Avenida del Parque, 79
Capítulo X
diez
—¡Corre, Mike! ¡Los Times están llegando!
La voz de Riordan sonaba rota, tras muchos años de vender periódicos.
Mike saltó por encima del pequeño banco y salió a la acera. En aquel momento, el camión del Times doblaba la esquina. Automáticamente Mike miró el reloj del escaparate de enfrente. Las diez treinta. Tenían el tiempo justo de preparar los periódicos para la muchedumbre que saldría del teatro de la Calle 86 poco después de las once.
El ayudante trepó sobre un montón de diarios.
—¡Vaya suertecita! Hoy tiene doce secciones —gruñó.
Mike no dijo nada. A él no le importaba. Cada semana, los periódicos eran más grandes. Se cargó al hombro un paquete y los llevó al puesto, dejándolos allí. Al caer, hicieron un ruido sordo contra la acera. Regresó de nuevo al camión.
Cuando volvió con el segundo paquete, la mujer de Riordan, flaca y huesuda, estaba ya cortando, con unas tenazas, el alambre que rodeaba el primero.
—Vale más que te des prisa, Mike —dijo nerviosamente, mirando a su marido—. No tenemos mucho tiempo.
El sudor empezaba a empapar su camisa. Se la quitó y la colgó de un clavo. Sus músculos brillaban, húmedos, bajo la luz amarillenta. Las diversas secciones estaban ya separadas. Rápidamente empezó a clasificarlas y a colocarlas en montones bien hechos.
Otros periódicos empezaron a llegar, y así fue transcurriendo la noche. Era más de la una cuando pudo tomarse un momento de descanso. Se encaramó sobre un fardo de diarios y encendió un cigarrillo. Cerró los ojos con alivio. Estaba cansado.
Se había encargado del ascensor de la casa durante toda la tarde. El ascensorista de día estaba enfermo, y había muchas probabilidades de que tuviera que volverlo a hacer al día siguiente. Esperaba que la noche pasara rápidamente.
—Eh, Mike.
Abrió los ojos. Ross estaba frente a él, sonriendo. Lentamente forzó una sonrisa.
—Creí que te habías ido de la ciudad con tu familia —dijo.
Ross sacudió la cabeza.
—Uh, uh. Tengo otras cosas que hacer.
—¿Qué cosas? —preguntó Mike, con escepticismo.
Ross señaló el coche.
—Por ejemplo, aquella rubia.
Mike miró hacia el coche, pero la cara de la muchacha quedaba en la sombra y no pudo verla. Se volvió hacia Ross.
—Debí haber supuesto que era algún lío de ésos.
Ross enrojeció.
—No debes hablar así, Mike —regañó suavemente—. Ni tan siquiera la conoces.
Mike le miró, ligeramente sorprendido. Ross debía de ir en serio. Nunca le había visto actuar así. De nuevo intentó ver a la chica, pero había muy poca luz.
Ross volvió a hablar.
—Ven al coche. Te la presentaré.
Un curioso sentimiento de perversidad invadió a Mike. Negó con la cabeza.
—¿Para qué? —Preguntó, con voz innecesariamente alta—. Todas las perdidas son iguales. Cuando has visto a una, las has visto a todas.
Lanzó la colilla de su cigarrillo hacia la esquina. Al caer, levantó chispas frente al coche. Se bajó del montón de periódicos.
—¿Quieres los de siempre, Ross? —preguntó.
Ross asintió sin hablar.
Mike se inclinó y cogió unos cuantos. Se los tendió al otro, que los tomó y dejó caer unas monedas en su mano.
La voz de Riordan llegó desde el puesto.
—Trae algunos Americans, Mike. Se nos están acabando.
Automáticamente se agachó Mike a coger una pila de diarios. Cuando se levantó, Ross estaba a mitad de camino del coche. Lo contempló. Para algunos, la vida era muy fácil. No tenían de qué preocuparse. Se cargó el fajo al hombro y se dirigió al puesto.
Ross subió al coche y se inclinó hacia delante para ponerlo en marcha. El motor rugió, y el coche giró hacia la calle.
—No le gusto a tu amigo —dijo la voz de Marja.
Él la miró.
—¿Por qué? —preguntó, a la defensiva—. Ni tan siquiera te conoce.
—Oí lo que dijo —replicó ella.
—Es porque está cansado —explicó Ross—. Generalmente no se comporta así.
Pasó un rato sin que hablaran. Luego Marja dijo:
—¿Es Mike? ¿El que no quiso venir a la isla con nosotros?
—Sí.
Ella recordó a Mike, allí, tras el puesto de periódicos. El sudor había formado una capa oleosa sobre su piel, y los músculos de sus brazos y de su espalda eran como cables.
—Se cree un gran tipo, ¿verdad? —preguntó sarcásticamente—. ¿Demasiado bueno para nosotros?
Ross guardó silencio prudentemente. Era tonto empezar una discusión sin sentido. Además, a él no le importaba lo que pudieran pensar el uno del otro.
La voz de Marja sonó, especulativa.
—Es posible que un día de éstos le dé una leccióncita.
Él la miró, sorprendido. Sus ojos tenían una expresión dolida. De pronto comprendió. Estaba todavía molesta por lo que Mike había dicho.
Katti se había dirigido, como de costumbre, hacia los bancos delanteros de la iglesia, pero Marja la detuvo, tomándola por el brazo.
—Allí no hay sitio, mamá —murmuró—. Quedémonos aquí.
Katti entró en el banco al que Marja la había conducido. Pensaba solamente en lo que el padre Janowicz le había dicho el día anterior. Debía decírselo a Marja lo antes posible. Era el único medio de dejar de preocuparse por ello.
Había un joven en el banco. Al pasar junto a él, Katti murmuró una excusa. Se dejó caer pesadamente sobre el banco e inclinó la cabeza hacia delante al comenzar la misa.
Cerró los ojos y rezó fervorosamente a Dios para que todo saliera bien. Para que Marja comprendiera. Para que Peter encontrara trabajo. Oró por todos, excepto por ella misma. Cuando la misa terminó, se sentía mejor. Miró de soslayo a Marja.
La cara de la muchacha estaba ligeramente sonrosada, y la sombra de una sonrisa de satisfacción bailaba en las comisuras de su boca. Se sintió encantada de haber podido llevar a Marja a misa con ella.
Los fieles iban saliendo, y Katti, delante de Marja, se dirigió al pasillo. Al pasar frente a él, contempló la cara del joven. En su frente había gotas de sudor. Aquel día hacía calor en la iglesia.
Como Marja estaba unos pasos más atrás que ella, se volvió, esperando que su hija la alcanzara. Los ojos de la muchacha reían cuando tomó el brazo de su madre.
Katti miró largamente a su hija. Hacía mucho tiempo que no la veía tan alegre. Era hermosa cuando sonreía. Katti decidió esperar a la noche para hablar del niño.
No quería hacer nada que pudiera borrar la sonrisa de felicidad del rostro de Marja.