Rock Star
Capítulo 33
BOBBY MONDELLA
1979
La voz de Aretha Franklin llenaba la discoteca. Cantaba Respecto. Nadie lo hacía mejor.
La pista de baile estaba atestada de parejas en distintas etapas de acercamiento. El humo llenaba el aire y el champaña fluía libremente.
—¡Qué lugar! —exclamaba Nichols, mirando orgullosamente su palacio Art Déco con fantásticos juegos de luces—. Es un local de gran clase, ¿no?
—Sí —acordó Bobby.
—Mucho mejor que el viejo Chainsaw —alardeaba Nichols.
Bobby bebía su copa de champaña y asentía. Todavía estaba pensando en el ridículo ofrecimiento de Nichols Kline. Bueno… tenía que ser ridículo. Nichols le ofrecía la tierra y el cielo, además de la luna y las estrellas. Era increíble.
Por supuesto, él diría que no, tenía que decir que no después de todo, él tenía un contrato con Blue Cadillac.
—No hay problema —había dicho Nichols, imperturbable—. Tengo buenos hombres de negocios en mi compañía. Ellos te comprarán Blue Cadillac. Sólo tienes que darme tu palabra.
—Lo pensaré.
Dejaría el asunto así.
Ahora Nichols estaba jugando al gran anfitrión, llevándoles él mismo todo lo que pudieran necesitar, y tratando incluso de empujar hacia ellos a cualquier buscona disponible.
—Este tipo ya era una basura antes —murmuró Rocket, irritado—, y lo sigue siendo. Creo que ha llegado el momento de irse, ¿qué dices, Bobby?
—Cuando quieras.
Pero ya era tarde. Una cámara de televisión estaba sobre ellos y Nichols les decía:
—Vamos, muchachos. Hacedme un pequeño favor. Por los viejos tiempos. Decid que éste es el mejor local en el que habéis estado nunca.
Nichols transpiraba profusamente con sus pantalones marrones de cuero y su camisa rosada, adornada con una colección de cadenas de oro macizo que pendían de su cuello. Los rizos de color de orín habían desaparecido dando lugar a una lustrosa calva. La nariz de Capitán Garfio se había afilado aún más. Tenía cuarenta y siete años y seguía siendo un semental, aunque había cambiado a sus chicas de una noche por una inglesa rubia con fuerte acento suburbano y tetas blandas.
—Ésta es Pammy —la había presentado orgullosamente—. Estamos comprometidos a comprometernos.
Pammy Booser era una supuesta fotógrafa, antes modelo de desnudos (sólo tetas y trasero, nada de fotos porno). Ella avanzaba sobre cualquier hombre que hubiese en las inmediaciones cada vez que Nichols se volvía.
Nichols estaba encantado con ella porque pensaba que había encontrado una dama de gran clase y muy inteligente. Ella decía de sí misma que era escritora, pero en realidad lo único que había escrito era un poco de pornografía acerca de la prostitución masculina (había probado tres) para una revista. En otra época había frecuentado la homosexualidad femenina, el sexo colectivo, los deportes acuáticos y todo lo imaginable, y ahora había decidido escribir acerca de esas cosas, pero, como en realidad no sabía escribir, hacía que Nichols le pagara todas las facturas.
En ese momento en realidad no sabía si decidirse por Rocket o por Bobby. Finalmente se decidió por Rocket, porque pensaba que a la larga una estrella de cine era una mejor conquista que una estrella del rock.
Mientras entrevistaban a Bobby, ella dijo al oído de Rocket:
—Debes saber que no soy propiedad privada de Nichols.
En realidad a él no le interesaba en absoluto. Sólo su voz podía espantar a alguien. Además, no era ninguna pollita. Había recorrido un largo camino.
—Vete —dijo él—. No compro cosas usadas.
—Encantador —le espetó ella.
Él la fulminó con la mirada, e hizo una seña a Bobby para indicarle que era el momento de irse.
En ese instante la reportera de televisión se dirigió a él.
—Por favor —le pidió—. Sólo unas palabras. Es muy importante para mí que usted aparezca en mi programa.
Era negra y bonita, justo su tipo. Aceptó.
Sonriendo, Bobby se dirigió a los lavabos de hombres, donde recibió una sorpresa al descubrir a Seymour, el rey de la Sala Privada del Chainsaw.
—¿Cómo estás, hombre? —preguntó con auténtica alegría.
Seymour, que tenía ya sesenta y tantos años, movió la cabeza respetuosamente.
—Buenas noches, señor Mondella. Cualquier cosa que necesite, dígamelo. Estoy aquí para servirle.
El viejo no le recordaba. Y realmente no tenía por qué hacerlo. Habían hablado muy pocas veces. Seymour era el rey de la planta alta, mientras que Bobby era tan sólo un gordito que atendía las masas. Le gustó el hecho de que Nichols hubiese vuelto a colocar a Seymour después de tantos años. Indicaba cierto tipo de lealtad.
Antes de irse, le dio al viejo un billete de cien dólares, recordando cuando Jefferson Lionacre había hecho lo mismo con él, dándole ese dinero en un momento particularmente duro de su vida. Nunca había olvidado esa noche, ni las palabras alentadoras que le había dicho: «Hoy estás aquí, mañana el mundo puede ser tuyo». Cuánta razón tenía el famoso cantante.
—Muchísimas gracias, señor Mondella —dijo Seymour.
Cuando salió de allí se topó con Pammy Booser, que trataba de hacer parecer casual el encuentro.
—Bobby —dijo alegremente, como si fueran amigos de toda la vida—. ¿Por qué no vamos a un lugar tranquilo tú y yo?
Era una buscona burda y barata.
—¿Y qué hay de Nichols? —preguntó él, intrigado por cuál sería su respuesta.
—Él —dijo ella despectivamente— se las puede arreglar sin mí por una noche — y lanzó a Bobby una mirada hambrienta—, o más, depende.
Mujeres… ésta era realmente una pesada.
—No, estaba pensando en la fidelidad —dijo—. Nichols te es fiel. ¿Por qué no aprendes tú?
Cuando volvió a la mesa, Rocket se había esfumado con la reportera.
—Dice que te llamará mañana. ¡Qué velocidad!
—Siempre la tuvo.
—Sí. ¿Recuerdas a él y a Sharleen? Mira lo que sucedió con ella —dijo Nichols, entusiasmándose con su helado de crema de chocolate—. ¿Sabes algo? El Chainsaw fue como un criadero de talentos. Tú, Rocket, Sharleen… ¡Qué equipo!
Bobby asintió, aunque no recordaba que ellos hubiesen sido un equipo feliz.
—Creo que inspiré a todos a llegar lejos —suspiró Nichols con satisfacción.
—Tú me despediste.
—No.
—Desde luego que lo hiciste. Tienes mala memoria.
—Lo hice por tu bien. Mírate ahora.
—Muchas gracias.
—A la que más recuerdo es a Sharleen —dijo Nichols lamiéndose lascivamente los labios—. Tenía un trasero tan jugoso… No olvidaré lo que hice con ella tres horas seguidas.
—¿Qué? —preguntó Bobby, sintiendo frío en la espalda.
—Me acosté con esa chica durante más tiempo que nunca con una mujer. ¡Mierda! Hubiese necesitado un camión frigorífico para enfriarme el miembro.
—¿Cuándo? —preguntó Bobby, convencido de que mentía.
—¿Cuándo? ¡Qué sé yo! Supongo que cuando comenzó a trabajar para mí. —Y añadió introduciendo más helado en su boca—: Siempre fue una chica ambiciosa. Sabía que lo haría. Ahora ni siquiera atiende al teléfono. Yo quería que viniese esta noche. Así hubiéramos tenido una reunión completa.
El pensar en Sharleen con Nichols le revolvía el estómago. Ya no quería escuchar más.
—Oye —dijo, levantándose—. Lo de esta noche ha sido muy interesante, pero ahora mismo tengo una cita con mi almohada. Mañana grabamos.
Nichols parecía decepcionado.
—¿Te vas? ¿Tan temprano? Todavía no ha comenzado la fiesta.
—Pues tendrá que comenzar sin mí.
Abandonando su helado, Nichols se levantó y tomó una mano de Bobby entre las suyas.
—Muchacho. Eres un verdadero amigo. Te agradezco mucho que hayas venido hoy. Y no te pierdas. ¡Wendy! —llamó a una camarera alta, con un traje de lamé ajustado—. Ve a la recepción y trae el carnet de socio del señor Mondella. Y asegúrate de que lleve el número uno.
—Debo irme —dijo Bobby.
—Sí. Un minuto. ¿Dónde está Pammy? Seguramente querrá despedirse. — Detuvo entonces a otra camarera—. ¿Dónde está la señora Booser?
—No lo sé, señor Kline.
—Búsquela y tráigala aquí.
—Sí, señor Kline.
—Bobby —dijo Nichols inclinándose hacia él—. Piensa en mi oferta. Es la mejor. Nosotros somos los mejores. ¡Seríamos una combinación perfecta!
—Seguro —dijo Bobby, que ya estaba harto del ruido, del humo y de las revelaciones de Nichols.
Apareció entonces Pammy, con la sonrisa bien puesta. Nichols nunca sabría todo lo que había hecho ella durante su ausencia de diez minutos.
—Adiós —dijo ella con un gesto afectado.
—¡Qué muchacha! —exclamó Nichols pellizcándole la mejilla.
Bobby salió de allí, fue en su limusina a casa y se acostó con un vaso de whisky al lado. Poco después se revolvía en la cama, no conseguía dormir. Había sido una noche perturbadora. Demasiados recuerdos. Demasiados tiempos pasados. Tendría que levantarse y tomar una ducha tibia. Sólo así se sentiría mejor. Finalmente se durmió.