Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 59 de 67

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Rock Star

Capítulo 59

KRIS PHOENIX

1987

—A Marcus Citroen le gustaría que actuaras en el beneficio de su esposa para el gobernador Jack Highland en julio.

Así hablaba Hawkins Lamont, con sus inmaculados pantaloncitos de tenis y su bronceado a lo George Hamilton. Los dos estaban sentados almorzando en la terraza cubierta del club de polo.

—Que Marcus Citroen se vaya al diablo —respondió Kris, masticando un panecillo.

—¿Qué significa eso?

—Eso significa que Kris Phoenix no piensa hacer monigotadas para nadie.

El Halcón saludó con la mano a un conocido que estaba en el otro extremo de la terraza, sorbió su fresco jugo de pomelo y preguntó:

—¿Acaso Marcus Citroen ha hecho algo de lo que yo debería enterarme?

—Toda la industria discográfica lo sabe —respondió Kris secamente.

—Siendo así —respondió Hawk—, sería conveniente que me ilustraras al respecto.

—Vamos, hombre. No me harás creer a mí que no tienes idea de lo que ocurre.

—¿Qué ocurre?

—Sharleen.

—¡Ah! —dijo Hawk meneando la cabeza con tristeza—. Ése fue un incidente muy lamentable.

—¡Dios! —exclamó Kris—. No puedo creerlo. Una mujer se suicida y lo llamas incidente.

—No sabía que conocías a Sharleen.

—La conocí hace mucho tiempo, y de vez en cuando nos veíamos.

—Era una drogadicta.

—Era una pobre puta arruinada por la industria discográfica y arruinada especialmente por tu amigo Marcus Citroen.

—Mi amigo y tu jefe.

La camarera llegó con una apetitosa ensalada para Hawkins y una jugosa hamburguesa para Kris.

Kris esperó a que se fuera para decir:

—Yo no tengo jefe. Trabajo solo, y una compañía se enriquece a expensas mías. Igual que tú, Hawk.

—Nos enriquecemos mutuamente —apuntó Hawk con frialdad—. Estrellas del rock. Son desagradecidas, maleducadas, despectivas y egocéntricas.

—De todos modos —continuó Kris—, todo el mundo sabe que fue culpa de Marcus. No es precisamente un secreto.

—Es una suposición.

—¿Qué?

—Uno de esos clásicos rumores. Que yo sepa, Marcus siempre fue generoso con Sharleen. Incluso mantuvo su contrato mucho tiempo después de que terminaran sus éxitos.

—Él le sacó el jugo y cuando terminó de exprimirla la dejó de lado sin nada.

—Eso es absurdo.

—Bien. Tú tienes tus opiniones y yo las mías, y de ningún modo me dedicaré a recaudar fondos para él.

 

—¿Me amas? —preguntó Cybil levantando su cabeza dorada.

Él hubiese preferido que no le preguntase eso. ¿Qué debía decir? «Sí, cuando estoy excitado te amo muchísimo. Si no, sólo me importa el rock and roll».

Tal vez él no fuera capaz de amar a nadie. Quizás el hecho de haber sorprendido a Willow con ese alemán lo había apartado de las mujeres en general.

Sólo sabía una cosa. Mujeres: uno nunca puede confiar en ellas.

No te detengas, Cybil, acaba ya…

Uno.

Dos.

Tres.

¡Listo!

Más tarde televisaban fútbol norteamericano y ellos cenaban en la cama. Cybil miró con él el partido, sentada en la cama, con las piernas cruzadas, llevando solamente una camisa holgada.

En mitad de la noche sonó el teléfono. Normalmente dejaba que los empleados se ocupasen de todas las llamadas, pero esta vez contestó él mismo. Lo primero que oyó fue el sonido característico de las conferencias de larga distancia, y luego, una voz desesperada.

—Kris, Kris… ¿eres tú? Soy Mikki, ¿me recuerdas? Mira, realmente no quería molestarte, pero… tienes que ayudar a Buzz. Por favor, estamos desesperados.

 

Llegó al día siguiente al aeropuerto de Heathrow en un avión de British Airways. Lo condujeron sin problemas a través del control de pasaportes. Antes siempre le detenían en busca de drogas, pero eso había sido en la época de los Wild Ones. Ahora era considerado un personaje respetable del rock.

No había advertido a Astrid de su inminente llegada. Prefirió darle una sorpresa.

Un Rolls conducido por un chófer lo llevó hasta su mansión campestre. Astrid estaba fuera con los perros. Kris vació su única maleta e hizo algunas llamadas. Mikki le había prometido que llevaría a Buzz a su casa aquella noche. Él se preguntaba si iría. Más valía que lo hiciera.

—Cena para cuatro, querida. Me gustaría carne asada —dijo a Astrid cuando la oyó entrar en la casa.

—¡Kris! ¿Qué haces aquí? —gritó, mientras los dos perros pastores saltaban sobre él—. Apuesto a que estoy horrible.

La idea de Astrid acerca de lo horrible consistía en unos tejanos y un suéter, sin maquillaje y con el cabello sujeto con una cola de caballo. A él le pareció muy bella y saludable.

—Vivo aquí, ¿recuerdas?

—¿Cómo podría olvidarlo? —dijo ella abrazándole—. Bienvenido a casa.

Pasaron el resto de la tarde en la cama. Él se sentía como un marinero con una mujer distinta en cada puerto. Afortunadamente, por lo menos no estaba casado, y sólo había dos puertos.

Astrid no conocía a Buzz y, a medida que se acercaba la hora, se iba tornando cada vez más aprensiva.

—Tómatelo con calma —le aconsejó Kris—. Es posible que nos insulte a los dos. Pero a mí no me importa. Es su estilo. Sólo espero que pueda recuperarse.

Ella había leído mucho acerca del famoso Buzz Drake.

—No va a destrozar nuestro comedor, ¿verdad?

—No te preocupes. Todo lo que tienes que hacer es llevarte a Mikki a algún lugar después de cenar. Quiero estar a solas con él.

—¿Cómo es Mikki?

—Hace cuatro años que no la veo. Antes era una rockera fanática y rica. Sólo esperemos que pueda traerlo aquí. Parecía muy alterada. Yo le dije que fingiese que se había encontrado casualmente conmigo en la calle y dijese que yo había insistido en que viniesen a cenar aquí.

—Es decir que has viajado aquí sólo para ayudar a un amigo, si es que se digna aparecer.

—No hagas tanto aspaviento. Se lo debo. Somos compañeros o al menos lo éramos.

—¡Eres increíble!

—Escucha, querida, podría haberme ocurrido a mí. Yo fui más afortunado. Si las cosas fuesen a la inversa, creo que él haría lo mismo.

Buzz y Mikki llegaron dos horas más tarde, cuando Kris ya estaba a punto de darse por vencido. Se presentaron en un taxi, sin dinero para pagarlo. Kris lo pagó.

Buzz recorrió la casa, haciendo comentarios irónicos. Tenía un aspecto terrible: la piel grisácea que apenas cubría sus huesos, los ojos de mirada apagada y el cabello largo y rizado. Llevaba una chaqueta de cuero más que gastada; tejanos y botas de piel de serpiente muy usadas completaban el conjunto. Un porro era una presencia permanente en sus labios, y lo fumaba sin ayuda de las manos.

Mikki se había transformado en una mujer gordita y desaliñada, pero su piel arrugada y sus ojos cansados la hacían aparentar diez años más. Llevaba un suéter verde lleno de manchas y pantalones color caqui.

Kris recordaba lo bonita que había sido y no podía creerlo.

Los dos se dirigieron presurosos hacia la bebida. Buzz se dedicó al vodka y Mikki al vino blanco, que inmediatamente derramó en su suéter. No le dio importancia.

—¡Me alegro de veros! —dijo Kris.

—Felicítanos —dijo Buzz—. Acabamos de casarnos. No sólo está gorda. Además está embarazada, la vaca estúpida.

—¿Estás bromeando?

—Es verdad, Kris —asintió Mikki—. Parece que, en la vejez, pasamos a ser respetables.

—¡Mierda! Descorchemos una botella de champaña.

—No sé —se burló Buzz—. Tal vez no puedas permitírtelo.

La velada fue transcurriendo mientras Buzz criticaba a las compañías grabadoras, los intereses comerciales y a aquellos que ponían el dinero por encima de todas las cosas. En mitad de la comida fue al cuarto de baño y no regresó en veinte minutos.

—Debes encontrarle un trabajo, Kris —rogó Mikki cuando él se fue—. Tú sabes que es muy capaz. Es sensacional y sólo consigue trabajos de cuarta categoría de vez en cuando. Es criminal. Estoy asustada. Creo que puede cometer un disparate, como Sharleen.

—¡Por Dios! Mikki, no puedo conseguirle nada si está siempre fuera de sí.

—Está dejando la droga —dijo Mikki desesperada, hablando muy rápidamente—. Creo que lo que necesita es una oportunidad.

Kris había oído decir que los Orange Dragons, un nuevo grupo de Blue Cadillac, iban a dar seis conciertos en Inglaterra, y estaban buscando a alguien para abrir cada función. Si Buzz actuaba con un teclista y un bajo, podía ser perfecto para la ocasión.

—Veré lo que puedo hacer —dijo—. Sólo tienes que prometerme que lo mantendrás sobrio.

—Sí, Kris, te lo prometo. Puedes confiar en mí.

—Alguien de Blue Cadillac se pondrá en contacto con vosotros. Te daré un cheque: haz que vaya a una clínica de desintoxicación y no le digas que yo tengo algo que ver con eso.

Más tarde puso una conferencia.

—Hawk, quiero que hagas algo por mí.

—¿Qué?

Contó a El Halcón lo que necesitaba y una hora más tarde recibió la respuesta.

—Nos ocuparemos de todo.

—Fantástico. Me alegro mucho.

—Sólo una cosa, Kris.

—¿Sí?

—La fiesta de Marcus Citroen. Puede contar contigo, ¿verdad?