Avenida del Parque, 79
Capítulo III
tres
—¿Qué parte de Coney Island es ésta? —preguntó Marja a Ross cuando éste paró el coche frente a una verja e hizo sonar la bocina.
Él la miró con una sonrisa en los ojos.
—Sea Gate. Tenemos una casa aquí.
—¿Una casa? ¿Quieres decir una cabaña? —dijo ella.
La sonrisa llegó a sus labios.
—No. Una casa normal. Esta parte es privada.
Un guarda los miró a través de la reja.
—Abre, Joe —gritó Ross.
—Oh, es usted, señor Drego —dijo el guarda.
La gran verja de hierro comenzó a girar, abriéndose lentamente.
—Es una casa de verano —explicó Ross, mientras el coche cruzaba la puerta—. Venimos aquí cuando mi padre está demasiado ocupado para dejar la oficina.
Marja miró a su alrededor. A ambos lados de la calle había hermosas casas, rodeadas de césped verde y ondulante y protegidas por la sombra de altos árboles.
—¡Cristo! —exclamó—. Es como vivir en un parque.
Ross no respondió. Ella se volvió hacia Francie, en el asiento posterior.
—¿No te parece, Francie? —preguntó.
Francie y Jimmy estaban también impresionados. Los dos contemplaban, con ojos muy abiertos, aquellas casas. Francie asintió.
—Apuesto a que aquí sólo viven millonarios —dijo.
Marja miró a Ross.
—¿Oíste eso? —preguntó.
Ross asintió sin hablar, manteniendo los ojos en la carretera.
—¿Es verdad? —preguntó Marja.
Ross negó con la cabeza.
—No.
Condujo el automóvil por una avenida, y se detuvo. Paró el motor. Luego la miró con ojos pálidos y fríos.
—¿Cambia en algo las cosas el dinero que tenga mi padre? —preguntó—. Soy yo quien te ha traído aquí.
Marja le miró fijamente, preguntándose qué habría hecho para que se enfadara. Después de un momento respondió.
—No.
La frialdad desapareció de sus ojos de la misma manera súbita con que había llegado, y sonrió.
—Pues entremos a buscar un bañador. Desde aquí, el agua tiene una pinta estupenda.
Ella miró hacia donde él apuntaba con el dedo, más allá de la casa. La playa y el mar estaban detrás, muy cerca. Él bajó del coche y sostuvo la puerta, mientras lo hacía ella. Marja salió y contempló la casa.
Era grande, de dos pisos, hecha de madera y piedra, y pintada de un fresco color verde oscuro. No importaba lo que Ross hubiera dicho: su viejo tenía que tener mucha pasta para sostener algo así.
Ross los condujo hacia el porche frontal, y, sacando una llave, abrió la puerta.
—Seguidme —dijo, empezando a subir una escalera.
Al pasar, ella pudo entrever un vestíbulo y un comedor ricamente amueblados. Miró los escalones. Sus zapatos no hacían ningún ruido sobre la gruesa alfombra. Sólo en las películas había visto gente que vivía así.
Él se detuvo frente a una puerta y la abrió.
—Ésta es la habitación de mi hermana —dijo—. Entrad y buscaremos algún traje de baño que os vaya bien.
Marja entró tras él en la habitación. Pudo oír cómo Francie contenía el aliento. Sin volverse, Marja supo lo que su amiga quería decir. Nunca en su vida había visto una habitación semejante.
Era toda de raso azul y rosa. Las cortinas, la colcha, incluso el largo y caprichoso sillón que había junto a la cama. La alfombra era de un color rosa cálido, y los muebles, de un rico tono cereza.
Ross abrió un armario.
—Los trajes están ahí —anunció. Luego señaló hacia otra puerta—. Aquél es el cuarto de baño.
Se volvió hacia el umbral, donde permanecía Jimmy.
—Os damos diez minutos para cambiaros.
Jimmy dejó oír una risita.
—Quizá las chicas necesiten que las ayudemos.
Francie rió tontamente.
Jimmy entró en la habitación. La voz de Ross le detuvo.
—Vamos, Jimmy. Busquemos unos bañadores para nosotros.
Jimmy volvió obedientemente hacia la puerta, que se cerró tras ellos. Las dos muchachas se miraron.
—No me importa lo que diga Ross —susurró Francie—. Su viejo tiene que ser millonario.
La voz de Marja se convirtió en un murmullo.
—Eso, o un gángster.
Los ojos de Francie se abrieron, grandes y redondos.
—¿Tú qué crees?
Marja sonrió.
—Creo que vale más que nos vistamos antes de que vuelvan. —Se acercó al armario—. ¡Dios mío, Francie! —exclamó—. Mira esto.
Francie metió la cabeza por la puerta abierta. Silbó, atónita, sin poder hablar.
Allí había aproximadamente veinte trajes de baño. Suavemente, Francie extendió la mano y tocó uno.
—Marja, toca esto. ¡Es lana de verdad! —dijo, volviéndose hacia su amiga.
Marja se había quitado ya la blusa y la falda, y estaba luchando por desabrocharse el sujetador.
Salió corriendo del agua, riendo sin aliento, con Ross pegado a sus talones.
—¡No, Ross, no! —gritó—. Se me va a llenar el pelo de arena.
—Te lo puedes lavar —rió él, intentando cogerle el tobillo.
Ella le esquivó, y él cayó de rodillas.
Miró hacia atrás. Ross se estaba levantando y se abalanzaba hacia ella. La mano de él cogió su tobillo y la hizo caer sobre la arena. El muchacho se tumbó a su lado.
Permanecieron tendidos allí, sin moverse, intentando recobrar el aliento. Marja podía oír cómo el aire silbaba en el pecho de Ross. Por fin, ella pudo respirar normalmente y, dando media vuelta, se tumbó de espaldas. El sol le calentaba el rostro. Cerró los ojos. Era como estar en el paraíso.
Podía oír la respiración de Ross, todavía entrecortada, echado a su lado. Lentamente abrió los ojos.
Él estaba apoyado en un codo, mirándola.
—¿Lo pasas bien? —preguntó, sonriendo, el muchacho.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Estupendamente —respondió.
—Me alegro —dijo el otro, y se sentó—. Francie y Jimmy están todavía en el agua.
Le gustaba la manera como pronunciaba él la palabra «agua», muy rápidamente. Miró hacia el mar.
—No puedo culparlos —respondió—. Estaba deliciosa.
Él se volvió hacia ella.
—Entonces, ¿por qué saliste?
—Ya era bastante —dijo—. No soy avariciosa. Además, el exceso de cosas buenas puede acostumbrarme mal. Y no puedo permitírmelo.
La cara de Ross se acercó mucho a la suya.
—Quisiera acostumbrarte mal —dijo, en un tono de voz muy bajo—. Y yo sí puedo permitírmelo.
Los ojos de ella miraban directamente a los del muchacho. Al cabo de un momento, éste empezó a sentir los párpados pesados. Nunca le habían mirado de ese modo. Tan directamente y sin pestañear, como si sus ojos llegaran hasta los rincones más escondidos de su mente.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella roncamente—. A lo mejor resulta que soy demasiado para ti.
—Lo sé —respondió él, poniéndole una mano sobre el hombro.
Los labios de Marja estaban entreabiertos, incitadores. Acarició las comisuras de la boca de Ross, haciendo surgir en él, con aquella caricia, pequeñas llamas. Una vena empezó a latir en la sien del muchacho.
Pasándole un brazo por los hombros, él empujó su cabeza hacia atrás, sobre la arena. La joven le puso las manos tras el cuello y le atrajo hacia sí suavemente. Él cerró los ojos. Nadie le había besado así.
Los ojos de ella estaban abiertos y le observaban. Un agradable calor la invadía. Era curioso. Todos tenían el mismo aspecto cuando ella los besaba, cuando las caras estaban tan juntas que los dos ojos parecían fundirse en uno, antes de cerrarse. Por lo menos en eso no era él diferente de los otros.
Apartó la cara y apretó la cabeza de él contra su pecho.
Notó que el muchacho apretaba los dientes fuertemente e intentaba volver la cabeza, pero se lo impidió, sujetándolo contra ella. Lo miró, sonriendo ligeramente, como para ella misma. Eso era lo más maravilloso de todo. Cómo conseguía dominarlos, el poder que tenía sobre ellos. Por eso le gustaba ser mujer. Porque, al final, ella era siempre la más fuerte.
—Ross —murmuró, contemplando la ardiente agonía de sus ojos.
Él parecía a punto de gritar. Sintió cómo se estremecía, y el calor del cuerpo del hombre le llegó a través del mojado bañador. Ella notó cómo su propio cuerpo respondía con una cálida oleada. Por un momento se abrazó a él fuertemente.
Él se apartó, y se tumbó boca abajo, sobre la arena. Respiraba profundamente.
Ella se acercó al muchacho y le acarició el cabello suavemente.
—Ross, cariño —murmuró—. Me gustas tanto…
Él volvió el rostro lentamente. En sus ojos había algo parecido a la vergüenza.
—¿Por qué, Marja? —preguntó bruscamente.
Los ojos de ella estaban muy abiertos, y su sonrisa poseía toda la sabiduría de las mujeres.
—Porque me gustas, cariño —replicó tranquilamente—. Y quería hacerte feliz.
Las comisuras de la boca de Ross se movieron, mientras intentaba impedir que le temblaran los labios. Durante un momento creyó que iba a llorar. Sabía que era mayor que ella, pero a su lado se sentía como un niño. Se obligó a separar sus ojos de los de Marja.
Él sintió cómo la muchacha se movía sobre la arena, a su lado, y se volvió a mirarla. Se había sentado, y se pasaba las manos por el cabello, dorado y resplandeciente. Parecía emanar de ella una vitalidad animal.
Marja lo miró y sonrió.
—Te dije que se me llenaría el cabello de arena. —Se puso en pie—. Voy a lavármelo. Ven conmigo.
Extendió la mano hacia él, pero Ross no se movió de donde estaba. La miró por encima del hombro.
—Ve tú primero —dijo—. Yo iré dentro de un minuto.
La observó mientras corría hacia el agua y se lanzaba a las olas, que se rompían, antes de ponerse en pie y correr por la playa tras ella.