Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 31 de 67

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Rock Star

Capítulo 31

KRIS PHOENIX

1979

Doktor Head era un personaje muy pintoresco. De unos treinta y cinco años, altísimo y robusto, tenía un cabello rojo salvaje que le caía hasta los hombros, los ojos permanentemente inyectados en sangre y un tic muy llamativo, que daba la sensación de estar haciendo en cada momento guiños obscenos.

Era ciudadano norteamericano, pero trabajaba en Inglaterra desde hacía diez años. Había ido allí con Nellir y los Knockers, un grupo femenino al que representó durante tres años. Cuando Nellie decidió hacerse monja y el grupo se disolvió, él se hizo cargo de la carrera de Michael Hollywood, un joven solista. Con la supervisión de Doktor Head, el muchacho ascendió rápidamente, y esa combinación de representante y artista funcionó muy bien durante años.

Michael Hollywood murió en un accidente de avión en 1974, cuando estaba en la cima de su carrera. Doktor Head nunca se perdonó por no haber estado en el avión. Durante cuatro años, vivió en una vorágine de drogas y bebida. Cuando entró en la sala donde los Wild Ones habían fijado la audición para seleccionar a un músico que reemplazara a Ollie con su nuevo descubrimiento, una mujer teclista a la que había bautizado Fingers, estaba sobrio desde hacía cuatro semanas.

Kris estaba cogiendo una lata de Coca-Cola de una máquina, cuando vio al extraño dúo. Pensó que Doktor Head era el músico, y decidió hacerle el favor de decirle que no se presentara.

—Hola, amigo.

Doktor Head le miró con sus ojos exaltados.

—¿Dónde puedo mear? —preguntó.

Kris estaba cansado. Había sido un día muy largo y ninguno de los músicos que había escuchado valía la pena. Irritado, respondió:

—No sé.

—En ese caso —respondió Doktor Head, con un guiño irrefrenable— daré a esta planta un regalo de vida.

Se desabrochó el pantalón y dirigió su espeso chorro de orina a una planta colocada en una gran maceta cerámica.

Fingers, la chica norteamericana de tejanos gastados y camisa desteñida, bostezó. Evidentemente estaba acostumbrada a sus excentricidades.

—Bien —dijo Kris—, puedes mear donde quieras.

—Gracias —respondió Doktor Head, subiéndose la cremallera de los pantalones con expresión satisfecha.

—Escucha —añadió entonces Kris—. No te molestes en presentarte a la audición. Eres demasiado viejo. Aunque fueses el mejor teclista del mundo, no tienes el aspecto que buscamos.

—Me alegra que me lo hayas dicho.

—Bueno, al menos has podido mear —bromeó Kris, y volvió con los demás, que estaban viendo a un joven granujiento que asesinaba a Dirty Miss Mary.

Media hora más tarde, Fingers saltó al escenario, decidida a demostrar lo que sabía hacer. Se sentó al piano, y comenzó a tocar rock and roll.

—¡Mira eso! —gritó Buzz—, y es una chica…

Terence volvió a la vida. Saltó, diciendo:

—No estamos probando chicas, querida…

Fingers le hizo un gesto grosero y comenzó a tocar «Skinny Little Slider».

Tenía un gran talento, un hecho que Terence parecía ignorar.

—¡Suficiente! —gritó—. No tenemos tiempo que perder. ¡El siguiente!

—Espera un poco —dijo Kris—. Es buena.

—¡Qué importa! —dijo Buzz—. Lo que menos necesitamos en una maldita mujer.

Kris no había pensado en eso, pero ¿por qué no, si era sensacional?

Doktor Head irrumpió en escena, agitando los brazos.

—Si os interesa, debéis decidiros rápido. No es barata, pero vale la pena.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó Terence, que sentía la competencia de otro.

—Su representante —respondió Doktor Head, haciendo un gesto a Fingers para que detuviese su frenética ejecución. Luego entregó a Kris una tarjeta y le dijo—: Llámame, pronto.

Continuaron con las audiciones durante tres días más, y ningún postulante despertó el más mínimo entusiasmo. Kris seguía pensando en Fingers, con su aspecto bohemio y su talento. Averiguó el pasado de Doktor Head y quedó impresionado: tanto Michael Hollywood como Nellie y los Knockers habían sido grandes.

Sin decir nada a los demás, llamó a Doktor Head, quien tranquilamente le informó que había cambiado de opinión. Pensaba que los Wild Ones no era el grupo apropiado para Fingers.

Kris se quedó perplejo.

—¿Estás loco? —preguntó azorado.

—Eso dicen —respondió—. Pero estar loco es sólo un estado mental, ¿no es cierto?

Se encontraron para tomar una copa en una taberna. Kris bebió mucho, mientras que Doktor Head sólo ingirió leche tibia, con la que se manchaba continuamente la barba roja. Dio un largo discurso sobre la búsqueda del estrellato en el mundo del rock and roll y los peligros de la bebida y de las drogas en general.

—Yo sobreviví a la década de los sesenta —dijo con satisfacción—. Mucha gente de ese ambiente no lo logró.

Entonces procedió a relatar la historia de cómo había adquirido el nombre de Doktor Head. Al parecer en esa época era famoso por los cortes de cabello que practicaba a sus damas, especializándose en cierta parte inferior de sus anatomías.

—Fueron días maravillosos —suspiró—. ¡Ah! Los sesenta…

—¿Qué va a hacer entonces Fingers? —preguntó Kris, evitando todo contacto visual con la camarera, que al parecer deseaba algo más que un autógrafo.

—Hay un nuevo grupo, llamado La Misión. Creo que voy a representarlos, y Fingers se unirá a ese grupo. Tiene sólo dieciocho años y un gran futuro.

—Entonces —dijo Kris, incrédulo—, ¿crees que Fingers tendrá un futuro mejor con esos desconocidos? Vamos, amigo… Nosotros ya somos grandes.

—En Inglaterra.

—Y en Alemania.

—Sin duda también en Holanda.

—Sí, y en Finlandia y Dinamarca.

—Felicidades —dijo Doktor Head secamente—. Y si seguís con Terence esto es lo más lejos que vais a llegar. Ya deberíais haber conquistado América hace varios años.

—Háblame de eso —dijo Kris, acariciándose la barbilla—. Estados Unidos no debe ser fácil.

—Sobre todo si tenéis un representante que os perjudica.

—¿Qué?

—Que Terence os ha engañado.

—De ningún modo. Él siempre ha hecho lo mejor para nosotros.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Recuerdas Lonesome Morning?

—¿Cómo olvidarla? Fue nuestra primera grabación.

—Y un gran éxito de Del Delgardo.

—Fue la distribución —dijo Kris—. Él la tenía y nosotros no.

—En absoluto. Fue vuestro representante el que os perjudicó. Hizo un arreglo con la compañía norteamericana y ellos impidieron que vuestra versión llegara al mercado.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Kris, furioso.

—Todos en el negocio lo saben. Pregunta, pregúntale a tu productor de esa época. ¿Cómo se llamaba? Sam…

—Sam Rozelle.

—Pregúntale. Él te dirá la verdad. A él no le gustó.

Cerraron la taberna y se fueron a casa de Kris, donde hablaron hasta casi las cuatro de la madrugada.

Al día siguiente Kris fue a ver a Sam Rozelle y supo la verdad. Terry Terence los había vendido y habían perdido lo que pudo ser un gran éxito.

—No tenía suficiente fe en vosotros —le dijo Sam, demasiado incómodo para mirarlo a los ojos—. Él hacía todo lo que Marcus Citroen le decía. Estoy seguro de que ahora lo lamenta.

—Lo va a lamentar.

Sin vacilar, organizó una reunión en su casa y contó al resto del grupo lo que había sucedido, añadiendo que ya iba siendo hora de librarse del señor Terence.

—El viejo se ha portado bien con nosotros —dijo Buzz—. No me parece justo.

En realidad a Buzz le gustaba que lo prefiriese a él y que lo tratase como a un dios.

—Él no nos está viviendo. No nos permite conquistar Norteamérica. Necesitamos a alguien que conozca bien el tema.

—¿Quién? —preguntó Rasta, encendiendo un porro.

—Sí, ¿quién? —se plegó Buzz.

—Doktor Head —anunció Kris, confiado.

—¡Al diablo! —exclamó Buzz—. ¿Y a ése quién lo conoce?

—Debemos confiar en él —dijo Kris—. Él está donde nosotros queremos estar. Creedme. Yo sé cuándo algo huele bien.

Después de una larga batalla, Doktor Head se hizo cargo del grupo. Fingers se unió al grupo y Terence, disconforme con el arreglo financiero, decidió presentar una fuerte demanda judicial.

A Kris no le importó. Estaba seguro de que la decisión era acertada, y en pocas semanas Doktor Head firmó un contrato con una nueva compañía discográfica llamada Nichols Hit City. El contrato aceptaba todas sus propuestas.

La noche antes de viajar a Nueva York para conocer a sus productores, Kris fue al apartamento de su madre.

Horace estaba frente al televisor, viendo Los Ángeles de Charlie. Sus hermanas habían salido y Avis se sentó en la cocina a beber interminables tazas de té fuerte azucarado. Sonriendo a su hijo menor, le impartió algunos consejos útiles. Parecía más vieja de lo que era y estaba muy cansada.

Kris le dio mil libras en billetes nuevos de diez. Había planeado ese gesto durante semanas.

—No necesito tu dinero —dijo ella apartándolo—. Guárdalo tú. Lo necesitarás.

Esas palabras lo afligieron mucho. ¿Para qué iba a necesitar el dinero si estaba en camino de hacer una fortuna? ¿Acaso no tenía fe en él?

—Tómalo —insistió él—. Ya habrá mucho más.

—Bueno… —dijo ella dubitativa—. Tal vez Brian necesite ayuda.

—¡Al diablo con Brian! Es para ti.

—Bueno, lo guardaré para un caso de apuro —decidió finalmente.

Al menos había aceptado algo. Desde hacía un año, él le estaba pidiendo que dejara de trabajar, pero Avis no quería escucharlo. Decía:

—No puedo abandonar a la gente.

Él hubiese querido decirle: Madre, tú limpias su basura, no eres neurocirujano. Pero no le dijo nada. Ella tenía sus razones y él las respetaba.

—Entonces… supongo que te veré dentro de unos meses —dijo Kris, deseoso de marcharse de allí antes de que llegaran sus hermanas. Odiaba las despedidas.

—América —dijo ella con un suspiro—. Una vez conocí a un norteamericano. Era tan agradable… Tenía unas uñas preciosas y muy brillantes.

—Era un ganador.

—Creo que yo también le gustaba. Me propuso ir a vivir a Nebraska, ¿dónde queda eso?

Kris no quería escuchar más confesiones de Avis.

—Tengo que irme ahora. Estaré en contacto.

Kris se despidió sin pena de Londres. Tenía veintinueve años y no había tiempo que perder. Su futuro era América y estaba dispuesto a aprovecharlo.