Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 50 de 67

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Rock Star

Capítulo 50

RAFAELLA

1984

 

Me enamoro muy fácilmente

Me enamoro muy rápido

Me enamoro tanto

Y para siempre…

Mientras Rafaella cantaba la sentimental canción de Sammy Cahn y Jule Styne, un silencio total reinaba en Julio, el pequeño restaurante con espectáculo al que ella ya había comenzado a llamar su segundo hogar. Originalmente la habían contratado para actuar una vez por semana, pero ahora se presentaba todas las noches, cantando esa particular mezcla de clásicos norteamericanos a los que daba un cierto ritmo de jazz y samba.

Ataviada con un sencillo vestido negro, con el largo cabello suelto rodeando su rostro bello y exótico, cantaba con pasión contagiosa. Su voz, ronca y grave, estaba llena de sensualidad.

A sólo un año de su debut como profesional, Rafaella era un éxito. Tenía un gran atractivo y los brasileños la adoraban, cantase en portugués o inglés.

Le acababan de ofrecer un contrato de grabación y un espacio para cantar en un popular programa de televisión. Ella apenas podía creerlo. Todo parecía haber sucedido tan rápidamente.

Aunque intentara parecerlo, Jorge no se sentía feliz. El hecho de que su prometida se dedicase a cantar no lo convencía en absoluto. Hacía un mes ella se había ido de su casa, llevándose a Jon Jon.

—Puedo esperar —había dicho él entonces—. Sé que volverás.

Rafaella había meneado la cabeza mientras lo besaba con tristeza.

—Es algo que nunca debió ser. Encontrarás a alguien que te ame más de lo que yo podré nunca.

Ella dejó allí su enorme solitario y los otros regalos que él le había hecho. Otra vez estaban solos ella y Jon Jon, quien aceptó mudarse sin una queja. Estaba a punto de cumplir los siete años y combinaba los mejores atributos físicos de ambos padres. Era alto para su edad, tenía la piel oscura y los pómulos salientes de Rafaella, y los ojos azules y el cabello rubio ceniciento de Kris Phoenix.

—Eres un niño muy guapo —le decía ella a diario mientras lo abrazaba—. ¿Cómo he podido ser tan afortunada?

—¡Porque me tienes a mí, a mí, a mí! —gritaba feliz el niño.

Sí, tenía a Jon Jon. Y tenía su carrera. También tenía un representante, Tinto Reuben, que cuidaba bien de sus intereses. La vida era bastante buena.

Una vez por semana su madre la llamaba desde Inglaterra.

—¿Cuándo vienes a visitarnos, querida?

—Pronto —respondía siempre Rafaella.

La conversación cada vez se repetía. En realidad, Rafaella no quería volver a casa. Volver no haría más que recordarle a Eddie Mafair, y Dios no quisiera que él pudiera ver al niño, aunque hasta el momento no había hecho ningún intento al respecto. Odile se había tropezado con él una vez por casualidad en Annabel, y por lo visto no había preguntado por ninguno de los dos. ¡Fabuloso! Mejor, imposible. Si tenía suerte, nunca más tendría que volverle a ver.

Cuando terminó su actuación, su representante la estaba esperando. Reuben era un hombre bajo y mofletudo, de unos cincuenta años. Se lo había presentado su profesora de canto y enseguida habían llegado a un acuerdo. Tinto estaba casado y tenía siete hijos. En otra época había sido cantante y conocía perfectamente el negocio. Aunque no era un agente importante, era respetado y tenía una buena clientela. Enseguida supo que Rafaella podía triunfar. Cuando la conoció, la bella muchacha ya tenía todo lo que necesitaba para hacerlo, excepto experiencia. Ahora, un año después, estaba preparada para todo.

—¿Qué sucede, Tinto? —preguntó Rafaella, mientras encendía un cigarrillo.

—Fumas demasiado.

—Tengo que tener algún vicio —respondió ella, riendo—. Es un lastre que me ha quedado de mis tiempos de colegio, cuando fumar era lo más audaz que podíamos hacer.

Tinto sonrió. Tenía buenas noticias.

—La semana próxima hay un festival de música muy especial en San Pablo. Estás invitada para actuar allí.

—¿De veras? —preguntó ella con el rostro encendido.

—Es un honor.

—¿Y por qué yo?

—Estás adquiriendo popularidad, querida.

—¡Me encanta!

—Y espera… Esto es sólo el comienzo.

 

San Pablo era una ciudad encantadora. Voló hacia allí por la mañana y desde el avión ya pudo ver el formidable panorama.

—¿Nunca has estado aquí antes? —preguntó Tinto.

—Siempre lo deseé.

—Mi esposa nació aquí. Quería venir con nosotros, pero no es tan sencillo cuando tienes siete niños que cuidar.

—Además del mío…

—A ella le encanta que Jon Jon se quede en casa. María es la madre tierra — añadió, orgulloso y contento.

Después de registrarse en el hotel, fueron hasta la sala de ensayos y se encontraron con los músicos que acompañarían a Rafaella. Ella prefería lo mínimo posible; un teclado y una guitarra bastarían. Algunas veces podía agregarse un toque de percusión. En principio, ella hubiera preferido llevar consigo a los músicos que siempre la acompañaban, pero Tinto consideraba que el costo de los traslados era excesivo para una sola noche de actuación.

El día era caluroso y húmedo. Recogió sus largos cabellos en una trenza y se vistió con unos pantalones de algodón y una camiseta demasiado grande. Tinto llevaba su habitual traje rosado pálido —tenía varios iguales— y una camisa marrón que apretaba su abdomen prominente.

—¿Sabes qué? —sugirió Rafaella—. Si tú dejas de comer, yo dejaré de fumar.

—De acuerdo.

—¿Cuándo?

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo vas a comenzar la dieta?

—Después de Navidad.

—¡Pero faltan ocho meses para eso!

—¿De veras? —preguntó él con inocencia.

Ella meneó la cabeza y no pudo evitar sonreír.

Tinto la presentó a varios de los organizadores del evento. Ella charló educadamente con todos, hasta que una esbelta mujer vestida de rojo le dijo:

—¡Ah! Aquí vienen los músicos que te acompañarán. Carlos Pinafida al piano y Luiz Oliveira en la guitarra. Luiz es un joven con mucho talento. Tiene un estilo maravilloso. Más tarde él tocará su propia composición: «Muchacha inglesa». Es muy popular aquí.

Así fue cómo Rafaella volvió a encontrarse frente a frente con Luiz tres años después del último encuentro.

Contuvo la respiración y lo miró a los ojos. Él le devolvió la mirada. El aire estaba caliente, denso, como cargado de electricidad.