Rock Star
Capítulo 5
KRIS PHOENIX
1968
Después de un tardío despertar, Kris descubrió el sexo con un entusiasmo que sorprendió hasta a su mejor amigo.
—¡Al diablo! —exclamó Buzz un día, mientras estaban en una playa de Mallorca, un popular lugar de veraneo en España—. ¿Nunca vas a parar? Yo al menos me doy un respiro de vez en cuando.
Kris rió. Dos años y medio arreglándoselas solo fuera de su casa, que incluían un año y medio recorriendo Europa, le habían infundido confianza en sí mismo. No sólo estaba seguro de que podía salir adelante sin la ayuda de su madre, sino también de que podía conseguir las mejores chicas. Posiblemente no fuera alto, ni moreno, ni guapo en un sentido tradicional, pero tenía su propio estilo: un aspecto vivaz, una melena rubia desteñida, un cuerpo delgado y un bronceado permanente.
—Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido salir de Inglaterra —dijo Buzz.
Kris se dio la vuelta sobre la arena ardiente. Estaba echando el ojo a dos muchachas en bikini que reían a la orilla del mar.
—No voy a discutir eso. —Y señalando a las chicas, preguntó—: ¿cuál quieres?
—¿Es que por una vez podré elegir yo primero?
—Sí, ¿por qué no?
—Bueno, quiero la de las tetas grandes —decidió Buzz.
—Vamos… Si a ti te gustan muy delgadas.
—Pero hoy me gustaría algo sólido.
—¡Vete al diablo!
Los dos amigos rieron, mientras las muchachas, que se sabían observadas, fingían no darse cuenta.
—Casi no puedo moverme —protestó Buzz—. Todavía estoy recuperándome de la suequita de ayer.
Buzz había perdido la palidez y ahora lucía un tono bien moreno. Llevaba su oscuro cabello largo y suelto y un aro en la oreja derecha. Estaba tan delgado que se le marcaban notablemente los huesos.
—¡Al diablo! —dijo Kris con fingida modestia—. ¿Por qué siempre tengo yo que llevar la delantera?
Se levantó y se acercó a las dos muchachas.
—Hola, encantos —dijo con confianza—. ¿Habláis inglés?
Hablaban inglés perfectamente. Eran de Liverpool y estaban de vacaciones.
Al efectuar el balance, Kris y Buzz habían llegado a la conclusión de que las chicas más fáciles de manejar eran las inglesas. Una pocas palabras y listo. Luego venían las escandinavas —suecas, danesas y finlandesas—, que también eran presas fáciles. Las locales se resistían más y las francesas y alemanas eran un tormento. Las norteamericanas eran imposibles a menos que las enamoraran, y eso requería tiempo y dinero, cosas de las que ellos no disponían.
Después de una breve charla, Kris llevó a las dos muchachas donde estaba Buzz, y al poco rato estaban bebiendo sangría (una combinación letal de vino tinto y limonada) y jugueteando sobre la arena.
Hacia el crepúsculo las cosas se pusieron más serias y después de un paseo por la playa desembocaron en un bosque. Tras unos minutos de juego, llegó el gran momento.
Kris disfrutaba cuando hacía el amor con una chica por primera vez. Cada vez que lo hacía, pensaba en las niñas de los Edwards y en todas las chicas de la escuela que lo habían considerado un tipo desagradable. Cuando introducía su miembro en una mujer nueva, se lo estaba haciendo a todas ellas y eso le hacía sentir muy bien.
—¿Te veré después? —preguntó su última conquista mientras se subía la parte inferior del bikini.
—¿En qué hotel estáis? —Él evitaba astutamente responder aquella pregunta.
Ella respondió y él asintió.
—¿Y por cuánto tiempo os quedaréis?
—Seis días más. ¿Nos vemos más tarde?
¡Ah! Durante seis días había que evitar esa playa y ese hotel y entonces volverían a estar a salvo.
—Me gustaría, pero esta noche no puedo. ¿Por qué no nos vemos aquí mañana?
Así era todo el tiempo. Una chica tras otra. Las noches eran para trabajar: pequeñas actuaciones en restaurantes locales, donde cantaban y tocaban la guitarra, y luego ir a tocar con otros músicos en las discotecas. Eran tan entusiastas con la guitarra que habían adquirido fama, y los otros músicos deseaban tocar con los dos ingleses.
Ya llevaban casi un año en Mallorca, compartiendo un pequeño apartamento de una habitación. El clima era sensacional, la comida barata y el continuo flujo de turistas hacía que el lugar fuera interesante, por no mencionar la posibilidad constante de tener todas esas mujeres. Antes habían viajado por Bélgica, Francia e Italia, trabajando en lo que fuese y disfrutando cada momento de su libertad recién estrenada.
El único problema consistía en que no los descubrían y eso molestaba a Kris más que a Buzz, que parecía contento de vivir al sol, sin los problemas de Inglaterra. Kris sabía que si llegaban a constituir un grupo y a hacer algo que valiese la pena, no sería en un lugar de veraneo español. Tarde o temprano tendrían que volver a su país, le gustase o no a Buzz. Inglaterra era el centro, y Kris estaba ansioso por ser parte de lo que sucedía allí. Constantemente había nuevos grupos que llegaban a la fama. Él leía las revistas con un par de semanas de retraso, pero era mejor que nada. The Musical Express y The Record Mirror estaban llenos de historias de tipos con éxito: Rod Stewart, el vocalista del grupo Jeff Beck, estaba haciendo capote, y grupos como The Who, Yes y Led Zeppelin llevaban la delantera.
Corría 1968, y desde el advenimiento de los Beatles y los Rolling Stones, Inglaterra era el centro. El movimiento de los años sesenta había comenzado en Londres, tanto en la moda como en el cine, y sobre todo en la música. Definitivamente, Londres era el lugar.
Un día, después de recibir una carta de su madre, Buzz dijo:
—Creo que debo invitar a Daphne a que venga y se quede con nosotros un par de semanas.
Buzz nunca llamaba mamá a Daphne. Siempre se refería a ella por su nombre.
—¿Por qué? —preguntó Kris, al sentir que la culpa ya olvidada volvía a invadirlo. Agitando la carta en el aire, Buzz dijo:
—Ha dejado su trabajo, ya no vive con el tipo con el que estaba y parece hallarse al borde del precipicio.
—¿Y dónde va a dormir? —preguntó Kris—. Aquí no hay sitio.
—Puede usar mi cama. Yo dormiré en el suelo. No te importa, ¿verdad?
¡Por Dios! ¿Acaso Buzz estaba enterado? Eso no era posible. Daphne le había hecho jurar que no se lo diría. Era muy poco probable que ella se lo hubiese confiado a su hijo.
Haciendo un esfuerzo por parecer despreocupado, dijo:
—Me importa un rábano.
—Bueno, entonces la llamaré. Creo que tengo suficiente para su pasaje.
Kris se preguntaba si Daphne esperaría que él volviera a estar con ella. Él no lo deseaba. Después de todo él ya no era el muchacho virgen a quien ella había iniciado en el suelo del garaje. No era que ella no le gustase, sino más bien que no quería acostarse con la madre de su mejor amigo. Era demasiado para él.
Buzz fue al bar para telefonear, mientras Kris pensaba en la actitud que adoptaría. Pero no tuvo que pensar demasiado. Cuando Buzz volvió estaba muy pálido, pese a su bronceado.
—¿Qué pasa? —preguntó Kris.
Buzz se sentó al borde de la cama, su cara delgada como una máscara.
—Se ha suicidado —dijo—. Daphne está muerta.
Regresar a Inglaterra para el funeral fue el hecho más deprimente de la vida de Kris. Era octubre. Él ya había olvidado el frío helado, las noches cortas en que anochecía a las cuatro, la llovizna fría y el denso tráfico. Y más que nada, había olvidado lo que significaba vivir en su casa con sus dos hermanas, las dos solteras, fastidiándose constantemente. Había olvidado a su padrastro Horace, un autómata que sólo veía la televisión, y a su madre Avis, que seguía limpiando las casas de otros y llevaba adelante su hogar con su voz alta y autoritaria.
—Estás demasiado flaco —dijo a Kris ásperamente—. ¿Por qué no has escrito? Debería tirarte de las orejas, desgraciado.
Sus dos hermanas le miraban con celos. La menor le dijo:
—La vida es fácil para algunos. Se dedican a holgazanear al sol y no le envían ningún dinero a su madre. Yo en cambio debo pagar por mi habitación y mi sustento.
—No dramatices —respondió Kris—. No me voy a quedar.
—¡Qué vergüenza! —exclamó la otra hermana, que había heredado el tono sarcástico de su madre—. Supongo que te irás a Norteamérica para ser una estrella de la canción.
Él no podía soportar a sus hermanas, pero lo que sentía por ellas no era nada comparado por lo que sentía por su hermano. Brian llegó el domingo a la hora del té, junto a su esposa, Jennifer, y dos niños de narices sucias. El que tenía dos años había sido la motivación principal de la boda de Brian y el pequeño, a los ojos de Kris, no estaba más que para hacerlo sentirse mal. La cara de Brian parecía decirle: yo tengo un empleo, una esposa, una familia, ¿qué tienes tú, hermanito?
—Ya es hora de que decidas qué vas a hacer con tu vida —le dijo Brian pomposamente—. ¿No crees que es una verdadera infamia el modo en que estás haciendo sufrir a mamá?
—Vete a la mierda —contestó Kris, de modo que sólo Brian pudiera oírlo.
Desafortunadamente el niño de dos años le oyó y empezó a canturrear:
—Mierda, mierda, mierda.
—Fíjate, basura —dijo Brian enojado—, lo que estás enseñando a mis hijos. Eres un inútil. ¿Por qué no empiezas a comportarte como un hombre, te cortas el pelo y consigues un trabajo?
—¿En eso crees que consiste ser un hombre? —preguntó Kris, irónico—. ¿En llevar el pelo corto y conseguir un trabajo aburrido?
—Yo no debo preocuparme —respondió Brian—. Tú eres el que pareces escoria.
Kris se echó a reír, lo que puso a Brian más furioso.
Avis irrumpió en la conversación.
—Si quereis comportaros como dos salvajes —dijo vociferando—, salid fuera.
—Sí —reafirmaron las hermanas, contentas ante la perspectiva de una posible pelea.
—¿Me sirves otra taza de té, querida? —pidió Horace, indiferente a la discusión —. No quiero perderme el partido de fútbol en la televisión.
Kris se dio cuenta enseguida de que no iba a soportar la vida familiar durante mucho tiempo. Ahora estaba habituado a la libertad. Además, dormir en el sofá del vestíbulo, ahora que una de sus hermanas se había apoderado de su habitación, era realmente molesto. Llevaba sólo cinco días en su casa y ya sentía que era el momento de irse. El problema consistía en que no tenía dinero, y Buzz no le resultaba útil en absoluto. Desde el funeral de Daphne se negaba a salir de su casa. No quería ensayar ni ir a los clubes. No quería hacer nada.
Daphne se había suicidado de manera convencional: metió la cabeza dentro del horno y dejó escapar el gas. Nadie sabía por qué. En el funeral un familiar había explicado que estaba muy deprimida, pero Buzz pensaba de manera diferente.
—Fue porque yo la dejé sola. Siempre habíamos estado muy unidos y yo la abandoné.
Kris también tenía remordimientos. Tal vez había sido culpa suya.
—Vamos, no puedes ir por ahí, sintiéndote desgraciado todo el tiempo. Debemos hacer algo por nosotros.
—¿Qué? —preguntó Buzz con dureza—. ¿Qué mierda podemos hacer?
—No lo sé —respondió Kris con desesperación—, pero puedes estar seguro de que algo se me va a ocurrir.
Con cincuenta libras que le prestó su madre y un empleo temporal en el que volvía a limpiar cristales, Kris se fue de su casa y se llevó consigo a Buzz. Buzz no podía quedarse en su casa de todos modos. El contrato había vencido y debía irse. Daphne le había dejado unos cientos de libras. Lamentablemente, el funeral y otros gastos habían consumido todo con rapidez. Buzz dio todas las pertenencias de su madre a los familiares y siguió a Kris a una casa abandonada que habían encontrado en Kilburn. La casa había sido tomada por un grupo de hippies, cuyo credo era AMOR Y PAZ. El lugar era un desastre, pero a Buzz le iba bien ese tipo de vida indolente… le gustaba eso de no hacer nada en todo el día y luego sentarse por la noche a tocar la guitarra a la luz de las velas, con todo un grupo de chicas de pelo largo para admirarlo.
En cambio, ese estilo no encajaba con Kris. Él tenía más altas ambiciones. Con el dinero que consiguiese se compraría una moto de segunda mano, que le permitiera llegar hasta el lado oeste de Londres, donde frecuentaría los clubes de rock, de blues y de jazz para poder establecer contactos.
Pero pronto se dio cuenta de que no era el único. Conoció a un tipo llamado Rasta Stanley, un batería que trabajaba a destajo en una compañía discográfica, y a Ollie Stoltz, un talentoso bajista que acababa de obtener una beca de un año en la Real Academia de Música.
En tono triunfal, anunció a Buzz que creía que acababa de encontrar el grupo que ellos necesitaban.
—Eso es una basura —dijo Buzz, resistiéndose a cualquier unión—. No pienso entrar en esa mierda de competición.
—Tiene razón —acordó Flower, la chica de ese momento: una adolescente de dieciséis años, fugada de Brighton, de enormes ojos azules y cabello rubio que caía espeso hasta debajo de su trasero.
Kris sintió que la furia bullía dentro de él. Esto era lo que ellos habían deseado desde la época de la escuela. La combinación perfecta, el grupo dinamita y ahora… ¡paf! El estrellato del rock podía ser para ellos y no había que volverse atrás. Le compraría a su madre un abrigo de visón y podría mandar a Brian al demonio.
Pero ahora esta papanatas de pelo sucio y ojos saltones le decía a Buzz lo que debía hacer. No lo toleraría de ningún modo.
—Flower querida —le dijo tranquilamente—, ¿por qué no vas a la esquina y te compras cigarrillos y una caja de bombones? —Sacó un precioso billete de una libra de su bolsillo y añadió—: Yo invito.
Con eso logró entusiasmar a Flower; aparte de fumar porros y follar, los cigarrillos y el chocolate eran sus mayores pasiones.
—¿De veras, Kris? —preguntó dubitativa, como si él fuese a arrebatarle el billete en cuanto ella se pusiese en pie.
Apretando el dinero dentro de la pequeña palma de la mano de ella, Kris le dijo:
—Sí. Sólo quiero que vayas ahora mismo.
Ella miró a Buzz, en busca de su aprobación. Él asintió lacónicamente. Entonces ella se levantó del viejo colchón en el que estaba recostada prácticamente todo el día, se alisó la blusa arrugada, se puso una minifalda y unas sandalias y salió rápidamente.
Buzz aspiró hondo la última calada de su cigarrillo de marihuana, lo apagó contra el suelo, y colocando sus brazos debajo de la cabeza, dijo:
—Bien, puedes empezar a descargarte.
Kris sabía cómo hacerlo. Se volvió y dijo:
—Si te quieres quedar ahí todo el día tirado y en una nube, por mí está bien. No me importa.
—Para mí esto es bueno.
—Perfecto. Sólo quería estar seguro antes de hacer las cosas por mi cuenta.
—¿Qué quieres decir con eso de «por mi cuenta»? —preguntó Buzz, suspicaz.
—Si crees que me voy a quedar aquí viendo cómo te pegas a la cama, estás chiflado. Voy a unirme a Rasta y a Ollie y hay otro tipo que toca la guitarra y canta. Él puede ocupar tu lugar. —Hizo entonces una pausa significativa—. Sólo quería estar seguro de que tú no deseabas ese lugar.
—¡Mierda! ¿Quién es ese otro tipo?
—Es un buen tipo. Te gustará. Cuando tengamos nuestra primera actuación, seguramente querrás escucharnos.
—Al diablo con eso —dijo Buzz mientras se incorporaba.
—Por supuesto que él no es tan bueno como tú… pero con un poco de práctica…
—¡Termina con eso! —aconsejó Buzz levantándose de la cama y poniéndose una sucia camisa negra—. No te irás sin mí.
Unos días después ya tenían grupo y nombre: The Wild Ones. Estaba compuesto por dos guitarras solistas: Kris y Buzz. Un bajista que a veces también tocaba teclados: Ollie Stoltz; y un batería que era dinamita: Rasta Stanley. Las voces eran Kris y Buzz.
Estaban listos para partir, pero no sabían dónde.
—¡Mierda! —dijo Buzz—, será mejor que tengamos pronto nuestra primera actuación. Hasta ahora todo ha sido basura.
De pronto Buzz tenía ambiciones y Kris pensó que ésa era una buena señal.