Rock Star
Capítulo 30
BOBBY MONDELLA
1979
«Te quieren en la portada de People. ¿Sabes lo que eso significa?».
«Las entradas de los conciertos de Inglaterra están agotadas. Sólo estuvieron a la venta tres horas».
«¿Puedes actuar en Washington el cuarto fin de semana de julio? La esposa del presidente lo ha pedido personalmente».
El estrellato.
¡Qué agradable sensación!
Bobby Mondella vivía en Los Ángeles en una mansión en Hancock Park, con once dormitorios con baño, varias salas de estar y un enorme jardín.
Vivía solo, excepto por seis criados y dos fieros pastores alemanes.
En la puerta estaban el Rolls Royce verde oscuro, el Porsche blanco y un Thunderbird del 59.
Cada vez que Rocket Fabrizzi iba a la ciudad, paraba en casa de Bobby. Rocket también era una estrella, una estrella de la cinematografía, pero desde su divorcio de Roman Vanders se había deshecho de sus posesiones y prefería andar por allí con sus dos maletas, pasando las noches en casa de sus amigos.
—¿Para qué quieres toda esta basura? —decía a menudo a Bobby—. No estás casado. No tienes hijos. No lo comprendo…
—¿Por qué no? puedo costearlo y me gusta.
—Creo que ha pasado mucho tiempo desde la época de Greenwich Village —dijo Rocket con un deje de nostalgia.
—Cuanto más lejos estemos de eso, mejor —respondió Bobby.
Bobby Mondella, tal como indicaban las predicciones de Marcus Citroen, se había transformado en una superestrella. Era un Stevie Wonder con más sex-appeal, un Michael Jackson con pelotas. Era un acontecimiento insólito, una estrella negra que había tenido un éxito inmediato entre los blancos norteamericanos. En los dos años que habían pasado desde su presentación en Hollywood, había editado dos álbumes, de los cuales habían salido siete singles de gran éxito. Eso era un suceso jamás oído. La mayor parte de las estrellas se daban por contentas si obtenían éxito en uno o dos singles.
Había recibido seis premios Grammy, otro éxito nunca oído en un plazo tan breve.
Todos decían que era el mejor, y eso le halagaba.
Rocket nunca le decía esas cosas, y cuando Bobby se quejaba por eso, su amigo reía:
—Hemos recorrido mucho juntos. Yo no te daré ni un poco de ese veneno, porque debes recordar de dónde venimos y no dejar que toda esa mierda te atrape. No significa nada y no dura.
Una vez cada seis semanas, Nova Citroen viajaba a la ciudad. Ella y Marcus tenían una propiedad en Bel-Air y acababan de comprar otra junto a la playa. Nova viajaba para mantener reuniones con los diseñadores y arquitectos. Marcus generalmente permanecía en Nueva York. Los Ángeles no le gustaba demasiado.
Nova había alquilado una pequeña casa en Malibú, con un nombre falso. Tenía una aventura con Bobby y era muy estricta respecto a mantenerlo en absoluto secreto. Durante sus breves estancias, pasaban juntos varias horas de auténtica lujuria. Ella era una mujer muy sensual, con gustos sexuales muy sofisticados. Bobby intentaba desalentar las retorcidas prácticas que ella prefería.
—¿No te gustaría tenerme a mí y a otra mujer al mismo tiempo? —bromeaba ella a menudo—. Lo puedo arreglar fácilmente. La mayor parte de los hombres se matarían por una oportunidad así.
—De ningún modo —respondió él—. Contigo tengo suficiente.
Ella solía sonreír y lo llamaba su amante suburbano.
—No creas —presumía Bobby en broma—. Soy una estrella y puedo tener a la mujer que quiera.
—Nunca lo olvides —decía ella muy tranquila—. Marcus crea las estrellas y puede destruirlas. Por ejemplo, si supiese algo acerca de lo nuestro…
Nunca tenía que decir más que eso.
A veces él pensaba que era una locura de su parte continuar con esa aventura, pero había algo en ella que lo tenía atrapado; necesitaba a Nova, esa mujer rica de alta clase, de cuerpo hambriento y personalidad fría. Ya no se trataba de una venganza contra Marcus. Era mucho más que eso. Ella era diferente de todas las mujeres que había tenido… las que iban detrás de una estrella, ansiosas de cualquier muestra de interés.
Cuando Nova no estaba en la ciudad, él se obligaba a sí mismo a salir con otras mujeres. Se veía con una tonta actriz que pronunciaba mal las eses y a la que todos consideraban bella, y con una feminista negra de cuarenta años.
Rocket, en cambio, no salía con nadie.
—A veces prefiero reservarme —decía cuando Bobby intentaba conseguirle una cita— y ponerlo todo en una actuación.
Bobby en el fondo pensaba que Rocket todavía no había olvidado a Sharleen, pero ya era tarde. Ella acababa de anunciar su compromiso con un diseñador de ropa muy conocido de Nueva York. Se decía, además, que ella y Marcus seguían viéndose. Bobby hacía ya mucho que había perdido el contacto con ella. Se había dado cuenta de que la vida era demasiado corta como para vivirla en función de otra persona.
Rocket se paseaba por la habitación, mientras Bobby terminaba de vestirse. Los habían invitado a la inauguración de la nueva discoteca de Nichols Kline en Beverly Hills, y ninguno de los dos podía resistir la tentación de volver a ver al antiguo patrón del Chainsaw.
A Nichols le había ido muy bien. Era el promotor de conciertos más importante de la Costa Oeste y había abierto Nichols Hit City, una compañía discográfica de gran éxito. Ahora inauguraba Nichol’s, para satisfacer su ego.
Bobby llevaba un traje blanco inmaculado, mientras que Rocket lucía un cuidado desaliño con su chaqueta a rayas y su camisa blanca.
—La extraña pareja —dijo Nichols recibiéndoles en la entrada y abranzándoles con exagerada familiaridad.
Los sentó a su propia mesa, en la que había caviar, champaña y muchas mujeres hermosas, y cogió del brazo a Bobby.
—Escúchame, Bobby, he de hablar contigo. Esto puede hacernos millonarios a ambos. Tenlo por seguro. ¡Tengo algo increíble para ti!