Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 49 de 67

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Rock Star

Capítulo 49

KRIS PHOENIX

1984

Estaban filmando el tercer vídeo de su primer álbum como solista, Erotic, en los jardines de Novaroen.

—¡Caray! —exclamó Kris—. ¡Qué lugar!

Doktor Head asintió.

—No me molestaría mudarme aquí —bromeó Kris.

—Haz una oferta.

—¡Ja!

Un trío de muchachas en escuetos bikinis pasó por delante. Eran extras contratadas para exhibirse por allí. En otro tiempo, Kris se hubiera acostado con las tres, una tras otra, pero ahora era mayor e inteligente, y en esa época en la que el mayor asesino era el sida, todo el mundo estaba atemorizado.

Se recostó en una tumbona que tenía su nombre inscrito y se limitó a mirar.

—Hola, Kris —dijo una de las chicas con un gracioso gesto.

—Hola, preciosa —respondió él, aunque no tenía la menor idea de quién se trataba.

—Ahí viene la dueña de la casa —murmuró Doktor Head—. Sé amable con ella. Es la que organiza la función.

Kris se puso en pie; había oído hablar mucho acerca de la señora Citroen, y estaba interesado en conocerla.

Nova se dirigió hacia ellos, muy fresca con su blusa de lino y su falda de seda. Su cabello platinado contrastaba con la piel bronceada.

—Señor Phoenix —dijo amablemente—. ¡Qué placer conocerle! Estoy encantada de que se haya unido a Blue Cadillac. Acabo de volver de Europa y ahora que estoy de regreso me encantaría ofrecer una cena en su honor.

—Suena maravilloso.

—¿El martes quizá?

—Perfecto.

Doktor Head también se levantó, dejando ver todo su salvaje aspecto: su mata de cabello rojizo y su barba desaliñada.

—Señora —dijo amablemente—, yo soy Doktor Head, el representante.

—Doktor… Head —dijo ella levantando la ceja, con expresión cínica.

—Sé que es un nombre extraño. Me lo pusieron ya hace muchísimos años. Pero le aseguro que va bien conmigo.

Kris nunca antes había visto a Doktor Head tratando de adular a alguien, y tuvo que hacer esfuerzos por no reír.

Nova no parecía encontrarle interesante, por lo que pasó a ignorarle y, volviéndose a Kris, le preguntó:

—¿Dónde se hospeda?

—En el Westwood Marquis.

—Le enviaré un coche el martes a las siete y media. Será informal. ¿Vendrá usted con alguna joven o la escojo yo?

Sonaba como si la mujer estuviese hablando de una caja de chocolates.

—Vendré solo —respondió.

—En ese caso —dijo Nova sonriente—, le tendré preparado un grupo interesante. A las siete y media. No lo olvide. Y trate de pasarlo bien hoy. Si necesita algo, cualquier cosa, no dude en pedirlo.

Ella se volvió hacia el director, un joven que filmaba vídeos en los intervalos entre importantes películas.

—¿Y qué soy yo? ¿Hígado picado? ¿Por qué no le has dicho que me invitase?

—Porque pensé que no era tu tipo de reunión.

—¿Y es acaso el tuyo?

—Creo que puedo ir a una cena sin que tú me tengas la mano, ¿verdad?

El segundo asistente se acercó.

—Señor Phoenix, ya estamos listos para filmarle a usted.

En un año ya había triunfado como solista. Por suerte había escuchado a Mikki cuando le sugirió que pusiese su nombre al frente de los Wild Ones. Cuando se separaron, todo el mundo sabía quién era él. No hubo una gran crisis de identidad. Los otros tres no habían sido tan afortunados. Buzz fue deportado de Estados Unidos y regresó a Inglaterra con Mikki, donde formó una nueva banda llamada Manía. Se disolvió al cabo de seis meses, y Buzz siguió actuando solo en ocasiones.

Rasta trataba de pasar desapercibido mientras seguía con sus juicios de paternidad.

Fingers, por su parte, se transformó en una figura underground.

El mayor problema había sido solucionar los problemas que había suscitado el hecho de disolver un grupo de éxito. Kris había seguido el consejo de Doktor Head y había contratado a los mejores abogados para que cuidasen de sus intereses. Mientras tanto se había ido de vacaciones a su casa de Francia, con Bo y una niñera.

Fue un tranquilo periodo de transición. Después de todo, habían sido doce años de idas y venidas, con muy pocas pausas. Durante esos años los Wild Ones habían sido propiedad pública, y eso había repercutido en sus vidas. No tener compromisos personales era ahora un gran alivio.

Pasaba todo el tiempo con Bo, nadando, navegando en una potente lancha que había comprado, aprendiendo juntos esquí acuático. A las pocas semanas, ya se sentía mucho más cerca de su hijo y más en paz consigo mismo. Entonces, tontamente, arruinó todo invitando a su madre a visitarles.

—¿Puedo ir con Brian y su familia?

—¿Por qué?

—Todo está bien para ti, hijo. Lo tienes todo, pero Brian no. Brian acaba de dejar su trabajo y necesita unas vacaciones.

Brian llegó, más pomposo que nunca, junto con Jenniffer, que se había convertido en el prototipo de esposa quejica, y dos niños molestos. Enseguida fue al grano.

—He dejado el banco, como ya sabes —dijo, imperiosamente—. Y he estado pensando que ahora que estás solo, necesitarás un nuevo representante.

—Sigo con Doktor Head.

—No, no. Debes tener un nuevo representante. He decidido ayudarte.

—¿De qué estás hablando?

—Seré tu representante —anunció entonces, magnánimo.

—¿Tú? —explotó Kris, y se echó a reír—. No me jodas…

—Naturalmente —dijo Brian, ignorando los exabruptos de su hermano—, es un sacrificio por mi parte. Pero he decidido que la sangre es la sangre. ¿Quién puede llevar mejor que yo tus asuntos?

—¡Dios! ¿Realmente piensas eso…?

—Por supuesto, deberé aprender un par de cosas acerca del negocio de la música. Pero después de trabajar en el banco durante nueve años, sé muy bien cómo tratar a las personas.

—Deja ya eso.

Brian se sintió ofendido porque Kris no se habían entusiasmado con su ofrecimiento. Se quejó ante Avis y ésta reprendió a su hijo menor.

—Parece mentira que no puedas dar trabajo a tu propio hermano.

Aceptaron su hospitalidad durante dos semanas, y luego regresaron a Inglaterra, para alivio de Kris, quien después supo por sus hermanas que Brian decía que él le había pedido que dejase su empleo para ir a trabajar con él, y luego había cambiado de opinión. Ahora era el villano de la familia. ¡Maravilloso!

Finalmente, cuando todos, incluso Bo, se fueron, él comenzó a escribir, componiendo la letra y la música de varias canciones.

Las cosas le iban tan bien, que quiso compartirlas con alguien. Un día se acordó de Astrid, averiguó su teléfono y la llamó a París.

—¿Todavía estás comprometida? —le preguntó.

—Sí.

—Necesito unos pantalones.

—Te los enviaré. ¿De qué color?

—No será posible. He engordado un poco. Tendré que probármelos.

—¿De verdad?

—No bromeo. Estoy en el sur de Francia. ¿Puedes viajar?

—Está bien —respondió ella tras una pausa.

—Te enviaré un pasaje. Trae un bikini.

—No podré quedarme.

—Tráelo de todos modos. Tendrás tiempo para nadar un rato, ¿verdad?

Llegó para pasar un día y se quedó todo el verano. Desde entonces, siempre habían estado juntos. Ahora mismo ella se encontraba en Londres, cuidando su apartamento de Grosvenor Square y supervisando las reparaciones de su casa de campo.

Astrid era una influencia reparadora. Era agradable tener a alguien en quien confiar y con quien compartir las cosas. También era muy buena en la cama, una vez que se lograba llevarla hasta allí.

La disolución de los Wild Ones ocupó la primera plana de todos los periódicos y causó conmoción en las legiones de admiradoras de todo el mundo. Kris se negó a conceder entrevistas para hablar del tema y cuando algún reportero intrépido se aventuraba hasta la puerta de su casa en Francia, era rechazado.

Un fin de semana, Doktor Head apareció con la novedad de que le estaba negociando un contrato como solista con Blue Cadillac.

—No quiero nada que me tenga atrapado por un plazo muy largo —advirtió Kris —. Hazlo sólo por el álbum y veré si estoy conforme.

Estuvo conforme. Erotic, su primer álbum con Blue Cadillac fue un gran éxito, no sólo comercialmente, sino también en cuanto a la crítica.

Sí, Kris se sintió muy feliz.

 

La cena de Nova Citroen tuvo lugar en su casa de Bel-Air, una mansión enorme con una asombrosa vista y una legión de sirvientes que atendían cualquier necesidad de los dieciséis invitados. Marcus no estaba en la casa.

—Está en Londres —explicó Nova al llegar Kris—. Negocios, como siempre.

Lo presentó a un grupo que incluía dos estrellas de cine, un escritor, dos productores importantes, el representante Hawkins Lamont, y varias rubias bellas aparentemente sin compromiso. Cuando Nova había dicho que ella las elegiría, sabía de lo que hablaba.

Una de las rubias, enfundada en un vestido de cuero muy corto, se le acercó y le dijo:

—Hola. ¿No nos vimos la semana pasada en la casa de Allan Carr?

—La semana pasada yo estaba en Londres —respondió, preguntándose si sus tetas eran de silicona.

—¡Qué pena! Nos hubiésemos divertido tanto…

El vestido de cuero le distrajo. Le recordó a Astrid, esperándole pacientemente en Londres. Se habían prometido no acostarse con otros. Ya no era justo hacerlo, con todas esas enfermedades rondando. Los invitados de Nova no parecían enfermos… pero el Sida no ofrecía ninguna señal. Practicar el sexo con extraños era como jugar a la ruleta rusa.

Dos apuestos camareros servían copas, mientras Nova circulaba entre los huéspedes. Kris se encontró conversando con un hombre al que había visto en películas durante toda su infancia. Ahora tenía los dientes amarillos y el cabello gris, pero era bastante agradable, especialmente cuando empezó a hablar acerca de cuánto le gustaba la música de Kris.

Era gracioso pero Kris nunca había pensado que también podía gustar a la gente mayor.

Una voz le advertía: «Ten cuidado, ya vas para treinta y seis».

¡Dios! Treinta y seis años. Ese pensamiento lo inquietaba. Siempre había pensado que cuando llegara a los cuarenta se retiraría, pero los cuarenta estaban cada vez más cerca y él no tenía ninguna intención de ir a ninguna parte. Había que ver a Mick Jagger, que tenía ya más de cuarenta y se seguía comportando como un adolescente. También Rod Stewart debía rondar la temida cuarentena, por no hablar de Paul McCartney y a Pete Townshend y a toda una camada de rockeros maduros.

—Creo que necesito otro trago —dijo cogiendo una copa de champaña.

—He puesto a su derecha a Hawkins Lamont. Es un hombre fascinante y sería su perfecto representante. Desdichadamente no toma clientes ahora, pero creo que debe conocerle. Dígame, ¿a quién quiere que coloque al otro lado?

—A usted —dijo él sin pensarlo.

—Esperaba que respondiese eso —dijo Nova, esbozando una sonrisa.