Rock Star
Capítulo 7
1987
Sábado 11 de julio
Al salir de la ducha, Kris encontró a la deliciosa Cybil atravesada en la cama, completamente desnuda, sólo con una rosa colocada estratégicamente entre sus muslos.
—¿Quieres recoger esta flor, hombre afortunado? —dijo ella con fingido acento callejero—. Veinte dólares por un viaje hasta la rosa, y ni siquiera tienes que irte a Pasadena.
¿Por qué lo estaba tentando de esta manera? Sintió la caliente presión entre las piernas y se puso hosco. Regresó al baño y le dijo:
—Hazme un favor, querida. Ponte algo y deja de provocarme.
—Está bien. Pero será mejor que me tengas reservado algo bueno para mañana — amenazó.
Él cerró la puerta.
—No saldré hasta que te hayas vestido.
—Lamentarás este día —dijo ella fingiendo un fuerte acento extranjero—. Mi venganza será terrible.
Eso era lo bueno de Cybil. Nunca había un momento desagradable. Tenía buen carácter y sentido del humor. La pretendían todos los americanos y, sin embargo, ella compartía su cama. Él tenía derechos exclusivos sobre ese cuerpo maravilloso y rubio, esa cara de Miss Norteamérica y esa cascada de cabello brillante.
¿Por qué entonces necesitaba a Astrid, su amante inglesa?
Era una manera de mantenerse seguro. Mientras Astrid estuviese allí, él no se comprometería mucho con Cybil, y viceversa. Kris sentía una aversión natural hacia el matrimonio. La sola palabra le producía escalofríos… Para él casarse significaba ser atrapado. Lo había experimentado una vez, y no tenía ninguna intención de volver a sentir lo mismo.
Vestido con tejanos y una camisa informal, entró en la habitación. Cybil se había marchado. Sólo permanecía su perfume. Loción de rubia caliente, pensó riendo.
En la planta baja, su pareja de empleados escoceses estaba atareada con las tareas domésticas. Cuando lo vieron, se sorprendieron.
—Bienvenido a casa, señor Phoenix —dijo la maternal Mabel—. ¿Quiere que le prepare una buena taza de té?
Él asintió y fue a inspeccionar su propiedad. Inmediatamente sus dos perros labradores salieron a recibirlo. Se inclinó y los acarició durante casi diez minutos.
Su mansión de Bel-Air se erigía sobre una hectárea de impecables jardines. Césped, suntuosos cuadros de flores, limoneros y naranjos, y las obligadas piscina y cancha de tenis. No estaba mal para un inglesito que había dejado la escuela a los quince años, sin siquiera dos chelines en el bolsillo.
Varios jardineros mexicanos trabajaban diligentes. Los saludó con un gesto afectuoso. Era agradable estar de regreso en Los Ángeles. El clima le sentaba bien. Después de haberse criado en Inglaterra, con su continua neblina y sus permanentes lloviznas, apreciaba mucho el sol y el calor. Además, le encantaba estar bien bronceado.
Cybil salió de la casa corriendo, con un bikini diminuto. Los jardineros dejaron de trabajar para mirarla. Los perros ladraron. Ella dirigió a Kris una sonrisa encantadora y se zambulló en la piscina.
¿Es que no iba a cejar en su deseo de provocarlo? Mañana pagaría caro sus bromas.
—¿Vienes? —dijo la muchacha, sonriente.
—No. Voy a hacer un poco de gimnasia.
Se dirigió al gimnasio, grande y bien equipado. Llevaba más de dos años levantando pesas y con un entrenador y los cambios que se habían operado en su cuerpo eran sorprendentes. Aunque siempre fue delgado y naturalmente atlético, ahora estaba en mejor forma que nunca. A su edad, treinta y ocho años, muchas estrellas comenzaban a declinar. Eso no le ocurría a Kris, que tenía energía renovada y fuerza de acero. Además, sus actuaciones superaban a las de su juventud.
Veinte minutos de castigo y ya estaba listo para una zambullida. La piscina estaba vacía. Cybil se había puesto a hacer otras cosas.
Después de treinta largos, salió completamente renovado.
Al lado de la piscina lo esperaba su representante, Hawkins Lamont, un norteamericano al que llamaban El Halcón.
El Halcón iba vestido muy a la moda, con pantalones y polo blancos y un cinturón beige de Gucci, en cuero de cocodrilo. Era un hombre alto, de unos cuarenta años, con un bronceado a lo George Hamilton y un aire de gran autocontrol. En realidad era lógico: era uno de los representantes de mayor éxito y tenía a su cargo una serie de estrellas famosas. Kris estaba con él desde hacía tres años, desde que había dejado a su representante anterior, el notorio Doktor Head.
—Pareces estar en excelente forma —dijo El Halcón, sentado a una mesa del jardín, bajo una sombrilla amarilla.
Kris asintió.
—Me siento formidable.
Y realmente sabía lo que decía. No hubiese podido decir lo mismo unos años antes. El Halcón sonrió con una sonrisa hollywoodense de porcelana.
—He venido sólo para darte este mensaje personalmente. Marcus Citroen está encantado de que hayas accedido a presentarte en la fiesta de su esposa esta noche.
Enrollándose una toalla alrededor de la cintura, Kris se sentó.
—En realidad no tenía muchas opciones, ¿verdad?
—Elegiste la correcta —respondió El Halcón—. Marcus quería tener a las tres principales estrellas de la canción, y las tendrá. A ti no te habría gustado que tu lugar hubiera sido ocupado por Springteen, ¿verdad?
Kris observó a Mabel caminando por el jardín, llevando una bandeja con té y tostadas para él y un vaso de Perrier decorado con una rodaja de limón para su invitado.
—Es verdad, pero lo importante es que yo pueda entrar y salir.
—Estamos de acuerdo. Actuarás en último término, después de Bobby Mondella y Rafaella. Ésa fue una de mis condiciones: ocuparías el lugar principal o ninguno.
—Por supuesto —dijo Kris, que en realidad detestaba toda esa cuestión.
—¿Cybil va a ir contigo? —preguntó suavemente.
—No sé. No me ha dicho nada.
—Va a ser una larga velada.
—Sí. Pero no me voy a quedar, ¿verdad?
—Puedes cambiar de opinión.
—No.
El Halcón tomó un trago de Perrier y se levantó.
—Luego hablamos. La limusina estará aquí a las tres y media. Me gustaría que saliéramos a las cuatro a más tardar.
Cuando se fue El Halcón, Cybil reapareció. Afortunadamente, ahora estaba vestida aunque su conjunto dejaba poco lugar a la imaginación. Llevaba una camiseta bajo la cual era evidente que no había un sostén, shorts y zapatillas de deporte. Parecía una niña superdesarrollada.
—¿Dónde vas? —preguntó él.
—¿No te lo he dicho? Tengo una cita con un fotógrafo muy conocido, que seguramente querrá violarme. ¿Qué debo hacer?
—Pedirle que use un condón.
—¡Kris! —Frunció el ceño—. A ti te gustaría que me acostara con él, ¿verdad?
—Te diré algo, querida. En ese caso, no estarás aquí para contármelo.
—¿No? —preguntó ella, desafiante.
—No, estarás fuera. Con tus maletas en la puerta.
Cybil estaba disgustada. De pronto tenía un aspecto completamente adulto.
—Eres tan machista… ¿Supones acaso que no sé nada acerca de la puta danesa que tienes en Londres?
Por fin salía a la luz. Era la primera vez en todos los meses que llevaban viviendo juntos que ella se atrevía a mencionar abiertamente a Astrid.
—Escucha atentamente —dijo él con tranquilidad—. Yo nunca he fingido ser perfecto. En cambio, sí pretendo que tú lo seas.
—¡Eres un mierdas! Todas mis amigas me cuentan los cuernos que me pones. ¿Por qué debo tolerarlo?
—Nadie te está atando a los pies de la cama, ¿verdad?
—Te odio, Kris Phoenix. Uno de estos días, cuando vuelvas no me encontrarás aquí. Entonces lo lamentarás.
Y se fue.
Él suspiró profundamente. Era evidente que aquel no sería un buen día.
George Smith, alias Maxwell Sicily, se subió al primero de los autocares que habían alquilado para llevar a los camareros y a todo el personal de servicio de Lillianne hasta la magnífíca mansión Novaroen, para preparar la fiesta más selecta del año. Los cocineros, camareros y ayudantes de cocina hablaban animadamente entre sí. Era un acontecimiento que nadie se quería perder. La prensa lo venía anunciando desde hacía semanas.
Cincuenta parejas a cien mil dólares cada una era un verdadero golpe.
Maxwell se sentó junto a la ventanilla, mirando cómo el convoy de autocares tomaba la ruta turística que lo concuciría a la autopista de la costa del Pacífico, por la que deberían viajar veinte minutos más.
Canturreando en voz baja, trababa de aislarse de las conversaciones del entorno; sin embargo, le llegaban fragmentos, casi todos acerca del dinero, ya que todos querían ver cómo eran esas personas que podían pagar un precio tan increíble por una noche de diversión.
—Yo quiero ver cantar a Rafaella —dijo un muchacho a nadie en particular—. ¡Es la mejor!
—No. A mí dame a Whitney Houston —contestó un ayudante de cocina—. Ella sí que es sexy.
—¿Y qué? Todas son prostitutas —gruñó un camarero enjuto y con gafas.
Sí, pensó Maxwell, es verdad. Todas fornican y todas mienten y todas gastan tu dinero y te engañan.
Él lo sabía. Su padre se lo había enseñado siendo muy joven. Por eso prefería a las verdaderas prostitutas.
Pagas y sabes perfectamente lo que obtendrás.
Pagas y eres el patrón. No hay discusiones.
Las mujeres eran criaturas inferiores. Había que mantenerlas en su lugar. Había que mostrarles quién era el que mandaba, y no hacerse cargo de su basura. Nunca.
Durante unos momentos pensó en Vicky Fox. Ella estaba muy involucrada. Si hacía algo mal…
¡Basta! No debía tener esos pensamientos negativos. Vicky era una mujer, pero había venido muy recomendada y, si él no hubiese estado seguro de que podía cumplir su papel, no la habría contratado. Lo mismo sucedía con Speed.
Habitualmente Maxwell prefería trabajar solo. ¿Para qué depender de otras personas? Pero esta vez la cosa era demasiado grande. Necesitaba ayuda, y para eso estaban Speed y Vicky. La información que Vicky ya le había provisto desde dentro había resultado inestimable. Era una mujer que estaba acostumbrada a que le pagaran por sus servicios y que sabía cómo debía comportarse.
No estaba tan seguro en lo referente a Speed. El hombre era astuto y taimado, pero como conductor era uno de los mejores. Y eso era todo lo que debía hacer. Estar en el lugar correcto en el momento adecuado, y conducir. Maxwell tenía la seguridad de que todo estaba bajo control.
Iba a lograr una fortuna y nada podría detenerlo.
Cuando Rafaella entró en su suite del Ermitage, Marcus ya la estaba telefoneando.
—¿Estás cómoda? —le preguntó.
—Sí, gracias.
—¿Tienes todo lo que necesitas?
—Sí, Marcus.
—Bueno, pasaré por allí para asegurarme.
—Por favor, no lo hagas —se apresuró a decir ella—. Hoy no. Estoy cansada y debo pensar en el concierto. Te veré esta noche.
Él no pareció demasiado complacido.
—Muy bien, te llamaré dentro de una hora.
Tenía una hora de gracia. Una hora para deshacer el equipaje, darse un baño caliente, acostarse, y fumar cigarrillo tras cigarrillo viendo la televisión.
En un canal se topó con ella misma. Rafaella haciendo lo que mejor hacía. Sensual y fantástica, con su espesa cortina de cabello oscuro enmarcando un rostro exquisito; con su voz ronca evocando pensamientos eróticos en todos los que la escuchaban.
Rafaella.
Sofisticada.
Elocuente.
Conocedora.
Sensual.
¡Qué paradoja! No había estado en la cama con nadie durante un año.
La carrera lo primero.
La vida, en segundo término.
Era su elección.
«Querido Marcus Citroen: haz de mí una estrella y seré tuya».
Pues bien, él había cumplido su parte del trato y ahora había llegado el día del reconocimiento.
Ella se hallaba sorprendida de haber podido tenerlo esperando durante tanto tiempo.
La chica que atendía el mostrador de la agencia de alquiler de coches examinó los papeles que le entregó Speed, mientras mascaba mecánicamente un chicle.
—La limusina Cadillac color gris —repitió Speed pacientemente—. La alquilé el sábado pasado y el fin de semana anterior.
Sin decir una palabra, la chica cogió un bolígrafo, firmó el formulario, descolgó el teléfono y murmuró:
—Dan, la lujusina Cady. —Y mientras señalaba la puerta lateral, preguntó—: Puede recogerla allí. ¿Cómo va a pagar?
Él dijo que pagaría al contado. La chica contó el dinero, probablemente pensando que le sentaba muy bien el uniforme de chófer.
Sabía que gustaba a las mujeres. ¿Cómo evitarlo? Hasta su ex mujer quería acostarse con él cada vez que lo visitaba, lo cual, debía admitirlo, no sucedía muy a menudo, ya que ella residía en Las Vegas, una ciudad de la cual él procuraba mantenerse alejado, porque cada vez que volvía allí era para casarse o para perder hasta el último centavo de su dinero.
Sí… las tetas y el juego. Sus dos pasiones.
Un mecánico le acercó la limusina y Speed se subió. Le encantaba el olor de los automóviles caros. Una vez había trabajado como chófer de una pareja adinerada de Pasadena. La mujer solía pedir a su criada que colocara una docena de rosas en el automóvil cada mañana. ¡Qué aroma! Él se acostó con la criada, disfrutó de las flores y se fue a los tres meses. Los trabajos honestos eran aburridos.
El Cadillac era agradable de conducir. Así debía ser: durante los dos fines de semana que lo había utilizado, lo cuidó mucho. Bajo el capó rugía un motor caliente. Cuando Speed lidiaba con un motor, sucedían milagros. No era muy distinto de lidiar con una mujer. Un delicado trabajo con los dedos, un poco de roce, y de penetración y la acción del lubricante. Había que buscar el sitio justo para hacer ronronear a los émbolos.
Lo de hoy iba a ser fácil. Bastaba con estar en el lugar justo en el momento justo. Y entonces, correr.
Por diez de los grandes, él bien podía hacer eso.
El aroma del tocino le despertó antes de que lo hiciera Sara, y Bobby Mondella permaneció en la cama, sumido en el mundo privado de su oscuridad. Algunas veces tenía ataques de pánico; otras, en cambio, estaba tranquilo y mantenía el control. Sara lo ayudaba. Ella siempre estaba allí. De pronto la deseó con una fuerza que lo sorprendió.
Oyó cómo entraba en la habitación, con esos pasos que él reconocería en cualquier parte.
—Un emparedado de tocino es un buen despertador —dijo ella alegremente.
—Ven aquí, mujer —dijo él, con la voz cargada de deseo.
Ella no necesitaba que se lo dijera dos veces. Sara siempre sabía lo que Bobby deseaba, algunas veces antes de que él mismo lo supiese. Dejó la bandeja sobre la mesa y fue hacia él.
Sus brazos se elevaron y la colocaron junto a él, en la cama.
Ella se quedó muy quieta, con su corazón latiendo muy fuerte, anticipando lo que sucedería, ya que Bobby Mondella era el mejor amante del mundo.
Lentamente él comenzó a palpar el cuerpo de ella a través de la ropa. Suavemente sus manos sensitivas le acariciaron los grandes pechos, el estómago y los muslos. Las yemas de los dedos apenas la tocaban, pero ella enseguida ansió que le quitara la ropa.
Sara contuvo un suspiro, ya que Bobby quería que ella permaneciese pasiva hasta que él le indicase lo contrario.
Con una lentitud enloquecedora, sus manos encontraron por fin el camino hacia el interior de la blusa. Desabrochó los botones uno a uno.
Sus pechos pugnaban por salirse del sostén, pero él seguía entreteniéndose, jugando con los pezones suaves de ella a través de la tela.
—Por favor, Bobby, por favor —rogó ella.
—Ten paciencia, mamita. Ya llegaré cuando sea el momento. Por ahora estáte quieta.
La cara de Sara enrojeció. Él la torturaba con la espera, y sin embargo, era una tortura muy dulce, de la que ella disfrutaba cada segundo.
Finalmente él le desabrochó el sostén, liberando sus pechos. En ese momento, ella casi llegó al orgasmo, pero él no le permitió que lo hiciese. Ignorando su pecho, se dirigió a los muslos, acariciando sus carnes, levantándole la falda centímetro a centímetro y bajándole lentamente las medias.
—Bobby, me estás enloqueciendo.
—Tú no sabes lo que es enloquecer, querida.
Entonces comenzó a mostrárselo, llevándola al orgasmo dos veces con sus manos y su lengua antes de consumar por fin el acto sexual.
Mientras él entraba y salía, Sara sollozaba con una mezcla de alivio y placer. Amaba mucho a ese hombre, aunque no estaba segura de sus sentimientos hacia ella. Él la necesitaba y ella lo sabía. Pero ¿la amaba? Él nunca lo había dicho, aunque en los momentos de pasión ella se lo decía todo el tiempo; en ese mismo momento le decía:
—Te quiero, te quiero, Bobby Mondella. Te quiero, ¡cuánto te quiero!
Y de nuevo estaba llegando al clímax, sólo para él, para el hombre a quien amaba, el hombre a quien deseaba más que a nada en este mundo.
Su respuesta no fue más que un largo gruñido de liberación.
Inmediatamente él se volvió y se tapó con una sábana, como si no quisiese que ella le viera desnudo en otro estado que no fuera su erección.
—¿Te ha gustado? —Ella no podía evitar preguntarle.
El fuego ya se había extinguido y él volvía a controlarse.
—Tengo hambre —dijo él cambiando de tema de forma abrupta—. ¿Has oído algo acerca de un sándwich de tocino?
Servicial, ella saltó de la cama y le dijo:
—Ya está frío. Te prepararé otro.
—Frío estará bien. Pásamelo.
Sin molestarse en vestirse, ella fue hasta la mesa y cogió la bandeja. En otra situación a ella le hubiese preocupado mostrar su cuerpo. Pensaba que sus piernas eran demasiado cortas, su trasero demasiado grande y sus pechos demasiado abultados. Pero con Bobby eso no importaba: él no podía verla. Y estaba segura de que si pudiese verla no la desearía, ya que en su momento Bobby Mondella había tenido las mujeres más bellas del mundo, blancas y negras.
Sara recordaba las notas de las revistas, los escándalos y los chismes. También recordaba la primera vez que lo había visto actuar en directo, en 1980. Ella tenía dieciocho años y acababa de dejar el instituto. Dos amigas la llevaron a un recital que daba él en Filadelfia.
—Es el hombre más sexy del mundo —le habían asegurado ambas.
—Este hombre es puro sexo. Espera a verlo.
Y ella tuvo que admitir que tenían razón. Cuando él salió a escena vistiendo unos perfectos pantalones negros y una camiseta blanca de seda, cincuenta mil mujeres comenzaron a humedecer sus bragas mientras chillaban con todas sus fuerzas. Bobby Mondella exudaba sensualidad: era como un símbolo fálico que vivía y respiraba. ¡Y qué voz!
Se convirtió en una admiradora fanática. Nunca había soñado que años después, tras el terrible accidente, trabajaría para él como asistente personal y algo más…
—Voy a tomar una ducha —dijo Bobby después de acabar con el sándwich en un par de mordiscos—. ¿Está lista mi ropa?
—Todo está preparado —respondió ella—. Tus pantalones negros favoritos y una camisa de seda blanca.
—Gracias, nena.
Sí, ésas eran sus ropas favoritas, su conjunto de la suerte. Sólo que no le habían traído tanta suerte en esa fatídica noche de hacía ya dos años.
¡Por Dios! Dentro de un par de horas estaría frente a Nova Citroen, esa puta fría y seductora. Él no sabía si podría soportarlo.
Sara lo cogió del brazo, para ayudarlo a ir al baño. Él retiró la mano.
—Conozco el camino —dijo secamente—. Debes dejar de hacer todo por mí. —A veces él quería que le ayudase, y otras veces no podía soportarlo. Hoy quería hacerlo todo por sí mismo.
—Voy a vestirme —dijo ella con esa vocecita que él no toleraba.
Ella era una chica tan dulce, tan cálida y tan colaboradora. Lo había ayudado a salir del abismo y ahora él no sabría qué hacer sin ella. Sin embargo, a veces lo exasperaba.
—¿Quieres decir que aún andas por ahí con el culo al aire? ¡Qué vergüenza!, alguien podría verte.
Ésa era la clase de bromas que solía hacer Bobby, pero a Sara no le resultaban demasiado graciosas.
Nova Citroen circulaba por su mansión controlando todos esos detalles que habían hecho de ella una de las más famosas anfitrionas de los Estados Unidos y que la hacían insoportable para todos los que trabajaban para ella. Nova tenía un ojo especialmente alerta para la más pequeña partícula de polvo, para la más leve imperfección. Todo tenía que estar óptimo.
Preocupada por la casa de huéspedes, ordenó que volviesen a pulir la colección de marcos de plata. Insistió en que hubiera rollos de papel nuevos en los siete baños. Ordenó a su criada que cambiara todas las bombillas y arregló personalmente nueve floreros con flores cortadas del jardín.
Finalmente volvió a su habitación, donde la esperaban una masajista, una manicura, una maquiladora y una peluquera, una chica inglesa llamada Tracey, que era la única autorizada a tocar la preciosa piel de Nova Citroen.
—Todo esto me resulta tan aburrido —dijo a quienes la rodeaban—. Pero me gusta recolectar dinero y la del gobernador es una buena causa, ¿no es verdad?
Ninguno de los que estaban allí podían sospechar que veinte años antes Nova Citroen había sido una de las prostitutas más caras de Alemania.
Vicky Fox tenía un modo de moverse que le permitía ir a donde quería. Además, el uniforme ayudaba —ese horrible uniforme blanco y marrón que la señora Citroen insistía en que llevaran todas las empleadas—. La vieja no quiere competencia, pensó Vicky. Sin el uniforme y con todo el maquillaje y demás en su sitio ella podía competir con cualquiera de esas actrices. Las nuevas no eran tan atractivas, eran sólo sombras de las grandes estrellas del pasado. Vicky nunca había estado personalmente con ellas, pero lo sabía. Hoy en día nadie podía parecerse a Marilyn Monroe o a Lana Turner.
Vicky Fox había llegado de Chicago a Hollywood a los dieciséis años, con setenta dólares en el bolsillo y dos importantes privilegios: sus pechos increíblemente grandes.
Los setenta dólares duraron muy poco, pero sus privilegios le permitieron conseguir un trabajo como camarera en un top less y como bailarina gogó, y más tarde, como modelo de desnudos. La prostitución vino después; a los veinticinco años ya ganaba mucho dinero. En esa época conoció a un tipo muy generoso, que estaba casado y que la quería íntegra para él. La instaló en el apartamento del boulevard Ventura y le pagaba todas las facturas. Ella se quedaba en casa limándose las uñas, comiendo chocolate y viendo la televisión. Rápidamente pasaron cuatro años y a su amigo lo arrestaron en Florida, acusado de asalto a mano armada, y enviado a prisión. Vicky, un poco más vieja y más gordita, volvió a la prostitución, pero no le gustaba y cuando Maxwell Sicily, que había compartido una celda con su amante anterior, se puso en contacto con ella, Vicky estaba deseosa de un poco de emoción. A los treinta estaba muy atractiva. Después de todo, ¿qué problema había? Sólo se trataba de quitarles a los ricos para dárselo a Maxwell y a Vicky. A nadie le importaba que robasen a los ricos. Al fin y al cabo, ellos tenían seguros y todas esas cosas. Robarles a ellos no era un verdadero crimen.
Al entrar en el estudio privado de Marcus Citroen, ella llevaba consigo el plumero por si alguien la veía. Nadie la molestó: todo el mundo estaba ocupado con los preparativos para esa noche.
Vicky no se preocupó en absoluto. Simplemente entró e hizo lo que debía.
Marcus Citroen tenía tres secretarias privadas, cada una más leal que la otra. Era muy estricto en la consigna de que no debían hacer amistad fuera de la oficina. La pena por faltar a esa orden era el despido inmediato.
Las tres mujeres (Marcus no confiaba en secretarios) competían entre sí por atender al jefe. Le contaban absolutamente todo lo que ocurría en la compañía discográfica Blue Cadillac y entre los informes de las tres le llegaba hasta el último chisme. Sabía quién se acostaba con quién y cualquier otra cuestión que no fuera de negocios y que no le habría llegado por los canales normales. Poner a las personas una en contra de la otra era una de las especialidades de Marcus. Era un maestro. Y saberlo resultaba útil.
Sus tres secretarias eran solteronas y rondaban los cincuenta años. Marcus no quería que se acostaran con las personas que trabajaban para él. Quería completa lealtad y la tenía. Ellas se detestaban unas a otras, y eso le venía muy bien.
—El señor Lamont está aquí —anunció por el intercomunicador Phoebe, su secretaria principal.
—Hágalo pasar.
Él hacía esperar a algunas personas, pero Hawkins Lamont no estaba entre ellas. El hombre de blanco entró en la oficina, que parecía más bien una sala de antigüedades que la oficina de un magnate de la discografía. Fue derecho al escritorio de nogal y cogió un cigarro.
—No te importa, ¿verdad? —preguntó El Halcón, y se sentó en el sillón de cuero.
—Está bien —contestó Marcus, divertido.
A los cincuenta y nueve años, Marcus Citroen irradiaba poder. Aunque tenía dieciocho kilos de sobrepeso, su excelente traje inglés disimulaba cualquier imperfección. Era casi completamente calvo, y su cabeza de color oliváceo tenía forma de huevo. Su labio superior era fino, mientras que el inferior era obscenamente grueso; sus ojos, misteriosamente entrecerrados por párpados indolentes. Era originario de Beirut, pero había vivido en los Estados Unidos durante más de cuarenta años, y desde hacía treinta era ciudadano norteamericano. Era enormemente rico, extremadamente poderoso y universalmente temido en su negocio. Era un personaje bastante diferente de aquel muchacho que había llegado a Nueva York a los veinte años, en 1948, con apenas veinte dólares en el bolsillo, pero con el corazón duro como el acero. Para entonces ya había visto bastante en su vida. Había crecido en Europa en tiempos de guerra, y conocía bien el lado oscuro de la naturaleza humana. Había visto cómo su acaudalado padre quedaba reducido a la pobreza, su bella madre convertida en prostituta y su hermano se constituía en juguete de un grupo de pervertidos.
Marcus deseaba dinero y deseaba poder. Había venido a Norteamérica a buscarlos. Y lo había logrado.
—Bien, Kris Phoenix está aquí —dijo El Halcón—. Bobby Mondella ya está en camino. ¿Ha llegado ya Rafaella?
—Sí —confirmó Marcus—. Se aloja en el Hermitage.
Mirando fijamente al Halcón, se recostó en su sillón, juntó las yemas de los dedos, elegantemente manicuradas, y dijo:
—Comienza el juego.
El Halcón dejó su cigarro. Conocía a Marcus desde hacía más de quince años, y sin embargo, muchas veces tenía la sensación de no conocerlo en absoluto. En realidad, nadie lo conocía. El hombre no alentaba amistades demasiado íntimas, aunque El Halcón consideraba que él era todo lo íntimo que se podía ser respecto a Marcus. Rió seca y nerviosamente. Sabía que Marcus había estado obsesionado con lograr que las tres estrellas estuviesen allí, especialmente Rafaella, y preguntó con curiosidad:
—¿Qué juego?
—El juego que yo quiera jugar. Cualquiera.