Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 29 de 67

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Capítulo 29

RAFAELLA

1979

—Ven aquí, puta.

—Eddie, estás borracho. Déjame en paz.

—He dicho que vengas aquí. ¡Ahora mismo!

Él estaba gritando, sus ojos despedían furia, su boca, crueldad, mientras se tiraba en el diván de la sala de la casa de su madre, con un vaso de vodka en la mano.

Temerosa, Rafaella se aproximó al diván. Odiaba a Eddie cuando estaba borracho. Se transformaba en un animal, y ella no tenía idea de cómo manejarle.

Tan pronto como la tuvo a su alcance, él la cogió de la muñeca, clavando sin piedad sus uñas en la carne de ella.

—Hola, puta —murmuró él con una sonrisa perversa—. ¿Qué vas a hacer esta noche por mí?

—Eddie. —Ella podía oír su voz suplicante y se despreciaba por eso—. ¿Por qué no nos vamos a la cama? Ya es tarde y tu madre debe de estar a punto de regresar. No te gustaría que ella te viese así, ¿verdad?

—¡Iros a la mierda! Me importa un comino lo que todas vosotras, putas, penséis de mí.

—Eddie, por favos —susurró ella—. No hables así.

Bruscamente él la colocó sobre su cuerpo, quitándole la falda y arrancándole las medias.

—Abre las piernas —ordenó fríamente.

—No, Eddie, así no.

Su oposición sólo sirvió para excitarle y, oprimiéndola contra sí, se las arregló para librarse de los pantalones.

Ella forcejeó durante unos instantes. Finalmente su resistencia cesó y le permitió que la penetrara, hasta que perdió su erección y la empujó al suelo, disgustado. Entonces, Eddie rompió a llorar. Como siempre, ella sintió pena por él, y con dificultad, lo ayudó a levantarse del diván y lo condujo por el corredor hasta la habitación que ocupaban. Lo acomodó en la cama y enseguida se quedó dormido.

Lo cubrió con una manta y volvió a la sala para ordenar todo, justo a tiempo. Lady Mafair entró ruidosamente con su amante del momento, un ex miembro del Parlamento con una gran papada.

—¡Oh! —dijo Lady Mafair, ocultando apenas su disgusto—. Todavía estás levantada.

—Ya me iba a la cama —dijo Rafaella.

—No hay prisa, querida —dijo el ex político, sirviéndose un vaso de brandy.

—Está cansada —dijo Lady Mafair—. Déjala ir.

—Sí, estoy muy cansada —respondió Rafaella—. Por favor, tendréis ahora que disculparme.

Y salió rápidamente de la habitación. Sabía que todo eso era culpa suya. Con un suspiro, pensó en los sucesos de los dos últimos años, y se dio cuenta, con un profundo sentimiento de desesperación, de que no podía culpar a nadie más que a sí misma.

 

El día en que Eddie Mafair anunció su compromiso con Fiona Hedges en el Times, fue el mismo día en que Rafaella supo que estaba embarazada.

Después de su primera reacción de sorpresa y miedo, pensó que tendría el bebé de Eddie Mafair, y que eso los unía irrevocablemente y nada ni nadie podría cambiarlo.

Durante varios días mantuvo oculto el secreto, sin confiárselo siquiera a Odile o a Fenella, hasta que finalmente habló con su madre y lo confesó todo.

Anna se quedó horrorizada.

—Apenas tienes dieciocho años —le dijo—. Eres una niña, ¿quién es ese Eddie Mafair? ¿Qué clase de hombre despreciable es ese que se aprovecha de una niña?

—No soy una niña —dijo Rafaella con firmeza—. Y él no se aprovechó de mí. Yo le amo y quiero casarme con él.

Anna estaba cada vez más horrorizada.

—¿Casarte? ¿A tu edad? No puedo permitirlo.

—Mamá, dieciocho años son bastantes. Hay países en que las mujeres se casan a los trece.

—Sí. Países que no son civilizados.

—¡Ah!, pero parece que no entiendes. No pienso abortar. De modo que… el matrimonio es la única solución.

Anna y Lord Egerton, el padrastro de Rafaella, visitaron a la madre de Eddie, Lady Elizabetta Mafair. Era una mujer atractiva de cincuenta y tantos años. Había sido una belleza espectacular, y, tras un divorcio escandaloso, seguía siendo muy atractiva, con su cabello negro, sus labios escarlata y sus ojos de mirada penetrante.

—No puedo decirle a Eddie lo que debe hacer —dijo ella disgustada—. Tiene más de veintiún años y ya está comprometido con esa joven.

—Pero puede usted influir en él —dijo Cyrus, que era un hombre habituado a salirse con la suya y en ese momento estaba dispuesto a hacerlo.

Lady Elizabetta cogió un cigarrillo y se inclinó para que Cyrus se lo encendiera, dejando ver el nacimiento de sus senos.

Anna miró a otro lado. La ofendía el modo en que esta mujer flirteaba con su marido.

—Quizá —dijo Lady Elizabetta, despreocupada, aspirando profundamente el humo del cigarrillo.

—He investigado un poco —dijo Cyrus— y parece ser que su hijo ha malgastado hasta el último centavo de su herencia, y que no está autorizado a recibir más dinero hasta que usted (disculpe la expresión) pase a mejor vida. Afortunadamente —añadió con una risa seca— usted parecer ser extremadamente saludable.

—Lo soy —dijo Lady Elizabetta—. Es algo lamentable para el pobre Eddie. De todas maneras, creo que la chica con la que está comprometido pertenece a una familia de gran fortuna.

—Creo que ése es su mayor atractivo.

—Hummm… Usted parece conocer todas las respuestas, Lord Egerton. Me pregunto por qué nuestros caminos no se encontraron antes.

—Bueno… —dijo Cyrus con una sonrisa—. Cuando usted fue la debutante del año…

—Por favor, no mencione qué año fue.

—Ni en sueños —añadió, tratando de ser encantador, tan sólo porque Anna deseaba que él arreglase ese asunto, y porque él hacía todo lo que Anna quería—. Como decía, cuando usted recibia esos honores, yo era tan sólo un muchacho sin posición.

—¡Cómo ha crecido! —replicó ella, burlona, echándole el humo a la cara.

—Me costó muchos años de duro trabajo.

En ese momento, Anna se levantó del diván.

—Vayamos al grano —dijo con energía.

Cyrus la miró sorprendido. Era impropio de Anna comportarse de esa manera. Entonces se dio cuenta de que estaba celosa, lo que le complació mucho y lo llevó a arremeter la cuestión.

—Lo que cuenta es el dinero —dijo Lord Egerton, adquiriendo un tono autoritario —. Si Eddie se quiere casar con nuestra hija, yo depositaré inmediatamente un fondo de un millón de libras a nombre del bebé. Aparte, le daré a Eddie un empleo lucrativo, con un sueldo de doscientas cincuenta mil libras al año durante los próximos cinco años.

—¡Qué generoso! —exclamó Lady Elizabetta—. Su hija debe de amarle realmente.

—Así es —dijo Anna—. Y ése es el único motivo por el cual él pudo aprovecharse de una muchacha tan joven e inocente.

—Vivimos en los años setenta —respondió Lady Elizabetta levantando irónicamente una ceja—. Y creo, Lady Egerton, que tal como son las jóvenes de hoy día, probablemente fue exactamente lo contrario.

Una ráfaga de furia enrojeció las pálidas mejillas de Anna.

—¡Eso es absurdo! —dijo con vehemencia.

—Señoras —interrumpió Cyrus—. La razón de esta reunión es el matrimonio entre nuestra hija y su hijo. No perdamos más tiempo. ¿Puede arreglarse o no?

 

La boda entre Rafaella LeSerre Egerton y Eddie Mafair fue un deslumbrante acontecimiento social. Rafaella llevaba un espléndido vestido de novia de satén blanco y Eddie estaba muy apuesto.

La madre de la novia iba vestida de azul pálido y la madre del novio llamaba la atención de todos con su traje escarlata.

Las damas de honor, Odile y Fenella, estaban muy bellas con sus vestidos de color rosado y Rupert era el padrino.

La ceremonia tuvo lugar en una iglesia y la recepción, en el Hotel Govesnor House, donde Eddie había reservado una suite para pasar la noche de bodas. Al día siguiente viajarían a Acapulco.

Rafaella estaba muy nerviosa. No había podido pasar mucho tiempo a solas con Eddie, dado el apresuramiento de los preparativos para la boda; hubo dos cenas, en las que estuvieron presentes su madre y su padrastro, un té con Lady Elizabetta y un almuerzo con Eddie en San Lorenzo, donde él tomó mucho vino y no le dijo que la amaba.

No parecía un gran comienzo, pero tenían toda la vida por delante, y las cosas sólo podían mejorar.

La boda fue un desfile de cientos de rostros. Había muchas personas, pero ella sólo conocía a unas pocas. Al final del día, las mejillas le dolían de tanto sonreír.

Eddie se comportó impecablemente. No bebió y fue amable con todos. ¡Qué apuesto era! Con un escalofrío de placer, Rafaella supo que había hecho la elección correcta.

 

Eddie murmuró algo, pero no se despertó, afortunadamente, ya que Rafaella estaba demasiado exhausta para soportar su terrible conducta. Se cepilló los largos cabellos y pensó en su bebé, Jonathan o Jon Jon, como todos lo llamaban.

Su bebé… la única razón por la que Eddie y ella estaban juntos. La única razón por la que ella no podría dejarle nunca. Jonathan tendría pronto dos años y se parecía mucho a Kris Phoenix.