Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 55 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo XVI

dieciséis

 

El fiscal del distrito miró adustamente a Mike a través de sus amplias gafas de concha. Golpeó suavemente los papeles que estaban frente a él, sobre la mesa, con un bolígrafo de oro.

—¿O sea, que quieres dimitir? —preguntó con calma.

—Sí, señor —asintió Mike.

—¿Por qué?

—Motivos personales, señor —respondió Mike, envarado.

El Viejo hizo girar el sillón hacia la ventana y contempló la calle.

—¿No te satisface tu trabajo aquí, Mike?

—No es eso, señor.

El Viejo calló y, durante largo rato, el único sonido en la oficina fue su respiración ronca. Por fin habló:

—Nunca creí que fueras un cobarde, Mike.

Éste no respondió.

—El trabajo que hiciste en «Park Avenue Models» ha sido muy bueno. Uno de los más importantes que han pasado por esta oficina. Y, sin embargo, porque alcanza a gentes influyentes, quieres dejarnos.

Mike siguió callado.

El Viejo se volvió y le miró de frente.

—¿Cómo crees que me siento yo —preguntó de pronto— cuando me entero de que mi propio jefe de detectives está involucrado? ¿No crees que a mí también me gustaría irme? —No esperó a que Mike contestara—. Pero no puedo. Hice un juramento. El mismo que tú cuando empezaste a trabajar conmigo. No podemos irnos.

—No tiene nada que ver con eso, señor —dijo Mike.

—¡Estupideces! —explotó el Viejo—. ¿Qué importa que una docena de apestosos políticos y ricos hombres de negocios estén metidos en ello? ¿Tienes miedo de que te estropeen la carrera?

Mike no replicó.

—No vas a tener ninguna carrera que te puedan estropear si te vas ahora. Todo el mundo sabrá que eres un gallina —dijo el Viejo.

Mike respiró profundamente.

—Lo siento, señor. ¿Es eso todo?

El Viejo se inclinó sobre la mesa, respirando penosamente.

—No lo entiendes, Mike. Ésta es la oportunidad de tu vida. Fíjate hasta dónde llegó Tom Dewey con un caso como éste. Cuando esto haya terminado, tú serás quien mande, podrás irte, adonde quieras. No te estropees la vida, muchacho.

—¿Puedo irme ya, señor? —respondió Mike.

La voz de el Viejo estaba llena de desprecio.

—Raras veces me equivoco sobre un hombre, pero lo hice cuando te admití a ti. Esto demuestra que no se tiene valor sólo por colocarse frente a las balas del enemigo.

El rostro de Mike enrojeció. Se mordió los labios para no replicar.

—Ya es bastante malo tener que tragarme todo el asunto de Millersen; pero lo que colma el vaso es enterarme de que tú eres un cobarde. —El tono de su voz cambió bruscamente—. Ya soy un viejo, Mike. He pasado una buena parte de mi vida en esta oficina. Siempre he procurado hacer un trabajo limpio, honesto, protegiendo a la gente que confiaba en mí. Ésta es la primera vez que siento que les he fallado.

—Usted no les falló, señor —dijo Mike—. Toda la información está ahí, sobre su mesa.

—Yo respondo por cada hombre que trabaja en esta oficina —dijo el Viejo—. Yo pagaré por Millersen, por ti. Ser el fiscal del distrito es algo más que plantarse frente al Gran Jurado y lanzar acusaciones, es algo más que conseguir una condena en un caso criminal. Es orgullo. Orgullo de hacer el trabajo sin miedo, sin parcialidad. Al dimitir tú, es como si lo hiciese yo. Todo el mundo va a saberlo.

Mike no respondió.

—De acuerdo —dijo el Viejo—. Vete si quieres, pero por lo menos ten la decencia de decirme por qué. Yo sé que tú no eres un cobarde.

Mike respiró hondo. De pronto se dio cuenta de que sus manos temblaban.

—Dímelo, Mike —insistió el Viejo amablemente—. Eras un buen policía, y fuiste un buen ayudante. ¿Por qué quieres irte?

Mike miró a el Viejo a los ojos.

—Ella era mi novia, señor —dijo con voz sin expresión.

—¿Ella? —preguntó el Viejo, confuso—. ¿Quién?

—Marja —dijo Mike—. Quiero decir, Maryann Flood.

—¿Esta Maryann Flood?

Mike asintió con la cabeza.

—Pero… ¿Cómo…, por qué?

El Viejo parecía completamente confundido.

—Yo no sabía que ella estaba metida en esto cuando pedí el informe a Alec sobre Park Avenue Models hace tres semanas, señor. —Mike calló para encender un cigarrillo—. Si lo hubiese sabido, quizá no habría empezado.

El fiscal del distrito le miró. En sus ojos había una nueva comprensión.

—No me equivoqué —murmuro—. No me equivoqué contigo.

Mike continuó, como si no le hubiese oído.

—Después, cuando me dieron el informe, tuve que continuar adelante. Pedí permiso para seguir con ello, y me lo dieron. Intervinimos un teléfono y comenzamos a hacer averiguaciones. Todo encajaba, incluso cosas en las que nunca habíamos pensado. Todas esas incursiones de la Policía que fallaban. Más y más cosas. Especialmente cuando investigamos sobre el primer arresto de ella y descubrimos que Frank Millersen fue quien lo llevó a cabo. Y resultó aún más convincente cuando supimos que él había ingresado en el Banco casi veinte mil dólares en un año. No hay un policía en todo el mundo que lo consiga sólo con su paga. Desde ahí llegamos a los industriales que sostenían el negocio de ella, a los políticos a quienes sobornaba, a los policías y detectives de los que se cuidaban las chicas. Y después, tan repentinamente como había comenzado, la investigación concluyó. Todo estaba listo para ser presentado ante el Gran Jurado y conseguir una acusación. Fue entonces cuando supe que no podía hacerlo. Pedí a Joel Rader que me sustituyera.

El Viejo le miró.

—¿Dijiste que estabas enfermo?

—Lo estaba —afirmó Mike—. Enfermo por dentro.

—Pero has venido aquí antes de que Joel saliera del Tribunal.

—Sí —respondió Mike—. Quiero irme sin saber cuánto daño le he hecho.

—No puedes huir de esto, Mike —dijo amablemente el Viejo.

Mike aspiró profundamente el cigarrillo.

—Lo intentaré, John.

—La quieres todavía.

Más que una pregunta, era una afirmación.

Mike le miró, pero no respondió.

La puerta se abrió a su espalda, y Joel Rader entró, con expresión excitada.

—¡Lo has conseguido, Mike! —gritó—. Hemos obtenido una acusación contra cada uno de ellos. Flood, Millersen. ¡Va a ser el caso más sonado de esta ciudad! — Se volvió hacia el fiscal, que continuaba sentado tras la mesa—. Tengo ya las órdenes de arresto. Vamos a bajar ahora a buscar a Millersen.

El fiscal del distrito se puso en pie.

—Iré con vosotros —miró a Mike—. ¿Vienes, polizonte?

 

Frank Millersen se puso una pipa en la boca y la encendió cuidadosamente. Cuando vio que tiraba bien, empezó a revolver los papeles que tenía sobre la mesa. Nada especial. Le esperaba un fin de semana tranquilo, con Betty y los niños. Sería el primero después de largo tiempo.

Sonó un golpe en la puerta.

—Adelante —gritó.

El ruido de las pisadas de varios hombres le hizo levantar la cabeza. El fiscal del distrito estaba frente a su mesa, y tras él, Keyes y Rader. Más allá de la puerta vio el uniforme azul de un policía. Notó una rara rigidez en el pecho, pero forzó una sonrisa y se puso en pie, extendiendo la mano.

—Hace mucho tiempo que no bajaba por aquí, jefe —dijo.

Su mano quedó colgando entre los dos. El fiscal no hizo ningún movimiento para estrecharla. Torpemente, Millersen la levantó hasta la pipa, que se quitó de entre los labios, intentando que pareciera un gesto ininterrumpido.

La voz del fiscal sonó grave.

—Tenemos una orden de arresto contra ti, Frank.

Millersen notó que su rostro palidecía.

—¿Cuáles son los cargos, señor? —preguntó, pero podía leerlos en la cara de Mike.

—¿Tengo que decírselo, Frank? —preguntó suavemente el Viejo.

Los hombros de Millersen cayeron, y se derrumbó en su sillón. De pronto era un anciano. Miró la mesa. Sin motivo definido, revolvió los papeles que había encima. Sacudió la cabeza.

—No.

Sin levantar la vista supo que el fiscal del distrito había salido de su despacho. La voz de Rader cayó sobre él.

—Sera mejor que vengas con nosotros, Frank.

Alzó los ojos, llenos de agonía.

—Dame un minuto para recobrarme —dijo pesadamente—. Saldré en seguida.

Joel miró a Mike, que asintió.

—De acuerdo —dijo—. Te esperamos.

Comenzaron a caminar hacia la puerta, pero la voz de Millersen los detuvo.

—¡Mike!

Éste se volvió. Millersen forzó una sonrisa.

—Debí haberme acordado de que eras un maldito buen policía antes de entrar en la oficina. Yo mismo no lo hubiera hecho mejor.

—Lo siento, Frank —dijo Mike, con labios rígidos.

—Es tu trabajo, Mike —dijo Frank, con calma.

Mike asintió y siguió a Joel. Millersen observó como se cerraba la puerta tras ellos. Cogió la pipa, se la puso en la boca y dio unas chupadas. Notaba como aquel espeso humo le penetraba en los pulmones.

No sintió pena por sí mismo cuando abrió el cajón de su mesa y sacó el revólver, de un gris azulado. Pero le invadió un dolor inmenso, por Betty y por los niños, al sustituir en su boca el cálido extremo de la pipa por el frío metal del cañón del arma.