Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 63 de 67

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Rock Star

Capítulo 63

Sábado 11 de julio de 1987

El concierto

Así comenzó.

Bobby Mondella subió al escenario muy seguro. ¡Maldita sea! No permitiría que nadie pensase que el hecho de ser ciego era un impedimento para actuar. Una vez que estuvo allí, comenzó a cantar como si nunca hubiese dejado de hacerlo.

El público era muy receptivo y se puso en pie para darle la bienvenida. Nova estaba allí, mirándole, y por una vez, no le importaba. Se estaba enfrentando a su pasado y ella era sólo parte de ese pasado.

 

Maxwell Sicily condujo el cochecito de golf hasta la casa de huéspedes. Había un guardia negro en la puerta, el mismo que había visto cuando llevó la comida a Bobby Mondella más temprano.

—Aquí estoy de nuevo —dijo saludándole amistosamente.

—¿Qué está ocurriendo por allí? —preguntó el guardia, a quien le hubiese gustado estar en el centro de la acción.

—Bobby Mondella está a punto de comenzar.

—¿De verdad?

—Sí. Es una pena que no puedas verle.

—Dímelo a mí —acordó el guardia, disgustado—. Mi mujer espera un relato completo.

—Haz una escapada y echa un vistazo. Nadie se dará cuenta.

—Me gustaría —dijo el guardia.

—Hazlo, ¿quién se enterará?

—Tom, nuestro jefe —dijo, riendo—. Nos controla cada veinte minutos.

Maxwell asintió cómplice, y le dijo:

—Me gustaría ayudarte, amigo, pero tengo que trabajar.

—Buena suerte.

Maxwell entró en la casa de huéspedes. Estaba desierta, tal como él suponía. Las estrellas y sus ayudantes habían bajado a cenar.

Dejó la bandeja en la cocina y se apresuró escaleras arriba. Vicky le había informado con exactitud qué suite estaría desocupada. La encontró, y abrió el armario. Cogió una bolsa de basura vacía, una caja de herramientas y un pequeño revólver, por si acaso.

Una vez listo, corrió escaleras abajo y se escabulló por la puerta de la cocina. Cruzó el jardín para llegar a la casa principal. Entrar no sería problema. Más temprano Vicky había trabado una de las ventanas que daban al estudio de Marcus Citroen.

Entró y se quedó un momento de pie, inspeccionando el lugar. La habitación era tal como Vicky la había descrito, lo cual significaba que la caja fuerte número uno estaba detrás del Matisse que colgaba de una de las paredes. Se ocuparía de ella al salir. Por el momento su principal preocupación era el lugar donde estaba el dinero grande: la habitación de Nova Citroen.

 

La ovación era ensordecedora. Cayó sobre Bobby como un néctar delicioso, mientras lo conducían fuera del escenario. Actuar en directo había sido siempre un desafío. ¿Podría hacerlo?

Sí, había podido.

Por un momento abandonó la ansiedad por la venganza y se sintió libre.

—¿Sara? —llamó, pero ella no estaba allí. Recordó entonces que la había echado.

—¡Has estado fabuloso! —exclamó una voz femenina.

—¿Quién eres?

—Rafaella —dijo ella, cogiéndole la mano—, ¿me recuerdas? Tu amiga de Río.

—¡Dios! ¡Raffi! ¡Qué maravilla!

—Tú sí que estás maravilloso.

Se abrazaron.

—Estoy furiosa contigo.

—¡Eh, nena! No te enojes. Debes comprender lo que sucedió. No pude manejar las cosas…

—Rafaella —unas manos la empujaban—, es tu turno.

—No te vayas, Bobby. Tenemos que hablar.

—No me moveré de aquí, nena. Puedes estar segura de eso.

Ella lo besó y murmuró:

—Bienvenido. Te quiero.

—Mátalos. Demuéstrales que puedes —dijo él, dándole un pequeño empujón.

 

Vicky lo tenía todo calculado. Sabía cuál era el momento en que debía distraer a Tom. También sabía cómo hacerlo. Cuando Vicky Fox mostraba sus grandes tetas, los hombres caían desmayados, y Tom no sería una excepción.

Ella lo llevó cuidadosamente al momento máximo. La precisión lo era todo en este caso. Si no lo hacía bien en la primera oportunidad, no habría una segunda. Lo colocó en la posición conveniente, y comenzó a desabrocharse lentamente los botones del uniforme.

—¡Madre mía! —rugió Tom.

Nunca había visto nada parecido. ¡Qué mujer!

—¿Quieres chupar el dulce, ricura? —lo tentó, y sin darle ocasión de responder, introdujo un gran pezón en su boca.

Tom estaba en el paraíso, mientras, detrás de él, en el monitor número cinco, Maxwell Sicily entraba en la habitación de Nova Citroen y abría la caja fuerte.

 

Rafaella se sentía de maravilla. No había nada como un buen público para adular a un artista. Por otra parte, estaba encantada de que Bobby Mondella estuviese esperándola a un lado del escenario.

¿Qué podría hacer Marcus Citroen si ella aparecía con Bobby? ¿Matarla? Lo haría esperar. Le haría esperar eternamente….

Le invadió una gran sensación de alivio. Esperar eternamente. ¿Cómo no lo había pensado antes?

Ya era famosa. Él no podía hacer que dejase de serlo, y si lo hacía, ella se las arreglaría de algún modo.

Era una superviviente. Había sobrevivido a Eddie Mafair y a Luiz y sus mentiras. Ahora sobreviviría a Marcus Citroen.

A la larga, sólo eso importaba.

 

—Me alegro de verte tan bien —dijo Kris, feliz, dando una paldada a Bobby en la espalda mientras ambos esperaban al lado del escenario.

—He estado tratando de encontrarme contigo. Creo que sería todo un éxito que grabásemos juntos. ¿Recuerdas que siempre amenazábamos con hacerlo?

—Sí, siempre lo hicimos —respondió Bobby alargando la mano para tocar al cantante inglés. Siempre le había gustado Kris.

—¿Sabes que te llamé varias veces? —dijo Kris—. Después de todo lo que pasaste, pensé que te gustaría oír una voz amistosa.

—Sara me lo dijo —asintió Bobby—, pero yo no quería hablar con nadie.

—Puedo entenderlo. Pero ahora que estás bien, lo haremos. Haremos un disco por nuestra cuenta. Eso realmente molestará a Marcus.

—Puedes contar conmigo para cualquier cosa que moleste a Marcus.

—¿Y sabes qué? Vamos a hacer que ella también participe —dijo Kris.

—¿Quién?

—Rafaella. Canta de un modo muy interesante. Me gustan su voz y su estilo. ¿Qué piensas tú?

—Es una gran idea. Adoro a esa chica.

Rafaella terminó su tercera canción, que fue seguida de una gran ovación, y bajó del escenario, resplandeciente.

Con un guiño, Kris le dijo:

—Has estado maravillosa, querida.

Ella le sonrió. ¡Dios! Era como mirar una versión adulta de Jon Jon.

—Ven aquí —le dijo—. Bobby y yo tenemos una propuesta que hacerte. Los tres beberemos una botella de champaña en la casa cuanto termine mi actuación. ¿Qué te parece?

¿Por qué no enfrentar a Marcus con Bobby y Kris?, pensó ella. Sería maravilloso, y asintió.

Kris las prefería rubias, pero esta chica tenía algo especial, y además cantaba.

—Cuento contigo, querida —dijo Kris sonriendo. Agitando el puño, añadió—: ¡Allá voy! Acabemos de una vez por todas.

Y trepó al escenario. Era Míster Energía, desbordaba talento.

El sofisticado público enloqueció cuando él comenzó con su tema Long Legged Blondes. Por muy snobs que fueran, sabían reconocer a una superestrella cuando la veían.

Cuando Rafaella bajó del escenario, Marcus se excusó con sus invitados y se escabulló de la sala.

Nova le vio irse y su expresión se endureció. No le importaba que él anduviese con unas cuantas estrellitas y prostitutas, pero esta chica, Rafaella, representaba una amenaza. Era extraordinariamente joven y bella, y eso no le gustaba en absoluto.

 

Maxwell Sicily trabajó rápida y metódicamente, consciente de lo esencial que era moverse con rapidez. Llevaba meses planeando ese golpe. Gracias a Vicky, conocía la situación exacta de las cajas fuertes. En prisión le había apodado el abrelotodo, ya que podía abrir cualquier cosa en un tiempo récord.

Para hacer honor a su reputación, abrió la caja fuerte de Nova Citroen en siete minutos. Con satisfacción, se dio cuenta de que estaba más provista que la mejor joyería del mundo.

Sin vacilar, comenzó a llenar de joyas la gran bolsa de basura, sacándolas de sus estuches, hasta que tuvo la bolsa llena hasta más de la mitad.

¡Qué maravilla! Había más aún de lo que había pensado. Suficiente para mucho tiempo. Suficiente como para lograr su total libertad del maldito sistema.

Cerró la caja fuerte, y salió apresuradamente de la habitación, arrastrándose por debajo del sistema láser de alarma que había en la puerta, de modo que ésta no sonase. Vicky había sido más que exhaustiva en la descripción de los sistemas de la casa.

Fuera, dos guardias se seguridad se paseaban de un lado a otro. Maxwell podía ver sus sombras a través de la ventana. Normalmente tenía esta casa llena de personal de servicio, pero esa noche estaban todos fuera, atendiendo a los invitados. Los perros, que siempre estaban sueltos por el jardín, se hallaban encerrados, para permitir el acceso de la gente.

Él sabía que ésa era la noche perfecta.

Volvió al estudio de Marcus y comenzó a trabajar allí.

Diez minutos más y habría acabado.

Diez minutos más y sería rico.

 

—¿Qué hago para atraparle, Hawkie? —preguntó Cybil, sonriendo, cuando Kris dejó el escenario entre estruendosos aplausos.

—¿Cómo dices? —preguntó El Halcón, deseando que ella no le hubiera llamado Hawkie.

—Bueno, sé que él tiene otra mujer en Inglaterra, y creo que le gusta un poco. Pero es vieja. Tiene casi treinta.

—¡Dios! —dijo Hawk, irónicamente—. ¿Cuándo es el funeral?

—Sabes a lo que me refiero —rió—. Quiero que se case conmigo. ¿Cómo puedo conseguir que lo haga?

—Mediante la fuerza y la tortura.

—Eres un tonto, Hawkie.

 

Tom estaba ya en el punto sin retorno. Vicky lo había atrapado contra el mostrador circular, dando la espalda a los monitores. Ya tenía sus pantalones y calzoncillos enrollados sobre los tobillos. Ella estaba de rodillas, frotando su pene erecto contra sus magníficos pechos, y cada vez que él estaba a punto de correrse, ella se retiraba y decía:

—Ten paciencia, muchacho. Hemos esperado tanto… No tenemos prisa.

Él estaba abrumado por las enormes tetas. Nada más le importaba. Nada en todo el mundo.

 

Tan pronto como bajó del escenario, Kris se hizo cargo de la situación. Era bueno para esas cosas. Después de todo, durante muchos años había dirigido a los Wild Ones. Sabía cómo salirse con la suya.

—Iremos los tres solos hasta la casa en uno de los cochecitos de golf —decidió, cogiendo de un brazo a Bobby y del otro a Rafaella—. Divirtámonos un poco.

—Señor Phoenix —dijo Norton St. John—, tengo una mesa preparada para ustedes tres en el lugar donde darán los discursos, y sé que la señora Citroen quiere presentarles a algunos de los invitados más importantes. Creo que el gobernador y su esposa quieren darles las gracias personalmente. Además hay una princesa francesa que desea una presentación.

—Debe de ser la misma zorrita que me viene persiguiendo durante los últimos seis meses —dijo Kris—. Creo que me abstengo. ¿Qué decís vosotros? ¿Bobby? ¿Raf?

—Yo me abstengo —dijo Bobby solemnemente.

—Yo también —acordó Rafaella, disfrutando por primera vez en mucho tiempo.

—En realidad… —objetó Norton, ahora rodeado por Trudie y dos ejecutivos de la empresa.

—Nosotros estamos bien así —dijo Rafaella—. Ustedes vayan a escuchar los discursos. Los veremos más tarde.

—Parece que no nos necesitan, muchachos —dijo Trudie, que en realidad hubiese deseado estar en el lugar de Rafaella.

—¡Todos a bordo! —gritó Kris—. Vámonos.

El cochecito de golf se puso en marcha, mientras Norton, preocupado, decía:

—¿Están seguros de que conocen el camino?

—Lo encontraremos. Si no trepamos primero a la colina —bromeó Kris.

 

Marcus se paseaba por la habitación de Rafaella. Había dado a la muchacha instrucciones de ir allí directamente en cuanto terminase su actuación. ¿Dónde estaba? Eso era intolerable. Rafaella quería ir demasiado lejos. Estaba poniendo a prueba su paciencia.

Lo primero que haría, decidió, sería darle una lección. Una lección inolvidable, como sólo él sabía hacerlo.

 

Un pinchazo. No, eso no podía estar sucediendo realmente. De ningún modo.

Speed fue zigzagueando con la larga limusina por el arcén.

Sí, el neumático estaba pinchado. ¿Pero qué era lo que estaba sucediendo? ¿Acaso la bruja de su ex mujer había pinchado un muñeco con su rostro? ¿Estaba pinchándole ahora, mientras canturreaba?

Abrió el maletero y buscó el neumático de repuesto.

No estaba.