Avenida del Parque, 79
Capítulo IV
cuatro
Las primeras sombras púrpura de la tarde comenzaban a oscurecer el cielo. Al Oeste, el sol todavía luchaba con la noche, como una roja bola de fuego que, desesperadamente, iba a reunirse con todos los atardeceres anteriores. El aire comenzó a volverse fresco.
Marja se sentó sobre la manta que Ross había extendido.
—¿Qué hora debe de ser? —dijo.
Él abrió los ojos y miró de reojo al cielo.
—Aproximadamente, las seis y cuarto —respondió.
—¿Cómo lo sabes?
Él le sonrió.
—Tiempo atrás fui boy scout.
—Nunca había conocido a un boy scout —rió ella, poniéndole la mano sobre la rodilla.
Instintivamente, él se puso tenso. Marja notó su movimiento y retiró la mano apresuradamente.
—Lo siento. Me olvidé.
—No te preocupes.
—Pero no te gusta que te toque —respondió ella.
Él sacudió la cabeza.
—En realidad no es eso. Supongo que es simplemente que no estoy acostumbrado.
—Entonces, ¿te gusto?
—Me gustaste desde el momento en que te vi a través de las sucias ventanas de la sala de billares.
—¿De verdad?
La muchacha sonreía.
—De verdad —respondió él con los ojos serios—. Te vi cuando caminabas hacia las casas con Francie, y no pude dejar de mirarte. Me estropeaste el juego. Mike me dejó sin un centavo.
—¿Mike? —dijo ella interrogadoramente—. ¿Es el chico rubio que no quiso venir con nosotros?
Él asintió.
—Ni levantó los ojos de la mesa mientras le hablaba de ti.
Ella se sintió herida en su amor propio.
—¿Qué le dijiste?
Él sonrió.
—«Mamá, cómpramela.»
Ella le dio un puñetazo, jugando.
—¡Fresco!
—Menos mal que Jimmy estaba por allí. De otro modo, podría no haberte conocido nunca —dijo.
—Ya —replicó ella sarcásticamente—. Tu otro amigo no hubiera servido de mucho.
—Mike es un buen chico —protestó él—. Pero es demasiado serio. No le interesan las chicas. Se pasa todo el tiempo estudiando. Quiere ser abogado.
—¿Es tan mayor como tú? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—Tiene un año menos. Pero en la escuela estamos en la misma clase.
Su vanidad había sido herida. Para satisfacer su orgullo, ella debía gustar a todos los chicos.
—Seguro que no es tan guapo como tú.
—Gracias —dijo él secamente—. Eres la primera chica que conozco que piensa así. Generalmente, cuando le ven, es como si yo no existiera.
—Debe de ser terriblemente engreído —dijo sencillamente Marja—. No puedo soportar a los tipos engreídos.
—En realidad es muy agradable —dijo Ross—. No creo que se dé cuenta de que les gusta.
Marja se estremeció suavemente al sentir en los hombros el fresco del crepúsculo.
—De todos modos, no me importa lo más mínimo —dijo, indiferente. Miró hacia el mar—. ¿Dónde está Francie?
—Se fueron a la casa hace aproximadamente una hora, mientras tú estabas adormecida —respondió él—. Francie dijo que sentía frío.
Ella se puso en pie y se desperezó.
—Supongo que nosotros también deberíamos entrar. Yo empiezo a tenerlo.
Ross la miró. Se preguntó cuántos años tendría. Supuso que unos diecisiete. Sin embargo, nunca había conocido a una chica que a esa edad fuera ya tan mujer. Su piel clara y limpia, sus pronunciados pómulos, la boca, ancha, sensual, casi sombría, la firme línea de su mentón. Ella volvió a estirarse, manteniendo los brazos en alto sobre la cabeza. Ross pudo ver el suave vello rubio de sus sobacos, y su mirada descendió hacia la curva de los senos, jóvenes y llenos. Su cuerpo se estrechaba hasta llegar a la cintura, diminuta y firme, ensanchándose después en unas caderas generosas y redondas. Ella permanecía en pie; sus piernas eran rectas largas, pero femeninas.
Marja se daba cuenta de que él la estaba observando. Le sonrió. Le gustaba que la mirara.
La pregunta llegó sin pensar a sus labios:
—¿Cuántos años tienes, Marja?
—Adivínalo —dijo ella, sin dejar de sonreír.
—Diecisiete —aventuro el joven.
Se sintió orgullosa de que la creyera mayor de lo que era.
—Casi —dijo, dudando un momento, para dar más verosimilitud.
Ross le rodeó las piernas con sus brazos, y la atrajo hacia sí. Ella cayó, riendo, y su rostro quedó junto al de él, que puso un gesto ceñudo.
—¿Preparada para un beso, mi rubia y joven belleza? —dijo, con voz afectada.
La expresión de los ojos de Marja no cambió.
—Siempre estoy preparada —respondió roncamente.
Él le cubrió la boca con la suya. Se sorprendió ligeramente al notar que ella tenía razón. Nuevamente lo confundió la fiereza de su beso. Pero esta vez estaba preparado. No le cogería desprevenido. Luchó contra la pasión que le invadía. La mantuvo abrazada, pero con precaución. Sintió cómo los dedos de ella le acariciaban suavemente la mejilla, y las llamas volvieron a alzarse dentro de él; supo que había perdido de nuevo.
Desesperadamente, casi con rabia, apartó su boca de la de ella.
—Creo que es mejor que nos vayamos —dijo sombríamente.
—De acuerdo.
Se puso en pie y le esperó.
Evitando su mirada, él empezó a recoger la manta. Cuando estuvo doblada, se la puso sobre el brazo y se levantó. Echó a andar hacia la casa sin mirar a Marja.
Ella se puso a caminar a su lado. Extendió la mano y tocó la manta. Él la miró. Estaba sonriendo.
—¿Escondes algo, cariño? —preguntó ella.
El rostro del muchacho se puso de color escarlata. A sus labios llegó una respuesta brusca, pero ya habían llegado a la casa. En lugar de hablar, él mantuvo silenciosamente la puerta abierta para que pasara.
Entraron en la casa por la puerta que daba a la playa. Era la parte posterior del sótano, acondicionada como una caseta de baño. Ella entró en la habitación, y, de pronto, se quedó muy quieta. Alargó una mano tras ella y se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio.
—Mira —susurró, y en sus labios había una sonrisa burlona—. Los enamorados.
Él dio un respingo. Francie y Jimmy estaban profundamente dormidos sobre un sofá, abrazados.
Ross se quedó sorprendido un momento, pero inmediatamente sintió unas ganas enormes de reír. Era gracioso. Jimmy era un saco de huesos, y Francie, una chica muy exuberante. Se puso la mano sobre la boca para contener la risa.
—¿Los despertamos? —murmuró.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Parecen estar tan cansados, pobrecitos…
Pasaron junto a ellos de puntillas y salieron al vestíbulo. Ella le miró.
—¿Por dónde se va al dormitorio? —preguntó—. Quiero vestirme.
Ross hizo un gesto con la mano, y ella le siguió escaleras arriba. Abrió la puerta de la habitación. Marja se volvió a mirarle.
—¿Puedo ducharme? —preguntó.
—Si no te importa que el agua esté fría… —respondió él—. Todavía no han encendido el calentador.
—No me importa.
Cogió la ropa, que estaba sobre una silla, y entró en el cuarto de baño. Echó el cerrojo a la puerta y esperó, escuchando. Oyó cómo se cerraba tras él la puerta del dormitorio. Luego, sonriendo, entró en la bañera, cerró la cortina a su alrededor y abrió el grifo de la ducha.
Incluso fría estaba estupenda. Adoraba las duchas. En casa tenían solamente una tinaja, y estaba en la cocina. Los servicios estaban en el vestíbulo. Era estupendo vivir así. Empezó a cantar con voz clara y poco musical. Permaneció allí por lo menos diez minutos, y luego, contra su voluntad, cerró el grifo.
Descorrió las cortinas de la ducha y sacó fuera un pie, antes de levantar la vista. Se llevó la mano a la boca, sorprendida.
—¡Oh!
Ross estaba allí, sonriendo, sosteniendo con las manos extendidas una gran toalla de baño.
—Pensé que lo necesitarías —dijo.
Ella no se movió.
—¿Cómo has entrado? —preguntó.
—Por mi puerta —señaló tras él—. Está al otro lado.
La miró.
—Vale más que la cojas —dijo, acercándole la toalla—. Tengo entendido que las rubias verdaderas se resfrían fácilmente.
Marja tomó la toalla y se envolvió con ella.
—Muchas gracias —dijo fríamente.
—Espera un momento —dijo él—. No estarás enfadada, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—Es que no me gusta que me espíen. Eso es todo.
Él la atrajo hacia sí.
—Era sólo una broma, Marja —e intentó besarla.
Encontró solamente su mejilla.
—Pues no tuvo gracia —dijo ella—. Y ahora déjame sola. Quiero vestirme.
Él notaba el calor de su cuerpo a través de la toalla. Empezó a sentir una fuerte excitación. Pensó en la pareja que estaba abajo, en el sofá, tal como los habían visto cuando pasaron de puntillas junto a ellos. La apretó contra sí fuertemente.
—No vas a dejarme así —dijo con voz forzada, mientras el corazón le golpeaba en el pecho.
Ella le miró fijamente. Sus ojos eran los más fríos que él había visto nunca. Siguió sin decir nada.
La ira le invadió violentamente. Intentó forzarla a besarle. Silenciosamente, Marja le esquivó y se apartó de él. No pudo impedirlo. Entonces apoyó todo su peso sobre ella y la empujó contra la pared. Así no podría escapar.
—Basta de burlas, Marja —dijo bruscamente—. ¿Para qué crees que te he traído aquí?
Ella no respondió. Simplemente, siguió mirándole.
Él intentó arrancarle la toalla, pero ella lo impidió. Ross sintió que la furia lo dominaba. En su violencia había una especie de alegría salvaje. Le abofeteó el rostro con el revés de la mano.
—¡Vamos, perra! —masculló—. ¡Quítate eso! ¡Francie dijo que estabas de acuerdo!
Sintió cómo se quedaba fría, erguida contra la pared. La miró. Las marcas de sus dedos, sobre las mejillas enrojecidas por el sol, eran blancas. En los labios de ella había una tenue sonrisa, y sus párpados estaban entornados.
—Ross, cariño —murmuró suavemente.
En los labios de Ross apareció una sonrisa de superioridad. Aquellas ramerillas baratas eran todas iguales. A veces había que usar un poco de mano dura para demostrarles quién era el amo. Se acercó a ella confiadamente.
No vio el rápido movimiento de su rodilla hasta que sintió aquel intolerable dolor en la ingle. Permaneció allí por un momento, mirándola incrédulamente, tambaleándose frente a ella.
—¡Marja! —exclamó con voz ahogada.
Sus labios estaban completamente blancos.
—¡Dios mío, Marja!
Una segunda oleada de dolor lo derribó al suelo, a sus pies.
A través de la nube que cegaba sus ojos, pudo ver cómo le observaba fríamente, mientras él se retorcía en el suelo, frente a ella. Temblaba, sacudido por espasmos de agonía.
Sintió, más que vio, cómo pasaba por encima de él para coger la ropa, que estaba sobre la silla. Notó una corriente de aire en la mejilla cuando ella abrió la puerta. Intentó incorporarse y mirarla.
Estaba en el umbral de la puerta, contemplándole. Su voz llegó fríamente a sus oídos.
—Si era eso lo que querías, ¿por qué no escogiste a Francie?
El dolor disminuía. Podía respirar, pero no se atrevía a moverse, por miedo a volver a sentirlo. Hizo un esfuerzo para hablar.
—Porque era a ti a quien quería, Marja —tartamudeó con labios torpes.
La voz de ella ya no sonó tan fría.
—Hay algunas cosas que hago, y otras que no —dijo pacientemente, como si se lo estuviese explicando a un niño—. ¿Qué clase de chica crees que soy, Ross? cinco
La puerta se cerró tras ella, y él quedó solo sobre el suelo de la habitación. Apretó su ardiente mejilla contra los frescos mosaicos y cerró los ojos. La vio de nuevo, tal como salía de la ducha, y el dolor volvió. Retuvo el aliento.
—Marja —le susurró al frío suelo embaldosado—. ¿Qué clase de chica eres?