Rock Star

Jackie Collins · Capítulo 57 de 67

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Rock Star

Capítulo 57

RAFAELLA

1986

—Mamá, estás maravillosa. Y la casa se ve tan alegre con el árbol de Navidad todavía allí, y todos los adornos… ¡Los recuerdo todos!

Anna Le Serre sonreía mientras su bella hija corría por la casa seguida de Jon Jon, que a los nueve años era el niño más guapo que jamás había visto.

—Es una vergüenza que no hayáis estado aquí para Navidad. No sé cómo no pudiste arreglar tus cosas para pasarla con nosotros.

—Mamá, ya te he dicho que estuvimos trabajando. Había una función de fin de año que no podíamos cancelar.

—Sí, querida, pero igual…

—Es el cuatro de enero, mamá —interrumpió Rafaella, amable pero firme—. Y estamos aquí. No hagamos una cuestión acerca de por qué no estuvimos para Navidad. Celebraremos la Navidad ahora, ¿no es cierto?

Corrió hacia la bolsa de cuero que había traído consigo en el avión y comenzó a sacar paquetes de regalos.

—Mira, son ofrendas de paz.

—Sí, sí, regalos, abuela —dijo Jon Jon entusiasmado—. ¿Vamos todos a abrir nuestros regalos?

—¿Qué te hace pensar que tendrás algún regalo? —preguntó Rafaella, severa, acariciándole el cabello.

—Vamos, mamá —dijo el muchacho sonriendo y escapándose.

—Vete, diablillo. Abriremos los regalos más tarde, si es que hay alguno para ti, cosa que dudo.

—¿Te gustaría inspeccionar fuera, Jon Jon? —sugirió Anna—. Tenemos caballos y perros.

—¿Son perros salvajes? —preguntó esperanzado.

—No exactamente salvajes —respondió ella, pero viendo la cara de decepción del chico, añadió—: Pero matarían a un ladrón. Lo morderían hasta matarlo.

—Pero, mamá —dijo Rafaella, riendo—, ¿qué clase de conversación es ésa?

—Conversación de niños, querida.

Llamaron a uno de los encargados del establo, que llevó a Jon Jon a dar una vuelta.

—Es tan agradable estar de nuevo en casa —dijo Rafaella, besando a su madre—. ¡No sabes cuánto!

—Sí lo sé. Hace cinco años que espero este momento. ¿Te das cuenta del tiempo que hace que no te veo?

—Lo sé. Y me siento culpable.

—Bueno, querida… ¿y cuál es exactamente tu excusa?

—¿Y cuál es la tuya? Tú también podrías habernos visitado.

—No quería preocuparte, querida —dijo Anna bajando los ojos—, hasta que no pudiera decírtelo personalmente.

—¿Qué cosa? —dijo Rafaella, ya con pánico—. No estarás enferma, ¿verdad?

—Lo estaré cuando me den la oportunidad. Cyrus tuvo un ataque poco después de que vosotros os fuérais. Nada serio, pero el doctor aconsejó que sería mejor evitar los viajes largos.

—¿Y por qué no me lo dijo Rupert?

—Porque cuando estuvieron aquí les hice prometer que no te lo dirían.

—¡Dios mío! ¿Y eso por qué?

—Él está bien. Ya lo verás.

Cyrus, su padrastro, no estaba tan bien como su madre quería hacerle creer a su hija. Cojeaba y tenía dificultades para hablar. Además, había envejecido veinte años.

Rafaella se sintió invadida por la culpa y luego por la ira. Deberían haberla informado. Aunque Cyrus no era su padre, y en su corazón jamás había reemplazado a Lucien, había sido un excelente y cariñoso padrastro, y ella lo quería mucho.

Gracias a Dios finalmente habían vuelto a casa. Sólo por dos semanas, pero era mejor que nada.

Luiz no había ido con ella. Lo habían discutido durante meses, y finalmente decidieron que sería mejor que él se quedase en Río, dando los toques finales al nuevo álbum. Él quería asegurarse de que todo saldría perfecto.

No había sido un año fácil. Cuando Luiz le había anunciado la cuestión de su matrimonio, Rafaella había sentido que su nuevo mundo, aparentemente tan seguro, se derrumbaba. La única persona que la amaba y de la cual dependía, la había estado engañando todo el tiempo.

—No te mentí —dijo él, vehemente.

—Por supuesto que lo hiciste. Y hemos estado viviendo una mentira.

—No, Rafaella, tú nunca me lo preguntaste.

—¡Vete al diablo! —explotó ella, furiosa—. ¿Qué crees que es esto? ¿Un juego? ¿Una broma? Puede que lo sea para ti, pero a mí no me resulta gracioso.

Había cogido a Jon Jon y dos maletas hechas a toda prisa y se había ido a casa de Tinto, María y sus siete niños.

Tinto mostró una actitud filosófica.

—¿Le has preguntado con quién se ha casado? ¿Sabes cuándo fue eso y por qué? ¿Ama a la otra mujer? Y si es así, ¿por qué está contigo?

Buenas preguntas. Todas eran buenas. Y ella tenía derecho a saber. Así es como lo enfrentó con Luiz.

Muy tranquilo, él se lo explicó todo. Había nacido en una favela, lo que no le daba muchas esperanzas de futuro. Mirando a sus hermanos y a sus hermanas, se dio cuenta de que estaba prisionero en una trampa, y de que tenía pocas posibilidades de escapar. A los catorce años vagaba por las calles con todos sus amigos, robando ocasionalmente a algún turista. A los dieciséis años, se acostaba con las turistas: a la larga era más lucrativo que robarles.

—Un día conocí a una mujer. Una mujer mayor. Ella me ofreció una salida.

—Y tú la aceptaste.

—Sí, lo hice. —Sus facciones perfectas se ensombrecieron—. Y tú también lo habrías hecho si hubieses pasado la vida que yo pasé. Yo tenía dieciocho años y ella cincuenta y siete. Era una mujer brasileña, ni rica ni pobre. Me sacó de la favela, me compró ropa, me pagó las lecciones de música y se aseguró de que aprendiese inglés.

Rafaella sintió que se le revolvía el estómago.

—¿Y dónde está ahora esa mujer?

—En un asilo, hace varios años que está allí. Ahora me toca cuidarla yo a ella. No me voy a divorciar. No lo merece. Se está muriendo, Rafaella. Cuando ya no esté, seré libre. Hasta entonces…

No había nada que ella pudiera hacer, excepto tratar de comprender y admirar su lealtad. Junto con Jon Jon, se volvió a mudar a su casa, para alivio de Tinto, ya que la carrera de ellos como dúo iba muy bien.

Cuando la superestrella del soul, Bobby Mondella fue a la ciudad y pidió conocerles, Tinto se sintió en el paraíso. Especialmente cuando vio que se llevaban tan bien y se hacían amigos los tres. Tinto comenzó a imaginar un radiante futuro en Norteamérica.

Rafaella adoraba a Bobby. Era como un hermano mayor. Era la otra cara de Rupert, tan británico. Bobby representaba su parte negra y a ella le encantaba escuchar sus historias acerca de Hollywood y Nueva York. Tenía la impresión de que era un hombre con muchos problemas, y que finalmente estaba logrando la paz. Su música era sensacional, y ella estaba azorada porque a él le encantaba actuar con ella y con Luiz.

Cuando se produjo el accidente, se sintió terriblemente impactada. Ella y Luiz corrieron al hospital tan pronto como se enteraron de la noticia, pero no les permitieron verle. No se lo permitían a nadie. Hombres armados custodiaban su cuarto, y una noche, secretamente, regresó a Estados Unidos.

Los periódicos habían anunciado:

SUPERESTRELLA CAE EN ESTADO DE EMBRIAGUEZ

BOBBY MONDELLA - EBRIO Y CIEGO

Rafaella no podía comprenderlo. Bobby ya casi no bebía y pocas veces salía a la terraza, ya que decía que sufría de vértigo. También se preguntaba acerca de la mujer que vivía con él en ese momento. ¿Estaba allí cuando sucedió?

Examinando los periódicos, Rafaella no encontró ninguna mención acerca de la mujer. Las noticias decían únicamente que estaba ebrio y solo cuando sucedió el accidente.

Muchas veces ella y Luiz trataron de establecer contacto con él en América, pero todo lo que recibieron fue una nota impresa: Bobby Mondella agradece sus buenos deseos.

Finalmente dejaron de intentarlo.

 

—¿No es extraño —preguntó Odile, después de cenar el abundante pavo— que Eddie Mafair nunca haya intentado ponerse en contacto contigo? —Estaban sentados en la cama del cuarto de Rafaella, como en los viejos tiempos.

—¿Por qué habría de hacerlo? Sabes que estamos divorciados.

—¿De veras? No tenía ni idea.

—Vete al diablo.

—No, vete tú, estrella.

—Me alegro de que te hayas enterado de que soy famosa —bromeó Rafaella.

—Sí, en la salvaje América del Sur —dijo Odile con buen humor—. Aquí nadie ha oído hablar de ti, de modo que no presumas.

—Espera y verás.

—Sí. Y entonces apuesto a que Eddie Mafair vendrá corriendo. Probablemente venderá su historia a The News of the World. Se llamará «Mi vida con Rafaella». ¡Qué éxito!

—Estás obsesionada con Eddie.

—Sólo tengo curiosidad. Te conozco demasiado, y sé que hay una parte de la historia que no me has contado. Por ejemplo: ¿cómo es que él nunca trató de ver a Jon Jon? Es su padre. Eso no es normal. —Entonces se llevó una mano a la boca y exclamó—: ¡Era eso! ¡Por fin me he dado cuenta!

—¿Te has dado cuenta de qué?

—Tú debes de pensar que soy la mayor idiota del mundo.

—Sólo algunas veces —respondió secamente Rafaella encendiendo un cigarrillo, pese a que había prometido a Luiz dejar de fumar.

—Eddie —dijo Odile en un susurro— no es el padre de Jon Jon.

Rafaella sintió que su rostro enrojecía.

—Jamás digas eso.

—Pero es verdad, ¿no es cierto? No necesito que me digas que sí o que no. Ya lo sé. Tu rostro te ha delatado. —Meneó la cabeza asombrada—. Jon Jon no se parece en nada a Eddie. No sé cómo no me he dado cuenta antes.

—Si dices una palabra a alguien, no volveré a mirarte en mi vida —amenazó

Rafaella.

Por una vez, los ojos de Odile adquirieron una expresión seria. Cogió una mano de su amiga y le dijo:

—Somos como hermanas, ¿verdad? Puedes contarme cualquier cosa y tu secreto será el mío.

En algún sentido fue terapéutico confiar en Odile. Después de tantos años de guardarse todo, Rafaella dejó brotar sus secretos. La noche caliente y efímera en la limusina de Kris Phoenix… Las mentiras y los golpes de Eddie y finalmente el brutal descubrimiento de su homosexualidad. Incluso le contó acerca del matrimonio de Luiz.

Odile la escuchó en silencio y cuando Rafaella acabó la abrazó y le dijo:

—Deberías haber confiado en mí. Es posible que no hubiera logrado nada, pero te habría ayudado a acabar con el malnacido de Eddie.

—No fue su culpa. Yo le forcé a un matrimonio que él no deseaba.

—Escúchate a ti misma. Siempre estás excusando a los demás. Debes acabar con eso.

—¿Es una orden?

—Casi. Y ahora te digo que no corras a los brazos de ese Luiz.

—No es ese Luiz. Es un hombre atento y afectuoso, y yo le amo.

—No olvides —dijo Odile levantando una ceja irónicamente— que he visto su fotografía en la portada del álbum. Se trata de un hombre endiabladamente guapo y posiblemente muy viril, pero casado. De manera que fíjate en no caer en más trampas.

—Tienes que conocerle —dijo Rafaella riendo.

—Quiero hacerlo. Ya he dado algunas órdenes a Rupert. Este verano no habrá sur de Francia. Iremos a Río. Me muero por verte en acción.

Dos semanas con su familia fueron suficientes para Rafaella. Ella les quería, pero la exasperaban. Su madre seguía tratándola como si fuese una adolescente y no podía aguantar más las bromas de Rupert.

Estaba habituada a su independencia. Además, añoraba desesperadamente a Luiz, y después de quince días, Jon Jon quería volver a ver a sus amigos.

Despedir a su familia en el aeropuerto fue doloroso. Una vez en el avión, todo fue más sencillo.

 

—Marcus Citroen está muy interesado —dijo Tinto, entusiasmado, paseándose por su oficina.

—¿Quién? —preguntó Rafaella, aunque sabía perfectamente quién era Marcus Citroen. ¿Cómo olvidarle?

—Marcus Citroen es el dueño de Blue Cadillac —dijo Tinto, saltando prácticamente de alegría—. Es el pez más gordo.

—Creí que era un automóvil —respondió ella, con desinterés.

—Vendrá aquí para carnaval. Siempre lo hace.

—¡Qué bien! —murmuró ella.

—Y quiere conoceros.

—Lo conoceremos —decidió Luiz—. Es hora de que comencemos a pensar en el mercado norteamericano.

Tinto se aclaró la garganta y se mostró incómodo.

—No sé cómo decir esto, pero iré al grano. En realidad, quiere conocer a Rafaella. Blue Cadillac no está interesada en un dúo.

—Bueno —dijo Rafaella—, entonces no soy la persona que buscan.

—Rafaella —comenzó Tinto.

—Fin de la historia —dijo ella imperativamente, arreglándose el largo cabello.

Tinto se volvió hacia Luiz en busca de ayuda, pero éste sólo se encogió de hombros.

—¿Son todas las novedades del día? —preguntó Rafaella—. Si es así, iremos a nadar. ¿Quieres tomarte el día libre y venir con nosotros, Tinto?

El agente, decepcionado, meneó la cabeza.

Cogidos de la mano, Rafaella y Luiz salieron de la oficina y se dirigieron hacia el coche deportivo rojo de Luiz, un regalo que le había hecho Rafaella para su cumpleaños número veintiséis.

La gente los miraba. Eran celebridades de la ciudad… Para la gente de la calle ellos eran la juventud y el glamour.

Durante el almuerzo, una secretaria pidió tímidamente un autógrafo a Luiz, acercándole una revista que tenía su fotografía en el interior.

Él sonrió y le preguntó su nombre.

Rafaella vio cómo ella se ruborizaba y miraba a Luiz como si fuera el rey.

—Esa mujer desea tu cuerpo —murmuró bromeando mientras se iban.

—¡Ah, pero ya tiene dueña!

—No lo sabía.

De algún modo se las ingeniaron para no ir a nadar y pasaron la tarde haciendo el amor. Jon Jon había ido de fin de semana, de modo que se quedaron tranquilamente hasta el sábado por la mañana, sin interrupciones.

Rafaella se despertó temprano y pensó que le sorprendería con el desayuno. Cocinar no era su fuerte, pero se las ingenió para lograr una buena mezcla de huevos, tomate y tocino. Vestida solamente con una camisa grande, con el cabello recogido y canturreando, se puso a trabajar en la cocina.

Luiz dormía desnudo. Se despertó y fue a la cocina sin ponerse nada, sólo con su cuerpo bronceado y fuerte.

—Creo que te amo —dijo ella, mirándole fijamente la entrepierna.

Él la abrazó por detrás y comenzó a acariciar su cuerpo.

Los huevos revueltos habían pasado a la historia, ¿quién necesitaba comida, si se tenían el uno al otro?