembra como ésa. ¡Mierda!
Un agente aburrido eructó en su cara.
—Debo advertirle que conozco mucha gente importante. Soy un hombre de grandes contactos —advirtió, cambiando de táctica—; mi abogado les destruirá por todo este maldito asunto.
—No amenace —dijo despacio el agente—. O le haré saltar todos los dientes de esa estúpida boca.
—¿Qué? —preguntó Speed, asustado. Tenía unos buenos dientes. Sus incisivos eran quizás un poco puntiagudos, pero de ningún modo amarillos—. No puedo soportar este abuso. Soy un ciudadano honesto y quiero llamar a mi abogado; usted no tiene ningún derecho a retenerme.
El detective eructó por segunda vez. Indudablemente le gustaba mucho el ajo.
—¡Mierda! —dijo—. Odio estos arrestos amañados.
Bobby percibía el fuerte olor del mar, mientras Sara lo guiaba por un sinuoso camino. También escuchaba el tintineo de los vasos y los cubiertos que estaban siendo colocados sobre las mesas.
Desde que había perdido la vista, dependía mucho de los olores, los sonidos y las sensaciones del tacto. Sabía todo lo que ocurría a su alrededor, aunque no pudiese verlo.
—¿Cómo es todo esto? —preguntó, buscando información.
—¡Bellísimo! —exclamó Sara— estamos en la cima del mundo.
Muy descriptivo. ¿Qué información pensaba ella que él podía sacar de ese comentario? Tal vez debería emplear a una persona que se dedicase exclusivamente a funcionar como sus ojos. Una voz suave que le relatase todos los detalles de las cosas sin que él tuviese que preguntárselos.
—Sara —preguntó simplemente—. ¿De qué color es el cielo? ¿Puedes ver el mar? ¿El césped es verde? Dime… necesito saber.
Nadie podía imaginar lo que él sentía. Un mundo de oscuridad, sin salida.
Sara se detuvo. Él podía percibir que estaba tensa. Entonces, una mano suave e insistente le tocó el brazo y el penetrante perfume atravesó el aire.
—Hola, Bobby —era la inconfundible voz de Nova Citroen—. ¡Qué alegría verte de nuevo!
—¿Va todo bien? —preguntó Vicky Fox mientras se apoyaba sobre la espalda de Tom y lo masajeaba con sus grandes senos.
—Se supone que no puedes estar aquí —dijo Tom—. Es el lugar del personal de seguridad.
—No seas tonto —refunfuñó Vicky—. Suenas como un espía de película. ¿Quién crees tú que limpia esto? Te he traído una cerveza fría y un bocadillo de carne. Debes de estar muriéndote de hambre.
—Lo estoy —admitió, fijando inmediatamente los ojos en los atributos de la chica y desviándolos de los monitores que permitían ver cada rincón de la propiedad.
—Sabía que serías un muchacho hambriento —dijo, mientras cortaba un trozo del bocadillo y se lo daba.
—Y tú eres una mujer muy caliente —replicó él, mientras masticaba y la observaba.
—Y tú eres un gran macho —dijo ella, mientras la excitación crecía en el ambiente.
—¿Cómo lo sabes?
—Una mujer se da cuenta de eso.
Cuando Maxwell Sicily apareció en el monitor número tres, Tom tenía toda su atención puesta en Vicky. El hombre no vio nada, ya que estaba ocupado en introducir furtivamente una mano debajo de la falda de la criada.
Abriendo las piernas, ella le permitió que sintiera durante unos instantes el calor de sus muslos, para luego fingir indignación y apartarle las manos.
—Eres un mal chico.
—Te gusta.
—Puede que sí, puede que no.
—¿Cuándo voy a saberlo? —preguntó él, gozando por anticipado.
—Esta noche —prometió ella lamiéndole los labios—. Si tienes suerte.
Por el rabillo del ojo, ella vio cómo Maxwell Sicily desaparecía del monitor. Todo se había desarrollado con una sincronización perfecta.
Misión cumplida.
—Te veré más tarde, Tommy, cuando no estés tan ocupado. Lo pasaremos bien.
Le envió un ardiente beso y salió de la habitación contoneándose.
Nova Citroen observó a Bobby Mondella. Habían pasado tres años y su aspecto seguía siendo el mismo.
Ese cuerpo alto, sexy, poderoso.
Ese rostro masculino, perfecto como ébano tallado.
Sus ojos estaban cubiertos por gafas oscuras. Nova no sabía qué se ocultaba detrás.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Él sintió que la furia crecía dentro de él cuando esa mujer, esa puta, preguntaba despreocupadamente por su salud.
¿Dónde estaba Nova Citroen cuando él más la necesitaba? ¿Dónde diablos estaba?
—Bien —respondió, recordando cada centímetro de su cuerpo, su perfume, el hambre salvaje con el que hacían el amor.
—Me alegro de que hayas podido venir —dijo ella.
«No tenía alternativa —pensó Bobby—. Tenía que enfrentarme contigo alguna vez».
—Vamos, Sara, debemos darnos prisa —dijo entonces, impaciente.
—Bueno. —Nova retiró la mano del brazo de Bobby y miró a Sara a los ojos—. Los músicos están esperando al señor Mondella. Si él necesita algo, hagáselo saber al personal.
—Mire, señora Citroen, si yo necesitara algo, usted sería la primera en recibir el mensaje —dijo él ásperamente—. Estoy seguro de que puedo confiar en usted… para cualquier cosa… en cualquier momento…
Por lo visto, Bobby no había perdido el sarcasmo que lo caracterizaba.
Sara se sentía muy incómoda. Comenzó a conducir a Bobby para apartarlo de la situación.
Mientras se alejaban, Nova se quedó observándoles. Se preguntaba si se acostaría con esa bonita negra. Si lo hacía, era un desperdicio. Bobby Mondella merecía una mujer, tanto en la cama como fuera de ella. Era ciego, pero seguía siendo un hombre. Nova se estremeció al pensar en volver a lo prohibido.
Marcus Citroen se hallaba sentado en su espacioso estudio con vistas al mar. En una mano sostenía un cigarro y en la otra un Chivas Regal con hielo. Estaba saboreando el momento. Era la calma que precede a la tempestad.
Las ruedas ya habían empezado a girar, y no había retorno posible.
Para nadie.