Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 10 de 67

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Capítulo 10

RAFAELLA

1972

Cumplir años entristecía a Rafaella. Odiaba esa fecha. Cada vez que llegaba, ella volvía a sentir el dolor y la pérdida. Este año, el de su duodécimo cumpleaños, era especialmente malo, ya que su madre, Anna, estaba pensando en volverse a casar y Rafaella no podía soportar la idea.

Madre e hija habían discutido interminablemente.

—No eres justa con papá —se lamentaba Rafaella.

—Tu padre murió hace ya cinco años —trató de explicar Anna—. Él no querría que yo me quedara sola.

—¡Sí, querría! —gritó Rafaella—. ¡Sí! ¡Sí!

Detestaba al hombre que salía con su madre. Era un noble inglés que tartamudeaba y tenía un estúpido cabello rojo, un estúpido hijo y un estúpido castillo en la campiña inglesa. Se llamaba Cyrus Egerton y le resultaba completamente odioso.

—Bueno, niña —dijo por fin Anna, con un tono áspero en su voz, habitualmente dulce—. A pesar de lo que pienses, se trata de mi decisión. Afortunadamente, no necesito tu autorización, aunque me gustaría que estuvieses de acuerdo.

—¡Nunca! —gritó Rafaella—. ¡Y pronto me verás muerta!

Y realmente así lo sentía.

La niñera Macdee trató de calmarla, pero no lo consiguió. Rafaella estaba convencida de que su madre estaba haciendo a su padre algo terrible al casarse otra vez, y nadie podría hacerla cambiar de opinión.

Papá. Lucien. Pensaba en él a menudo. La pesadilla de su muerte estaría para siempre con ella.

¿Cómo podría olvidar? Cuando sucedió ella estaba allí, de pie frente a la puerta de su casa de París, saludándolo. Entonces él voló en pedazos, a causa de un atentado terrorista perpetrado contra el automóvil de Henri Ronet. Habían querido asesinar a Henri Ronet. Que Lucien LeSerre estuviese allí había sido una fatal coincidencia.

El ruido de la explosión había arrebatado a Rafaella lo mejor de su mundo. Las astillas de vidrio que se clavaron en sus piernas le causaron una parálisis temporal y acabaron con sus esperanzas de ser una estrella del ballet. Permaneció internada en un hospital durante varios meses y tuvo que soportar dos operaciones. Cuando estuvo lo suficientemente bien para regresar a casa, su madre ya había hecho las maletas y vendido la casa, y estaba lista para mudarse a Inglaterra.

—Dejaremos atrás los recuerdos —había dicho a su hija—. Debemos hacerlo. Es la única posibilidad.

La madre pensaba así, pero Rafaella sabía que eso no era posible. Nunca olvidaría a su maravilloso padre, y todo lo que él había significado para ella.

Desde el comienzo detestó Inglaterra. El clima frío y húmedo, las calles lluviosas. La comida rara y ese idioma que ella no quería hablar, aunque era bilingüe, pues había sido educada en los dos idiomas.

Anna la envió a un colegio privado muy estricto, donde las niñas la despreciaban porque era diferente. Le habían puesto como sobrenombre La Renga, ya que a partir del accidente caminaba con una leve cojera. A veces también la llamaban La Negra, a causa de su piel aceitunada.

La niñera Macdee sugirió que tal vez sería mejor contratar a un profesor particular hasta que la niña se aclimatara al modo de vida inglés. Anna estuvo de acuerdo, y Rafaella no regresó al colegio hasta los once años. Para entonces era mucho más fuerte, y cualquiera que la insultara pagaba caro el atrevimiento.

Ahora, el día de su duodécimo cumpleaños, los recuerdos la asaltaban. Anna estaba planeando casarse otra vez y eso era desleal…

Rafaella se dirigió al cuarto de baño de su madre y abrió el armario. Vació todos los frascos de medicinas que encontró y se tragó todas las píldoras.

Pronto estaría de nuevo con su padre, eso era lo que realmente deseaba.