Avenida del Parque, 79
Capítulo XIX
diecinueve
A partir de aquel día fue adonde Joker la enviaba. Gradualmente empezó a confiar en él. Nunca tuvo ningún problema con los hombres que encontró. Eran más respetuosos que los muchachos de la escuela.
Los chicos estaban siempre a su alrededor, intentando ponerle las manos encima. A ella no le interesaban. En muchos aspectos se sentía superior a sus compañeros. ¿Qué sabían ellos de lo que ocurría en el mundo?
Según avanzaba el invierno, veía cada vez menos a Mike. Varias veces concertó citas con él, que después tuvo que romper, porque Joker tenía un trabajo para ella. Desde la noche en que la estuvo esperando junto a su casa, él no había vuelto por el salón de baile. Una noche la llamaron por teléfono, cuando estaba allí.
—Dígame.
—¿Marja? —dijo aquella voz tan conocida—. Soy Mike.
Notó algo cálido dentro de ella. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de cuánto le había echado de menos. Sonrió al teléfono.
—¿Cómo estás, Mike?
—Bien —respondió él—. ¿Y tú?
—Yo también.
—Quería hablar contigo, pero he estado muy ocupado en la escuela.
—Me alegro de que hayas llamado, Mike —dijo ella suavemente—. Te he echado de menos.
La voz de Mike sonó de pronto alegre y ligera.
—¿De verdad?
—De verdad, Mike.
—¿Quieres que nos encontremos cuando termines de trabajar?
—Claro —respondió ella con rapidez.
—Al bajar la escalera. En el mismo sitio. El primer coche más allá de la esquina —dijo él apresuradamente.
—De acuerdo.
—Marja… —vaciló él.
—¿Qué, Mike?
—No me dejarás plantado esta vez, ¿verdad? —rogó.
—Estaré allí, Mike —dijo ella, colgando el teléfono.
Cuando salió, Mike estaba apoyado en un coche. Se enderezó al acercarse ella. Marja le miró a la cara. Parecía delgado y cansado.
—Hola.
—Hola —respondió él, con una sonrisa oblicua.
Se miraron en silencio por un momento, hasta que Marja habló.
—¿No vas a invitarme a una taza de café?
—Claro —respondió él—. Me has quitado las palabras de la boca.
Ella comenzó a caminar hacia la cafetería, pero él la cogió del brazo y la condujo a un restaurante cercano. Entraron y se sentaron a una mesa.
Ella contempló el blanco mantel.
—Chico, vives a lo grande.
Él sonrió.
—Sólo lo mejor.
Pero ella se dio cuenta de que escogía con prudencia lo que pedía.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó.
—No gran cosa —respondió él—. Ir a la escuela. Estudiar. Trabajar.
—Estás más delgado.
Mike se encogió de hombros.
—Me estaba engordando demasiado.
El camarero les trajo el café y los bollos. Ella bebió un sorbo de café, y esperó a que él hablara.
—¿Cómo está el pequeño Peter?
—Bien —sonrió ella—. Ya anda y empieza a hablar. Me llama Ja-ja.
Notó que no había preguntado por su padrastro.
—¿Cómo te va el trabajo? —prosiguió él.
—Bien.
Mike calló, observándola mientras se bebía el café, pero no tocó la taza que había frente a él.
—¿No tomas tu café? —preguntó ella.
—No tengo ganas —respondió él. Se levantó bruscamente, echando un billete sobre la mesa—. Vámonos.
Ella le siguió a la calle.
—¿Qué pasa, Mike?
Él la miró a la cara.
—Tengo un recado para ti —dijo, sin expresión. Ella se sorprendió.
—¿Para mí?
—Es de Ross —asintió él—. Me pidió que te dijera que volvía el próximo mes.
Ella retiró la mano que apoyaba en su brazo.
—¿Es por eso por lo que me llamaste? ¿Para darme un recado?
Él no respondió. Tenía el rostro sombrío.
—¿Y qué esperáis que haga? —preguntó ella sarcásticamente—. ¿Empezar a dar volteretas?
Mike siguió callado. Caminó un par de pasos antes de darse cuenta de que ella no estaba a su lado.
—¿Qué pasa? —preguntó, un tanto confundido.
—De acuerdo; pues ya me has dado el recado —dijo ella con voz fría—. Gracias. veinte
—Él sigue creyendo que eres su chica.
Los ojos de Marja estaban muy abiertos en la oscuridad.
—¿Y qué es lo que tú crees?
Mike permaneció frente a ella, con aspecto infeliz.
—Yo no sé qué creer. Parece tan seguro de sí mismo…
Ella se metió en un portal oscuro.
—Mike —dijo.
—¿Sí?
—Ven aquí, Mike.
Él entró tras ella en el portal. Marja le echó los brazos al cuello y lo obligó a bajar la cabeza. Entonces lo besó. Al principio, él quedó paralizado; luego la rodeó fuertemente con sus brazos y la atrajo hacia su cuerpo. Permanecieron así un rato. A Mike le parecía que en su cerebro explotaban fuegos artificiales.
Finalmente, ella se apartó. Tenía todo el cuerpo estremecido a causa de la fuerza de su abrazo.
—Y ahora ¿qué piensas, Mike?
—Pero tú nunca dijiste nada —apremió él, confusamente—. No parecías querer verme. La última vez me dejaste plantado. Esperé más de una hora a que aparecieras, pero no viniste.
De noche, los ojos de Marja eran verdes y brillaban como los de un gato.
—Tengo que trabajar, Mike. Necesito el dinero. Tú lo sabes.
—Pero hay tantas cosas que puedes hacer por dinero…
Ella negó con la cabeza.
—No hago nada malo. Sólo quiero lo suficiente para no tener que vivir como vivió mi madre. Vi lo que le ocurrió a ella.
—Pero tú nunca…
—Cállate —dijo ella suavemente, poniéndole los dedos sobre los labios—. Hablas demasiado. Nunca intentaste besarme. Me empezaba a preguntar si te pasaba algo raro.
Él sonrió. Parecía como si todo su rostro se hubiera iluminado. Se inclinó hacia ella.
—Quizá sea mejor así —dijo—. Tengo que recuperar todo el tiempo perdido.
La calle estaba en silencio cuando llegaron a casa de Marja. Al entrar en el vestíbulo les llegó el débil soplo de los últimos vientos de marzo. Ella cerró la puerta sin hacer ruido y le miró a la cara.
Él la contempló fijamente. Sus ojos estaban serios, y habló en un susurro.
—Te quiero, Marja. Ya lo sabes, ¿verdad?
Ella asintió.
—Te quiero desde aquel día en el ascensor. Pero nunca creí que te fijarías en mí. Ross lo tiene todo, y yo, nada.
—Nunca te pedí nada.
—Ya lo sé —respondió él—. Pero tú puedes conseguir todo lo que quieras. Todos los hombres que te conocen se vuelven locos por ti.
Ella sonrió lentamente.
—Ya lo sé —dijo, satisfecha—. Pero a mí no me importan. Son todos unos payasos. Se creen que pueden conseguir algo de mí, pero no es así.
Él sonrió burlón.
—¿Yo también soy un payaso?
—Tú eres el mayor de todos —le desafió ella cariñosamente—. Pero no para mí. Me gustas.
Mike la rodeó con sus brazos. Ella se dejó abrazar. Su boca era cálida, y sus labios estaban entreabiertos. Su lengua levantó llamaradas en la boca del muchacho. Él retuvo el aliento y cerró los ojos, cayendo en una vorágine de fuego.
Marja se apartó de pronto, con una expresión confusa en los ojos.
—Mike, me vuelves loca.
—Bien —dijo él.
Ella sacudió la cabeza.
—No comprendo por qué. Nadie me hizo nunca sentir de este modo.
Él la abrazó de nuevo.
—Eso te enseñará a no jugar conmigo, nena. —Rió. La besó en el cuello—. Por fin encontraste tu pareja.