Avenida del Parque, 79
Capítulo VI
seis
Al llegar al vestíbulo oyó el débil llanto del bebé, y empezó a subir la escalera. Al ir acercándose a la puerta, sonaba cada vez más fuerte. Por la rendija salía luz. Dudó un momento antes de abrir.
Parpadeó cuando aquella fea luz blanca le dio de lleno en los ojos. Los gritos del niño repercutieron en sus tímpanos. Entró rápidamente en la habitación y cerró la puerta tras ella. Oyó ruido de pasos en el pasillo que había a su izquierda. Se volvió hacia ellos.
Su padrastro estaba allí, con los pantalones demasiado flojos sobre sus anchas caderas. No llevaba camisa, y la medalla que llevaba colgando del cuello destacaba entre el negro y ordinario vello que cubría su pecho en forma de tonel. No dijo nada, pero sus ojos, muy negros, la miraban significativamente.
—¿Por qué llora? —preguntó ella, señalando hacia el dormitorio.
—¿Dónde has estado? —preguntó él, con voz recia, ignorando su pregunta.
La muchacha empezó a caminar hacia el dormitorio.
—Nadando —dijo sucintamente.
—¿Hasta las diez y media de la noche? —preguntó el hombre, mirando el reloj de la cocina.
—Coney Island está lejos —respondió ella, abriendo la puerta del dormitorio.
Él le cogió la mano y la hizo dar media vuelta. Marja le miró fijamente, con ojos fríos y sin expresión.
—¿Por qué no viniste a decírselo a tu madre? —le gritó, furioso—. Estaba preocupada por ti. Y ya sabes que no se encuentra bien.
—Estaría mucho mejor si tú trabajaras, para que ella no tuviera que hacerlo por las noches —replicó Marja, con odio.
El hombre levantó las manos, como si fuese a golpearla.
—¡Vamos, atrévete! —desafió ella, con los labios abiertos, mostrando los dientes.
Él empezó a jurar en polaco.
—¡Coorva! ¡Zorra!
Los ojos de ella estaban llenos de desprecio.
—¡Borracho inútil…! —exclamó—. No te atreverás. Sabes que mi madre te pondría en la calle si lo hicieras.
El hombre bajó la mano lentamente.
—Si no hubiese sido tan buen amigo de tu padre, cuando vivía, no me preocuparía por ti —masculló.
—¡Déjale a él fuera de esto! —dijo ella rápidamente—. Él, por lo menos, era un hombre. Cuidaba de su familia. No se pasaba todo el día tumbado bebiendo cerveza.
Él se puso a la defensiva. La muchacha lo notó, y sintió una sensación de triunfo.
—Tu madre no quiere que yo vuelva a trabajar en la construcción —dijo él, sin convicción—. Me lo hizo prometer cuando nos casamos. Dijo que bastaba con haber perdido a un hombre por eso.
—Tú le viste cuando cayó —dijo ella fríamente—. ¿Es la promesa o el miedo lo que te retiene en casa?
Los gritos del bebé aumentaron de volumen y se hicieron más apremiantes. El hombre permaneció allí un momento, respirando pesadamente, luego se apartó de ella.
—Ve a ver qué le pasa a Peter —dijo.
La puerta del dormitorio se cerró tras ella. Él caminó pesadamente hacia la nevera y sacó una lata de cerveza. Expertamente hizo un agujero en la tapa y se la llevó a los labios. Parte de la cerveza corrió por sus mejillas, metiéndose bajo su camiseta. Bebió larga y ávidamente, y tiró la lata vacía dentro de un saco de papel, en el fregadero.
Miró hacia la cerrada puerta de la habitación. El niño había dejado de llorar. Contempló la puerta fijamente. Era una perra, no se le podía dar otro nombre. Se secó la boca con el brazo. Nadie podía con ella. Había sido siempre igual, desde que su madre le dijo que ellos dos iban a casarse.
Cerró los ojos, esforzándose por recordar. Hacía solamente tres años. Un mes después de que su padre se cayera desde una viga de acero, a veintitrés pisos de altura.
Todavía recordaba la expresión de sorpresa de la cara de Henry cuando se dio cuenta de que faltaba el andamio que debía haber estado allí. Por un momento quedó todo paralizado. Sus labios empezaron a formar la palabra «¡Peter!». Su mano se extendió buscando ansiosamente a su amigo.
Luego, de pronto, empezó a caer hacia el suelo. Mirando hacia abajo, Peter vio cómo la gorra de su amigo volaba suavemente, apartándose de él, y el rubio cabello de Henry brillaba, iridiscente, al sol, mientras él daba vueltas y vueltas.
Sintió de nuevo en la boca el gusto de la cerveza al recordar aquella náusea. Contuvo el aliento un momento, luego eructó. La náusea desapareció. Parecía que viera a su amigo, cada vez que contemplaba a Marja. El mismo pelo rubio, casi blanco, los altos pómulos polacos y la boca sensual. Hasta su modo de caminar le recordaba a su padre. Los dos tenían el mismo paso seguro, felino.
Lo había notado por primera vez la noche que vino a pedir la mano de Katti, un mes después de la muerte del padre de Marja. Llevaba puesto su mejor traje, el que usaba para ir a la iglesia los domingos, y había comprado una caja de bombones de dos dólares. El dependiente le aseguró que era lo mejor que tenía, y que estaban recién hechos. Subió la escalera del apartamento y permaneció un momento en la puerta, sudando a causa del ejercicio y de los nervios. Dudó un instante; luego, delicadamente, llamó a la puerta.
Un momento después oyó la voz de la madre.
—¿Quién es? —preguntó Katti.
—Soy yo, Peter —respondió.
Un murmullo apresurado sonó tras la puerta cerrada, que se abrió después. Marja estaba allí, mirándole. Sus ojos estaban muy abiertos.
—Hola, tío Peter —dijo.
Él le sonrió, mientras miraba hacia dentro, buscando a la madre. No estaba por allí. La mesa de la cocina se hallaba cubierta de alfileres y trozos de tela blanca.
—Hola, Marja. ¿Está tu madre en casa?
Marja asintió.
—Se está vistiendo. —Se apartó de la puerta—. Entra, tío Peter.
Él entró, arrastrando los pies torpemente, y le tendió la caja de bombones.
—He traído unos dulces.
Ella tomó gravemente la caja.
—Gracias —dijo, poniéndola sobre la mesa de la cocina—. Mamá ha dicho que te haga pasar a la salita.
El hombre se quitó el sombrero y permaneció allí desmañadamente.
—No tienes por qué molestarte —dijo seriamente—. Puedo esperar en la cocina.
Ella sacudió la cabeza, con aire de mando.
—Mamá dijo que debía hacerte pasar a la salita.
Sin volverse a mirarle, ella le condujo por el largo y estrecho pasillo que llevaba a la habitación delantera. Era como una sombra blanca que danzaba frente a él. Peter tropezó en la súbita penumbra. Sintió cómo la mano de ella tomaba la suya.
—Dame la mano, tío Peter —dijo con calma—. Yo conozco el camino. Te puedes caer en la oscuridad.
Dentro de su enorme puño, la mano de la muchacha era cálida. Ella se paró de pronto, haciéndole tropezar.
—Lo siento —dijo él, consciente de su torpeza.
—No te preocupes —dijo Marja, retirando la mano—. Encenderé la luz.
La oyó caminar en la oscuridad; después sonó el clic de un interruptor, y la luz inundó la habitación. Ella estaba en pie, frente a la lámpara, y la luz se filtraba a través de su vestido blanco. El hombre la miró fijamente. No parecía llevar nada debajo.
Ella vio cómo la miraba, y una ligera sonrisa curvó sus labios.
—¿Te gusta mi vestido nuevo de graduación, tío Peter? —preguntó maliciosamente—. Mamá lo ha terminado de hacer un momento antes de que llegaras.
Él asintió, sin apartar los ojos de su silueta.
—Es muy bonito.
La muchacha no se separó de la lámpara.
—Ya sabes que me gradúo este curso.
—Lo sé —respondió él—. Tu padre me lo dijo. Estaba muy orgulloso.
Una sombra pasó por los ojos de Marja. Por un momento Peter creyó que iba a llorar, pero desapareció rápidamente. Se apartó de la lámpara.
—El próximo curso iré a secundaria —dijo.
—¿Tan pronto? —preguntó él, con fingida sorpresa—. Siempre creo que eres todavía una niña.
Ella se había colocado frente a él, y le miraba.
—Voy a cumplir trece años —dijo—. Ya no soy ninguna niña.
Él no discutió. Ya se había dado cuenta de ello.
—Pero no soy demasiado mayor para no besarte por los ricos bombones que nos has traído, tío Peter —dijo, sonriendo.
El hombre notó que enrojecía embarazosamente. Se movió con torpeza, sin hablar.
—Agáchate, tío Peter —dijo ella imperativamente—. No llego.
Él se inclinó hacia delante, acercándole la mejilla. Pero lo que Marja hizo le cogió desprevenido. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó en la boca. No era el beso de una niña, sino el de una mujer que ha nacido para besar. Peter sintió la presión del cuerpo joven contra su chaqueta.
Torpemente, extendió las manos para apartarla, pero tocó, sin querer, sus senos. Dejó caer rápidamente las manos, como si las hubiera metido en un horno en llamas.
Ella se apartó y le miró, sonriéndole con los ojos.
—Gracias por los dulces, tío Peter.
—No hay de qué —respondió él.
—Siéntate —dijo la muchacha, y echó a andar hacia el pasillo.
Se paró en la puerta y volvióse a mirarle.
—¿Verdad que ya no soy tan niña, tío Peter?
—No, no lo eres —admitió él.
Ella le sonrió orgullosamente, luego se volvió y corrió hacia el vestíbulo.
—¡Mamá! —gritó—. ¡Tío Peter nos ha traído una caja de bombones!
Él se dejó caer en una silla y recordó lo que el padre de ella le dijo pocos días antes del accidente.
«Otro año, Peter —había dicho—, y los chicos irán tras ella como los perros detrás de una perra en celo.»
Sacudió la cabeza. Todavía le quemaban los dedos con que la había rozado, y sentía una extraña excitación dentro de él. Henry debía de haber estado ciego. Seguro que los muchachos iban ya tras ella.
Oyó en el pasillo los pasos de Katti, y se levantó. Estaba de pie, con el rostro enrojecido, cuando entró en la habitación.
Ella extendió la mano, apretando la suya, en un saludo de amigos.
—Peter —dijo—, eres demasiado bueno con nosotras. No tenías que haber traído los dulces. Son demasiado caros.
Él retuvo su mano.
—Quiero ser bueno contigo, Katti —dijo roncamente.
Katti retiró la mano.
—Siéntate, Peter —dijo, haciéndolo ella en una silla, frente a él.
La contempló. Era una mujer bien parecida, de amplias y generosas proporciones. Una mujer de la vieja Europa, no como aquellas americanas que ayunaban hasta parecer palillos. Y, además, una excelente cocinera. Él recordaba la envidia que sentía cada vez que Henry abría el cesto de la comida. Le preparaba unos emparedados deliciosos. Todo lo que la patrona de Peter le preparaba, estaba reseco, wurst.
Siempre le había dicho a Henry que la razón por la cual no se casaba era que ya no quedaban mujeres como Katti. Henry se reía de él. Decía que se había acostumbrado tanto a vivir solo, que no intentaba gustar a ninguna mujer. Pero no era así, sino que ninguna mujer le gustaba a él. Katti era la clase de mujer que le hubiera hecho feliz.
—Estoy haciéndote un poco de café —dijo ella.
—No debías haberte molestado —murmuró él torpemente—. No quiero que te tomes ninguna molestia por mí.
—No es ninguna molestia —respondió ella.
Permanecieron sentados en silencio algunos minutos, y entonces ella empezó a hablar en polaco.
—¿Te gusta el nuevo vestido de Marja?
Él asintió, respondiendo, inconscientemente, en la misma lengua.
—Ya es toda una mujer.
Katti asintió.
—Sí. Se gradúa el viernes.
—Lo sé —dijo él rápidamente—. Henry me lo había dicho.
En los ojos de ella aparecieron lágrimas, y volvió el rostro hacia otro lado.
—Lo siento —se excusó él—. No quería…
Ella hizo un gesto con la mano.
—Lo sé —las lágrimas continuaban descendiendo por sus mejillas—. A veces, todo esto resulta demasiado fuerte para mí, y no puedo hacerme a la idea. No sé qué hacer. Era Henry quien lo resolvía todo.
Él se había puesto en pie, mirándola. Eso era lo que él llamaba una mujer de la vieja Europa. Sabían cuál era su sitio, y que era el hombre quien debía tomar las decisiones. Le asaltó un pensamiento.
—Sí —dijo solemnemente—. Él siempre me decía: «Peter, si me pasara algo, cuida de Katti y de la niña.»
Las lágrimas se detuvieron súbitamente, como habían comenzado. Katti le miraba con ojos muy abiertos.
—¿Te dijo eso? —susurró, con voz maravillada.
Él asintió en silencio.
—¿Es por eso por lo que vienes a vernos dos veces por semana? —preguntó ella.
—Al principio, sí, Katti —dijo él impulsivamente—. Pero ya no.
Ella bajó la vista.
—¿Por qué vienes ahora? —preguntó en voz baja.
—Para verte, Katti —dijo él, sintiéndose más atrevido de lo que se había sentido en toda su vida—. Quiero daros un hogar a ti y a Marja.
Ella habló después de una larga pausa, y su mano buscó la de él.
—Peter, eres muy bueno con nosotras.
Más tarde, cuando el café estuvo dispuesto, fueron a la cocina. Habían retirado los alfileres y la tela de la mesa, y Marja, que se había cambiado de vestido, estaba sentada allí, haciendo los deberes de la escuela. La caja de bombones, abierta, estaba frente a ella, y su boca estaba manchada de chocolate.
Sonrió a Peter.
—Los bombones son deliciosos, tío Peter.
—Estoy muy contento de que te gusten, nena —dijo él.
Katti se había acercado a la cocina.
—Marja —dijo por encima del hombro, mientras servía el café—, ¿te gustaría el tío Peter como padre?
Peter vio cómo se abrían los ojos de la niña. Había en ellos una expresión que no pudo definir.
—¿Qué quieres decir, mamá? —preguntó con voz que, de pronto, sonó dolida.
Katti sonrió, llevando el café a la mesa.
—Quiero decir que tu tío Peter y yo vamos a casarnos.
—¡Oh, no! —la voz de Marja era un grito de angustia.
Los dos la miraron, sorprendidos. Estaba de pie, y la caja de bombones había caído al suelo, frente a ella.
La voz de Katti se volvió dura.
—Marja —dijo—, tú no puedes entenderlo ahora, pero lo comprenderás cuando seas mayor. No es bueno que una mujer esté sola, sin que un hombre cuide de ella y de los niños.
Marja estaba llorando.
—¡Pero, mamá! Ya nos arreglaremos nosotras dos solas. No necesitamos a nadie —se limpió las lágrimas con las manos—. Nadie puede ocupar el sitio de papá.
La voz de Katti era todavía amable.
—Nadie va a hacerlo, niña. Sólo se trata de que el tío Peter quiere ser bueno con nosotras. Nos quiere, y nos cuidará.
Marja se volvió salvajemente hacia él.
—¡No lo creo! —gritó—. ¡Es sólo un ridículo y sucio hombrecillo; no se parece en nada a papá!
La voz de Katti empezaba a sonar enojada.
—Marja —dijo—, no debes hablar así de tu nuevo padre.
—¡Él no es mi padre! —gritó Marja—. ¡Y no lo será nunca!
Dio media vuelta y corrió hacia su habitación, que estaba junto a la cocina, cerrando la puerta de un portazo.
Cuando hubo salido, los dos se miraron, sin saber qué hacer. Silenciosamente, Peter se sentó a la mesa. «Es una salvaje —pensaba—. Henry tenía razón cuando decía que Marja era todo un carácter. Necesitaba un poco de mano dura. Se ocuparía de ella cuando se hubieran casado. Unas cuantas marcas rojas en aquella linda parte posterior, y Marja dejaría de ser un problema.»
Katti se acercó a la mesa y puso la mano sobre su hombro.
—No te preocupes, Peter —dijo—. Está un poco rara. Precisamente ayer tuvo su primera regla. Ya sabes cómo son las muchachas a esta edad.