Rock Star
Capítulo 15
RAFAELLA
1975
—¿Recuerdas cuando trataste de matarte? —preguntó Odile Ronet. Al igual que Rafaella, era bilingüe. Hablaba inglés sin el más mínimo rastro de acento francés.
—¿Y tú recuerdas cuando intentaste masturbarte? —replicó Rafaella, ácida.
—¡Hummm! A ninguna de las dos nos salió demasiado bien.
—¡Por Dios! —exclamó Rafaella.
—Hubiese sido un gran desperdicio —aseguró Odile, mirándose en un espejo que la reflejaba de cuerpo entero.
Odile había ido de visita desde París. Pasaban juntas todos los veranos, dividiendo el tiempo entre ambas familias, desde que vivían en países diferentes. La madre de Odile, Isabella, también se había vuelto a casar.
—Sí —acordó Rafaella colgándose del brazo de su amiga, de modo que ambos cuerpos se vieran reflejados.
Eran dos muchachas de quince años, ansiosas de aventuras. Las dos eran esbeltas y de piernas largas. Las dos eran espléndidas promesas de futuro y allí acababa el parecido. Rafaella era morena y Odile era rubia. Rafaella era exótica y Odile tenía una belleza sencilla.
Eran grandes amigas y entre ellas no había secretos. Compartían más que una amistad: compartían una tragedia que nunca olvidarían.
—Mis pechos son más grandes que los tuyos —anunció Odile, echando los hombros hacia atrás para obtener un mejor efecto.
—No lo son —objetó Rafaella.
—Claro que sí.
—Claro que no.
—Fíjate.
Odile se levantó el sujetador, mostrando unos pechos pequeños y firmes, libres del sostén.
—¡Ajá! —exclamó Rafaella, desabrochándose la camisa—. Mira los míos.
—¡Fabulosos! —exclamó una voz masculina desde la puerta—. ¡Realmente fabulosos!
—¡Rupert, eres una basura! —gritó ella, cerrándose la camisa mientras Odile se bajaba el suéter—. Te he dicho que nunca entraras en mi cuarto sin llamar. ¡Nunca!
—La puerta estaba entreabierta —aclaró Rupert Egerton, hijo y heredero de Cyrus, Lord Egerton, magnate periodístico.
—¿Y qué? —chilló Rafaella, furiosa—. ¿Entonces, qué?
—Bueno… y ¿qué estáis haciendo vosotras? ¿Comparándoos? Apuesto a que sois una pareja de lesbianas.
—¡Vete a la mierda, Egerton!
—Estoy aburrido —dijo él sentándose en la cama.
A los diecinueve años Rupert era una imagen más joven pero exacta de su padre, su abuelo y su bisabuelo. Antiguos retratos de ellos decoraban las salas del castillo de los Egerton. La herencia de Rupert era inconfundible. Era alto y pelirrojo, y cientos de pecas cubrían su piel blanca y sus rasgos patricios. Lo único que no había heredado era la tartamudez, propia de la familia Egerton.
Cuando Anna, la madre de Rafaella, se casó con Cyrus, la muchacha creyó morir, y durante un año entero rehusó aceptar la existencia de Rupert, hasta que un día estaban cabalgando y él espantó el caballo de Rafaella, haciendo que éste la arrojase a un fangoso suelo.
—¡Te odio! —gritó ella—. ¡Estúpido pecoso!
—¡Lo mismo digo! —le contestó Rupert—. ¡Eres una mocosa presumida! Ojalá nunca hubieras venido aquí.
Rafaella rompió a llorar. Ella tenía sólo trece años y él era un grandullón de diecisiete. La muchacha nunca había pensado que él tampoco la quería allí.
Después de este episodio empezaron a hablarse, al principio bruscamente, pero pronto se dieron cuenta de que tenían algunas cosas en común, como montar a caballo y la música jazz y un odio compartido hacia los guisos que preparaba la cocinera. Un día estaban sentados en la sala y él comenzó a hablar acerca de la herida que produce la pérdida de uno de los padres. La madre de Rupert había muerto ahogada en un accidente de navegación cuando él tenía seis años, exactamente la misma edad que tenía Rafaella cuando perdió a su padre, víctima del atentado terrorista.
De pronto se sintieron muy cercanos el uno al otro y, a partir de ese momento, Rafaella quiso a Ruperte como si fuese su propio hermano. Por supuesto, al igual que un hermano verdadero, podía ser muy molesto, tal como lo era ese día.
—Rupert —dijo Rafaella, brusca—. Me tiene sin cuidado si te aburres. Odile y yo podemos vernos muy pocas veces. Así que si te aburres, por favor, ve a aburrite a otra parte.
—Sí —acordó Odile—. ¿Por qué no te vas por ahí y te pones a leer el National Geographic?
—Nadie lo lee ya —replicó Rupert—, especialmente si puede ver en su casa blancos o casi blancos pechos humanos.
—Vete a la mierda, Egerton —repitió Rafaella.
—Hummm… justo cuando pensaba invitaros a pasar una noche en el centro de Londres —dijo como de pasada, mientras se levantaba y se dirigía hacia la puerta—. Pero si queréis que me vaya…
—¿Es eso cierto? —preguntó Rafaella, suspicaz. No quería que les pusiera delante la zanahoria y la retirase en el último momento.
—Yo no hago invitaciones falsas —respondió Rupert, ofendido.
—Sí las haces —discutió Rafaella.
—Por supuesto que no.
—Chicos, no perdáis el tiempo discutiendo —terció Odile—. Una noche en Londres suena divino. La respuesta es sí, Rupert. Sí, sí, sí.
A Rafaella le gustaba mucho ir a Londres, aunque sólo solía hacerlo durante el día con su madre. Siempre almorzaban en Harrods, hacían compras por las calles de Knightsbridge y tomaban un delicioso té en Fortnum & Mason. A veces Lord Egerton pasaba a buscarlas y cenaban en su restaurante favorito en el que Rafaella siempre pedía ensalada de cangrejo.
Varias veces se había escapado de la escuela y había viajado a Londres con una amiga. Habían caminado por Kings Road mirando a los punks, con sus pelos colorados y verdes, sus maquillajes exóticos y sus ropas estrafalarias, que caminaban junto a muchachas elegantes, que lucían sus perlas y sus zapatos de Gucci. Después habían pasado horas oyendo discos de moda y habían regresado a casa.
Pero el Londres de Rupert era completamente diferente. Las llevó a San Lorenzo, un restaurante italiano de moda, donde parecía conocer a todo el mundo.
Mara, la afable propietaria, lo cogió cariñosamente por la barbilla, diciéndole:
—Parece que te gustan jóvenes, ¿eh? —Y añadió un guiño cómplice.
—Es mi hermana, Mara —respondió él justificándose—. Rafaella, saluda a la señora Mara. Ella dirige este lugar con mano de acero. Todos le tenemos pánico. — Tímidamente Rafaella estrechó la mano de la mujer.
—¿Es tu hermana, Egerton? —preguntó desde un rincón un hombre alto—. ¿Y desde cuándo tienes tú una hermana?
—Desde que mi padre se volvió a casar —respondió Rupert—. Rafaella, quiero que conozcas a Eddie Mafair; es un verdadero tormento. Y Eddie… ésta es Odile Ronet. Mantente alejado. Un día me casaré con ella.
Odile y Rafaella se miraron sorprendidas.
—¿Nunca te lo había dicho? —preguntó Rupert con aire de naturalidad—. Se me debe de haber olvidado.
Comieron ensalada de champiñones y pasta y de postre, sambayón. Rafaella distinguió entre la concurrencia a dos estrellas de cine, un famoso jugador de tenis, varios actores ingleses y el famoso Del Delgardo, cantante de los Nightmares.
—Creo que estoy soñando —dijo a Odile—. ¿No es maravilloso este Del Delgardo?
—Es horrible —replicó Odile con un fingido escalofrío—. Fíjate en sus dientes.
—¿Qué importan los dientes? Todo lo demás es perfecto.
—¿Y cómo lo sabes?
—Puedo imaginarlo…
—Es viejo —insistió Odile—. Debe de tener por lo menos treinta.
—Eso no es ser viejo.
—Es tener un pie en la tumba.
A veces hasta las mejores amigas consiguen exasperarse. Rafaella lanzó a Odile una mirada fulminante.
Después de la cena, Eddie Mafair se acercó de nuevo a la mesa y sugirió:
—Nos vamos todos al Annabel, ¿por qué no venís con nosotros?
—¿Podemos? —preguntaron al unísono Rafaella y Odile, volviéndose esperanzadas hacia Rupert.
—No sé —respondió él dubitativo—. Supongo que debería llevaros de vuelta a casa.
—¿Por qué? —preguntó Rafaella, ansiosa. Eddie le parecía terriblemente atractivo, y no podía imaginar nada mejor que pasar la velada con él—. Mi madre y tu padre están fuera este fin de semana. Nadie nos espera.
—Es verdad.
—¿Entonces? —preguntaron las muchachas.
—Bueno —decidió él—. Pero tendremos que compartir la cuenta. Yo no estoy forrado.
El Annabel representaba un mundo que las muchachas nunca habían visto antes. Era un club nocturno muy sofisticado. Ponían música de los Beatles, David Bowie, Aretha Franklin, Jefferson Lionacre, Gary Glitter, Olivia Newton-John y Del Delgardo de Los Nightmares.
—¡Oh, adoro las discotecas! —exclamó Odile, extasiada—. Estuve en el Club de París. Mi madre me llevó cuando cumplí quince años.
Rupert levantó las cejas, como si en ese momento se percatara de lo jóvenes que eran.
—Por Dios —pidió—. Si alguien os pregunta la edad, decid que tenéis dieciocho.
—Claro, Rupert —respondió Odile, obediente.
—Y yo tengo veintiuno.
Rafaella asintió, paseando su mirada por el lugar.
—¿Y qué edad tiene Eddie? —preguntó inocentemente.
—Es demasiado viejo para ti.
Se unieron a Eddie Mafair y a un grupo de amigos. Las chicas que estaban sentadas a la mesa con él se parecían mucho a las que Rafaella solía ver paseando por Kings Road. Rafaella lamentó ir vestida como iba, con una minifalda negra y un polo blanco, aunque ciertamente aparentaba más edad de la que tenía.
—Tomad un trago —ofreció Eddie, llenándoles el vaso.
Rafaella se dio cuenta de que ella también le gustaba a Eddie, y sintió que le recorría un escalofrío. Rupert estaba sentado un poco más lejos, junto a Odile. Probó la bebida. Sabía deliciosa.
—Tómatela toda —dijo Eddie, mirándola a los ojos—. Ésa es mi chica.
Ella estudió su cara. Le parecía muy guapo, con su rostro pálido y su cabello largo castaño claro. Iba vestido de manera informal, con una chaqueta azul, una camisa blanca, pantalones oscuros y una corbata rayada azul y roja. Según ella no debía de ser más que uno o dos años mayor que Rupert.
—Vamos, Eddie —dijo la muchacha sentada a su lado—. Vamos a menearnos.
—Discúlpame, Fiona —respondió Eddie—, pero he prometido este baile a Rafaella.
—¡Uf! —dijo Fiona, nada complacida—. Es que yo adoro The Who.
Rafaella soltó una risita. No podía imaginar que Fiona adorara otra cosa que no fuera caminar por el campo con un perro labrador lamiéndose los talones.
—¿De qué te ríes? —preguntó Eddie.
—De nada.
Eddie la cogió de la mano y se puso en pie.
—¿Bailamos?
—Yo adoro The Who —se burló Rafaella.
—Bueno, bueno —repuso él, divertido.
Bailaron durante toda la noche música movida y lenta. También bailaron samba y un vals, hasta que, a la una de la mañana, Rupert, muy irritado, insistió en que debía llevarlas a casa.
—Quiero verte de nuevo —susurró Eddie en el oído de Rafaella—. Te telefonearé muy pronto.
Ella asintió, aunque sabía muy bien que si un hombre mayor que ella y sofisticado como Eddie la llamaba para concertar una cita, su madre se opondría. Lo único que le permitían era ir al cine y en grupo. Muy a su pesar, sólo una vez la habían besado. El muchacho en cuestión había sido un ayudante del jardinero razonablemente apuesto. Sin embargo, el hecho de que tuviera un diente negro y le faltara un dedo había arruinado la aventura.
Odile se moría por saber lo que había pasado, pero logró contenerse hasta que Rupert se retiró a su cuarto y las dejó solas.
—¡Bueno! —exclamó entonces—. Cuéntamelo todo. Y no dejes de lado ningún detalle.
Rafaella se dio cuenta de que no había demasiado que contar. Después de todo, solamente habían bailado.
—Dice que quiere telefonearme.
—Por supuesto que quiere —se entusiasmó Odile—. Y seguramente también quiere hacerte el amor apasionada y locamente.
—No lo sé.
—Deberías saberlo.
—¿Cómo?
Odile puso los ojos en blanco.
—Has bailado con él todas las melodías románticas. —Entonces vaciló un instante, hasta que se atrevió—: ¿Estaba… ya sabes… excitado?
—¡Qué pregunta!
—Bueno… ¿lo estaba?
Rafaella se sintió avergonzada. Sabía que se estaba ruborizando, a pesar de que Odile era su mejor amiga y se contaban todo.
—Sí —dijo finalmente—. La tenía dura como el hierro.
—¡Dios mío! Y si te llama, ¿saldrás con él?
—Sí —contestó Rafaella, desafiante—. ¿Por qué no?