Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 40 de 57

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Avenida del Parque, 79

Libro Tercero. Maryann

Libro Tercero

MARYANN

uno

 

El limpiabotas estaba esperando cuando Vito llegó a su oficina. Entró rápidamente, tiró el abrigo sobre el pequeño sofá de cuero y se sentó tras la mesa. Puso el pie sobre la caja del muchacho.

—Buenos días, Tony —dijo, tomando el montón de papeles que había sobre el escritorio.

—Bon giorno, signor Vito —replicó el chico, frotándole ya el zapato con una gamuza.

Vito hojeó rápidamente el periódico que estaba encima de todos. Los titulares de la primera página eran los mismos del día anterior. Los alemanes se retiraban en el norte de África, o los alemanes avanzaban. Habían estado haciendo lo mismo durante toda la primavera de 1943. Tiró el diario a la papelera y empezó a examinar superficialmente el correo de la mañana. Nada importante. Cuando el muchacho se lo indicó, cambió impacientemente el pie en la caja y miró por la ventana.

Al otro lado de la calle había un parque, y más allá, las piedras grises de los juzgados criminales. Se sintió como un gladiador contemplando la arena. Siempre había sido así, incluso cuando era un chiquillo de Little Italy, en la parte baja de la ciudad. El desafío del símbolo de la autoridad. Burlarse de la ley era demasiado fácil. Lo divertido era hacerla parecer ridícula en sus propias bases. Y lucrativo, además. Liberar las conciencias culpables de sus ataduras legales era una profesión muy provechosa.

Sintió un golpecito en el pie, señal de que la limpieza había terminado. Dio un cuarto de dólar al chico y se volvió hacia su mesa. Cuando el muchacho salía, el teléfono empezó a sonar. Lo cogió.

—Está aquí una tal Maryann Flood, que quiere verle —dijo en su oído la voz de la recepcionista.

El nombre no le resultaba familiar.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.

—Cliente —replicó la muchacha lacónicamente—. Dice que le ha sido usted recomendado.

—¿Por quién?

—Dice que se lo dirá a usted cuando le vea. Añade que pagará al contado, y por anticipado.

Vito sonrió para sí mismo. Quienquiera que fuese aquella mujer, sabía lo que se traía entre manos.

—Hágala pasar —dijo.

Un momento después se abrió la puerta y apareció su secretaria, seguida por una mujer joven. Vito se puso en pie.

—Señor Vito, la señorita Flood —presentó la secretaria.

La joven se acercó a él con la mano extendida. Vito la tomó. Su apretón era firme e impersonal, como el de un hombre. Y sin embargo tenía una especie de fluido eléctrico que hacía saber que se trataba de una mujer.

—Gracias por recibirme —dijo.

Su voz era grave y bien modulada.

—Al contrario. —Vito señaló el sillón que estaba frente a su mesa—. Siéntese, por favor.

Su secretaria retiró el abrigo del sofá, donde él lo había lanzado, y salió. Vito se sentó y contempló a la joven.

Llevaba un ligero conjunto de tweed y un abrigo a juego. Bajo la chaqueta asomaba una blusa de seda blanca. Sus manos eran bien formadas. No llevaba joyas, ni otro maquillaje que un leve toque de pintalabios rojo. Sus ojos, muy separados, eran grandes y de un color castaño oscuro, casi negros. Pequeñas mechas de cabello rubio escapaban bajo su sombrerito color crema.

Vito se vanagloriaba de su capacidad para clasificar a un cliente. La muchacha tenía clase. Todo en ella lo evidenciaba. Había venido a verlo a causa de su hermano o de algún familiar, que se había metido en problemas. Ésa era la clase de asuntos que le gustaban. Significaba dinero. Le sonrió.

—¿En qué puedo ayudarla, Miss Flood? —preguntó.

La joven no respondió inmediatamente. Sacó un cigarrillo y esperó a que él se lo encendiera. Él lo hizo, sintiéndose cada vez más seguro de su análisis. Sólo las muchachas de las clases superiores tenían aquella imperiosa manera de esperar a que les encendieran el cigarrillo. Observó cómo aspiraba suavemente el humo.

—He oído que es usted un buen abogado, señor Vito —dijo ella suavemente—. El mejor de Nueva York.

Interiormente se sintió complacido.

—Eso es muy halagador, señorita Flood —dijo modestamente—, aunque no sea del todo cierto. Hago lo que puedo, eso es todo.

—Y estoy segura de que es más de lo que cualquier otro puede hacer —dijo ella.

Había una insinuación de sonrisa en sus ojos.

Él lo notó, e inmediatamente se puso a la defensiva. No estaba dispuesto a permitir que una cualquiera de la alta sociedad se burlara de él.

—Lo intento, señorita Flood. Nada más —dijo, con voz helada.

La joven le miró directamente a los ojos.

—Por eso me he dirigido a usted, señor Vito. Necesito un abogado, y quiero el mejor —y en su mirada ya no había risa.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Esta mañana he recibido un aviso de un amigo. Hay una orden de detención extendida a mi nombre, y van a venir a arrestarme esta tarde.

—¿Que la van a arrestar? ¿Por qué cargos? —dijo él, atónito.

Ella continuaba mirándole fijamente.

—Robo después de un acto de prostitución.

Durante un momento Vito se quedó sin voz.

—¿Qué? —pudo por fin articular cuando la recobró.

Ella sonrió, realmente divertida, y repitió los cargos.

—Por eso estoy aquí —añadió.

Él no se había equivocado nunca tanto al juzgar a un cliente. Tomó un nuevo cigarro, cortó la punta y le aplicó una cerilla de madera, hasta que ardió con una brasa de un rojo cereza. Entonces apagó la cerilla. Todo aquello le había dado tiempo para recobrar su dominio.

—Explíqueme lo que pasó —dijo impersonalmente.

—Yo estaba en la barra del Sherry anoche, aproximadamente a las once, tomando una última copa, cuando llegó aquel hombre. Estaba borracho e insistió en invitarme. Me dijo que era muy rico, y para hacerlo más verosímil, agitó un grueso fajo de billetes. Tomamos unas copas allí. Luego subió a mi apartamento y seguimos bebiendo. —Su voz era monótona e inexpresiva, como si estuviese explicando algo ocurrido a otra persona—. Se fue hacia las cuatro y media. Me dio veinte dólares, y yo le di un beso y le deseé buenas noches.

—¿Qué ocurrió luego?

—Me fui a la cama. Esta mañana sonó el teléfono. Me llamaba un amigo de la Comisaría. Dijo que ese hombre se había presentado esta mañana exigiendo que me arrestaran.

—¿Cogió usted el dinero? —preguntó Vito.

—No —respondió la joven—. Se volvió a guardar el fajo en el bolsillo después de darme los veinte.

—¿Quién le recomendó que se dirigiera a mí?

—El teniente detective Millersen, de la Comisaría de la Calle 54 —respondió ella —. Hace casi cinco años que le conozco. Él sabe que yo no hubiera hecho nunca una cosa así.

Conocía a Millersen. Era un buen policía. No le metería en un mal asunto. Pero incluso el policía podía estar equivocado. Lanzó una astuta mirada a la mujer.

—¿Seguro que no cogió el dinero? —preguntó—. A mí puede decírmelo. No me importa que lo haya hecho o no. Me ocuparé del caso de todos modos. Pero quiero estar seguro.

Ella le miró con ojos muy abiertos y sin pestañear. Lentamente se puso en pie y se quitó el sombrero. Sacudió la cabeza; su cabello cayó, rodeando su rostro como una cascada dorada y reluciente.

—Señor Vito —dijo, con voz baja y ronca—, soy una prostituta, no una ladrona. dos