Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 39 de 67

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Capítulo 39

RAFAELLA

1981

En seis meses Rafaella estaba instalada en Río de Janeiro, como si hubiese vivido allí toda su vida.

—Adoro este lugar —decía a Odile—. Nunca me iré.

Odile la escuchaba con una sonrisa. Ella estaba embarazada de su primer hijo y también se sentía muy feliz.

—Nunca digas nunca. Pero te diré algo. Si no fuese por la pobreza que nos rodea, yo tampoco quisiera dejarlo nunca.

Rafaella asintió. Era verdad. Una sociedad opulenta que vivía en una ciudad exquisita, pero rodeada del vecindario más terrible que se pudiera imaginar. Eran las favelas. Las fangosas laderas de los morros estaban atestadas de diminutas casuchas miserables. Allí vivían generaciones enteras hacinadas en pocilgas infestadas de ratas.

—Lo sé —acordó—, es chocante.

—Pero no es problema nuestro —suspiró Odile—. No debemos permitir que nos afecte.

—Posiblemente —dijo Rafaella, pero en el fondo pensaba que tal vez pudiesen hacer algo.

Cuando llegaron a Río de Janeiro, ella y Jon Jon vivieron durante seis semanas en la confortable casa de Odile y Rupert, pero enseguida comenzaron a buscar apartamento para ellos. Entonces ella telefoneó a su madre a Londres para decirle que se quedaría allí, y dio instrucciones a sus abogados para que iniciaran los trámites de divorcio de Eddie Mafair.

Anna se sintió más que aliviada.

—Yo notaba que las cosas no iban bien —dijo, comprensiva—, pero ¿por qué irte tan lejos? Hubiese bastado con que te mudaras al campo con nosotros.

Rafaella decidió que era demasiado complicado explicarle que necesitaba distanciarse, espacio para respirar. Por primera vez en su vida deseaba ser completamente independiente.

El dinero no era un problema. A los veinticinco años ella heredaría una buena suma de dinero de su padre, e incluso a los veintiuno, lograría que los abogados ingleses le adelantasen lo que necesitara.

Encontró un apartamento moderno y muy soleado, con una magnífica vista al mar, cerca de la playa de Copacabana, y se mudó allí junto a Jon Jon y una niñera inglesa que Anna le envió.

¡Por fin sería libre! No había tenido noticias de Eddie, lo que no la sorprendía. ¿Qué podía haber dicho él? Después de haberlo sorprendido in fraganti, difícilmente hubieran llegado a ponerse de acuerdo en algo.

—¿Qué sucedió? —insistía Odile en saber.

—No lo sé, ni me importa. Sólo que no quiero ver nunca más a Eddie.

—Hummm —dijo Odile—. Pero tendrás que permitirle que vea a Jon Jon.

—Veremos —dijo misteriosamente Rafaella, que sabía que no tendría que hacerlo.

Ella no reveló a nadie la homosexualidad de Eddie. Era un secreto, y en tanto que él no le causase ningún problema, lo seguiría siendo. Durante seis meses él había permanecido en silencio. Los trámites de divorcio se desarrollaban sin problemas.

En Río se hizo muchos nuevos amigos. Al principio frecuentaba un grupo de parejas jóvenes de Odile y Rupert, y rechazaba sistemáticamente a todos los solterones disponibles que Odile le presentaba. Sin embargo, pronto se sintió aburrida, y consiguió trabajo en una galería de arte, el mismo tipo de empleo que ella ya había deseado tener en Londres. Esto la llevó a conocer a personas diferentes: artistas, diseñadores, y coleccionistas. Muchos le resultaban interesantes y salió con algunos de ellos. Pero cada vez que un hombre deseaba algo más que charlar con ella, Rafaella daba el asunto por terminado.

La dueña de la galería, una dama divorciada de cuarenta años, le sugirió que probase con hombres mayores.

—Disfrutarás mucho más, querida. Un hombre maduro sabe cómo tratar a una mujer.

Un poco reticente, finalmente aceptó salir con Jorge Maraco, un hombre que por su edad hubiese podido ser su padre y se encontró cómoda en su compañía. No se lanzó sobre ella en la primera cita, lo que le resultó una novedad alentadora. Además, a su manera, era bastante atractivo.

En su segunda cita descubrió que era un industrial millonario, cuya esposa de dieciocho años se había suicidado cuatro años antes.

—Lo lamento —dijo—. Debe de haber sido terrible.

Seis semanas después, le dijo que quería casarse con ella.

—Ha llegado el momento de rehacer mi vida. Y tú, mi querida Rafaella, eres la mujer que necesito.

La negativa de ella le sorprendió. Era un hombre habituado a salirse con la suya. Comenzó entonces a perseguirla abiertamente, enviándole regalos carísimos, que ella devolvió sin excepción, y docenas de rosas rojas todos los días, que daban al apartamento de Rafaella una deliciosa apariencia festiva.

—¿Qué sucede? —preguntaba Odile, ansiosa—. Sabes que se trata de un hombre muy importante.

—Y muy agradable —decia ella sinceramente—. Pero no es para mí.

—Creo que es demasiado viejo. He oído decir que tiene una hija de nuestra edad.

—La edad no importa.

—Sí que importa.

Una semana más tarde Odile dio a luz a su primer hijo, una niña de cuatro kilos y medio y ojos azules. Rupert necesitó mucho apoyo. Estaba terriblemente nervioso, sobre todo cuando al regresar del hospital a su casa descubrieron que la niñera que habían contratado no tenía experiencia.

—¿Qué vamos a hacer? —se lamentaba Odile.

—No os preocupéis —dijo Rafaella—. La niñera de Jon Jon vendrá a trabajar con vosotros, y yo me quedaré con la vuestra. Después de todo Jon Jon se pasa la mayor parte del día en la guardería y ya no necesito una niñera.

Era una solución muy sensata. Todos estaban contentos excepto Jorge, que no cesaba de preguntar a Rafaella quién era esa muchacha que tenía en casa cuidando a Jon Jon, sin experiencia ni referencias.

—No hay problema —respondía Rafaella—. Su tía trabaja con el socio de Rupert.

—Pero no es eficiente —decía él secamente.

La chica se llamaba Juana. Menuda y callada, trabajaba muy duro, limpiando el apartamento y cuidando a Jon Jon, que enseguida la aceptó. Vivía en casa de Rafaella de lunes a viernes, y los fines de semana se iba a su casa. Para Rafaella eso era perfecto. Los fines de semana prefería estar sola con su hijo, llevarlo a la playa y jugar con él.

Jorge Maraco seguía cerca de ella, esperando pacientemente llegar a ser algún día algo más que un atento acompañante. Ella conoció a su hija Cristina y a muchos de sus amigos, y solía visitarle en su mansión fuertemente custodiada. Jorge tenía pánico a los secuestradores. Con él, Rafaella se sentía muy segura. Él la protegía de todo el mundo. Posiblemente cuando obtuviera el divorcio se casaría, ¿por qué no?

Ella nunca se había acostado con él, y él tampoco la presionaba. Era un hombre paciente, y estaba dispuesto a esperar.

Tanto Odile como Rupert se oponían a esta relación.

—Es demasiado viejo para ti, ¿estás loca? Tú no necesitas su dinero. ¿Qué es lo que te atrae de él?

Un lunes Juana no se presentó. El miércoles Rafaella estaba preocupada, ya que no sabía cómo localizar a la muchacha. Sólo sabía que ella y su familia vivían en la favela.

—Tienes suerte de que se haya ido —dijo Jorge—. ¿Qué te robó?

—Nada —replicó ella—. No la juzgues así.

—No entiendes nada, querida —dijo él pomposamente—. Robar es un modo de vida para esa gente. Para ellos no significa nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he vivido cerca de ellos toda mi vida.

—Entonces es una vergüenza que no hayas hecho nada para ayudarles, con todo tu dinero y poder. Creo que el contraste entre la pobreza y la riqueza en este país es una vergüenza.

—¡Oh! Ya veo. Y crees que sabes de lo que estás hablando…

—Sé lo que veo.

—Y probablemente ves sólo lo que quieres ver.

Enseguida se enzarzaron en una violenta discusión, y finalmente Jorge se fue de su apartamento.

Ella preparó la cena para Jon Jon, lo bañó y lo metió en la cama. Ese niño de cabello rizado y brillantes ojos azules era su vida, su futuro. Todo lo que ella hiciese tenía que ser lo mejor para él.

Por un momento su mente viajó a esa fría noche en Londres, hacía ya cuatro años. Kris Phoenix, la típica estrella de rock que sólo se interesaba en sí mismo. Un paseo por Berkeley Square en la limusina. Sexo caliente, rápido. Y su vida había cambiado…

Quizá casarse con Jorge no fuera una idea brillante. Quizá debía primero intentar hacer su vida.

Sonó el timbre, y ella, pensando que se trataba de Jorge, que venía a disculparse, no se molestó en ver quién era.

Abrió la puerta y se encontró frente al hombre más apuesto que jamás hubiese visto. Era un brasileño de su misma edad, con cabello negro, largo y rizado, ojos verdes, y una boca que pedía que la tocasen. Llevaba tejanos, una camisa de trabajo y zapatillas de deporte.

Durante unos instantes se mantuvieron en silencio, mirándose. Era evidente que él estaba igual de impactado que ella. Ella se tocó instintivamente el cabello, que llevaba sujeto en una cola de caballo.

—¿Es usted la señora LeSerre? —preguntó finalmente el muchacho.

Recobrando la compostura, ella asintió. En cuanto había podido se había librado del apellido Mafair.

Él sonrió, mostrando unos dientes blancos. Su sonrisa era irresistible.

Pensar que ella había considerado apuesto a Eddie. No era nada comparado con este hombre.

—¿En qué puedo ayudarle? —dijo, tratando de no mirarle.

—Soy el hermano de Juana.

—¿De quién?

—De Juana. La muchacha que trabaja para usted.

—¡Oh, Juana!

—Tal vez se pregunte por qué no ha venido en toda la semana…

—¿Está enferma?

—Se intoxicó con la comida.

—¡Qué pena!

—Fueron langostinos.

Mientras sostenían esta sencilla conversación, en realidad manejaban otro tipo de lenguaje paralelo, establecido entre sus miradas.

—¿Quiere tomar algo fresco? —preguntó ella rápidamente.

—Podría ser una cerveza, antes de ir a trabajar.

—¿A qué se dedica?

—Soy músico.

—¡Qué interesante! ¿Y qué instrumento toca?

—Varios: guitarra, flauta, y también canto.

—Tiene muchos talentos —dijo ella, sonriendo.

—Si usted lo dice —respondió él, también sonriendo.

—Le traeré su cerveza —dijo ella, preguntándose por qué su corazón latía tan fuerte—. Pase, por favor.

Él la siguió, miró a su alrededor y lanzó un silbido de admiración.

—¡Qué bonito!

—A mí también me gusta —dijo ella, dirigiéndose hacia el frigorífico—. Es cerveza norteamericana. ¿Está bien?

Él asintió y caminó hacia el mostrador que separaba la cocina de la sala.

Ella abrió torpemente la lata y antes de que pudiera evitarlo, la cerveza se derramó. Ambos se apresuraron a coger un paño para secar y se ruborizaron ante el contacto de sus manos. Rápidamente ella sirvió la bebida y le alcanzó el vaso.

—Le diré algo. No es como yo esperaba —dijo el muchacho mientras bebía.

—¿Qué esperaba?

—Juana siempre habla de la gran señora inglesa para la que ella trabaja. La imaginaba más vieja. Y además no parece inglesa.

—Sólo tengo una cuarta parte inglesa. Mi madre era mitad inglesa y mitad francesa. Mi padre era mitad norteamericano y mitad etíope. Vivimos primero en París y luego en Londres.

¿Por qué estaba ella contándole la historia de su vida a un perfecto extraño? Mirándola de un modo desconcertantemente directo con sus ojos verdes, el muchacho le dijo:

—Juana regresará el próximo lunes. ¿Le parece bien?

Ella asintió y añadió:

—Su inglés es muy bueno.

—No es malo. Aprendí solo.

—¿Fue difícil?

—A veces. Pero nada bueno se obtiene sin esfuerzo, ¿verdad?

El muchacho terminó su cerveza y se dirigió a la puerta.

—Adiós, señora LeSerre.

—Adiós —dijo ella, confundida.

Cuando él se fue, Rafaella se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.

 

—¡Dios! —dijo Odile—. ¿Por qué tenemos que ir a ese pequeño club nocturno? No es un lugar de moda.

—No seas tan snob —respondió Rafaella—. Me han dicho que es formidable.

—¿Quién? —preguntó Rupert—. Apuesto a que no fue Jorge.

—Gracias a Dios, Jorge ya no interviene —dijo Odile.

—Pero tu apartamento parece una floristería. Es evidente que el pobre hombre está desesperado.

—¿Ahora es el pobre hombre? —ironizó Rafaella—. Decídete, la semana pasada era lo peor que podía sucederme.

—Es uno de los hombres más ricos de América del Sur.

—¿Y qué? —preguntó Rafaella, desafiante—. Vosotros dos me tenéis harta. A veces es perfecto para mí, y otras veces es lo peor. Además, los dos estuvisteis de acuerdo en que yo no necesito su estúpido dinero.

—Es verdad —dijo Odile.

—Muy cierto —acordó Rupert.

—¿Podemos salir ya? —preguntó Rafaella, impaciente.

Había averiguado el nombre del hermano de Juana. Se llamaba Luiz Oliveira y trabajaba en el club nocturno llamado Pussy Satin. Luego supo que era un lugar para turistas, con bailarinas desnudas y apuestas en la trastienda. No era un local al que ella pudiera llevar a Jorge, por eso había pedido a Odile y a Rupert que la acompañasen.

El Pussy Satin era un lugar muy ruidoso, donde se desplegaba una actividad frenética. Camareras vestidas con colores estridentes recorrían el local con sus escasos atavíos. Había una barra atestada de gente y, sobre un pequeño escenario, una banda tocaba música de samba. En la pista, cuerpos alegres seguían el ritmo.

—¡Dios! —exclamó Rupert—. ¡Qué divas!

—Hola, querido —lo saludó una mujer de pelo rojo con el vientre bronceado y tentador—. ¿Quieres una mesa?

—Creo que sí —murmuró Rupert.

—Para tres —añadió Odile, tratando de evitar la mirada de un hombre gordo que estaba inclinado en la barra y le guiñaba el ojo sugestivamente.

La camarera pelirroja les encomendó a un joven y menudo camarero que les guió hasta una mesa colocada frente al escenario y les exigió un pago desmesurado.

—¿Champaña? —preguntó mecánicamente.

—No —respondió Rupert.

—Sí —lo contradijo Odile, y se volvió hacia su marido con una sonrisa—. Ahora que estamos aquí, disfrutemos. Por lo menos es algo diferente. Estoy harta de esas aburridas cenas de negocios.

—Está bien —reconsideró Rupert—. Traiga una botella de Dom Perignon.

—Sólo tenemos champaña de la casa —dijo el camarero.

—Tráigalo.

Rafaella echó un vistazo a los cuerpos que se movían en la pista de baile, deseando en realidad observar a los músicos. Había cinco, pero ninguno de ellos era Luiz. Disimulando su decepción, se volvió hacia Odile.

—Te dije que era un local diferente —recordó, tratando de parecer alegre.

—No tienes que convencerme —dijo Odile—. Me encanta el lugar, la atmósfera, la música…

—¿Quieres bailar, ricura? —preguntó una de las chicas con vestido azul calado, dirigiéndose a Rupert.

—No, gracias.

—Vamos, vive con audacia —rió Odile.

—Sí, házlo —lo alentó Rafaella—. Recuerdo la época en que eras un tipo divertido. Ahora te has convertido en un viejo aburrido.

—Gracias, hermanita.

—¡Házlo! —lo apuró Odile.

—Atrévete —añadió Rafaella.

—Está bien —acordó Rupert, levantándose de un salto—. Vosotras lo habéis pedido.

La mujer de azul sonrió, mostrando un único diente de oro.

—Vamos, cielo —insinuó, moviendo su trasero gordo—. Vamos a menearnos.

Sin vacilar, Rupert se lanzó a la pista de baile, perdiendo sus modales británicos a medida que se entusiasmaba con la samba.

—Vamos —rió Odile—. Será mejor que nosotras también vayamos allí antes de que se meta en problemas.

No pudiendo resistirse a ese ritmo sensual, Rafaella también se levantó y empezó a bailar. No le importaba hacerlo sin pareja. La música era suficiente compañía.

Después de varias copas más de champaña, los tres se sentían felices, alejados de cualquier problema. Rupert bailó con todas las chicas de alterne, gastando cinco dólares cada vez, mientras que las muchachas trataban de evitar a los distintos hombres que se les insinuaban. Cuando anunciaron que había llegado la hora del espectáculo, ninguno de ellos quería volver a la mesa.

—Es la mejor noche que he pasado en años —dijo Rupert—. Debemos traer aquí a todo el mundo.

Rafaella se desplomó en su silla, y comenzó a abanicarse con la carta. Cuando miró a su alrededor, vio a Luiz en el escenario, afinando la guitarra.

—Y ahora, señoras y señores, vamos a presentar a la mayor atracción de Pussy Satin: la maravillosa Eva.

Una mujer alta, ataviada con un vestido de lentejuelas, descendió de una jaula para pájaros suspendida del techo. Iba vestida de plateado de la cabeza a los pies, incluidos el sombrero y los zapatos de tacón, muy altos.

Mientras Luiz ejecutaba su versión de La chica de Ipanema, Eva comenzó a desvestirse… Empezó por el sombrero, debajo del cual emergió una mata de cabello plateado y reseco, para terminar como Dios la trajo al mundo, excepto por los zapatos, un diminuto tanga y dos pequeños botones brillantes que le cubrían los pezones.

—¡Qué tetas tan asombrosas! —exclamó Rupert, admirativo.

—Posiblemente son de silicona —acotó Odile.

Eva se detuvo, abrió las piernas y tocó sugestivamente los botones que le cubrían los pezones. Repentinamente los arrojó, dejando sus pechos completamente al descubierto.

Rupert casi se atragantó con la bebida.

—¡Típico! —se burló Odile.

Eva lanzó unas miradas sugestivas y dejó caer su diminuta tanga.

Permaneció completamente desnuda durante varios minutos y luego el escenario se oscureció.

Cuando se volvió a iluminar, Eva se había ido, pero Luiz seguía allí, cantando con su atractiva voz acerca del amor perdido y de las noches pasadas.

Rafaella sintió que no podía resistirse, ¡era tan apuesto! Cantaba muy mal, pero ¿a quién le importaba? Aunque ella no tuvo oportunidad de hablar con el muchacho, sabía que él había advertido su presencia. Las miradas de ambos sostuvieron una íntima conversación. Verlo la hacía feliz y desdichada a un tiempo, la inquietaba y la tranquilizaba. ¡Dios! Podía decirse que casi estaba enamorada de un hombre con quien apenas había cruzado unas pocas palabras. Tal vez eso nunca funcionara. Provenían de mundos muy diferentes. Sin embargo…

Jorge siguió persiguiéndola. Estaba decidido a conseguirla, y a ella le resultaba muy difícil rechazar sus permanentes atenciones, aunque no estaba preparada para tomar ninguna decisión definitiva.

Odile y Rupert pronto viajarían a Inglaterra para que sus padres conociesen al bebé. Rafaella y Jon Jon los acompañarían, pero a última hora Rafaella canceló el viaje, aunque permitió que Jon Jon viajara con ellos.

La misma noche de su partida, Rafaella alquiló un automóvil con chófer y fue sola al Pussy Satin. Su corazón latía con fuerza, pero ella sabía instintivamente que Luiz jamás tomaría la iniciativa, y alguien tenía que hacerlo.

Para entonces ya la conocían en el club, y le dieron una mesa cerca del escenario. Nerviosa, ordenó champaña y aguardó.

Tan pronto como terminó su actuación, Luiz fue hasta la silla libre que tenía a su lado.

—Parece que te gusta venir aquí —dijo—. Lo lamento.

—¿Por qué? —desafió ella.

—Porque éste no es un lugar para ti. Tú no eres como esta gente.

—¡Dios! También tú eres un snob. Creí que con Rupert ya tenía suficiente.

—¿Quién es Rupert?

—Mi hermano.

—Un hombre inteligente.

—¡Al diablo!

Mirándola intensamente, Luiz le preguntó:

—¿Qué quieres de mí?

—Llévame a casa y hablaremos.

—Seriamente.

—Si quieres, podemos hablar muy seriamente.

—No juegue conmigo, señorita inglesa.

—No soy inglesa —dijo ella furiosa—. ¿Acaso tengo una apariencia inglesa?

—Tienes una apariencia hermosa. —Y con un suspiro de pesar, añadió—: Demasiado hermosa, demasiado rica, y sea como fuere, no debemos estar juntos. Lo sé.

De modo convincente, ella le dijo:

—Por favor, Luiz, llévame a casa. Te lo ruego.

 

Música de Carlos Jobim, más champaña, y el apartamento sólo iluminado por las farolas de la calle.

Ya los besos fueron una experiencia que ella nunca había vivido. Sus labios tan frescos, su lengua tan caliente. Allí estaban, de pie, abrazados, explorando, saboreando, perdiéndose en largos y apasionados besos.

Él no tenía ninguna prisa y ella tampoco. Habían esperado desde el instante en que se conocieron. Ahora había llegado el momento y no lo apurarían.

Acariciando los largos cabellos de ella, él murmuraba suavemente su nombre:

—Rafaella… ¡ah, Rafaella!

—Luiz… —respondía ella, acariciando los rizos de la base del cuello del muchacho—, ah, Luiz…

Lentamente las manos de Luiz se deslizaron por la espalda de ella y comenzaron a juguetear con los tirantes de su vestido.

Ella hubiese deseado arrancarse las ropas de un tirón. Deseaba sentir sus manos sobre su piel. Lo deseaba…

Finalmente él le bajó la parte superior de su vestido y le acarició los pechos lentamente, tocando apenas los pezones con las yemas de los dedos, hasta que la caricia se hizo intensa y las manos fueron reemplazadas por los labios.

Suspirando de placer, ella palpó su miembro y lo liberó. Finalmente ambos se dejaron caer al suelo, como gemelos cósmicos, semejantes en todo. De algún modo ella conocía qué le complacía y él también se anticipaba a sus necesidades.

Estaban juntos. Eso era lo único que le importaba a Rafaella.

Por la mañana, él se había ido. Ella esperó que volviera a su apartamento o que la telefonease, pero no lo hizo. Rafaella fue entonces al Pussy Satin, donde le dijeron que ya no trabajaba allí. Mientras tanto, Juana había hecho las maletas y se había ido sin dar explicaciones ni despedirse.

Una sola noche y todo había acabado.

Luiz se había ido y ella no tenía manera de encontrarle de nuevo.