Avenida del Parque, 79
Capítulo XI
once
Cerró la puerta del ascensor y se sentó en el pequeño banco que había en el vestíbulo. Cogió su libro de Matemáticas y lo abrió por donde lo había dejado. Aquella tarde no se sentía tan cansado como había temido. Cuando llegó a su casa desde la iglesia durmió desde las diez hasta casi las cuatro, hora en que su madre lo despertó.
Volvió la página lentamente. No le importaba pasar las tardes de los domingos en el ascensor. La casa estaba muy tranquila, y podía adelantar en sus estudios.
Oyó pasos que cruzaban el vestíbulo y pasaban frente a él, hacia el ascensor. No levantó la vista; quería dejar terminado aquel problema.
Oyó una suave voz, que le resultó vagamente familiar.
—¿Es para hoy, Mike?
Sorprendido, dejó caer el libro.
Ella estaba en el ascensor, sonriéndole. Su cabello, casi blanco, brillaba como el oro bajo la luz.
—Cuando tú quieras —le dijo.
Él se puso en pie torpemente, consciente de que algo se había despertado en su interior. Entró en el ascensor y accionó la palanca. La puerta comenzó a cerrarse. Él la miró.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó.
Marja no respondió. Le miraba directamente a los ojos. Sus labios estaban entreabiertos, en una especie de sonrisa, mostrando unos dientes blancos y regulares.
Él le volvió la espalda, incapaz, de sostener el desafío de su mirada. Sintió cómo sus mejillas se enrojecían.
—¿Piso, por favor? —dijo rudamente, apretando la palanca y poniendo en marcha el ascensor.
—Doce —respondió ella.
Entonces él comprendió. Se volvió a mirarla.
—Eres la chica de Ross.
Era más una afirmación que una pregunta.
La cara de ella carecía de expresión, y no contestó.
Él paró el ascensor entre dos pisos y dejó los controles.
—¿Eres la chica de Ross? —repitió.
—¿Lo soy? —preguntó ella, desafiante—. Tú debes de saberlo. Eres un experto en perdidas. Cuando has visto a una, ya las has visto a todas.
Él se puso colorado. Le había oído la otra noche. No era extraño que hubiera actuado como acababa de hacerlo. Era la única manera que tenía de vengarse. Miró hacia el suelo.
—Lo siento —dijo.
Ella no respondió.
Mike levantó la vista.
—Dije que lo siento.
La mirada de Marja seguía siendo fría y directa.
—Ya te oí.
Él empezó a enojarse.
—Por lo menos podías decir algo.
Marja sonrió.
—¡Hurra! —Le miró a los ojos—. ¿Qué estás esperando? ¿Que te aplauda?
Mike se apoyó contra una de las paredes del ascensor. Sabía cómo tratar a aquella clase de chicas. La miró lentamente de pies a cabeza. Eso siempre las hacía sentirse incómodas. A ninguna le gustaba que la miraran como él lo estaba haciendo.
Marja no dijo nada, y cuando él volvió a mirarla a la cara, no halló la menor señal de turbación.
—Ross tenía razón —dijo él atrevidamente—. Estás muy bien equipada.
Los ojos de ella eran tranquilos.
—Gracias —dijo secamente—. Necesitaba que tú me lo dijeras. Empezaba a preocuparme.
Mike comenzó a sonreír. Ahora se sentía seguro de sí mismo. Era sólo una cualquiera, barata y burlona. Extendió la mano y la atrajo hacia sí.
Ella sonrió y se acercó, obediente. La miró a la cara. Sus ojos brillaban. Se inclinó para besarla.
Notó cómo la mano de ella se movía a su espalda, y de pronto el suelo del ascensor cedió bajo sus pies. Por un momento, la sorpresa le paralizó. Después, mascullando un juramento, se volvió y cogió la palanca.
La colocó en posición de parada y bloqueo, y esperó que diera resultado. Ella la había colocado a la máxima velocidad. Oyó el gemido de los frenos, y el ascensor se paró.
Se volvió hacia Marja.
—¡Maldita loca! —gritó—. ¡Podíamos habernos matado!
En la cara de ella había una salvaje excitación, que él no había visto antes en ningún rostro; pero ni rastro de miedo.
—¿De verdad? —preguntó Marja, sarcásticamente cortés—. Hubiera sido una verdadera lástima.
Él volvió a coger la palanca e hizo que el ascensor comenzara a ascender de nuevo.
—De acuerdo —dijo.
Subieron lentamente. Paró en el piso de Ross y abrió la puerta.
Ella salió.
—Gracias, Mike —dijo formalmente, sonriéndole.
—No hay de qué —respondió él, en el mismo tono.
Mantuvo la puerta abierta, mientras ella caminaba por el corredor. La observó por el pequeño espejo que había en un ángulo del ascensor. Tenía una bonita forma de caminar, y lo sabía.
Vio cómo se detenía frente a la puerta de Ross y pulsaba el botón del timbre. Abrieron casi inmediatamente. Pudo ver la sonrisa en la cara de Ross y oír su voz.
—Pasa, Marja. Te estaba esperando.
La puerta se cerró tras ellos. Él permaneció allí todavía un momento; luego cerró el ascensor y bajó de nuevo al vestíbulo. Volvió a echar el cerrojo a la puerta y se sentó en el banco, cogiendo nuevamente su libro de Matemáticas.
Miraba a las páginas con ojos que no veían. Ella estaba allí, frente a él. Enojado, cerró el libro de golpe. No valía la pena seguir estudiando. No podía dejar de pensar en ella.
Podía verla mientras caminaba por el corredor, alejándose de él. Veía de nuevo la sonrisa de Ross, y oía su saludo de bienvenida. Se puso en pie y volvió al ascensor.
Cuando llegó al piso de Ross se dio cuenta de una cosa. Por primera vez en su vida se sentía celoso por una chica.
Un timbre sonó dentro del ascensor. Él se levantó y miró al tablero. Los números rojos le hacían guiños: 12. Cerró la puerta de golpe y apretó la palanca.
Comenzó a hablar cuando ella hubo entrado en el ascensor.
—Marja, lo siento. Me equivoqué contigo.
Ella lo miró con escepticismo.
—Lo digo en serio —dijo él ansiosamente—. No quise ser grosero.
La duda empezó a desaparecer de sus ojos. Por primera vez se percató Mike de cuán oscuros y profundos eran.
—Las cosas no son tan fáciles para mí como para Ross —continuó—. Ross es brillante y rápido. Yo no obtengo nada sin sudarlo primero.
Ella le sonrió. Era una sonrisa franca, cálida y, sincera.
—Yo tampoco fui muy amable —admitió—. Vamos a dejarlo en tablas.
Él extendió la mano.
—¿Hecho?
Ella la tomó, sonriendo.
—Hecho.
Mike contempló la pequeña mano de Marja sobre su palma.
—¿Eres de verdad la chica de Ross?
—Ross es muy amable conmigo —dijo ella—. Realmente amable. No como la mayoría de los tipos. Ya sabes lo que quiero decir.
Él asintió.
—Ross es un buen chico.
La miró, reteniendo todavía su mano.
—¿Crees que podríamos ir alguna vez al cine, quizás?
Ella asintió en silencio, sin separar los ojos de su cara. Sentía algo extraño, que provenía de la mano de Mike. Algo que no había sentido nunca antes. Conocía a gran cantidad de muchachos, y ninguno le había producido aquella sensación. Siempre estaba segura de sus sentimientos con respecto a ellos. Pero esto era diferente. Era algo distinto. Una especie de debilidad interior.
Él se acercó. La joven alzó la boca hacia sus labios. Incluso el beso no era igual. Era cálido, dulce y suave y, al mismo tiempo, voraz y posesivo. Cerró los ojos. Se sentía flotar en unas aguas templadas, perezosas. Una oleada de calor la invadió. Instintivamente supo lo que era. Aquello no era el juego al que había jugado con los otros. Esto era ella misma. Lo que ella sentía. El principio del deseo.
Le apartó. Marja tenía el rostro enrojecido.
—Llévame abajo —dijo con voz débil, turbada.
—Marja —murmuró Mike roncamente.
Ella no le miró.
—Llévame abajo, por favor —repitió, preguntándose a sí misma qué le sucedía.
Se sentía acalorada y feliz, y al mismo tiempo tenía ganas de llorar.
Él se volvió y puso en marcha el ascensor. No volvieron a hablar hasta llegar al vestíbulo. Mike abrió la puerta y la miró.
—¿Te volveré a ver? —preguntó.
Ella le contempló por un momento.
—Si tú quieres…
Luego se volvió y salió corriendo del ascensor a la calle.
Subió lentamente la escalera, hasta su rellano. No comprendía lo que le pasaba. Todos los chicos eran iguales. Un juego para ella. Algo impersonal, como las bolas con que jugaban en la escalera, o a la rayuela. Resultaba divertido, le daba una curiosa sensación de poder, de fuerza, de superioridad. Pero aquello había sido diferente. Mike era otra cosa. Y no sabía por qué.
Oyó el ruido de alguien que vomitaba en el lavabo del vestíbulo. Miró hacia la puerta cerrada, preguntándose quién estaría enfermo. Aquélla era una de las cosas que más la molestaban. Uno no podía estar enfermo en privado si los lavabos estaban en el vestíbulo.
La puerta se abrió y salió su padrastro. La vio, parada en la puerta de la cocina.
—Trae un vaso de agua —gritó—. ¡Tu madre se siente mal!
Ella llenó apresuradamente un vaso en el fregadero y corrió por el pasillo. La puerta del lavabo estaba abierta entonces. Pudo ver a su madre apoyándose débilmente contra la pared, mientras el brazo de su padrastro la sostenía por los hombros.
Él tomó el vaso y se lo puso en los labios a Katti. Ésta se enjuagó rápidamente la boca y escupió el agua, luego bebió ávidamente el resto.
Marja habló entonces.
—¿Qué te pasa, mamá?
Katti sacudió débilmente la cabeza.
—No es nada. Sentía náuseas.
—Pero…
Marja estaba atónita. Su madre nunca había estado enferma del estómago. Sólo una vez, cuando Peter nació. De pronto sintió miedo. Miró, interrogante, a su madre. No podía ser otra vez. El médico había dicho que no debía.
—¿Estás bien, mamá?
Katti asintió con la cabeza. Empezó a hablar, pero su marido le quitó las palabras de la boca.
—Claro que está bien —dijo groseramente—. No es nada raro vomitar cuando se está embarazada.
Marja miró a su madre, incrédula.
—No, mamá. No puede ser —dijo con voz dolida, de protesta—. El doctor dijo que sería demasiado peligroso.
Katti intentó sonreír.
—No se les debe hacer siempre caso. Tratan de asustarnos.
Peter hinchó el pecho, pavoneándose.
—Será otro chico —dijo, orgulloso—. Lo tengo todo calculado perfectamente.
Marja le miró fríamente.
—Lo has calculado todo, ¿verdad?
Él asintió, sonriendo.
—Sí.
—Pues sigue, a ver si calculas cómo comeremos cuando mamá tenga que dejar de trabajar —exclamó.
El hombre la miró, asombrado.
—Y calcula también quién te va a comprar la cerveza, porque conmigo no cuentes.
Dio media vuelta y corrió escaleras abajo.
—¡Marja! —llamó Katti.
Pero era demasiado tarde. Marja había desaparecido ya. Katti oía sus pasos en el piso de abajo.
Miró a su esposo, luego dio media vuelta y caminó hacia el apartamento. Por un momento sintió un fuerte dolor, y tuvo una sensación de debilidad. Quería echarse un poco. Quizá se sentiría mejor después. Era posible que desapareciera la depresión que experimentaba. El padre Janowicz tenía razón.
Debía haber tenido el valor de decírselo ella misma a Marja. Quizás hubiera conseguido que su hija comprendiera.