Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 54 de 67

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Rock Star

Capítulo 54

BOBBY MONDELLA

1985

Una multitud esperaba a Bobby Mondella en el aeropueto de Río. Varios guardaespaldas tuvieron que escoltarle. En el interior del Rolls Royce que habían enviado a recogerle, se recostó con un suspiro de satisfacción.

—¿Ves? Aún me aman.

Nichols Kline, nervioso por la multitud de fans, dijo:

—Seguro. En este país están un año atrasados.

—Eres un verdadero hijo de puta. Un disco no alcanza el primer puesto y para ti estoy acabado.

—Fueron tus últimos tres temas —corrigió Pammy, arreglándose el cabello pajizo.

Bobby no podía soportar a esta puta. ¿Cómo hacía Nichols para aguantarla? Se había acostado con todos sus amigos y lo trataba como si fuera basura. Sin embargo, Nichols continuaba con ella, pensando que había encontrado algo así como una princesa inglesa.

Bobby se limitaba a ignorarla. Se había hecho un experto en fingir que ella no existía. Necesitaba un trago.

—¿Está muy lejos el hotel?

—¿Qué soy yo? ¿Un guía turístico? Pregúntale al chófer —respondió Nichols.

Todos estaban muy cansados después del largo viaje desde Los Ángeles. Bobby en realidad no había pedido a Nichols que le acompañara, y menos con Miss Cordialidad. Sin embargo, Nichols había insistido en hacer el viaje. Carlos Baptista, el organizador brasileño, hacía ya años que le pedía que fuese allí. Los tres conciertos que daría Bobby en el Estadio Maracaná habían resultado la oportunidad perfecta para eso. Además, Pammy también había insistido lo suyo.

A Bobby en parte le hubiera gustado que Zella lo acompañara, por lo menos habría sido una aliada. Sin embargo, por otra parte, experimentaba cierto alivio de que no estuviese allí. Zella estaba loca, eso era seguro. Se había ido furiosa del plató durante su última película y había golpeado a dos atónitos maquilladores. Después de ese incidente, la habían reducido y llevado al centro Betty Ford para una cura de desintoxicación.

Zella era nefasta. Ella podía arrastrarle hacia esas cosas si no tenía cuidado. No era su culpa, pero no podía evitar causar problemas constantemente.

Él la había visitado en la clínica antes del viaje. Con una sonrisa dolorida, ella le había dicho:

—Oye, superestrella, tal vez debieras estar aquí conmigo.

¿Por qué debería estar allí?; era verdad, bebía. Además también consumía cocaína, pero podía controlarlo. Él sabía exactamente lo que hacía. Cuando quisiera dejar de hacerlo, no tendría ningún problema.

En el fondo él sabía cuál era su verdadero deseo: dejar Hit City y volver a sus raíces. Hacía nueve meses que se había encontrado con América Allen en la entrega de los premios Grammy. A ella le había ido muy bien. En el mercado de artistas negros, Soul and Soul había llegado a ser la segunda compañía, después de Motown.

Se sintió apenado cuando alguien de Soul and Soul ganó el premio que él tantas veces había ganado. Era un muchacho negro, joven y entusiasta, con una gran sonrisa y una melena ensortijada.

Bobby aplaudió como el resto del público. Era el primer año, desde 1977, que él no ganaba ningún premio, y eso le dolía. Cuando regresaba a su casa, hizo que el chófer le condujese a una tienda de música y compró el disco del muchacho. Una vez en su casa, se dedicó a escucharlo. Era una mezcla de sintetizadores y percusión africana. Sonaba novedoso y atractivo.

Luego escuchó su último disco, lo mismo de siempre. Un soul muy sensual.

Había estado utilizando las composiciones que le había impuesto Arnie Torterrelli. Eso también era un favor. Parecía que ya iba siendo hora de cambiar algo.

Insistió en tener un nuevo productor para probar algo diferente. Tampoco funcionó. Tal como le había señalado Pammy, sus tres últimos singles no habían alcanzado el primer puesto, aunque el álbum en que estaban incluidos se había vendido bastante bien.

Sin embargo, bastante bien no era suficiente. ¿Dónde estaba su habitual primer puesto? ¿Dónde estaban las superventas a las que se había habituado? Era una superestrella. No le correspondía menos que eso.

Bobby Mondella estaba en una pendiente, y eso no le gustaba en absoluto, y menos aún escucharlo de la esposa de Nichols.

Sabía dónde estaba el problema. Se había presentado en todas partes y grabado demasiados temas, sin centrarse en el contenido. Se había expuesto demasiado. Necesitaba dar un paso atrás y volver a aquellos a quienes realmente interesaba la música. Hit City, la compañía de Nichols, estaba basada en ganar dinero. Eso era lo único que tenían en cuenta: hacer dinero, ascender y ascender. En ese sentido eran incluso peores que Blue Cadillac.

Soul and Soul se preocupaba en cambio de la calidad y el estilo y se encargaba de nutrir a sus artistas. América era inspiradora. Y sin embargo, él la había utilizado y se había ido cuando hubiese podido apoyarla. Realmente ella era extraordinaria, al haberse mostrado cordial cuando se encontraron.

Decidió que en ese viaje a Río le diría a Nichols que quería irse. Si les ofrecía algún tipo de derechos de modo que pudieran seguir obteniendo algo de su futuro, seguramente lo dejarían irse. Ya estaba harto de las actuaciones en Las Vegas, en bodas y demás favores. Necesitaba tiempo para dedicarse a escribir la música que realmente sentía. Si apartaba a Zella de su camino, podría hacerlo.

El Copacabana Palace era un hotel grande y lujoso, con una espléndida vista al mar y a las famosas arenas blancas de la playa de Copacabana. Instalaron a Bobby en una espléndida suite del último piso. Había champaña, una gran canasta con fruta fresca y varios y sofisticados arreglos florales, tanto en el cuarto de baño como en la habitación. Cada arreglo llevaba una tarjeta.

Se sirvió una copa y echó un vistazo a las tarjetas: «Carlos y Chara Baptista le dan la bienvenida a Río», «Con los buenos deseos de Carlos Baptista y su personal», y así las demás.

Esa noche, debía asistir a una cena en la que conocería al productor; pese a la furia de Nichols y Pammy, la canceló y se fue a la cama con una botella de bourbon y una fuente de pollo, y se puso a ver la televisión. Eran sus nuevas reglas: estaba harto de hacer lo que los demás le decían. No más favores. En el futuro sólo haría lo que él quisiera, y si no les gustaba, peor para ellos.

Posiblemente también intentara apartarse por un tiempo de la bebida y las drogas. No es que no pudiese hacerlo. Lo haría cuando quisiera…

Carlos Baptista le telefoneó. El hombre era educado y amable. No se enfureció como Nichols, simplemente le dijo:

—Lamento mucho que no pueda asistir a la cena que damos en su honor. ¿Necesita algo?

—No, gracias. Sólo estoy cansado del viaje…

—Lo entiendo perfectamente. Quizá quiera que una joven vaya a darle un buen masaje para disipar las tensiones…

—No me interesa el sexo comercial.

—No he querido ofenderle.

—No es una ofensa. No se preocupe.

Perezosamente fue cambiando los canales, hasta que se detuvo en uno en el que una joven pareja cantaba. Eran frescos y novedosos. La chica era muy bella y exótica. El hombre, un moreno muy apuesto. Esa mezcla de samba y jazz era a la vez suave y sensual.

De pronto, se despertó su interés: allí estaba. Eso era lo que él había buscado durante tanto tiempo.

Cuando al final del programa aparecieron los nombres de quienes habían actuado, él cogió un bloc y apuntó: Rafaella y Luiz.

 

Río fue su salvación. Río, con su gente reposada y amistosa. Sus tres conciertos en el Estadio Maracaná fueron un éxito fulminante. Los sudamericanos sin duda seguían amando a Bobby Mondella.

Después de mucho pensar y ante la consternación de Nichols, Bobby anunció que se quedaría en Río por un tiempo.

—No puedes hacer eso —dijo Nichols ásperamente—. Tenemos compromisos que cumplir.

—Cancélalos.

—¿Estás loco?

—Me gusta estar aquí. Este lugar es bueno para mí: no bebo, estoy descansado… sí, me quedaré.

Nichols estaba furioso. Aunque deseaba aparentar tranquilidad, los músculos de su rostro se contraían contradiciéndole.

—¿Cuánto tiempo?

—El que me dé la gana.

—Debo advertirte que tienes un contrato.

—¡A la mierda el contrato y a la mierda contigo! Estoy harto de que me manejen, ¿sabes? He trabajado para otros desde los doce años y ahora he decidido no hacer nada más hasta que tenga la cabeza en orden. Tenemos un contrato; por lo tanto, tendrás una participación en cualquier cosa que yo decida hacer en un futuro. Pero ahora quiero salirme de todo esto, ¿está claro?

—Lo lamentarás —intervino Pammy.

—Tú cállate, idiota —gritó Nichols, descargando en ella su frustración.

Como resultado, Nichols y su esposa se vieron obligados a regresar a Los Ángeles sin Bobby.

Pasaron seis meses y pese a las numerosas llamadas telefónicas y amenazas de Nichols, se sentía feliz. Arregló con su administrador que fuesen vendidas sus propiedades, incluida su mansión de Hancock Park. Comunicó a Zella que todo había acabado entre ellos. Ella no se mostró sorprendida. Entonces, pudo comenzar de nuevo.

Por un tiempo, había caído en la trampa del estrellato y perdido el control. Tenía un bonito apartamento en el edificio Chopin, cerca del Copacabana Palace, y una variedad de chicas con quienes salir, nadie en especial. Y lo más importante: se había liberado de las drogas y casi no bebía.

El ocio le resultaba muy placentero, y como no estaba obligado a escribir, las canciones empezaron a fluir libremente, con un grado de creatividad enorme.

Tras ver a Rafaella y a Luiz en televisión, había concertado una cita para conocerles. En los meses siguientes, se hicieron buenos amigos y trabajaron en colaboración, aunque no podían grabar juntos por la lucha que Bobby tenía con Hit City.

Sin embargo, en ocasiones actuaban juntos, por puro placer.

Pero cuando él ya pensaba que su vida estaba arreglada, reapareció Nova. Después de dos años de silencio, un día ella le telefoneó por la línea privada, como si nunca hubieran dejado de verse.

—Estoy en el aeropuerto —dijo ella apremiante—. Debo verte con urgencia.

—Ven para aquí —respondió él, tranquilo.

Su corazón no le dejaba alternativa.

 

Como en los viejos tiempos, ella volvió a instalarse en su vida. La fría y elegante Nova Citroen. La que era una reina helada para quienes no la conocían. El amor de su vida.

Abrió la puerta a una mujer que casi le resultó irreconocible, y ella cayó a sus pies. Al igual que una vez recibió a Sharleen, una víctima apaleada, ahora llegaba Nova en las mismas condiciones. Envuelta en su abrigo de visón, con gafas oscuras ocultando sus ojos, Nova temblaba.

—¡Dios! ¿Qué te ha sucedido?

Como si él no lo supiese. Otra vez Marcus Citroen.

—Bobby —dijo ella con voz quebrada—, tomé un avión y vine directamente aquí. No sabía qué hacer.

Habían tenido una relación muy larga, y ni siquiera una vez, durante todo aquel tiempo, ella se había mostrado vulnerable. Siempre había manejado todo.

Él le abrió los brazos y ella se encaminó hacia su abrazo.

—Ven, pequeña, aquí estoy yo, todo se solucionará. —Era como si nunca se hubieran separado.

Ella rompió a llorar, con sollozos irrefrenables, llenos de angustia.

—Nunca pensé que te encontraría. No fue fácil, Bobby. Lo odio. Siempre le he odiado…

Él la hizo entrar en el apartamento, cogió su abrigo, logró que se recostara en el diván y le sirvió una copa.

—Cálmate, nena. Sólo tranquilízate y cuéntamelo todo.

Lentamente, ella fue recobrando la compostura. Se quitó las gafas. Sus ojos eran dos bultos hinchados, completamente amoratados.

—¡Ese sádico hijo de puta! —exclamó Bobby, furioso.

—Lo he dejado —dijo ella con un suspiro—. Y ahora va a destruirme.

—¿Destruirte? Estás loca. Mírate. ¿No te das cuenta de que es él quien está en un gran aprieto?

—No lo comprendes. Puede destruirme. Y conozco a Marcus. Créeme que lo hará.

—¿Cómo?

—Contará al mundo la verdad sobre mí.

—¿Y cuál es esa verdad?

—Que cuando él me encontró —dijo ella bajando los ojos—, yo era una prostituta.

—Venga ya —dijo Bobby, incrédulo.

—Es verdad —repuso ella con amargura—. La elegante señora Citroen fue una vez una prostituta muy bien pagada en Alemania. Marcus… me descubrió y me transformó. Hizo de mí la mujer que él quería tener, y entonces, cuando yo llegué a ser exactamente lo que él deseaba, se casó conmigo.

Bobby sentía la garganta seca. Por primera vez en meses, necesitaba un trago.

—Nova, no puedo creer lo que me estás diciendo.

—¿Por qué no? —dijo ella sin pasión—. Es la verdad. ¿Acaso te disgusta? ¿Lamentas haber tenido una relación conmigo?

Él meneó la cabeza. Le resultaba difícil definir lo que sentía.

—Y aún hay más —continuó Nova—. Debo contártelo todo, porque necesito saber lo que sientes. Quiero ser sincera contigo.

—Lo que sea, nena, creo que lo estás haciendo muy grande.

—Bobby, yo soy mitad negra.

—¿Qué?

—Nunca te hubieras dado cuenta, ¿verdad? —dijo ella, tocándose el cabello platinado—. Nadie se daría cuenta. Cuando Marcus me envió a París para mi transformación, me aclararon la piel y el cabello. Aunque en realidad, nunca había sido demasiado oscura. Mi madre era blanca. Mi padre era un hombre negro con el que tuvo una aventura de una noche. Desdichadamente, esperó demasiado para poder hacerse un aborto, y el resultado fui yo.

—¡Dios!

—Ves —dijo ella con voz monocorde—. No soy la mujer que imaginabas. Soy una prostituta alemana mitad negra. No soy la dama que suele aparecer en las primeras páginas del Women’s Wear Daily y que da las mejores fiestas de la ciudad. Soy un fraude, Bobby, y Marcus lo va a hacer público porque me he atrevido a dejarle.

Bobby canceló todos sus compromisos y se ocupó de que Nova se sometiese a un examen médico. El doctor miró a Bobby con reproche.

—No lo hice yo —explicó Bobby—. Acaba de dejar a su marido.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó el médico, mientras escribía una receta de píldoras para dormir.

—Margaret —mintió Bobby—. Margaret Smith.

—Necesita descanso. No hay daño interno. Compresas frías en los ojos y mucho líquido. En realidad, yo debería hacer la denuncia. Esta mujer ha sido golpeada salvajemente.

—Vamos, doctor. Ella ya ha tenido suficientes problemas.

—Muy bien —dijo el médico, con otra mirada acusadora.

Gradualmente, Bobby pudo ir recomponiendo la historia. Sucedió una de las veces que Marcus visitó un prostíbulo en París. Le gustaba ver a su mujer junto a las putas. Ella aceptó, era parte del trato. Luego él invitó a dos muchachas a su apartamento. Por una vez, Nova se resistió, pero Marcus insistió; las muchachas eran unas furcias callejeras que le robaron ropa y joyas. Nova dijo que ya era suficiente. Marcus sostuvo que ella debía aceptar cualquier cosa que él quisiera. Pelearon y él la golpeó con un palo de golf y se fue. Ella cogió algunas cosas y en un taxi se encaminó al aeropuerto, donde abordó el siguiente avión para Río. Marcus no tenía ni idea de dónde estaba.

—¿Cómo fue que finalmente te decidiste?

—Llegó el momento —dijo ella simplemente.

Ahora ella estaba en su apartamento y él ya no sabía qué sentía. Necesitaba tiempo para descubrir sus propios sentimientos. ¡Diablos! Ella no podía suponer que se trataba tan sólo de ir allí y que nada habría cambiado.

Para empeorar las cosas, recibió una llamada sorpresa de Carmino Sicily.

—Queremos que vuelvas a trabajar —dijo Carmino muy tranquilo—. Debes tomar un avión esta semana. Esta semana, ¿comprendes? De lo contrario no volverás a trabajar en ninguna parte, ¿me has comprendido?

—No voy a ir, Carmino, y no trates de presionarme. Habla con mis abogados.

—Estás tratando de joder a la persona equivocada. El martes próximo es el cumpleaños de mi hermana. A ella le gustas. Cree que eres apuesto. Sé astuto y ven para aquí.

Bobby no mencionó esa llamada a Nova. ¡Al diablo con Carmino Sicily y sus amenazas! Eran puras palabras.

Durante días, Nova permaneció acostada en la cama de Bobby viendo la televisión. Las marcas de sus golpes comenzaron a desaparecer. Él le cocinaba sopas y huevos revueltos y le llevaba revistas. Lo que no podía era hacerle el amor. Para eso necesitaba tiempo.

Ella esperó pacientemente. No dijo nada. Era un modo de ponerle a prueba y él lo sabía.

—Nova querida —hubiese querido decir él—, no me importa nada de tu pasado. Lo único que me importa es que Marcus te haya tenido todo este tiempo. ¿Por qué no te fuiste cuando tuviste la oportunidad, hace dos años? ¿Por qué seguiste haciendo las cosas que él te forzaba a hacer? ¿Por qué? ¿Por qué?

Y ese por qué los separaba como un muro de ladrillos.

—¿Estarás bien? —preguntó amable—. Volveré dentro de una hora.

Ella asintió y él se fue directamente a ver a Rafaella y a Luiz. Se pusieron muy contentos de verle.

—Te hemos echado de menos —dijo Rafaella—. ¿Dónde has estado?

—En ninguna parte. Tengo en casa a una amiga de los Estados Unidos.

—¿Es algo serio?

—Pongámoslo de esta manera. No voy a casarme.

No se quedó mucho rato. Estaba muy inquieto. No podía evitar pensar en Nova, esperándole acostada en la cama. Ella necesitaba su apoyo.

Hacía tiempo que había sido prostituta, ¿acaso importaba?

No. Pero sí importaba lo que había hecho con Marcus.

Tenían que hablar. Decididamente, se encaminó hacia su casa.

El apartamento estaba a oscuras. Los destellos de la televisión en el dormitorio eran la única luz. El volumen estaba muy alto.

Demasiado tarde comprendió que algo iba mal, ya que, en ese preciso momento, alguien lo cogió por detrás y le torció el brazo, y comenzó la lucha. Bobby era muy alto y fuerte, pero allí había más de un hombre: dos, quizá tres. Podía oír sus respiraciones.

Un pensamiento cruzó por su frente: Nova ¿Estaba bien? ¡Mierda! Si le habían hecho algo, les mataría.

Los hombres trataban de empujarle hacia delante, golpeándole y pateándole. Un objeto pesado cayó sobre su cabeza. Sintió que le explotaba el cráneo y aparecían luces brillantes. Era verdad. Se veían estrellas.

¡Dios! La sangre corría por su rostro, y había algo más. Podía percibir el olor del whisky. ¿Qué mierda querían? Ahora lo estaban arrastrando por la alfombra hacia el balcón.

El terror le invadió.

Lo iban a tirar por el balcón.

Lo iban a asesinar.

¡Dios!

Gritó, pero ya era tarde. Estaba cayendo… cayendo…

Todo había terminado.