Rock Star
Capítulo 4
RAFAELLA
París, 1967
Era el séptimo cumpleaños de Rafaella Le Serre, y ella iba caminando por una calle de París de la mano de su mejor amiga, Odile Ronet. Rafaella podía oír los latidos de su propio corazón emocionado. Hacía diez días, Odile había celebrado su cumpleaños y le habían regalado una bicicleta, una fantástica bicicleta roja, muy brillante.
Rafaella deseaba, con desesperación, tener la misma suerte que su amiga.
La señora Macdee, su niñera escocesa, que caminaba delante junto con la niñera de Odile, se volvió para regañarlas cariñosamente.
—Vamos, niñas, vamos. Si no te das prisa no tendrás tiempo para cambiarte y lucir tu preciosa ropa nueva.
Rafaella rió nerviosamente y apretó la mano de su amiga. Odile rió también y ambas charlaron sobre bicicletas, muñecas, vestidos y tartas de chocolate.
La niñera Macdee las iba guiando hacia la Avenida Foch, donde ambas vivían, en casas vecinas. Las dos niñas se besaron y subieron rápidamente a sus respectivas casas.
—¡Qué exageradas! Si os vais a ver dentro de unos minutos —rezongó la niñera.
Un criado uniformado abrió la puerta y Rafaella entró corriendo y subió las amplias escaleras que conducían a su habitación. Su vestido de fiesta estaba extendido sobre la cama, esperándola. «¡Qué bonito!», pensó mientras miraba el modelo de organza de color rosado de amplia falda. Se quitó el uniforme de la escuela y quiso probarse inmediatamente su ropa nueva.
—¡Por favor, no! —dijo sin aliento la niñera Macdee, que acababa de cruzar la puerta—. Primero hay que lavarse, niña.
Rafaella refunfuñó. ¡Lavarse era tan aburrido! Sin embargo, se dispuso a hacerlo. No valía la pena discutir con su niñera.
En seguida estuvo lista. La cara lavada, las manos bien refregadas, el largo cabello oscuro, cepillado y sujeto con una cinta… Finalmente, el vestido rosa cubrió su pequeño y delicado cuerpo.
—Ahora sí estamos listas —dijo la niñera Macdee, satisfecha—. Vamos, querida.
En la sala, Anna y Lucien, sus padres, esperaban. Rafaella se detuvo en la puerta para que ambos pudieran ver lo guapa que estaba. Entonces, feliz, corrió hacia ellos. Su padre la estrechó en sus brazos, la levantó y la hizo dar vueltas y vueltas en el aire.
—¡Papá! ¡Papá! —gritaba ella, feliz.
—Feliz cumpleaños, mi bomboncito —dijo su padre, con esa maravillosa voz profunda que lo caracterizaba.
Se dirigió entonces hacia su madre, que la abrazó envolviéndola en fragancias exóticas.
Rafaella, con el rabillo del ojo, miró una pila de paquetes envueltos en papeles de colores.
—Sí —dijo su madre—. Son para ti. Si quieres puedes abrirlos ahora.
Rafaella estaba muy preocupada, ya que no se veía ningún paquete que pudiera contener una bicicleta. Con gran determinación comenzó a romper los envoltorios, con la esperanza de encontrar, al menos, las piezas de su deseada bicicleta.
—No tan rápido —aconsejó la niñera desde la puerta.
—No importa, está muy ansiosa —la excusó Anna Le Serre.
—Igual que su madre cuando recibe regalos —bromeó Lucien, abrazando a su esposa, siempre tan bella, que lo miraba con adoración.
La niñera Macdee desvió la mirada. Ella nunca había trabajado para personas que fuesen tan expresivas como los Le Serre. Ellos actuaban como si aún estuviesen en plena luna de miel, siempre mimándose y besuqueándose como si no hubiera nadie a su alrededor.
La niñera Macdee trabajaba para ellos desde el nacimiento de Rafaella, y pensaba que esta conducta se debía al origen del señor Le Serre. Él era… diferente. No sólo porque era un gran tenor, mundialmente conocido, que había cantado en los teatros más famosos del mundo, sino también porque era negro. Era mitad etíope y mitad norteamericano, y además el hombre más apuesto que la niñera Macdee jamás hubiese visto.
Anna Le Serre era el complemento perfecto para su marido. Él era muy alto, y ella menuda. Tenía la piel delicadamente blanca y el cabello negro azabache. Delgada y de contextura pequeña, ella era dueña de una delicada y rara belleza. De origen mitad inglés y mitad francés, había sido en otro tiempo una prometedora bailarina, abandonando su carrera para casarse con Lucien. Ahora esperaba que su hija pudiera seguir sus pasos en la danza.
Rafaella había heredado lo mejor de los dos, y poseía una exótica belleza, con su piel olivácea, su cabello espeso y oscuro y sus largas piernas.
Su boca se había fruncido con decepción al ver, tras abrir el último regalo, que no había rastro de la bicicleta.
Sonó el timbre y comenzaron a llegar los compañeros de Rafaella, que venían a participar en la fiesta. Odile, vestida de terciopelo marrón y con un cuello blanco, pidió ver los regalos y sus ojos miraron apenados a su amiga, al darse cuenta de que no había ninguna bicicleta.
El té estaba delicioso. Había tortas y bollos, pequeños emparedados rellenos con queso de nata y pepinos, y abundancia de dulces y chocolates. Todo lo que más le gustaba a Rafaella. Luego trajeron la tarta, una gigantesca composición de merengue y frutillas, con siete velas.
«Tengo siete —pensó Rafaella, maravillada—. Soy casi adulta».
Lucien la cogió en brazos y le dio un gran beso.
—Te quiero, bomboncito —le dijo con su voz profunda—. Me alegras la vida… Nunca lo olvides.
Entonces la llevó al vestíbulo, donde estaba la más grande, la mejor, la más brillante de las bicicletas que ella nunca había visto.
Dando gritos de alegría, se abalanzó sobre ella. El día había sido perfecto. Más tarde, cuando ya se habían ido los niños, excepto Odile, que como excepción se quedaría a pasar la noche, ambas se sentaron a los pies de Anna mientras ésta se arreglaba para salir. A las niñas les encantaba ver cómo se maquillaba, se sujetaba sus maravillosas trenzas sobre la cabeza y se colocaba unos exquisitos aretes de diamantes y turquesas y un collar haciendo juego.
Rafaella sabía que su madre era muy bella y eso la hacía sentirse orgullosa.
La niñera Macdee entró para echar a las niñas del cuarto de la madre diciendo:
—¡Déjale un poco de intimidad a tu madre, por Dios!
Bajaron entonces a la biblioteca, donde Lucien conversaba con el padre de Odile, Henri, un prominente político francés. Los dos hombres, además de vecinos, eran buenos amigos y esa noche iban a ir juntos a una cena política importante. La madre de Odile, Isabella, estaba visitando a unos parientes en el campo.
—¿Qué travesura habéis hecho ahora? —preguntó Lucien con una sonrisa.
Las niñas se declararon inocentes, y fueron premiadas con sendos vasos de Coca-Cola, habitualmente prohibida. La niñera Macdee no permitía las bebidas gaseosas, especialmente antes de ir a dormir.
Anna entró en la habitación, espléndida con su vestido de gasa lila pálido y dijo disculpándose:
—Estoy lista. Espero no haberos hecho esperar demasiado tiempo.
Los hombres le dijeron que estaba maravillosa y ella aceptó los cumplidos con gracia y elegancia.
Rafaella se sintió feliz; había sido un cumpleaños maravilloso.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Lucien—. No podemos llegar tarde. —Miró atentamente a su hija y le dijo—: Tienes algo diferente… ¡Ah, debe de ser que aparentas siete años!
Entre risas, el grupo se dirigió a la puerta principal. Lucien la abrió y dejó pasar a su esposa delante de él.
—¡Ay, querido! —exclamó ella—. He olvidado algo. Por favor, id poniendo en marcha el coche. Ahora vuelvo.
—Vamos en el de Henri —aclaró Lucien—. Por favor, date prisa.
Sonriendo, ella le dijo al padre de Odile:
—Tampoco puedes soportar que sea Lucien quien conduzca, ¿eh? Creí que yo era la única. —Y se dirigió, apresurada, a la planta alta.
Rafaella se puso de puntillas para besar a su padre, pero aun así no podía alcanzarlo. Levantándola, Lucien le dijo:
—Dulces sueños, mi niñita.
—Ya soy grande, papá.
—Bueno, en ese caso —dijo él cariñosamente— buenas noches, mi niña grande.
Ambos hombres se encaminaron hacia el Mercedes plateado del señor Ronet.
Las dos niñas se quedaron en la puerta, saludando a sus padres. La niñera Macdee apareció con expresión de enojo.
—¡Las voy a matar! ¡Van a reprenderme a mí! Vamos arriba. Rápido.
Las niñas se dispusieron a obedecer con presteza.
—Ya era hora —refunfuñó la niñera, no tan enojada como parecía.
Anna bajaba la escalera muy apresurada, para no hacer esperar a los hombres. Estaba más bella que nunca.
De pronto, se oyó un terrible estruendo, que venía de la calle. La explosión fue tan violenta como si hubiesen arrojado una bomba en la terraza.
Entonces se produjo el efecto: las ventanas estallaron y se desató una lluvia letal de astillas de vidrio. Rafaella vio cómo su madre empezaba a caer por la escalera, como si estuviese mirando un ballet en cámara lenta.
Las astillas se clavaron en la pierna de la niña, que empezó a gritar:
—¡Sálvanos, papá! ¡Sálvanos, por favor!