Avenida del Parque, 79
Capítulo VII
siete
La luz grisácea de la mañana, que llegaba a través del pequeño patio interior, penetró por la ventana al abrir Katti la puerta. Permaneció un momento en el umbral contemplando a su hija.
La sorprendía el aspecto de Marja dormida. Despierta, era casi una mujer; ahora parecía una niña. Sus dulces facciones estaban relajadas, y su respiración era tan tenue que apenas movía la ligera sábana que cubría su pecho. Ésa era la Marja que ella conocía, su tranquila y adorable niñita.
Entró en la habitación y se acercó a la cuna. Tocó rápidamente al niño. Un milagro. Estaba todavía seco. Al tocarlo, Marja emitió un ligero sonido. Ella se volvió en seguida a mirar a su hija.
Los ojos de la muchacha estaban abiertos. Miraba a su madre, sin rastro de sueño.
—Buenos días, mamá.
Katti no respondió. Recordaba cuánto había sufrido el día anterior, al no volver Marja directamente de la escuela. Peter le dijo que se había ido a nadar. No había llegado hasta casi las once.
Marja se sentó en la cama, y la sábana bajó hasta su cintura.
—¡Marja! ¡Cúbrete! —exclamó Katti con voz ahogada—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no duermas sin pijama? No está bien.
—Pero, mamá, hacía tanto calor…
Mientras hablaba, Marja alcanzó la parte superior del pijama y se la puso.
—Además, nadie me ve.
—No importa —insistió Katti—. No es decente dormir así. Eso sólo lo hacen los animales.
Marja apartó las sábanas y salió de la cama. La chaqueta del pijama le llegaba hasta los muslos. Se acercó a su madre y la besó en la mejilla.
—No te enfades, mamá —dijo.
Katti sonrió a su pesar. Apartó a su hija.
—No trates de engañarme —dijo—. Conozco todos tus trucos.
Marja sonrió a su madre.
—Fui a nadar ayer —dijo rápidamente, anticipándose a la pregunta de su madre —. ¿Has visto cómo me he quemado?
—Lo he visto —respondió secamente Katti—. ¿Cómo no iba a verlo?
—Unos amigos de Francie tienen una casa en Coney Island —explicó Marja—. En Sea Gate.
Katti pareció impresionada.
—¿Sea Gate? —murmuró—. Aquello es muy caro. La familia de esa chica debe de ser muy rica.
—Lo son —dijo Marja. No corrigió la presunción de su madre de que se trataba de una muchacha amiga de Francie—. Viven en Park Avenue.
De pronto el niño empezó a llorar. Katti se inclinó sobre la cuna y lo tomó en brazos. Dejó de llorar y comenzó a gorjear.
—De todos modos, debiste venir antes a casa a decírmelo —dijo Katti, hablando a Marja por encima de la cabeza del niño—. Estaba preocupada por ti.
—No tuve tiempo, mamá —respondió Marja—. Fuimos allí directamente al salir de la escuela.
—Pero volviste a casa después de la diez y media —dijo Katti, poniendo al niño sobre la cama de Marja.
Empezó a quitarle los pañales diestramente.
Marja cogió uno limpio de encima de la vieja cómoda y se lo dio a su madre.
—Quería que me quedara a cenar con ella, mamá —respondió—, y me quedé.
Katti le lanzó de reojo una rápida mirada.
—No vuelvas a hacerlo —dijo con calma—. Tu padre estaba preocupado.
Los ojos de Marja se volvieron fríos.
—¿Por qué? —preguntó sarcásticamente—. ¿Se quedó sin cerveza?
—¡Marja! —Katti habló secamente—. Ése no es modo de hablar de tu padre.
Marja se acercó al armario, sacó una bata de baño, muy usada, y se la puso.
—Él no es mi padre —dijo cortante.
Katti suspiró.
—¿Por qué sigues diciendo eso, Marja? —le preguntó con voz dolida—. Él te quiere, y espera que tú también le quieras. No es culpa suya si tú ni tan siquiera intentas que te guste.
Marja no respondió. Tomó su cepillo de dientes y un vaso, que estaban sobre la cómoda, y caminó hacia la puerta. Allí se paro y se volvió hacia su madre.
—Voy a preparar el biberón de Peter —dijo.
En la cocina, puso a calentar el biberón dentro de un pote de agua. Prendió la llama y fue hacia el fregadero. Se lavó con gestos rápidos y precisos; luego recogió la botella y volvió a su habitación.
—Dale el biberón a Peter —dijo Katti, levantándose de la cama—. Voy a prepararte el desayuno. No quiero que llegues tarde a la escuela.
Marja se inclinó sobre el bebé, con la botella en la mano. Le sonrió.
—¿Quieres tu desayuno, Peter?
Los ojitos negros de Peter rieron. Sus manitas se alzaron hacia el biberón, y su boquita sin dientes se entreabrió en una sonrisa.
—Qué bonito eres —dijo ella, poniéndole el biberón en la boca.
El niño gorjeó alegremente, chupando con entusiasmo la tetina. Un poco de leche empezó a escurrir por las comisuras de su boca.
—Despacio —rió Marja, secándolo con la toalla, que tenía todavía en la mano—. ¿Eres capaz de no caerte de la cama mientras Marja se viste? —preguntó.
Peter chupaba alegremente.
Ella se levantó, y los oscuros ojos del niño la siguieron.
—Espero que sepas arreglarte solo —dijo, sonriendo.
Se acercó a la cómoda y sacó unas prendas de ropa.
Se quitó la bata de baño y la chaqueta del pijama. Diestramente, casi al mismo tiempo, comenzó a vestirse y buscó el sujetador sobre la cómoda. Sus ojos captaron un rayo de luz, y miró al espejo que tenía enfrente.
Tras ella, la puerta estaba abierta, y desde allí podía verse la cocina. Su padrastro estaba sentado a la mesa, mirándola. En el rostro de Marja apareció una expresión de desprecio. Él bajó los ojos.
Entonces se volvió y caminó hacia la puerta. Él volvió a mirarla. Ella permaneció allí un momento, sin decir nada, luego cerró la puerta rápidamente y terminó de vestirse.
Peter había acabado su biberón. Ella lo tomó en brazos alegremente y salió a la cocina. Su padrastro ya no estaba allí.
Katti puso un tazón de cereales sobre la mesa y extendió los brazos para coger al niño.
—¿Se ha acabado la leche? —preguntó.
Marja asintió. Puso a Peter en brazos de su madre y se sentó.
—¿Otra vez harina de avena? —preguntó, mirando el tazón.
—La harina de avena te conviene —dijo Katti—. Cómetela.
Marja no empezó a comer. Quería un cigarrillo. Miró a su madre especulativamente, preguntándose si se atrevería a encender uno antes del desayuno. Decidió que sería mejor no hacerlo.
—No tengo apetito —dijo.
Su padrastro había vuelto a la cocina.
—La harina de avena, ¿no es suficientemente buena para tu delicado paladar? — preguntó groseramente—. ¿Preferirías, quizás, huevos con jamón?
Marja lo miró fríamente.
—Pues, a decir verdad, sí, los preferiría —dijo.
—¿No es una lástima? —dijo él sarcásticamente. Se volvió a Katti—. Me parece que se avergüenza de nosotros porque somos demasiado pobres para darle esos lujos.
Los ojos de Marja estaban muy abiertos.
—No lo seríamos si pudieras apartarte un ratito de la cerveza. Sólo el tiempo suficiente para ir a trabajar —dijo suavemente.
Peter extendió desmayadamente los brazos hacia su esposa.
—No tiene ningún respeto a sus padres —dijo—. Sólo los insulta. ¿Es eso lo que aprende andando por ahí a cualquier hora de la noche?
—Respeto a mis padres —dijo Marja velozmente—. Pero no a ti.
—¡Marja! ¡Ya basta! —dijo su madre secamente.
—Dile que deje de molestarme —respondió ella, ceñudamente, cogiendo la cuchara.
Probó la harina de avena. No sabía a nada.
—Tu padre tiene razón —siguió Katti—. Deberías hablarle con más amabilidad. Sólo piensa en tu bien…
—¡Mentira! —explotó Marja, tirando la cuchara—. ¡En toda su vida no ha pensado más que en él mismo! —Se puso en pie—. Si fuese sólo un poco hombre, no dejaría que tuvieras que ir a trabajar toda la noche, mientras él se queda en casa sentado. ¡Es una sanguijuela!
La mano de Katti se movió velozmente, destacándose, borrosa, contra el blanco grisáceo de la pared. El eco de la bofetada resonó en el momentáneo silencio de la cocina.
Marja se cubría la mejilla con la mano. La piel se enrojecía rápidamente alrededor de las blancas marcas de los dedos. En sus ojos había una extraña expresión de asombro.
—Me has pegado —le dijo a su madre con un tono de horror.
Katti la miró. Sentía un nudo en la garganta. Se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, había pegado a su hija.
—Para enseñarte a respetar a tus padres —dijo, temblándole repentinamente la voz.
Los ojos de Marja se empañaron y, por un momento, Katti creyó que iba a llorar. Pero no brotaron las lágrimas. En su lugar apareció una mirada fría, una calma helada, estremecedora, y Katti comprendió que su hija había crecido y que se apartaba de ella.
—¡Marja! —exclamó, con voz suplicante, y dio un paso hacia ella.
Marja se apartó.
—Lo siento, madre —dijo suavemente. Parecía que fuera ella la que se estuviera excusando por haber golpeado a su madre—. No sabes cuánto lo siento.
Dio media vuelta y salió lentamente de la cocina.
Katti se volvió hacia Peter. Podía oír los pasos de Marja corriendo escalera abajo. Empezó a llorar.
—¿Qué he hecho, Peter? ¿Qué le he hecho a mi niña?
Él no se acercó a ella. En su voz había un eco de triunfo.
—Lo que debías haber hecho hace ya mucho tiempo, Katti. Hiciste bien.
Ella le miró.
—¿Lo crees así de verdad, Peter? —preguntó en polaco.
Él asintió con la cabeza. En sus ojos había una profunda satisfacción.
Ella le miró fijamente. El niño empezó a llorar en sus brazos. Automáticamente, empezó a acallarlo. Quería creer a su marido. Quería creer que había obrado bien. Pero, por más que lo intentaba, las garras de la duda habían hecho presa en ella. ocho