Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 16 de 67

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Rock Star

Capítulo 16

BOBBY MONDELLA

1975

—No —dijo Bobby.

—Eres un maldito hijo de perra —contestó Sharleen, aspirando nerviosamente su cigarrillo—. ¿Y por qué no?

—Lo hemos hablado cientos de veces. Yo soy una persona leal. Y América Allen merece mi lealtad.

—¡Al diablo!

Sharleen apagó su cigarrillo contra un cenicero de cristal.

—Blue Cadillac y Marcus pueden hacer mucho más por ti. ¿Por qué no me escuchas?

—Porque no tienes razón. Soul and Soul ha sido excelente conmigo.

—No te ha llevado precisamente al primer lugar.

—Sabes una cosa —dijo él suavemente—. Si sigues fumando te arruinarás la garganta.

—No quiero hablar de eso —desafió ella—. No quieres admitir que Soul and Soul es sólo un pez diminuto en un lago grande y que Marcus y Blue Cadillac son tiburones.

—¡Oh, sí! Estoy seguro de que él es un tiburón —dijo Bobby tranquilo.

—No lo conoces. ¿Por qué das por sentado que el poder es algo malo?

Él la miró. En dos años y medio Sharleen había cambiado mucho. Ya no era la muchachita de ojos asombrados. Seguía siendo buena, pero ya no era ingenua. Era una astuta mujer de veintinueve años. Seguía siendo cariñosa, pero sólo cuando quería: cuando podía obtener lo que deseaba.

Seguía siendo su amiga y la quería, pero ya no estaba seguro de que le gustase su forma de ser.

—Ayer hablé con Rocket —dijo él cambiando de tema.

—¡Ese cretino!

¿Cuándo había pasado a ser ese cretino? ¿El día en que ella lo dejó, o tal vez el día que se casó con Norman Vanders, la actriz negra diez años mayor que él?

—Parece que no quieres saber cómo está.

—Bobby…

Ella se inclinó hacia él, persuasiva, situándose lo suficientemente cerca para que él pudiese apreciar su maquillaje perfecto y sus ojos tristes.

—Todo lo que quiero es que pases a formar parte de Blue Cadillac. Será bueno para ti. Lo sé. Y piensa en qué maravilloso será que podamos trabajar juntos. Me gustaría tanto grabar un álbum contigo.

—Se lo diré a América. Quizá podamos hacer algo para Soul and Soul.

—Eso es imposible —dijo Sharleen cambiando súbitamente la expresión de su rostro.

—¿Por qué?

—No seas ridículo.

Se levantó del diván y caminó hacia los ventanales de su apartamento de Park Avenue. Marcus Citroen pagaba el alquiler. Marcus Citroen era el dueño de cada centímetro de Sharleen.

Abrió las puertas y salió a la terraza, desde donde podía ver una panorámica de Nueva York.

—Ven aquí fuera, Bobby. Ven y mira lo que te estás perdiendo.

En realidad lo único que él no tenía era una mujer en su vida. Y Sharleen ya no reunía esos requisitos.

Salió detrás de ella y tuvo que admitir que la vista era impresionante. ¿Pero qué clase de mujer se vendía por una vista y un par de éxitos?

Sí, Marcus había cumplido su promesa. Sharleen era una estrella en ascenso y le encantaba serlo. Íntimamente Bobby pensaba que lo que ella estaba grabando era basura. Si bien Sharleen nunca había tenido una voz espectacular, ponía sentimiento al cantar. Ahora, en cambio, parecía hacerlo mecánicamente. Sin embargo, al parecer eso no era importante. El público la quería, y junto con Marcus Citroen, la había llevado hasta el lugar donde ahora estaba.

De repente se sintió inquieto.

—Me voy —dijo, levantándose el cuello de la chaqueta.

—¿No te quedas a cenar? —preguntó ella, decepcionada.

—No pensaba. He quedado con América.

—Claro —dijo ella, entrando en el apartamento. Él la siguió. Repentinamente Sharleen se volvió y le preguntó—: ¿Te acuestas con ella?

—No es asunto tuyo —respondió él, ásperamente.

—Está claro que ella ejerce un gran poder sobre ti. ¿Por qué otro motivo podrías rechazar la mejor oferta de tu vida?

—Por una pequeña cosa llamada lealtad. L-E-A-L-T-A-D. ¿Recuerdas esa palabra? Puede que alguna vez la necesites.

Más tarde, Bobby se encontró con Rocket y su esposa, Roman, en un restaurante famoso por el pollo frito sureño que preparaba.

Rocket tenía buen aspecto. Seguía siendo bajo, moreno y voluble, pero ahora tenía seguridad en sí mismo y estilo. Podía elegir sus papeles como actor. Estaba de moda, y eso le gustaba.

Roman era una mujer negra de aspecto serio que tenía buena reputación como actriz de carácter. Se habían conocido en Georgia, y Bobby seguía creyendo que Rocket se había casado con ella por despecho contra Sharleen.

Aún recordaba la noche de la ruptura entre ellos con un gusto amargo en la boca. Sharleen había estado viéndose durante semanas con Marcus Citroen. Volvía a casa al amanecer, drogada y muda. Bobby no sabía qué hacer. Finalmente llamó a Rocket a Los Ángeles y le contó que había problemas.

—No te preocupes —le había dicho Rocket, confiado—. Me quedan dos días más de grabación y regreso. —Y llegó justo a tiempo para recibir a Sharleen, que volvía a las seis de la mañana.

Se gritaron durante dos horas. Luego hicieron el amor durante otras dos, y más tarde, Rocket le confió que todo iba bien, que Sharleen se arrepentía y que estaban tan enamorados como siempre.

Sin embargo, cuando regresaron con la comida, Sharleen había hecho las maletas y se había ido. El chófer de Marcus Citroen había pasado a recogerla.

Rocket juró que nunca la perdonaría.

 

América fue al restaurante para el café. Parecía muy entusiasmada con el nuevo sencillo de Bobby, que estaba en ascenso.

—Sería sensacional que llegara al primer puesto —dijo él, recordando la conversación con Sharleen.

América meneó la cabeza.

—Es muy difícil. Los artistas negros que llegan a los primeros puestos pueden contarse con los dedos de la mano.

—Stevie Wonder.

—Dionne Warwick —intervino Roman.

—Johnny Mathis —dijo Rocket.

—Estáis hablando de cantantes de moda —dijo América—. Bobby Mondella canta souls. Tiene un público fundamentalmente negro. Y lo adoran. Eso es bastante, ¿verdad?

Por una vez, Bobby pensó que no lo era.

 

—Hola, muchacho, ¿cómo es que nunca te vemos? Ni una palabra de ti. ¿Por qué te portas así con la buena de tu prima Fanni? ¿Tienes mala memoria? Esa mujer hizo mucho por ti cuando eras nadie. Ahora es tu gran momento y ni siquiera apareces. ¿Qué dices a eso, muchacho?

La voz al otro lado de la línea era, inconfundiblemente, la de Ernest Crystal.

—No me llames muchacho —dijo Bobby amenazante, preguntándose cómo se las habría ingeniado Ernest Crystal para dar con él tras siete años de silencio—. ¿Qué diablos quieres?

—¿Que qué quiero? —dijo Ernest alcanzando una voz de falsete—. Tú tienes una familia, gente que se preocupa por ti.

Seguro. Cuando él se fue de casa de Fanni, había tratado de mantenerse en contacto, pero nadie le había demostrado el menor interés, por lo que había dejado de llamarlos.

—¿Cómo has conseguido mi número? —preguntó con resignación.

—Me lo dieron en la compañía grabadora, cuando supieron que era tu querido tío.

—¿Mi qué? —explotó Bobby.

—Un pariente es un pariente, muchacho.

—No me has oído. Te he dicho que no me llames muchacho.

—Es la costumbre, supongo. —Ernest se aclaró la voz, preparándose para el asalto final. Escúchame. Nosotros fuimos quienes te recogimos cuando el señor Rue te dejó en la calle, sin ningún lugar a donde ir. Fuimos los que te dimos una cama, comida y techo. Te cuidamos cuando estuviste enfermo y nunca te pedimos nada a cambio.

Ernest parecía haber olvidado convenientemente los seis mil dólares con los que había llegado y la gran parte de la paga del Chainsaw que había dejado en casa cada semana.

—Ve al grano —dijo Bobby, que no tenía el menor deseo de escuchar las lamentaciones de Ernest. Si necesitaban dinero, podía darles un poco. No era rico, pero podía hacerlo, y Fanni era la única pariente que le quedaba.

—Qué duro suenas. Ya no pareces el simpático gordito que conocimos.

—Ése murió —dijo Bobby secamente—. ¿Cuánto quieres?

—¿He dicho yo algo acerca del dinero? —chilló Ernest indignado.

—¡Mierda! ¡Dime cuánto quieres!

—Bueno —dudó Ernest—. Ya que has sido tan gentil en sugerirlo, te diré que Fanni ha estado mal. No puede seguir trabajando. Gana una libra o dos y tiene problemas con el corazón.

—¿Ha visto a un médico? Deberían ponerla a dieta.

—No quiere tener trato con los médicos. Te quitan el dinero y se ríen en tu cara. —Hizo una pausa, esperando el mejor momento para atacar. El problema era que no sabía cuánto pedir. Lo mejor entonces era pedir mucho—. Podríamos necesitar digamos… veinte mil.

Bobby rió.

—O quince mil… ¡Tenemos muchas facturas que pagar!

Bobby no podía creer el coraje del hombre. ¡Veinte mil dólares! Era como para mandarlo al demonio.

—Le mandaré a Fanni un cheque de tres mil y dile que me hubiese gustado que me llamase ella misma.

—¡Tres mil! —se quejó Ernest—, pero tú debes de tener mucho dinero. ¿Todo lo que puedes darnos son tres mil?

—Si no los quieres, no los cojas —respondió Bobby, cortante.

—Bueno, creo que los cogeremos —susurró, insatisfecho. Tres mil eran mejor que nada.

Bobby colgó el auricular, y durante un momento recordó su vida con los Crystal. Las peleas constantes, los insultos que había tenido que soportar. Su mísero cuartito junto a la cocina, helado en invierno y caluroso en verano. Las comidas grasientas. El pollo y las patatas fritas. Las tortas y los dulces. No era extraño que él hubiese sido una bola mientras había vivido con ellos.

Sin embargo, era cierto que Fanni lo había recibido y que lo había defendido muchas veces frente a Ernest.

Fue a su escritorio y extendió el cheque, antes de arrepentirse. Escribió también una nota dirigida a Fanni, en la que le pedía que le telefoneara para verse algún día. Metió todo en un sobre con la dirección de su prima.

No es necesario decir que jamás recibió una respuesta, aunque el cheque fue cobrado inmediatamente. También Sharleen se mantuvo en silencio durante varios meses. Ya estaba acostumbrado a no tener noticias de ella. En realidad, sólo aparecía cuando necesitaba algo, y desde que él había rechazado su oferta de ingresar en Blue Cadillac, obviamente no estaba en la lista de su predilectos. Él siguió, pues, con su vida, escribiendo canciones, grabando, saliendo con distintas chicas y pasándoselo bien. Un día, cerca de medianoche, sonó el timbre de su apartamento de un modo insistente.

Estaba solo, viendo una película en la televisión.

—¿Quién es? —preguntó antes de abrir.

La respuesta fue incomprensible, pero supo instantáneamente que se trataba de Sharleen.

Abrió la puerta y apenas tuvo tiempo de sujetarla en sus brazos: era un despojo golpeado y sangrante.