Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 57 de 57

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Avenida del Parque, 79

El Estado contra Maryann Flood

Joel, que estaba sentado a su mesa, levantó la cabeza cuando yo entré en la oficina. En su cara había una expresión de preocupación.

—El Viejo ha estado gritando como un loco, llamándote —dijo—. Será mejor que subas corriendo a su despacho.

—¿Qué quiere? —pregunté, tirando mi abrigo y sombrero sobre una silla.

—No lo sé —repuso Joel—. Me han dicho que Vito está con él. Todo esto no me gusta nada.

—¿Vito? —pregunté.

Joel asintió.

—Es mejor que te des prisa.

La secretaria de el Viejo me indicó con la mano que pasara directamente a su despacho. El fiscal estaba sentado tras su mesa, y en sus ojos había una mirada fría. Vito se sentaba en un sillón frente a él. Se volvió cuando yo entré. Pasé junto a él y me acerqué a la mesa.

—¿Me llamaba, señor?

El Viejo asintió, con la misma expresión en los ojos.

—No me lo explicaste todo sobre tus relaciones con la señorita Flood —dijo con voz tan fría como sus pupilas.

Sentí que la ira se desataba en mi interior. Yo no había pedido aquello. Había explicado a el Viejo todo lo que creí pertinente. Fue él quien me rogó que continuara, cuando yo quise dejarlo. Por tanto, hice que mi voz sonara tan helada como la suya.

—Lo siento, pero creo que no lo entiendo.

—¡Con un Frank Millersen, en toda una vida, ya es más que suficiente para un hombre! —gritó el Viejo, golpeando el escritorio con el puño.

Yo procuré mantener la calma, aunque mi furia estaba a punto de estallar. Ya había sufrido bastante sin necesidad de que aquel viejo bastardo me gritara.

—Sigo sin saber de qué me está hablando.

—¿Y tampoco sabes lo que es esto? —preguntó el Viejo sarcásticamente, empujando hacia mí una hoja de papel.

La cogí y comencé a leer. Era un certificado de nacimiento. Michelle Keyes. Seguí leyendo, sintiendo que mi rostro se quedaba sin una gota de sangre. Madre: Maryann Flood. Padre: Michael Keyes. Miré la fecha y pude oír los golpes que el corazón me daba en el pecho. Debía de ser verdad; coincidía con la época en que habíamos estado juntos.

Ahora comprendía muchas cosas. La extraña mirada de ella, la noche anterior, cuando le pregunté por su hija. No sospeché que pudiera ser mía también.

La voz de el Viejo sonó estridente en mis oídos.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Levanté los ojos hacia él y procuré hablar tan firmemente como pude.

—¿Cómo iba a hacerlo? —pregunté—. Ésta es la primera noticia que tengo.

—No esperarás que me crea eso, ¿verdad? —bufó el Viejo.

Aquello hizo que se desbordara el vaso.

—¡No me importa nada en absoluto lo que usted pueda creer! —grité.

—¿Sabes lo que va a hacer esto con tu caso? —siguió el Viejo—. Lo va a convertir en el hazmerreír de todos.

Lo miré fijamente. Aquél era el hombre que siempre había dicho que la única manera de ganar era ir con la verdad.

—¿Y por qué? —pregunté—. Hasta ahora, Vito no ha podido anular ninguno de los cargos.

Entonces habló Vito, por primera vez desde que entré en la habitación.

—¿Para qué había de molestarme? —preguntó—. ¿Qué jurado creerá ninguna de las acusaciones cuando vea esto? Parecerá una cosa tramada. Una venganza personal.

—Había oído decir que era usted un buen abogado, Vito —dije, riendo—. Uno de los mejores. No sabía que entre sus armas incluyera el chantaje.

Vito se levantó de su sillón y vino hacia mí. Yo le empujé con una mano, y volvió a sentarse, sin dejar de mirarme.

El intercomunicador de el Viejo empezó a sonar.

—¿Sí? —ladró, apretando el botón.

—La señorita Flood está aquí —dijo la voz de su secretaria.

—Hágala pasar.

La puerta se abrió y entró Marja. Su cabello dorado estaba cepillado, suelto. Llevaba el mismo abrigo de pelo azul que yo había visto durante el juicio. Penetró en la oficina con el paso seguro que la había distinguido siempre de las otras mujeres.

Me ignoró y se dirigió a Vito.

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz ronca.

La sonrisa del abogado, bajo su elegante bigote, parecía forzada.

—Creo que el fiscal está dispuesto a ofrecernos un trato.

Ella me miró con ojos brillantes.

—Mike, ¿tú…?

—Dije el fiscal, no tu amigo —la voz de Vito sonó cortante.

El brillo de sus ojos se apagó con la misma rapidez con que había aparecido.

—¿Por qué? —preguntó.

En silencio, le entregué el certificado de nacimiento. Lo miró rápida mente, y después, a mí. Su mirada reflejaba verdadero dolor.

—¿Dónde han conseguido esto? —preguntó con voz temblorosa.

Yo señalé a Vito.

—¿Cómo lo has conseguido, Vito? —preguntó ella con voz de hielo.

—Tom me lo trajo —sonrió él.

—¿Por qué no me consultaste sobre ello?

—¿Y dejar que perdieras tu propio caso para proteger a tu amigo? —replicó él—.

Soy tu abogado, y tu abogado tiene que defenderte. Incluso contra ti misma.

Maryann respiró profundamente.

—¿Quién se preocupa por él? Si quisiera que lo hubiese sabido se lo habría dicho hace mucho tiempo. Es Michelle lo que me importa. Ahora es feliz. Cree que a su padre le mataron en la guerra. ¿Cómo crees que se sentirá cuando sepa cómo ha nacido?

—¿Y qué va a pensar cuando se entere de que su madre está en la cárcel? — repuso Vito.

—¡Vale más eso que descubrir que es bastarda! —exclamó Marja.

—Harás lo que yo diga —dijo Vito, poniéndose en pie—. Lo que está en juego es demasiado importante para que retrocedas ahora. —Se volvió hacia el fiscal—. Bien, John: ¿qué dices tú?

El Viejo lo miró en silencio.

—¿Hay trato o no? —insistió Vito.

El fiscal habló suavemente, mirándome a mí.

—Keyes se ocupa del caso. Mi política es no inmiscuirme nunca en el trabajo de mis colaboradores. Pregúntaselo a él.

Vito me miró interrogadoramente.

—No hay trato —dije.

—No te va a gustar, Mike —dijo—. Voy a hacerte subir al estrado, y cuando acabe contigo, no vas a tener adónde ir. Tu carrera terminará allí.

—Correré el riesgo —dije sombríamente.

—Esto acaba con sus posibilidades como gobernador —dijo Vito, volviéndose hacia el Viejo.

—Estoy al lado de Mike —repuso éste, con ojos inescrutables.

Vito echó a andar hacia la puerta, con el rostro furioso y acalorado.

—Vamos, Maryann.

Ella empezó a caminar tras él.

—Marja —dije yo.

Ella se paró y me miró. Yo me acerqué y le cogí la mano.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté suavemente.

No respondió. Sus ojos brillaban de un modo extraño. Me pregunté si habría lágrimas tras sus párpados.

—¿Por qué, Marja? —insistí.

Me miró abiertamente a los ojos, sin pestañear.

—Ya perdí un hijo porque no creyeron que pudiera ocuparme de él, Mike — murmuró—. Y no quería que me quitaran éste.

—¿Vienes, Maryann? —preguntó Vito bruscamente desde la puerta.

—Lo siento, Mike —murmuró ella, soltando su mano de la mía y saliendo.

Avancé lentamente hacia el Viejo.

—Bien, creo que se lo he estropeado todo.

—Te pido excusas por no confiar en ti, Mike —sonrió él.

—Olvídelo, John —dije—. Eso no es lo que importa ahora.

—La audiencia va a comenzar dentro de pocos minutos. Será mejor que bajemos —dijo, poniéndose penosamente en pie.

Me sentía como los antiguos gladiadores romanos cuando se dirigían a la arena.

—Morituri te salutant —dije.

Él estaba ocupado con sus propios pensamientos.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

Le sonreí. El Viejo estaba orgulloso de sus conocimientos de latín, y no se presentaba con frecuencia la oportunidad de fastidiarlo, aunque fuera por falta de atención por su parte.

—Los que van a morir te saludan —traduje, sonriendo.

 

En la Sala había una atmósfera de excitación reprimida. Era como si un instinto misterioso hiciera sentir a todos que algo estaba a punto de explotar. Incluso los ujieres, a los que normalmente nada impresionaba, se afanaban, impacientes, de un lado para otro.

El juez llegó con un retraso de veinte minutos. Nos pusimos en pie al subir a su estrado. Un momento después la Corte entraba en sesión.

Vito se levantó y se acercó al magistrado. Su voz resonó por toda la Sala.

—La defensa llama a su primer testigo, ¡el señor Michael Keyes, de la oficina del fiscal del distrito!

Incluso el juez se sobresaltó visiblemente. Nos miró a nosotros, mientras una oleada de comentarios se extendía por toda la Sala. Oí las pisadas de varios periodistas que corrían por los pasillos hacia la puerta. El magistrado dio varios golpes con su mazo, requiriendo silencio. Al cabo de un momento se restableció el orden.

—Es una petición sumamente extraña, abogado —dijo—. Espero que tenga usted suficientes razones para ello.

—Las tengo, Señoría —respondió Vito—. Para que a mi defendida se le haga justicia, considero sumamente importante que el señor Keyes suba al estrado de los testigos.

El juez me miró, y yo comencé a caminar, cruzando la Sala. Vito me observaba con rostro impasible.

Ella me miró cuando pasé junto a su mesa. Su rostro aparecía pálido y cansado. Un momento después, ella quedaba a mi espalda y el sillón de los testigos frente a mí. Subí el escalón y me volví hacia el ujier que iba a tomarme juramento. Una docena de flashes brillaron, cegándome momentáneamente.

Al cerrar los ojos, oí la voz de Maryann, fuerte y clara.

—Su Señoría, ¿puedo hablar un momento con mi abogado? ¡Quiero declararme culpable!

Un nuevo ruido estalló en la Sala, aún más fuerte que el anterior. Nuevos flashes brillaron, y para cuando recobré la visión, Vito había vuelto a su mesa.

Discutieron ostensiblemente durante unos momentos; luego Vito se volvió hacia el juez.

—¿Puedo pedir que se suspenda la sesión durante diez minutos, Su Señoría? Necesito hablar un momento en privado con mi cliente.

—Se suspende la sesión durante diez minutos —dijo el juez, golpeando con el mazo.

Bajó de su estrado, y yo descendí del de los testigos y me dirigí a mi mesa.

Marja y Vito habían desaparecido ya en el salón de conferencias. La gente, de pie en la parte trasera de la Sala, se apretujaba como sardinas. Sentí que una mano me tiraba de la manga, y me volví. Era el jefe.

—Tenías razón —murmuró, con tono de admiración—. La chica tiene agallas. ¡Vaya si las tiene!

La puerta del salón de conferencias se abrió, y Vito apareció solo. Miró a la multitud, como si buscase a alguien. Intenté seguir su mirada, pero fue demasiado rápido para mí. Hizo un movimiento como de asentimiento, con la cabeza, y volvió a desaparecer.

Yo seguía observando a la gente. Un momento después, un hombre se puso en pie. Su cabello gris acerado brilló bajo las lámparas. Comenzó a caminar hacia la puerta. Le reconocí inmediatamente: Joker Martin. Me pregunté qué habría estado haciendo allí, pero la puerta de la sala de conferencias se abrió, y lo olvidé.

Marja fue la primera en entrar en la Sala. Su rostro parecía impasible y en calma. Vito la siguió. Se dirigieron a su mesa y se sentaron. Un minuto después, la Corte volvía a entrar en sesión. Vito se puso en pie y se encaró con el juez. Su rostro estaba pálido, pero su voz era firme.

—Mi cliente desea declararse culpable de todos los cargos.

—¿Es ése su deseo, señorita Flood? —dijo el juez, dirigiéndose a ella.

—Sí, Su Señoría —respondió ella, levantándose lentamente.

 

Nos abrimos paso hacia los ascensores, a través de la muchedumbre. Me dolía la espalda de todas las palmadas de felicitación que había recibido. Por fin me quedé solo en el ascensor con el jefe.

—Mi dimisión estará sobre su mesa mañana por la mañana, señor —dije.

Él no me miró.

—Siento todo lo que ha ocurrido, señor.

No respondió nada.

El ascensor se paró en mi piso, y salí, dejándole solo. Me dirigí a mi oficina. Joel y Alec estaban todavía abajo. Me senté a mi mesa y saqué una hoja de papel. Escribí mi dimisión rápidamente, la puse en un sobre y mandé que se la subieran al jefe.

Sonó el teléfono de mi escritorio, y descolgué.

—Keyes —dije.

Ya no volvería a hacerlo más veces.

—Mike, soy Marja.

—Sí, Marja —dije cansadamente.

—Estoy en el Boyd Cocktail Loungelt, en Broadway. ¿Puedes venir aquí ahora?

Habían trabajado de prisa. Su fianza se fijó en cincuenta mil dólares, y ya estaba en un bar, antes de que yo hubiera tenido tiempo de llegar a mi oficina. Vacilé.

—Por favor, Mike —dijo—. Es muy importante.

—De acuerdo. Ahora voy.

Alcancé mi abrigo. Volvería al día siguiente para recoger mis cosas.

 

Cuando entré en el bar, ligeramente iluminado, había comenzado a nevar. Ella estaba sentada en una mesita del rincón. Me senté a su lado, y un camarero se acercó.

—¿Qué quieres tomar? —le pregunté.

—Cassis y soda —dijo.

—Ginebra con hielo para mí —dije, y el camarero se fue. Me volví hacia ella—. Sigues bebiendo esa cosa tan rara.

—Me gusta —dijo.

Nos sirvieron las bebidas.

—Por el crimen —dije, levantando mi vaso.

—No quiero beber por eso —dijo, mirándome fijamente.

Yo hice una mueca.

—Ross siempre lo decía —continuó—. Me siento supersticiosa, no me gusta.

—¿Se te ocurre algo mejor? —pregunté.

Ella asintió.

—¿Qué?

—Por nosotros —dijo, mirándome firmemente a los ojos.

Noté cómo su calor llegaba hasta mí.

—No está mal —dije, sorbiendo un poco de mi bebida. Dejé el vaso y la miré—. ¿Para qué querías verme?

Un hombre entró en el restaurante. Ella le echó una ojeada rápida y se volvió hacia mí.

—Para hablar de nosotros, Mike —dijo. Extendió su mano sobre la mesa, y la dejó descansar en la mía—. Creo que ya es hora.

Sentí que una corriente eléctrica, procedente de sus dedos, recorría mi brazo. Traté de controlar mi voz.

—¿Tú crees?

—Nunca podré querer a otro hombre —dijo, asintiendo lentamente.

—Te ha costado mucho tiempo llegar a esa conclusión —contesté, respirando profundamente.

—Lo siento, Mike —dijo ella—. No pude evitarlo. Te lo expliqué anoche, en el coche.

Necesitaba tiempo para pensar. Las venas de las sienes me latían. Cambié de tema.

—¿Quién pagó tu fianza? —pregunté.

La puerta se abrió y entró otro hombre. Automáticamente, ella le dedicó una rápida ojeada apreciativa, y después me respondió.

—Joker Martin —dijo.

Luego era eso lo que había estado haciendo en la Audiencia. Vito debía de haber salido a pedir su autorización para declararla culpable. Me habían dicho que controlaba casi todas las bandas de gángsters de la ciudad. No dije nada.

Ella se inclinó hacia mí y me envolvió en su cálido perfume.

—No será mucho tiempo, Mike —dijo—. Con buena conducta, saldré en un par de años. Entonces podremos marchamos a otra parte y comenzar de nuevo. Nadie sabrá nada de nosotros.

Otro hombre entró, y sus ojos lo recorrieron antes de volver de nuevo hacia mí. Su voz era ronca y grave.

—¿Lo haremos, Mike?

Respiré profundamente. Poco a poco, empecé a retirar mis dedos. Ella contempló primero mis manos; después, mi rostro. Sus ojos se velaron repentinamente.

—¿Qué es, Mike? ¿Que tengo que ir a la cárcel?

Negué con la cabeza, no me atrevía a hablar. Su voz sonó ligeramente más cortante.

—Entonces, ¿qué ocurre? Tengo derecho a saberlo, Mike.

—¿Cómo es mi hija, Marja? —dije, y la voz parecía proceder de otro.

Un relámpago de comprensión apareció en sus ojos.

—De modo que es eso —dijo.

—Eso es —asentí. Bajé la mirada hacia mis manos. Podía ver en ellas el latido lento de las venas—. Yo no hubiera podido mantener a un hijo tuyo separado de ti, como tú has hecho conmigo.

—¿Y qué otra cosa podía hacer, Mike? —preguntó—. Entonces vivíamos en mundos completamente diferentes.

—¿Y qué te hace pensar que ahora lo estamos menos? —dije brutalmente. La miré a los ojos—. He dejado pasar mi vida esperándote. Siempre creí que podría perdonar o encontrar excusas para todo lo que pudieras hacer. Pero me equivocaba. Lo único que no debías haber hecho nunca era engañarme con un hijo.

—También es hija mía, Mike, no lo olvides —dijo ella apresuradamente—. Es la única cosa de este mundo que es mía, realmente mía. Me pertenece más que a ti.

—Eso es lo que quiero decir, Marja —respondí, notando que me invadía la fatiga —. Podía haber sido nuestra hija. Pero tú pensaste sólo en ti misma. Ni en ella, ni en mí. Sólo en que la querías para ti.

—Todavía no es demasiado tarde, Mike. Podemos volver a empezar.

—No, Marja —dije, sacudiendo la cabeza—. No se puede hacer retroceder el reloj. Tú me lo dijiste una vez. ¿Recuerdas?

Sus ojos oscuros estaban muy abiertos. Los conocía tan bien y al mismo tiempo parecían los ojos de una extraña. Pasaron unos minutos. Su rostro se convirtió en una máscara inescrutable, y se puso en pie lentamente. Sin decir palabra, salió a la calle.

A través del cristal de la puerta la vi allí, parada, mientras la nieve caía como terciopelo a su alrededor. Un largo automóvil negro paró frente a ella. Un hombre descendió. Se quitó el sombrero y sostuvo la puerta para que ella subiera. Vi su cabello blanco, igual que la nieve que caía. Era Joker Martin. Subió al coche tras ella y se pusieron en marcha.

Me bebí de un trago el resto del vaso, y me levanté. Eché unos billetes sobre la mesa y empecé a caminar hacia la puerta.

 

Entré en la sala del Juzgado para llevar a cabo mi último acto oficial. Escuchar la sentencia de Marja.

Vi su rostro levantado hacia el juez. Estaba pálida, pero sus ojos permanecían tranquilos y desprovistos de temor mientras escuchaba sus palabras.

—Por la primera acusación (comercio sexual y prostitución) se la condena a prisión por un plazo indeterminado, de tres a cinco años, y a una multa de cinco mil dólares.

—Por la segunda acusación (soborno de ciertos agentes públicos) se la condena a un año de prisión y a una multa de cinco mil dólares.

—Por la tercera acusación (chantaje por medio de amenazas orales) se la condena a un año de prisión y a una multa de quinientos dólares.

El rumor de los comentarios se elevó a nuestra espalda al terminar el juez de pronunciar la sentencia. Golpeó con el mazo, reclamando silencio. La Sala se apaciguó.

Habló en tono bajo, pero su voz llegó hasta los últimos bancos.

—Nos ha sido indicado por el fiscal del distrito que la acusada, con su acción, ha demostrado su deseo de rehabilitarse a los ojos de la sociedad. Por tanto, es decisión de este Tribunal permitir a la acusada que cumpla toda su condena al mismo tiempo.

Un fuerte murmullo recorrió la Sala. Aquello era casi inesperado. Significaba que, con buena conducta, sólo permanecería en la cárcel unos dos años. Me volví hacia Alec.

—¿Sabías que el Viejo iba a hacer esto? —pregunté.

Él sacudió la cabeza. Miré a Joel. Él tampoco parecía saber nada. Contemplé a Marja, al otro lado de la Sala. Me estaba observando con mirada firme y agradecida. Quise decirle que había sido el jefe, no yo, quien lo había arreglado, pero no se podía hablar con ella.

Joel caminaba a mi lado cuando salimos del Juzgado.

—El Viejo se está volviendo blando —dijo—. ¿Tomamos una copa?

Negué con la cabeza y lo dejé frente al ascensor. Al llegar a la puerta de mi oficina, ésta se abrió repentinamente y el Viejo apareció en el umbral. En la mano tenía un sobre que agitó excitadamente frente a mí.

—No creerás que voy a aceptar esto, ¿verdad? —aulló.

Vi que se trataba de mi dimisión.

—Sí, señor —dije—. Creo que es lo correcto.

—Entonces eres aún más estúpido de lo que yo creía, Keyes —gritó.

Con un airado gesto, rompió la carta en pequeños pedazos y los esparció por el suelo. Después salió furioso de mi despacho.

Me quedé contemplando el suelo durante un momento. Los trocitos de papel eran de un blanco brillante, sobre el gris polvoriento de las baldosas. Entonces eché a andar tras él. Lo cogí del brazo, y dio media vuelta.

—Gracias, jefe —dije.

—Está bien, Mike —asintió, enojado—. No creerías que iba a dejar que se escapara un buen ayudante tan fácilmente, ¿verdad?

—No es por mí, señor —sonreí—. Es por Marja.

Me miró a los ojos, y su expresión se dulcificó.

—No olvides nunca, Mike —dijo suavemente—, que el rigor de la justicia debe ser siempre suavizado por la clemencia.

Permanecí allí en silencio durante un momento. Clemencia. Era una gran palabra. La más importante de todas. Me pregunté si alguna vez sería lo suficientemente hombre para ponerla en práctica.

Antes de que pudiera hablar, me puso la mano en el hombro.

—Vuelve a tu oficina, muchacho. Alguien te está esperando.

Se marchó corredor adelante, y yo volví a mi despacho. No había nadie. El Viejo me estaba tomando el pelo. Entré y me senté a la mesa. Oí un crujido de telas procedente del pequeño sofá que estaba contra la pared, tras la puerta. Levanté la vista.

Una niña se acercaba a mí. Su pelo era del color rubio más claro que yo hubiera visto. Sus ojos eran grandes, redondos y azules, y mirarlos era como contemplarme en un espejo. Eran mis ojos. Sentí un nudo en el pecho que me impedía respirar.

Se paró frente a mi mesa y me miró solemnemente. Mantenía los ojos muy abiertos y sin pestañear.

—Soy Michelle —dijo con voz joven y clara.

Yo asentí, incapaz de hablar.

—Mamá dijo que me quedaría contigo algún tiempo.

Volví a asentir. Quería hablar, pero no podía.

—También dijo que tú cuidarías de mí.

Una ligerísima insinuación de lágrimas empezó a aparecer en aquellos maravillosos ojos azules.

Comencé a sentir un fuerte dolor dentro de mí, y mi vista se nubló. Di lentamente la vuelta a la mesa y me arrodillé a su lado. Tomé sus manos entre las mías.

—Yo cuidaré de ti, Michelle.

FIN

Terminaste Avenida del Parque, 79

Harold Robbins

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