Avenida del Parque, 79
Capítulo VII
siete
Estaba muy quieta en la cama, observándolo mientras dormía. La luz grisácea de la mañana se filtraba a través de las persianas cerradas. Un solitario rayo de sol cayó sobre la boca de Mike, que parecía sonreír. Ella apoyó la cabeza en la almohada, sin atreverse a respirar, por miedo a despertarlo. El fin de semana había pasado tan rápidamente… Cerró los ojos para recordar mejor.
—Podemos casarnos antes de volverme a incorporar al Ejército —dijo él en voz baja.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Creí que dormías —dijo.
—Tenemos tiempo. No tengo que presentarme hasta el mediodía —dijo, mirándola fijamente a los ojos.
Ella no respondió. La mano de él buscó la suya.
—¿Qué ocurre, Marja?
—Nada —dijo ella, sacudiendo la cabeza.
—Hay algo. Lo noté desde que te lo pedí ayer por primera vez. ¿No quieres casarte conmigo?
—Ya sabes que sí —dijo ella, volviéndose hacia él.
—¿Qué es, entonces? —preguntó Mike—. Ahora voy a la escuela de oficiales. Los tenientes tienen buena paga. Nos podemos arreglar con eso. Por lo menos, podríamos estar juntos hasta que vuelvan a llamarme a filas.
—Mike —murmuró ella—, calla, por favor. No me preguntes nada más.
—Pero yo te quiero, cariño —dijo él—. Necesitó que estés siempre conmigo. ¿Es por tu empleo? ¿Por el dinero que ganas?
Ella negó con la cabeza.
—Cuando me licencien, estudiaré Derecho —siguió él—. Los abogados ganan mucho dinero.
—No, Mike, no.
Él la atrajo hacia sí y la besó.
—Si hay algo de lo que tengas miedo, querida, dímelo. No me importa lo que sea. Nada de lo que hagas, o puedas haber hecho, nos separará. Te quiero demasiado.
Ella le miró a los ojos.
—¿Lo dices en serio? —murmuró.
Él asintió.
—Hace tiempo, otra persona me dijo lo mismo, pero no era verdad.
—No te quería como yo. Nadie te ha querido ni te querrá así.
Ella respiró profundamente.
—Me gustaría poder creerlo. Quizás algún día…
—Cásate conmigo y lo verás —dijo él, sonriendo.
El timbre de la puerta sonó bruscamente. Él la miró.
—¿Esperas a alguien?
Ella negó con la cabeza, y el timbre volvió a sonar.
—Es el lechero, probablemente. Ya se irá. Pero el timbre seguía sonando.
—Será mejor que vayas y veas quién es —dijo él.
—¡Oh!, está bien —repuso ella, alcanzando su bata. Se la puso y salió a la otra habitación, cerrando la puerta del dormitorio tras de sí.
—¿Sí? —preguntó, abriendo.
—Sabía que estabas en casa —dijo Ross—, aunque no contestaste al teléfono durante todo el fin de semana.
Ella colocó un pie detrás de la puerta.
—No puedes entrar —murmuró—. Te dije que no vinieras nunca sin hablar antes conmigo.
Él la miró tristemente.
—¿Y cómo puedo hablar contigo si no respondes al teléfono?
—Vuelve esta tarde —dijo ella, empezando a cerrar la puerta.
Ross la empujó, y Maryann cayó hacia atrás. El otro entró en el apartamento. Ella notó que su aliento olía a alcohol.
—No voy a volver esta tarde —dijo—. ¡Me voy a la costa, para quedarme allí, y tú vienes conmigo!
—¡Estás loco, Ross! —dijo ella, enojada—. ¡No voy a ir a ningún sitio contigo!
—¡Vas a venir! —gritó él, cogiéndola del brazo.
La puerta del dormitorio se abrió, y Mike apareció en ella. Al principio no reconoció a Ross.
—¿Necesitas ayuda, Marja? —preguntó.
Ross le reconoció en seguida.
—¡Mike! —gritó, y luego empezó a reír.
—¿Qué le pasa? —preguntó Mike, atónito.
—Está borracho —dijo ella.
Ross se tambaleó hacia Mike.
—Mi viejo compañero —dijo—. ¿Quieres convencer a esta estúpida perdida de que hará mejor viniéndose a California conmigo, que quedándose aquí?
—¡Basta, Ross! Ése no es modo de hablar delante de Marja —dijo Mike, con voz fría.
Ross se paró. Miró primero a uno, después, a otro. En su rostro apareció una expresión de maligna comprensión. Pareció serenarse inmediatamente.
—Por eso no contestaste al teléfono durante todo el fin de semana —le dijo a ella, que no respondió—. Estabas con él.
Ella siguió en silencio. Entonces él se volvió hacia Mike.
—Espero que te haya hecho mejor precio que a mí. Cien dólares por noche es mucho dinero para un soldado. Aunque vaya incluido el desayuno, con huevos y bacon.
Mike la miró. Estaba pálida.
Ross vio la pregunta que se formaba en los ojos del otro.
—Pero, ¿es que no te lo dijo? —exclamó sarcásticamente. Se dirigió a ella—. Eso no está bien, pequeña. Esperar hasta el último minuto para pasarle la factura. Podría no disponer de tanto dinero. —Sacó un fajo de su bolsillo, del que separó varios billetes—. Toma, Marja. Esta vez corre de mi cuenta.
Ella no se movió, pero contempló a Ross con la misma fascinación que si estuviese viendo el rostro de la muerte.
Ross se volvió hacia Mike.
—Vamos, soldado, toma la pasta. Acabo de pagarte un fin de semana con la mejor prostituta de Nueva York. De todos modos, siempre quise hacer algo en ayuda del Ejército.
Mike la estaba mirando a ella.
—No es verdad —dijo, con voz ronca—. Dime que no es verdad.
Marja no respondió, pero Ross intervino de nuevo.
—No hagas el tonto, Mike. No tengo por qué mentir.
—Dijiste que me amabas —dijo Mike.
Ella siguió sin hablar. La voz de Ross sonó pastosa y sarcástica.
—Y cuando estabas en sus brazos te dijo que eras muy guapo. Y cuando la besaste te pidió que siguieras haciéndolo. Y después puso…
Un gruñido animal surgió de la garganta de Mike al abalanzarse hacia Ross. Demasiado tarde vio brillar algo en la mano del otro. Sintió un agudo dolor en la cabeza y cayó al suelo. Intentó ponerse en pie, pero algo estalló tras su oreja y se sumergió en una bendita oscuridad.
Ross permaneció en pie a un lado, respirando agitadamente. Sus ojos estaban velados por el odio; conservaba la pequeña porra en la mano. Abofeteó la cara de Mike con saña.
—Te debía esto desde hace mucho tiempo —dijo. Entonces, una especie de fiebre pareció atacarle, y empezó a golpearlo salvajemente.
—¡Basta, Ross, basta! —gritó ella, sujetándolo—. ¡Vas a matarlo!
—Eso es precisamente lo que quiero hacer —dijo él, perdida la razón—. ¡Hace tiempo que quiero hacerlo! —y levantó el brazo de nuevo.
—¡Me iré contigo si lo dejas! —gritó ella.
La mano de Ross se detuvo en el aire. Sacudió la cabeza como para aclarársela.
—¿Qué has dicho?
—Voy a irme contigo si no lo golpeas más —dijo ella, con voz más clara.
Él bajó la mano lentamente. Contempló la porra, como si le sorprendiera verla allí. Sus ojos estaban normales, y su voz sonaba tan calmada como si nada hubiese pasado.
—Coge tus cosas —dijo suavemente.
Ella no se movió. Seguía mirando a Mike. Él siguió su mirada.
—¡Cristo! ¡Cómo está!
Había asombro en su tono. Se inclinó y deslizó los brazos bajo los hombros de Mike.
—Voy a llevarlo a la cama y a curarlo un poco mientras preparas la maleta.
Era casi de noche cuando Mike abrió los ojos. Sentía un dolor sordo y latente en el puente de la nariz. Sofocó un quejido.
—¡Marja! —llamó.
Nadie respondió.
Sin querer, los recuerdos volvieron a su mente. Se levantó con torpeza de la cama. Sintió un fuerte mareo. Se apoyó en una silla hasta que se le pasó, y luego se dirigió como pudo hacia el cuarto de baño. En la oscuridad, abrió el grifo del agua fría. Bebió de él ávidamente. Por fin, la sequedad de su garganta desapareció.
Se enderezó y encendió la luz. Un rostro extraño le miraba desde el espejo que había sobre el lavabo. Los pómulos estaban amoratados y heridos; la nariz, rota y aplastada; los labios, cortados y abiertos. Pero lo que más había cambiado eran los ojos. Estaban hundidos y profundamente llenos de un dolor que no era físico. Los cerró lentamente, y luego los abrió de prisa para ver si aquella mirada había desaparecido. Pero no, continuaba allí.
Seguiría allí ya para siempre, igual que en aquel momento. Una mirada de dolor que no podrían borrar todas las lágrimas del mundo.