Avenida del Parque, 79
Capítulo II
El sol de los primeros días de junio había convertido las calles de la ciudad en una masa esponjosa de asfalto que se pegaba a los pies y hacía que resultara muy difícil caminar. Se reflejaba salvajemente sobre los lisos muros de cemento de los edificios y quemaba los rostros como una llama.
Dudó un momento, en el umbral de la tienda, antes de salir al infierno del exterior. Lentamente, se comió el resto de la barrita de dulce, mientras sus ojos inspeccionaban la calle, buscando señales de vida.
Estaba casi desierta, exceptuando algunos niños que jugaban junto a la esquina de la Segunda Avenida. Una sola mujer salía de «Hochmeyer’s Pork Store», llevando su compra, y caminaba calle arriba hacia su casa. Un taxi trepidaba a lo lejos, dejando huellas azuladas sobre el pavimento.
El dulce se había terminado. Se limpió los dedos cuidadosamente en el papel de la envoltura, y después lo tiró a la alcantarilla. Guardó los cigarrillos en un pequeño bolso y bajó a la acera. El sol y el calor le dieron de lleno en el rostro, y parpadeó rápidamente. Sentía cómo el sudor manaba de todo su cuerpo, como una inundación. Por un momento lamentó no haber permanecido más tiempo en la confitería y haberse burlado un rato más del viejo. Por lo menos, allí hacía fresco.
Empezó a subir la calle con desgana, hacia su casa. Por el reloj de un escaparate vio que eran casi las tres. Dudó. Si no hiciese tanto calor, no volvería a casa, pero sólo un loco permanecería en la calle en un día semejante. Deseó tener dinero para ir a un espectáculo. El Teatro RKO de la Calle 86 tenía un buen sistema de refrigeración. Ventiladores que lanzaban el aire sobre grandes bloques de hielo. Por diez centavos se podía pasar allí todo el día y evitar el calor.
—¡Marja! —gritó la voz de una muchacha tras ella.
Se volvió a mirar atrás. Era su amiga Francie Keegan. Esperó que la chica llegara a su lado.
—Hola, Francie.
Francie acudió corriendo, sin aliento. Era una chica alta, corpulenta, de senos caídos y amplias caderas. Un año mayor que Marja, tenía un espeso cabello negro y ojos azul oscuro.
—¿Adónde vas, Marja? —dijo, respirando aún penosamente.
—A casa —respondió la otra sucintamente—. Hace demasiado calor para estar en la calle.
Una expresión de desencanto pasó por el rostro de Francie.
—Creí que podíamos ir a ver una película.
—¿Tienes dinero? —preguntó Marja.
—No.
—Ni yo —dijo Marja, y continuó andando hacia las casas.
Su amiga se puso a caminar a su lado.
—¡Diablos! —exclamó—. ¡Parece que todo el mundo está sin un céntimo!
Una leve sonrisa cruzó el rostro de Marja. Miró de reojo a su amiga.
—Vaya una noticia.
Caminaron en silencio un poco más. Entonces Francie puso la mano sobre el brazo de Marja.
—Tengo una idea.
Marja la miró.
—El Viejo Rannis —explicó Francie—. Quizá podamos hacer un trato con él.
Marja negó con la cabeza.
—Uh, uh. Acabo de salir de allí.
—¿Y…? —preguntó Francie, curiosa.
—Nada —dijo Marja—. Conseguí una barrita de dulce permitiéndole que usara los rayos X.
—¿Y qué más?
—Eso es todo —continuó Marja—. Luego quiso que fuera con él a la trastienda, para ver la pintura nueva, pero nada de dinero. Ya le debo tres dólares y cuarto. Hasta dejé que me tocara; pero lo que quería era ir a la habitación de atrás.
Francie reflexionó sobre las palabras de su amiga. Al final habló.
—Dame algo del dulce.
Marja sonrió.
—Demasiado tarde —se acarició el estómago significativamente—. Ya me lo he comido.
—¡Maldita sea! —exclamó Francie—. Está visto que hoy no tengo suerte.
Comenzó a caminar de nuevo.
—Creo que lo mejor sería que nos fuésemos a casa.
Se secó la cara con la manga corta de su vestido de algodón.
—¡Diablos! Qué calor que hace.
Marja no contestó. Caminaron en silencio. Estaban a mitad de camino del bloque de casas cuando volvieron a hablar.
—¿Quién está en casa? —preguntó Francie.
—Todos, supongo —respondió Marja—. Mi madre no va a trabajar hasta las cinco.
Su madre hacía la limpieza de una oficina, en la parte baja de la ciudad, y trabajaba hasta las dos de la madrugada.
—¿Tu padrastro también?
Una mirada fría apareció en los ojos de Marja, haciendo que se volvieran casi negros.
—Él especialmente —dijo, con desprecio—. No abandonaría sus tres latas de cerveza por todo el dinero del mundo.
—¿Es que no hace absolutamente nada? ¿Nunca? —preguntó Francie.
Marja rió.
—¿Para qué iba a hacerlo? Nunca le había ido tan bien. Tres comidas y toda la cerveza que puede beber. No molesta a nadie. Se pasa todo el día sentado por casa, dormitando.
Una mirada extraña apareció en los ojos de Francie.
—Me paró el otro día en el portal.
Marja se volvió a mirarla.
—¿Qué quería?
—Me preguntó cosas de ti.
—¿Qué cosas?
—Lo que hacías por ahí. Con los chicos. Esas cosas, ya sabes.
—¡Oh! —Marja se quedó un momento pensativa—. A mí también me lo está preguntando siempre. ¿Qué le dijiste?
—Nada —respondió Francie—. Ya sabes que no soy una chivata.
Un tenue suspiro de alivio escapó de los labios de Marja.
—Le gustaría poder tener algo contra mí. Me odia.
—Ya lo sé —dijo Francie—. A veces le oigo gritar desde mi casa.
Francie vivía en el apartamento de encima de Marja.
—Siempre está armando jaleo —respondió Marja. Ya habían llegado casi a la casa. Las viviendas de aquel bloque eran todas iguales. De la misma indistinta piedra marrón, que había conocido mejores días; oscuras y sucias ventanas miraban ciegamente a la calle.
Se pararon en la escalera de la entrada. Junto a la puerta había una lata de basura sin tapar. Mientras permanecían allí, un gato callejero gris se subió al cubo, espantando la nube de moscas que lo cubría, y empezó a rebuscar entre los desperdicios. Lo observaron en silencio.
Marja olfateó el aire y arrugó la nariz.
—El portero podría tomarse la molestia de tapar ese cubo, con este calor apesta.
Francie no dijo nada. Empezaron a subir los escalones. Un agudo silbido les llegó desde el otro lado de la calle. Las dos se volvieron.
Tres muchachos acababan de salir del establecimiento de billares que había frente a la casa, y las estaban mirando. Uno de ellos gritó:
—Eh, Francie. ¿Quién es esa rubia amiga tuya?
Las muchachas cambiaron rápidamente una mirada, y una forzada sonrisa apareció en sus labios.
—¿Por qué no os acercáis y lo averiguáis? —gritó Francie.
Los tres muchachos, todavía en el umbral, murmuraron algo entre ellos, mientras Marja intentaba reconocerlos. Al que habló con Francie lo había visto varias veces antes. Vivía en la misma calle, un poco más abajo. No podía recordar su nombre. A los otros dos no los conocía.
Los dos eran altos. Uno tenía el cabello claro, castaño, casi rubio, con un rostro abierto y unos amables ojos azules. El otro era todo lo contrario. Moreno, bien parecido, con unas bellas facciones griegas y una boca llena, sensual. Al cabo de un momento se separó el rubio de los demás, saludando con la mano, y los otros dos cruzaron la calle perezosamente.
—Hola, Jimmy —dijo Francie cuando estuvieron cerca.
Jimmy era un chico delgado, de ojos ligeramente prominentes, y en su rostro quedaban rastros de un acné que iba desapareciendo. Sonrió, mostrando unos grandes dientes blancos.
—¿Cómo te va, Francie? —preguntó.
—Regular —respondió ella—. ¿Y a ti?
Él contempló por un momento la acera, antes de responder.
—Lo mismo.
Lanzó una rápida ojeada a su amigo.
—¿Qué hacéis?
—Nada —respondió Francie—. Íbamos a subir, para no pasar más calor.
—Precisamente Ross y yo íbamos a bañarnos ahora —dijo rápidamente Jimmy—. ¿Queréis venir?
Francie miró a Marja, que hasta entonces no había dicho nada. Había un destello de interés en sus ojos.
—Si subimos a buscar los trajes de baño —dijo—, no nos dejarán volver a bajar.
El otro chico rió. Su risa sonaba sorprendentemente profunda.
—Adonde vamos hay trajes de baño —dijo.
—Ross tiene un coche —dijo Jimmy—. Íbamos a ir a Coney Island.
Marja habló por primera vez.
—¿Qué estamos esperando entonces?
El otro muchacho tomó su brazo. Su mano era firme y segura, y Marja descendió los escalones hacia él. En la garganta del chico continuaba sonando, profunda, la risa.
—Así me gusta, muñeca —dijo, desafiándola con los ojos—. Me agradan las chicas que saben lo que quieren.
Ella se puso a caminar a su lado, y lo miró, respondiendo con los ojos a su desafío.
—No se trata de lo que yo quiero, sino de lo que quiere mi cuerpo. Y en este momento siente mucho calor.
—No demasiado, para mí —dijo él.
Los otros dos siguieron tras ellos. Ella se volvió a mirar a Francie. Jimmy le susurraba algo, y Francie sonreía, asintiendo. Volvió a mirar al chico que estaba a su lado.
—¿Dónde tienes aparcado el coche?
—Al volver la esquina —dijo—. Me llamo Ross Drego. ¿Y tú?
—Marja.
—Quiero decir, tu nombre y apellidos —insistió él.
Ella le miró a los ojos.
—Marja Anna Flood.
—Flood es un nombre inglés —dijo él, y en su voz había sorpresa.
—Soy polaca —dijo ella rápidamente—. En realidad me llamaba Fluudjincki, pero lo cambiaron.
—No hace falta que digas por qué.
Su sonrisa borró lo rudo de su respuesta.
Dieron la vuelta a la esquina, y él la condujo hacia un «Buick» con la capota bajada. Abrió la puerta con una reverencia.
—Su carroza, señoritas.
Marja se paró y miró el coche; luego, al chico.
—¿Qué estás esperando? —preguntó él—. Entra.
Ella negó con la cabeza.
—Uh, uh. Me parece que esto quema.
Los ojos de Ross mostraron una expresión confusa.
—¿Qué quieres decir?
—No voy a dar ningún paseíto en un coche robado —dijo ella—. Ya me meto en bastantes líos yo solita.
Ross se echó a reír.
—Este coche no es robado —dijo—. Es mío.
Ella le miró, dudosa.
—¿Ah, sí? ¿Y de dónde has sacado una cosa así? Probablemente por eso vuestro amigo no quiso ir con vosotros.
Ross sonrió duramente.
—¿Te refieres a Mike Keyes? Tenía que volver al trabajo. Ayuda a su viejo en la casa. Es el portero.
Ella continuaba pareciendo escéptica.
—No me lo trago —dijo tozudamente.
La voz de Jimmy le llegó desde atrás.
—Vamos, sube. Es suyo, de verdad. Se lo dio su padre.
Ella se apartó del coche.
—Antes tendrás que demostrarlo —dijo.
Ya no había risa en los ojos de Ross.
—¿Es que no me crees?
Su voz era fría y tranquila.
—Te creo —dijo ella, mirándole francamente—. Pero no quiero correr riesgos. Cerca de mi casa vive una chica que también creyó a un muchacho, y ahora está en Bedford.
La cara morena se encendió de ira.
—Pues lárgate —dijo, con los labios apretados—. Hay miles de chicas como tú que están deseando venir conmigo.
Ella dio media vuelta y comenzó a caminar. Casi había llegado a la esquina cuando su voz la hizo detenerse. Esperó que llegara junto a ella.
—Espera un minuto, Marja —dijo, mientras su mano buscaba algo en el bolsillo —. Es mi coche. Te lo demostraré.
Sacó una cartera y se la entregó. Marja la miró. Había allí más billetes verdes de los que había visto en toda su vida. Le miró, interrogadora.
Abrió la cartera. En un lado había un permiso de conducir; en el otro, un registro de propiedad. Ambos estaban a nombre de Ross Drego, 987 Park Avenue, N.Y.C. Miró la edad rápidamente. Tenía dieciocho años. Cerró la cartera en silencio y se la devolvió.
—¿Vendrás ahora? —preguntó él.
—¿Por qué no hiciste esto antes? —contestó ella.
—Me molestaste —dijo él. En sus labios se dibujó una sonrisa—. Lo siento. ¿Me perdonas?
Por un momento, ella se quedó mirándole. Era un chico raro. Nunca había conocido a uno así. Hablaba muy bien, y sin embargo, se notaba en él algo vil y salvaje. Por toda respuesta, sus labios se entreabrieron en una sonrisa.
Marja se cogió de su brazo.
—Vamos. Démonos prisa —dijo—. Hace tanto calor… Me muero por estar en el agua.