Rock Star
Capítulo 38
KRIS PHOENIX
1981
Para gran sorpresa de todos, Michelle Hanley-Bogart se transformó en una presencia permanente en la vida de Kris. Sucedió después de Chicago. Cuando llegaron a Nueva York, donde los Wild Ones debían tocar en el Madison Square Garden, ya eran inseparables.
—¡Dios! —protestaba Buzz, celoso—. Es una puta. Se ha acostado con todo el mundo menos con el Papa. Y si el Papa cantase, también lo hubiese hecho.
—Muy gracioso —respondió Kris—. Te da rabia porque no quiere saber nada contigo.
—Sí, acostarse con ella debe de ser como hacerlo con el mundo del rock and roll. Muy bien, amigo. Ella chuparía hasta la pintura del parachoques de un Cadillac del 58.
En Nueva York, Mikki presentó a Kris a su increíble círculo de amigos, que incluía un famoso diseñador de modas gay, una cantante de cabaret que aspiraba cocaína con el desayuno, una princesa europea en decadencia que vendía su nombre a una línea de cosméticos y a China Wallineska, su mejor amiga, una chica bajita, de abundantes cabellos rizados y curvas generosas.
China era artista y vivía en un desordenado ático del Greenwich Village.
—Da grandes fiestas —dijo Mikki—, y si le gustas, te pintará.
—¿Por qué piensas que me gustaría que me pintara?
—Porque es un honor. China es famosa, una especie de Andy Warhol femenina.
El Madison Square Garden era todo un desafío. El último single Dirty Bits habían alcanzado el primer puesto, y el último álbum, que llevaba el mismo nombre, estaban entrando en los comercios en enormes cantidades. Hit City, la compañía de Nichols, era quien los distribuía, y Kris estaba muy satisfecho con las ventas, aunque en realidad habría preferido que los Wild Ones estuviesen a cargo de uno de los grandes. Por ejemplo, Blue Cadillac.
Cuando se lo dijo a Doktor Head, el hombre rió.
—No podéis ir más arriba del número uno. ¿Cuál es la diferencia?
—Creo que la misma diferencia que hay entre conducir un Ford y un Ferrari — intervino Mikki—. Los dos automóviles te transportan, pero sólo uno lo hace con elegancia.
—Sí, así es —acordó Kris—. Eso es exactamente lo que trataba de decir.
Doktor Head miró a Mikki. Ya había tenido bastantes problemas con ella cuando, a los dieciséis años, se había unido a Michael Hollywood. Estuvieron juntos cinco meses y rompieron pocas semanas antes de la muerte de él.
A los dieciséis años ya era terrible. Ahora era insoportable. No había nada peor que una fan rica y con conexiones.
—Conozco a Marcus Citroen, el presidente de Blue Cadillac —dijo ella, como si leyera sus pensamientos—. Podría organizar una reunión.
—No —dijo Doktor Head, vehemente—. Yo puedo organizar cualquier reunión.
—Escucha —comenzó Kris—. Si ella conoce a Marcus Citroen… en realidad yo también le he conocido.
—Olvídalo —lo interrumpió Doktor Head—. ¿Quién crees que soy yo? Puedo contactar con Marcus cuando quiera. Pero ahora estamos en Hit City. Nuestros discos van a la cabeza, así que nos quedaremos donde estamos.
Luego miró a Mikki, que le devolvió la mirada.
—Y no olvides que prometiste aparecer mañana en la boda de Nichols Kline. Te he reservado un pasaje en el vuelo de Pan Am de mañana temprano.
—¿También a Mikki?
—Considerando que tenéis vuestros sexos pegados, ¿qué otra cosa podía hacer?
—¿Y Buzz?
—Él no irá.
—¿Por qué?
—Pregúntaselo a él.
—¿Tú vienes?
—Estarás aquí de regreso en veinticuatro horas. ¿Me necesitas para que te sostenga la mano, o puedo quedarme aquí para ocuparme de los negocios?
—Por lo que a mí respecta, puedes irte al diablo.
En el avión, Mikki comenzó:
—¿Cómo permites que tu representante te diga lo que debes hacer?
—Para eso está…
—No, él está para hacer lo que tú quieras.
—Pero no soy sólo yo. Está el resto del grupo…
—Sí, lo olvidaba… todo lo que haces debe dividirse en cuatro… Muy bonito.
—Es lo justo.
—¿Para quién? Tú eres el que realmente tienes talento.
—Somos un grupo.
—Escucha lo que te digo, Kris: tú eres la estrella. Tú escribes las mejores canciones. Tú las cantas. Realmente deberíais llamaros Kris Phoenix y los Wild Ones.
El sonrió. Le gustaba la idea, pero sabía que no cuajaría.
—Seguro que a Buzz le encantaría.
Pero Mikki no estaba dispuesta a ceder.
—¿Recuerdas a Diana Ross? Originalmente ella no era más que una de las Supremes. Teddy Pendergrass era de Harold Melvin Blue Notes. Rod Stewart de Small Face y David Ruffin de The Temptations. ¿Debo seguir o has captado el mensaje?
Sí, captaba el mensaje. Claro y fuerte, y antes de llegar a Los Ángeles, se había dado cuenta de que ella tenía razón. Kris Phoenix y los Wild Ones. Sonaba bien, y tal vez lo mereciera. Él hacía la mayor parte del trabajo y recibía la mayor parte de cartas de admiradoras. Buzz permanecía ajeno la mayor parte del tiempo, demasiado drogado para trabajar en serio. Rasta tocaba sus tambores sin un talento demasiado sobresaliente. Fingers era buena. En realidad era excelente, pero nadie chillaba y se desesperaba por ella. Lo cierto es que Mikki tenía razón, y que cuando él regresase a Nueva York, insistiría en que su nombre precediese al de los Wild Ones.
—Y si no les gusta, puedes dejarlos y convertirte en solista.
Él no había pensado nunca en eso.
En la boda de Nichols Kline, Bobby Mondella lo llenó de entusiasmo. Ese tipo era fabuloso. Tenían mucho en común y aunque sus estilos eran completamente diferentes, sería estupendo poder hacer algo juntos.
—¿Dónde vives? —preguntó Kris.
—Aquí en Los Ángeles. Quizá tú y tu chica queráis venir a mi casa más tarde.
—Nos encantaría —respondió Kris, buscando a Mikki.
—Está hablando con Del Delgardo —dijo Zella—. ¿Quieres que la avise?
Del Delgardo. El enemigo. Del Delgardo, el que hacía tiempo había tratado de hundir a los Wild Ones, y que ahora era un gran solista. Maldita puta. Kris se sintió furioso. Después de Willow él se había prometido no sentir nunca más celos por una mujer. Demasiado tarde, Mikki lo había atrapado. Ella constituía casi una adicción.
Se preguntaba si Delgardo era parte de su pasado, o si tal vez lo tenía en mente para el futuro. ¡Maldición!
Zella se levantó.
—Le diré que la necesitamos aquí.
—No te molestes —dijo Kris, que no tenía ninguna intención de perseguirla—. Si quiere venir, lo hará.
—Sí —dijo Zella—. ¿Pero cómo sabrá que nos vamos?
—Lo sabrá —dijo él, levantándose al tiempo que Pammy Booser lo cogía por detrás.
—Kris Phoenix —pidió Pammy—. Debes bailar una pieza con la novia.
—No bailo este tipo de música.
—Una pieza —insistió ella, y no le dio oportunidad de rechazarla, mientras lo llevaba a la pista, donde se aferró a él y le susurró sugestivamente al oído.
Él trataba de distanciarse, pero ella parecía no darse cuenta.
—Siempre me has gustado, ¿sabes?
—Deja eso —dijo él con firmeza—. Acabas de casarte, ¿lo olvidas?
¡Qué pesada! Finalmente él se las ingenió para escapar, saludó a Nichols y encontró a Mikki en la mesa.
—¿Lo has pasado bien? —preguntó con aire distraído, esperando que ella le diera alguna información.
—Bastante bien —respondió ella, cogiéndole del brazo—. Me ha dicho Zella que vamos a ir a casa de Bobby.
¿Por qué había tenido que liarse con una chica que había estado relacionada con todo el mundo del rock and roll?
Soy afortunado, pensó con ironía.
La casa de Bobby Mondella fue una revelación. Kris se quedó muy impresionado.
—¿Quieres decir que hay personas que viven así? —preguntó tras recorrer toda la mansión.
—Hazme recordar que no te lleve nunca a casa de mamá y papá —dijo Mikki.
—Sí, viejo —dijo Bobby—. Es el sueño de la estrella del rock hecho realidad. Tienes que tener una casa así y automóviles y piscina… No puedes perdértelo.
—Yo vivo en Inglaterra —reflexionó Kris—. Y después de pagar los impuestos, mis gastos y darle algo de dinero a mi familia, no tengo un penique.
—Debes estar bromeando.
—No olvides que mis ingresos se reparten entre los muchachos y Fingers. Y luego están los gastos de viaje, los abogados, mi ex mujer, mi hijo, los contables y el representante. La vida es difícil.
—¡Entonces muérete! —contestaron a coro Mikki, Zella y Bobby.
Pasaron el resto de la velada escuchando blues y compartiendo un par de porros. Escucharon a Sam Cooke, a Otis Redding, a Chuck Berry y a Jackie Wilson: todos los grandes de otros tiempos. Kris no recordaba haber disfrutado nunca tanto.
—Me alegra ver que puedes descansar —dijo Mikki mientras volvían al hotel en la limusina.
—¿Quién, yo? Siempre estoy descansando.
—No es cierto. Te pasas el tiempo preocupándote por algo: por Buzz, por tu hijo, por la grabación, por las fechas de los conciertos…
—¡Uf! Me ves como a un tonto neurótico.
—Lo eres.
—No. No lo soy.
—Sí, lo eres.
—Mikki, querida…
—¿Sí?
—¿Por qué no te callas y te dedicas a lo que sabes?
Ella se echó a reír.
—Me encanta un hombre así… que sólo piensa en el sexo.
—Ponte de rodillas.
—¿Y qué hay del chófer?
—Al diablo con el chófer. Él se las arreglará luego.
Por la mañana tenían que dejar el hotel a las nueve, para volar de regreso a Nueva York, y de allí dirigirse en limusina a un concierto en Filadelfia. Cuando faltaban diez minutos para las nueve, Mikki dejó caer la bomba.
—Yo no voy —dijo frunciendo su preciosa nariz.
—¿De qué hablas?
—Tengo cosas que hacer —dijo la muchacha, sin mirarle a los ojos.
—¿Qué diablos tienes que hacer?
—Asuntos de familia, inversiones… Debo ocuparme de mis cosas.
—Realmente no creo una palabra.
—Te veré en Washington —dijo ella, alisándose la falda.
Él sabía que Mikki había quedado con Del Delgardo, pero decidió no pronunciar el nombre de ese tipo: no quería darle esa satisfacción.
—Haz lo que quieras —dijo, adoptando la táctica de la indiferencia.
Mujeres… ¡Al diablo con ellas! Él podía vivir sin toda esa mierda.
Volvió solo a Nueva York; actuó en Filadelfia, se acostó con unas gemelas; sorprendió a Buzz inyectándose heroína; le dijo a Doktor Head que a partir de ese momento serían Kris Phoenix y los Wild Ones. Terminó la gira en Washington pero Mikki no apareció, y voló de regreso a Londres.
Se avecinaban cambios. Podía olerlos en el ambiente.