Rock Star
Capítulo 60
RAFAELLA
1987
Rafaella observaba al hombre sentado detrás de su escritorio antiguo: Marcus Citroen. Él había tomado su futuro en sus manos y lo estaba manejando bien. El destino había entrecruzado sus vidas durante años.
—Bueno, querida —dijo Marcus triunfante—, te dije que podría hacerlo y ahora estoy encantado de informarte que tu single Perfume Nights ocupará el primer puesto la semana próxima en seis países diferentes, incluidos los que verdaderamente interesan: Inglaterra y Estados Unidos.
Ella se puso en pie, fue hacia la ventana y contempló la vista. La oficina de Londres de Marcus Citroen daba a Hyde Park. Era un helado día de febrero, y soplaba el viento; la gente, arropada con abrigos y bufandas, pasaba apresurada.
En días como éste, ella muchas veces añoraba Río. Pero ¿qué había dejado allí en realidad? Nada… nada…
El carnaval vino y se fue. Marcus Citroen vino y se fue. A pesar de Tinto, Rafaella se negó a hablar con él.
—Eres una tonta —dijo Tinto—. Él podría hacer de ti una estrella internacional.
—¿Y Luiz? Nosotros somos un equipo. Trabajamos juntos o no trabajamos.
—Mira, Rafaella, creo que deberías pensar en tu futuro.
—Luiz es mi futuro.
—Quizá sí y quizá no.
Él no sabía cómo decirle que mientras ella se hallaba en Inglaterra, Luiz había estado saliendo con la muy adinerada Vivienne Ricardo, conocida por su público como la reina de las telenovelas.
—Deja de lado tu negatividad —dijo Rafaella alegremente—. Y comienza a planificar una boda.
Él no podía ocultar su sorpresa.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—¿Y qué es pronto?
—Serás el primero en saberlo.
Luiz había estado un tanto silencioso desde su regreso de Inglaterra. Ella pensaba que el álbum iba a estar terminado para entonces, pero él pasaba la mayoría de las noches en el estudio.
—Iré contigo —sugirió ella.
—Te aburrirás. Son sólo detalles técnicos.
—En casa me aburro.
—Ah, mi pequeña carioca inglesa —dijo él, cariñoso—. Estás aburrida. Ten un poco de paciencia. Luiz está trabajando para los dos.
Ella sabía que el álbum era muy importante para él. Él lo había producido y había escrito cuatro de las canciones. Naturalmente, estaba preocupado por cada detalle. Cuando apareciera, finalmente podría descansar.
Rafaella hubiera querido preguntarle de nuevo por su esposa, aquella anciana que agonizaba en su asilo, pero le parecía algo cruel y permanecía en silencio, esperando a que él decidiese hablar del tema. Debía de ser muy penoso para él. Ella no quería aumentar su carga.
Una noche, Luiz no regresó a casa. Cuando ella despertó, él no estaba a su lado. Lo llamó y lo buscó por el apartamento. Jon Jon ya había ido a la escuela, y Constanza, la criada, estaba fregando el suelo de la cocina.
—El señor no está —dijo Constanza.
—Debe de haber dormido en el estudio —dijo Rafaella, e inmediatamente se preguntó por qué estaba dando explicaciones a la criada.
Cuando llamó al estudio, nadie respondió. Llamó entonces a Tinto a su casa.
—Luiz ha desaparecido —le dijo medio en broma—. ¿Tienes idea de dónde puede estar?
Tinto hubiera deseado poder decirle: «Intenta buscarlo en la cama de Vivienne Ricardo». Todo el mundo en la ciudad hablaba del romance de Luiz con la atractiva y madura actriz, pero nadie se atrevía a decírselo a Rafaella. Tinto vaciló:
—Bueno… no sé.
—Dame el teléfono —le ordenó su esposa, María—. Rafaella, querida, encontrémonos hoy para almorzar. Hay cosas que debes saber.
Antes de que se encontrasen y pudieran hablar, la noticia estaba en todas partes: Luiz Oliveira y Vivienne Ricardo se habían casado secretamente esa mañana.
—Adoro Londres —murmuró Rafaella.
Marcus se levantó del escritorio y se sentó junto a ella.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Te acabo de anunciar que tu disco ocupará el primer puesto en todo el mundo. ¿No comprendes lo que eso significa?
Volviéndose hacia él, ella preguntó:
—¿Significa que seré una estrella?
—Sí.
—¿Famosa?
—Sí.
—¿Rica?
—Es posible. Si yo te aconsejo.
Si yo te aconsejo… No era la primera vez que decía esas palabras.
—Quiero una cita con Marcus Citroen, Tinto.
—Ya es tarde. Ha regresado a los Estados Unidos.
—Llámale.
—Con todo el respeto, Raffi. Posiblemente él ya no recuerde el interés que tuvo en algún momento.
—¡Qué buen representante! —dijo ella sarcástica—. ¡Cuánto entusiasmo!
—Puedo intentarlo.
—Hazlo.
Marcus Citroen la recordaba. Sugirió que ella volara a Nueva York para hacer la prueba. Tinto estaba feliz.
—Olvídalo —dijo Rafaella—. Dile que él venga aquí.
—No seas tonta —discutió Tinto—. No tienes idea de lo importante que es ese hombre.
—Sí, lo sé. Díselo de todos modos.
El instinto le decía que Marcus Citroen haría todo lo que ella quisiera.
Hubo una semana de silencio, luego de la cual Phoebe, la secretaria personal del señor Citroen, llamó a Tinto para informarle de que el señor Citroen tenía más negocios en Río y estaría allí en diez días.
Rafaella sólo asintió cuando Tinto, jubiloso, se lo contó. Él tenía muchos planes acerca de cómo abordar a ese hombre tan importante y qué estrategia usarían para lograr el mejor contrato.
—No —dijo Rafaella—. Quiero verme con él a solas.
Tinto meneó la cabeza, sorprendido. Rafaella era una muchacha extraña y maravillosa. Él no podía comprenderla. Cuando Luiz se casó con Vivienne Ricardo, todos esperaban que se derrumbara, que explotara, que se pusiese histérica, que hiciera algo. No, Rafaella no hizo nada de eso. Sólo dijo:
—Luiz debe hacer lo que tenga que hacer.
Y eso fue todo.
Informó a Tinto de que nunca más actuaría con Luiz y le pidió que cancelase todos sus compromisos.
—¿Y qué sucederá con el nuevo álbum? —preguntó el agente, afligido—. Debéis hacer promociones individuales.
Ella sólo dijo no y pidió ver a Marcus Citroen.
Ahora estaba todo arreglado y ella decía que no quería que Tinto estuviera presente. ¡Qué muchacha tan peculiar! Él no discutió. Rafaella tenía su modo particular de hacer las cosas.
Marcus Citroen y Rafaella Le Serre se encontraron en la suite que Marcus ocupaba en el Copacabana Palace. Ella era aún más bella y exótica de lo que él recordaba. Él era un viejo incluso más verde de lo que ella pensaba, con su expresión lasciva y sus ojos escrutadores.
—Bueno, querida, parece que nuestros caminos se vuelven a cruzar —dijo él—. Cada día estás más hermosa.
Ella lo miró fijamente, con sus ojos verdes desafiantes. Sabía exactamente lo que quería de Marcus Citroen. También sabía lo que él quería de ella.
Por un instante pensó en Luiz. Por lo que a ella concernía, podía quemarse para siempre en el infierno. Nunca más permitiría que un hombre la hiriese.
Querido, encantador y maravilloso Luiz. Malnacido. ¡Basta! Le había mentido desde el primer día. Un detective privado había averiguado la verdad, porque ella necesitaba saberlo.
No se llamaba Luiz Oliveira, sino Lupe Veira, y era un muchacho de la favela.
Ésa había sido la única parte cierta de su relato. Tenía treinta y dos años y no veintiséis como decía.
Luiz Oliveira o Lupe Veira. Un ladrón convicto y un hombre dedicado a la prostitución masculina. Se había casado dos veces antes de Vivienne Ricardo. Su primera esposa había sido Juana, la muchacha que trabajaba para ella, y de quien él había dicho que era su hermana. La segunda vez se había casado con una mujer anciana de San Pablo, que había muerto a las seis semanas, dejándole toda su fortuna. Sus hijos, ya mayores, habían cuestionado el testamento de su madre, y al cabo de meses de pleito, él había recibido sólo una miserable suma de dinero. Seis semanas después él volvió a entrar en la vida de Rafaella.
¿Fue por casualidad o lo tenía planeado?
Ella no lo sabía ni le importaba. Sólo sabía que los hombres la había utilizado y ahora ella pensaba hacer lo mismo.
—Marcus —dijo fríamente—, puedo llamarte Marcus, ¿verdad?
Él restregó su pulgar y su índice y la miró con lascivia.
—Claro, querida.
—¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
El sudor empapaba su cabeza calva. La chica tenía todo lo que él necesitaba. Una fuerte sensualidad combinada con una cierta frialdad y esa hermosa piel oscura. De algún modo le recordaba a Nova en la época en la que él la había conocido. Tenía ese aire exótico que le atraía.
Por supuesto, esta muchacha era diferente. Ella tenía clase y buena crianza. Además, poseía talento.
Rafaella le miró a los ojos.
—Seamos directos —dijo—. Dejémonos de jugar.
—¿Sí?
Por un instante ella volvió a pensar en Luiz y en Eddie. Los dos amores de su vida. Dos desgraciados. Dos hijos de perra.
—Marcus —dijo con firmeza—, yo quiero tu poder. Tú quieres mi cuerpo. Tal vez podamos hacer un trato.
Bueno —dijo Marcus rodeándola con el brazo—. Yo he cumplido mi parte del trato. Ahora, querida, creo que es hora de que tú también cumplas.
—Aún no, Marcus —dijo ella, deshaciéndose de su abrazo—. Necesito constatar que todo funciona.
—No intentarás volverte atrás, ¿verdad?
—No.
Rafaella estaba jugando con él. Tal vez no se daba cuenta de que estaba jugando con el más experto de los jugadores. Perversamente, Marcus disfrutaba de su carácter independiente. Una mujer que lo hacía esperar era algo diferente. Era una verdadera diversión. Por lo visto, ella no tenía ni idea de su poder. Él tendría que enseñarle, y esperaba ansiosamente el momento de la primera lección.
—Actuarás en la fiesta de recaudación de mi esposa en julio —decidió él con una leve sonrisa—. Allí consumaremos nuestra relación. Y estoy seguro de que será larga y satisfactoria para ti. —Luego hizo una pausa llena de intenciones y añadió—: Para los dos.