Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 26 de 67

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Rock Star

Capítulo 26

BOBBY MONDELLA

1977

—¿Qué quiere beber?

—Pernod.

—No creo tener eso, señora Citroen.

—Sí tienes. Mira en el armario debajo del bar. Verás que hay de todo.

Él era quien vivía en ese apartamento y sin embargo ella era la que le indicaba dónde debía buscar las cosas. Maldita sea, esta mujer estaba demasiado segura de sí.

—Tal vez pueda servirse usted misma. Yo voy a darme una ducha y a cambiarme —dijo él, que se sentía en desventaja, ya que ella iba bien vestida y él en ropas de gimnasia.

Ella levantó una ceja. No estaba acostumbrada a que le dijesen lo que debía hacer.

—Bien —respondió—. Y ya que estoy jugando al barman, ¿puedo prepararte una copa? ¿O acaso eso le corresponde a la criada? —añadió sarcásticamente.

—Zumo de naranja.

—¡Oh! ¡Qué saludable!

—Son sus ideas.

—En ese caso —dijo ella con una sonrisa—, se permite un trago por la noche.

—Un whisky.

—¿Qué te parece champaña?

—No tengo…

—Sí tienes —interrumpió ella—. ¿Por qué no vas a ducharte y me dejas todo a mí? Si tengo que hacerlo, puedo hacerlo bien.

Él caminó hacia el dormitorio e intuyó lo que sucedería. El sastre se había ido, y estaban solos en el apartamento. Ella no se quedaba allí por nada. Estaba lista para la acción, y si era eso lo que quería…

«¡No! —le advertía una voz interior—. Es territorio peligroso. Es la mujer del jefe».

«¿Y bien?», se respondía a sí mismo. Él estaba preparado para un poco de riesgo. Se quitó las ropas sudadas, entró en el cuarto de baño, abrió la ducha y permaneció en pie bajo la lluvia vigorizante.

La señora Citroen. Sus aires de reina y sus maneras frías. La misma cuyo marido había estado jugando con Sharleen y casi había acabado con ella. ¿Qué querría ahora de él?

«Vamos, Bobby, tú sabes lo que quiere ella de ti».

Él casi se reía en voz alta. Sabía bien lo que ella quería, y si tenía paciencia, sólo si tenía mucha paciencia, tal vez se lo daría.

Desnuda, excepto por la cadena que llevaba en el cuello y los zapatos de tacón alto, ella entró tras él en la ducha, con una botella de champaña en la mano. Apoyó la botella helada contra la espalda de él y murmuró con voz grave:

—Nunca te di la bienvenida a Blue Cadillac como corresponde, ¿verdad?

Él sabía que ella lo buscaría, pero nunca pensó que sería de un modo tan directo y tan rápido. No era una mujer paciente.

—No te vuelvas —ordenó ella, mientras depositaba la botella en el suelo embaldosado—. Sólo estáte quieto.

Seguro. Podía estar muy quieto con una mujer casada desnuda jugueteando detrás de él, deslizando sus caros y expertos dedos por su espalda.

Pensó qué se supondría que debía decir, pero ya era demasiado tarde para las palabras.

Con gran confianza, ella le había agarrado los testículos y los apretaba delicadamente, aplicando la presión justa, para luego arrodillarse y ordenar:

—¡Vuélvete ahora!

Él hizo lo que ella le pedía, introduciéndose profundamente en esa boca elegante, lista para degustarlo y acariciarlo con la lengua, mientras emitía un rugido animal. «Tómate ésta, Marcus Citroen —pensó él—. Me estoy resarciendo por Sharleen».

Luego se rindió a las sensaciones. No había nada que pudiese hacer, excepto relajarse y disfrutar.