Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 25 de 57

Páginas del PDF

Avenida del Parque, 79

El Estado contra Maryann Flood

Esperé mientras el ujier tomaba el juramento al primer testigo de la acusación. Era una joven alta y morena, que llevaba el cabello, de un negro azabache, dramáticamente peinado con raya en medio. Estaba muy tranquila, y no parecía sentir ningún interés por el público de la Sala. Sus ojos eran oscuros e indescifrables.

—¿Su nombre, por favor? —pidió el ujier.

—Raye Marnay —respondió, con voz sorprendentemente frágil y tenue para una muchacha tan alta.

El ujier me hizo una seña con la cabeza y yo me adelanté, caminando lentamente. Me detuve frente a ella y levanté los ojos.

—¿Qué edad tiene usted, señorita Marnay? —pregunté.

La respuesta no se hizo esperar.

—Veintitrés años.

—¿Dónde nació usted?

—En Chillicothe, Ohio.

—¿Cuándo vino a Nueva York?

—Hace aproximadamente dos años.

Empezaba a acostumbrarme a aquel extraño y delgado hilo de voz.

—¿Qué hacía usted en Chillicothe?

—Vivía allí.

Pude oír un débil murmullo de risas en la Sala. Esperé a que se acallaran antes de volver a hablar.

—Quise decir, ¿en qué trabajaba, para vivir, en Chillicothe, señorita Marnay?

—¡Oh! —exclamó ella—. No sabía que era eso lo que usted preguntaba. Era maestra de escuela.

La miré. Lo bueno del caso era que había sido realmente maestra.

—¿En qué grado enseñaba?

—Párvulos —dijo rápidamente—. Adoro a los niños.

No pude evitar sonreír, por el modo como lo dijo.

—No lo dudo, señorita Marnay —dije. Hice desaparecer la sonrisa de mi rostro —. ¿Qué la impulsó a venir a Nueva York?

—Quería ser actriz —respondió—. El profesor Berg, que enseñaba arte dramático en la escuela superior, escribió una obra, la cual pusimos en escena en el pequeño teatro. Se llamaba Fiesta en la pradera, y yo hice el papel principal. Dijo que yo tenía mucho talento y que era una vergüenza que lo desperdiciara en una ciudad pequeña como Chillicothe. Dijo que era otra Mary Astor. Por tanto, decidí venir a Nueva York.

—¿Y qué pasó cuando llegó a Nueva York?

—Nada —dijo—. Di vueltas durante semanas, y ni tan siquiera me recibía nadie. Ni con las cartas de recomendación que me dio el profesor Berg.

—¿Y por qué no volvió a Chillicothe?

—No podía —respondió, con su vocecita, que tenía una nota de pesar—. Todo el mundo hubiera sabido que era una fracasada.

—Ya veo —dije—. ¿Y qué hizo para poder vivir?

—Conseguí empleo en un restaurante de Broadway, como camarera. Era un sitio al que iba mucha gente del teatro. Había oído que muchas chicas, trabajando allí, encontraban papeles en la escena.

—¿Cuánto tiempo trabajó allí? —pregunté.

—Tres semanas, aproximadamente.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Me despidieron —respondió, con voz todavía más tenue, lo que no parecía posible—. El jefe dijo que aquello era un restaurante, no una escuela de arte dramático.

Otra oleada de risa recorrió la Sala. Esperé que pasara.

—¿Qué hizo usted después de eso?

—Busqué otro empleo, pero no encontré ninguno. Un día estaba hablando con otra chica, en la pensión en que vivía. Me dijo que con mi cara y mi tipo debía ser modelo. Pensé que era una buena idea. Muchas modelos se convierten en actrices, ¿sabe usted? Le pregunté cómo podría hacerlo. Ella me envió a «Park Avenue Models».

Asentí.

—¿Fue ésa la primera vez que pensó usted en ser modelo?

—Sí —respondió.

—Y entonces, ¿qué hizo?

—Fui a «Park Avenue Models» y pedí trabajo.

—¿Con quién habló usted cuando fue allí?

—Con la señora Morris.

—¿Qué le dijo ella?

—Me dijo que tendría que hacerme unas fotografías, y que luego ella las guardaría en su archivo. Me dio una tarjeta con los nombres de tres o cuatro fotógrafos. Dijo que no podía hacer nada por mí hasta que no las tuviera. Le expliqué que no tenía dinero para las fotografías. Repitió que lo sentía, pero sin ellas no era posible. Estaba a punto de marcharme cuando la señorita Flood salió de su oficina y me vio.

—¿Quiere usted decir esa señorita Flood que está aquí en la Sala?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Cuando la señorita Flood me vio, chascó los dedos y dijo que yo era la chica. Me envió a una peletería de la Calle 14. Era la primera vez que yo pasaba un modelo. Llevaba uno de sus abrigos de piel, y caminaba arriba y abajo, por dentro del escaparate, para que la gente me viera. —Había una nota de orgullo en su voz—. ¿Sabe usted?, yo era su modelo favorita. Soy muy alta, y la gente me ve desde lejos. Desde entonces trabajé allí por lo menos tres días por semana.

—¿Qué otros trabajos desempeñó como modelo?

Ella titubeó un momento.

—Sólo trabajé allí.

Asentí.

—¿Cuánto le pagaban?

—Diez dólares cada día.

—Lo que hace aproximadamente unos treinta dólares a la semana —dije—. ¿Le bastaba con eso para poder vivir?

Ella sacudió la cabeza.

—No. Mis lecciones de arte dramático me costaban más de esa cantidad cada semana.

—¿De dónde sacaba el resto del dinero?

—Tenía muchas citas.

—¿Citas? —pregunté.

Ella asintió.

—Las llamábamos así.

—¿Quién las llamaba así?

—Las chicas que conozco.

—¿Cómo empezó a tener ésas, digamos… citas, como usted lo llama?

—Fue después de haber trabajado unas semanas como modelo. Pregunté a la señorita Flood si tenía algún trabajo extra, y me llamó a su oficina. Me dijo que la vida de una modelo era con frecuencia muy difícil, y a veces se tardaba en ganar dinero. Dijo que había clientes que la llamaban algunas veces y le pedían que les recomendara a chicas para salir con ellos. Dijo que aquellos hombres eran muy generosos y daban siempre buenas propinas a las chicas sólo por pasar un rato con ellos. Me preguntó si me interesaría.

—¿Qué respondió usted?

—Me interesaba —replicó.

Las risas sonaron de nuevo. No podía culparlos por ello.

—¿Y qué hizo usted entonces?

—La señorita Flood me proporcionó una cita aquella noche. Era un señor muy agradable. Me llevó a cenar, y luego fuimos a su apartamento a tomar unas copas. Era muy divertido. Cuando me fui, me dio diez dólares. Me dijo que era por ser tan simpática, y que le dijera a la señorita Flood que estaba muy complacido.

—¿Eso fue todo lo que hicieron? —pregunté—. ¿Tomar unas copas?

Su rostro cambió ligeramente de color. Parecía estar enrojeciendo.

—Jugamos dos veces —dijo, casi en un susurro.

—¿Jugaron? —preguntó, mirando al jurado—. ¿A qué juegos?

—Coitos.

Hablaba todavía en voz baja, difícil de oír.

—¿Quiere usted decir que llevó usted a cabo dos actos sexuales con aquel hombre? —pregunté.

Movió la cabeza.

—Sí, eso quiero decir.

—¿Y no le sorprendió que el hombre quisiera eso? ¿Que lo diera por supuesto?

Ella negó con la cabeza.

—No. Los hombres de Chillicothe también son así. Todos buscan lo mismo.

Las paredes de la Sala retumbaron con las risas. El juez golpeó con el mazo y el ruido cesó.

—¿Qué hizo usted después? —pregunté.

—Me fui a casa a dormir. Estaba cansada.

La Sala estuvo a punto de desplomarse con el ruido de las carcajadas. Incluso yo tuve que esforzarme para conservar un rostro serio. Finalmente, pude hablar.

—Quiero decir, la próxima vez que fue usted a «Park Avenue Models».

—Fue al día siguiente. Volví a dar las gracias a la señorita Flood por ser tan amable conmigo. Me preguntó si lo había pasado bien, y si estaba dispuesta a acudir a más citas. Yo dije que sí, si todos los señores eran tan agradables como aquél. Ella me aseguró que solamente conocía a caballeros simpáticos, y luego me preguntó cuántas veces habíamos jugado. Se lo dije, y sacó algo de dinero de su escritorio y me lo dio. Yo no quería cogerlo; le expliqué que aquel señor me había dado diez dólares. Se rió y me dijo que lo tomara como propina, y me obligó a aceptar el dinero.

—¿Cuánto era?

—Cincuenta dólares.

—¿Se dio usted cuenta de lo que aquello significaba? —pregunté—. ¿Comprendió que estaba cometiendo un acto de prostitución?

—Yo no lo veo así —protestó—. Si aquel señor no me hubiera gustado, no tenía por qué hacer nada, y no lo hubiera hecho.

—¿Encontró usted alguna vez un señor que no le gustara? —pregunté sarcásticamente.

Sacudió la cabeza.

—No, la señorita Flood tenía razón. Sólo conocía a caballeros de lo más agradable.

Se volvieron a oír risas en la Sala. Esperé a que se extinguieran.

—Antes de conocer a la señorita Flood, ¿llevó a cabo algún acto sexual por dinero?

Volvió a negar con la cabeza.

—No.

—Después de conocer a la señorita Flood, ¿efectuó algún acto sexual por dinero que no fuera preparado por ella?

—No, señor. No soy una prostituta.

—Eso es todo. Gracias —dije, alejándome de ella.

Me detuve frente a la mesa de Vito. Marja me miró. Sus ojos, grandes, verdes y altivos, se clavaron directamente en los míos. Tuve la extraña impresión de que el orgullo que se leía en ellos era por mí. Mantuve mis ojos cuidadosamente apartados de los suyos y me volví hacia Vito.

—Su testigo —dije, y continué caminando hasta mi mesa. Me senté y observé cómo aquél se ponía lentamente en pie.

No había ninguna duda sobre ello. Era un verdadero profesional. Incluso su manera de andar hacia el testigo evidenciaba su firmeza y habilidad. Su voz era cálida y rica.

—Señorita Marnay —dijo.

Ella levantó los ojos.

—Sí, señor.

Hice un gesto de aprobación con la cabeza, admirándole contra mi voluntad. Sólo con pronunciar su nombre había dejado sentado su dominio sobre ella.

—Ha mencionado usted que tomó parte en una obra de teatro en Chillicothe. Creo que la ha llamado Fiesta en la pradera.

Ella inclinó la cabeza.

—Sí, señor.

—Fue escrita por un tal profesor Berg, según dijo usted, que enseñaba arte dramático en la escuela superior.

—Sí, señor.

—Usted dijo que vino a Nueva York después de eso, porque se lo sugirió ese profesor, el cual afirmó que tenía demasiado talento para desperdiciarlo en una ciudad pequeña como Chillicothe.

—Sí, señor.

—Entiendo que quería decir talento dramático. Es así, ¿no es cierto?

La muchacha titubeó.

La voz de Vito sonó impaciente.

—Vamos, señorita Marnay. ¿Quiso decir eso, sí o no?

La voz de la chica era todavía menos audible que antes.

—Eso creo.

—Estoy seguro de que puede ser usted más concreta, señorita Marnay —dijo sarcásticamente.

—Eso fue lo que quiso decir. Sí, señor.

—¿Qué, exactamente? —preguntó Vito.

—Talento dramático.

—También nos ha dicho usted que la obra fue representada en un pequeño teatro de Chillicothe. ¿Qué teatro era ése?

El entrecejo de la muchacha se frunció. Me lanzó una mirada preocupada. Intenté parecer seguro de mí mismo, pero no sabía a dónde diablos quería ir a parar.

—No. No era exactamente un teatro —tartamudeó.

—Si no era un teatro, ¿qué era? —preguntó Vito.

—Era el «Antelope Club». Se trataba de una obra especial que el profesor escribió para su reunión anual.

—El «Antelope Club» —dijo Vito, dirigiéndose al jurado—. Ya veo. —Se volvió de nuevo hacia ella—. No se trataría de una obra obscena, ¿verdad?

Ella se contempló los pies.

—Creo que sí lo era.

—¿Era usted la única mujer de la representación?

Ella asintió.

—Lo era.

—¿Qué papel representaba en ella?

Su voz llegó escasamente a mi mesa.

—Era la chica de la granja.

—¿Cuál era el tema de la obra? ¿Tenía que decir muchas líneas? —su voz era brusca.

—Era sobre esa chica y los tres hombres que trabajaban en la granja. El granjero, su hijo y el jornalero, y lo que hacían en una determinada noche. Yo no tenía que decir nada. Todo era pantomima. El profesor era un convencido de los métodos dramáticos de Stanislavski.

—Stanislavski, hum… —Vito se rascó la cabeza—. ¿No es el ruso que cree que el drama es acción y no palabras?

—Eso es.

—Y la obra del profesor, ¿era toda acción?

—Sí.

La voz de Vito se tornó recia y sarcástica.

—Tanto que la representación fue interrumpida por la Policía, y todos ustedes, acusados por actuaciones indecentes. Como resultado de ello, el profesor y usted fueron despedidos de la escuela. ¿No es así?

Ella no respondió. Se mordió el labio inferior para impedir que temblara.

Vito estaba gritando entonces.

—Vamos, señorita Marnay. Responda a mi pregunta.

La cara de la chica había perdido todo su color. El colorete destacaba como dos manchas oscuras sobre sus mejillas. Miró al suelo. Su voz se había convertido en un débil murmullo.

—Sí.

—Eso es todo, señorita Marnay.

Vito miró al jurado, como diciendo: ¿Van a creer algo de lo que una chica así pueda decir? Se encogió ligeramente de hombros y se fue a su mesa.

Mientras yo llamaba al siguiente testigo, Joel y Alec se inclinaron hacia mí. Sus susurros sonaron roncos en mi oído.

—Le ha sacado todo lo que ha querido —dijo Joel.

—Sí —respondió Alec, siguiendo con la mirada a la muchacha, que se dirigía a su asiento—. Literalmente la ha destrozado.

Retuve el aliento.

—Olvidáis una cosa. La ha destrozado a ella, no a la historia que contó acerca de Flood. ¿Os disteis cuenta de que evitaba el tema?

Joel asintió.

—No es ningún tonto. Está intentando que sea imposible creerla.

—Eso no le va a hacer ningún bien. Lo que cuenta son los hechos relativos al caso. Y él lo sabe.

—De todos modos, yo iría con cuidado, Mike —murmuró Alec—. Tiene un saco lleno de trucos.

El ujier estaba tomando juramento a otra chica, segundo testigo de la acusación. Empecé a levantarme.

—Pues va a tener que encontrar algo mejor que la propia verdad si quiere llegar a algún lado con ésta —dije, al hacerme el ujier una seña con la cabeza.

Rodeé la mesa y me aproximé al estrado de los testigos.

 

Cuando entré, la habitación del hospital estaba oscura y en calma. Pude oír la respiración de el Viejo. Era lenta y tranquila.

Una enfermera se llevó el dedo a los labios.

—Está durmiendo.

Asentí, y comencé a caminar de nuevo hacia la puerta.

—¿Quién está durmiendo?

En aquel silencio la voz de El Viejo sonaba fuerte y clara.

—¿Eres tú, Mike?

Me adelanté de nuevo.

—Sí, señor.

—Ven aquí, y habla más alto —dijo, irascible—. No puedo oírte.

Caminé hasta la cabecera de la cama. Me miró con sus ojos brillantes y oscuros y la sombra de una sonrisa en los labios.

—¿Cómo fue hoy, señor abogado?

—Muy bien —dije—. Escuchamos a los cuatro primeros testigos. Vito no pudo hacer gran cosa contra su testimonio. Todo lo que consiguió fue desacreditarlos a ellos. Creo que, en conjunto nos fue bastante bien.

—Ya lo sé —dijo El Viejo—. Ya me lo han dicho.

Contemplé el teléfono que había junto a la cama del enfermo. Debían haber saltado chispas del cable durante todo el día.

—Pero hay algo que me preocupa —dijo—. No entiendo la estrategia de Vito. Hasta ahora parece como si estuviese echando la chica a los lobos.

No respondí. En mi corazón había una curiosa sensación de depresión. Yo podía haber hecho una defensa mucho mejor que la que Vito había llevado a cabo aquel día.

—Parece que no le importa el resultado de este caso —dije—. Me deja hacer todo lo que quiero.

—¿Has visto a Flood? —dijo El Viejo—. ¿Qué aspecto tiene?

Sus ojillos me observaban atentamente.

—La he visto —dije—. Parece estar bien.

—Mike, es a mí a quien estás hablando.

—Tiene muy buen aspecto. Realmente bueno.

—¿Continúas sintiendo lo mismo por ella? ¿Incluso ahora?

—Yo… No lo sé, John. Pero cuando la miro se me oprime el corazón.

Asintió lentamente.

—Comprendo lo que quieres decir, Mike. He hablado con ella un par de veces. Tiene una gran fuerza, y verdadero valor, hijo. Podía haber sido una gran mujer si hubiese ido en otra dirección.

—Quizá no tuvo nunca la oportunidad, señor.

Aquella mirada astuta volvió a aparecer en sus ojos.

—Tuvo su oportunidad, Mike. La desperdició por decisión propia, a pesar de lo que tú, o quien sea, queráis decir.

No contesté. Recordaba algo ocurrido hacía mucho tiempo. Cuando me dejó plantado en medio de la calle al ir yo a buscarla. El día que salió del «Hogar Geyer».

Algo le había ocurrido allí. Lo supe desde el momento en que la vi descender por el sendero. Era distinta. No comprendí de qué se trataba hasta que le vi los ojos. Era mayor. Entonces era ya mucho mayor de lo que yo lo sería nunca. La veía aún, tal como había subido al taxi, dejándome allí en la calzada.

Volví hacia mi coche, que me habían prestado para llevarla a casa, y conduje lentamente hacia la ciudad. Entré en nuestro apartamento.

Mamá y papá estaban sentados junto a la mesa de la cocina. Papá llevaba el traje de los domingos y una corbata. Mis pies parecían de plomo mientras los arrastraba hacia ellos. Vi que miraban hacia la puerta, detrás de mí.

—No viene, mamá —dije lentamente.

Mi madre se levantó. Sus ojos eran dulces y tranquilos.

—Quizá sea mejor así, Mike —dijo con suavidad.

Negué violentamente con la cabeza, con tanta fuerza, que sentí cómo las lágrimas se agitaban dentro de mis ojos.

—No, mamá —grité—. No es mejor así. Ella me necesita. Lo sé. Pero hay algo que la mantiene alejada, y no comprendo qué es.

Mi padre se puso en pie.

—Voy a poner de nuevo las cosas en tu habitación, Mike —dijo y, andando lentamente, salió de la cocina.

Le miré mientras salía. Pobre papá. No comprendía nada. Me volví hacia mi madre.

—¿Qué voy a hacer ahora, mamá? —pregunté.

Me miró fijamente durante un momento, y luego, en voz baja, dijo:

—Olvídala, hijo. No es para ti.

—Es fácil de decir, mamá. Pero ya no soy un niño. Tengo casi veintiún años. Y todavía la quiero.

—¿La quieres? —La voz de mi madre estaba llena de burla—. ¿Qué sabes tú de querer? Sigues siendo un niño. Todo lo que sabes hacer es dañar a los demás y llorar.

De pronto se rompió su voz y se alejó corriendo.

Me acerqué a ella apresuradamente y la tomé de los brazos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas no derramadas.

—Ya basta, mamá —dije—. Ya basta. Ya es suficientemente malo así.

Los ojos de mi madre tenían una expresión que yo no había visto nunca antes.

—¿Que ya basta? —gritó—. ¡La odio! Que Dios me perdone, pero quisiera verla en el infierno por lo que le ha hecho a mi hijo.

—Quizá no puede evitarlo, mamá.

Mi madre me miró.

—Sí que puede, hijo —dijo lentamente—. No olvides nunca esto. Siempre puede decidir lo que quiere hacer o no.

Habían pasado muchos años desde entonces, y era extraño oír decir ahora a El Viejo casi las mismas cosas. Me pregunté si alguna vez entendería su punto de vista. Hacía mucho tiempo que había dejado de esperar que ellos comprendieran el mío.

—¿A quién vas a llamar mañana? —me preguntó.

Se lo dije.

Calculó cuidadosamente.

—A este ritmo, podríais estar listos para hacer el alegato final antes de dos semanas.

Asentí.

—Para entonces ya habré salido de aquí. Quizá pueda echarte una mano.

—Hicimos un trato, John. Es cosa mía. Me lo prometió.

—¡Oh! —dijo, inocentemente—. No voy a decirte lo que tienes que hacer. Sólo me gustaría hacerte alguna pequeña sugerencia y trataría de ser útil.

Sonreí. Ya sabía lo que él entendía por ser útil. Hacerlo todo.

—No, gracias —dije secamente.

—De acuerdo, de acuerdo —concedió, enojado.

Cuando llegué a casa, me fui directamente a la cama. Sin saber por qué, me sentía contento de estar solo en el apartamento. Era mejor así. Había convencido a mamá de que se quedara en el campo. Creo que la única razón por la que consintió, fue porque sabía que no quería que estuviera junto a mí mientras durara el juicio.

Me tendí sobre la cama y cerré los ojos. Frente a mí apareció la cara de Marja. La expresión de su rostro era la que yo había visto aquel mismo día en la Audiencia. Seguía sin comprenderla.

¿Por qué iba a estar orgullosa de mí? Estaba intentando enviarla a prisión. Me invadió una sensación de culpabilidad. ¿Sería posible que esperara que yo la salvara? ¿Contaría con mis sentimientos hacia ella? Pero no sabía lo que yo sentía ahora. Podía haber cambiado. Incluso podía haber otra mujer.

Pero en cuanto lo pensé, me di cuenta de que ella lo sabía. Siempre había existido entre nosotros dos un entendimiento que nadie más compartía.

Di una vuelta, intentando borrarla de mi mente. Pero no resultó. Hiciera lo que hiciese, volvía a aparecer. Me pregunté qué habría sido de su vida. Eran tantas las cosas que desconocía, que le habían sucedido sin que yo las compartiera…

Me acordé de que había estado pensando en ella en el hospital. Era curioso que lo hubiera hecho allí, y precisamente a causa de lo que había dicho el Viejo.

Pero había un período del que no conocía absolutamente nada. Los cuatro meses transcurridos desde que dejó el «Hogar» hasta que su nombre apareció por primera vez en los registros de la Policía. Debió de pasar por un infierno entonces. Intenté recordar lo que yo había estado haciendo por aquella época, pero mis propios recuerdos eran muy vagos, porque mi mente volvía sin cesar hacia ella. ¿Qué hizo? ¿Adónde fue? No lo sabía.

Únicamente presentía que en aquel tiempo me había necesitado más que en cualquier otro momento de su vida.

Y tenía la sensación de que yo también le había fallado.